domingo, 10 de mayo de 2026
Cruz de navajas.
domingo, 12 de julio de 2020
La pedrada.
Tenía mi madre la costumbre de arreglarnos,
poco más o menos de domingo, a mi hermano y a mí a última hora de cada tarde y
marchar los tres a casa de mi abuelo, a donde también se dirigía siempre mi
padre una vez finalizada su jornada laboral, para pasar allí un par de horas con
toda la familia y regresar a casa, ya de noche, los cuatro juntos.
Tiempo después, cuando ella consideró que a mi
hermano, por edad y tamaño, se le podía ir dando responsabilidades, optó por
enviarnos cada día a los dos solos, «no os entretengáis, os vais derechitos»,
yo agarrado de su mano y él con el compromiso de que llegáramos en perfecto estado a casa de mi
abuelo. Ella se incorporaría más tarde, una vez dejara resueltos sus quehaceres
en casa.
Pues resulta que una de aquellas tardes en que
los dos íbamos, supongo que obedientemente agarrados de la mano, camino de la
acostumbrada reunión familiar, y tras cruzar Las Pasaderas y encaminarnos por
la calle San Francisco, vimos, al pasar por la calle Viriato, a un
numeroso grupo de niños que, aparentemente jugaban sobre los montones de tierra que ocupaban casi toda la
calle —seguramente se trataba de las obras de alcantarillado que por aquella
época se adueñaron de todas las calles del pueblo—, y a lo mejor fue, aunque realmente fue a lo peor, que nos paramos a mirar, pero sólo fue un ratito,
mamá, y ya no me acuerdo de más, ni siquiera del golpe ni del dolor, ni de los
momentos de después, de nada, que lo que en ese instante pasó me lo contaron más tarde y nunca lo he olvidado:
que aquellos niños no estaban jugando, que se trataba de una pelea,
y que una piedra mal dirigida me llegó a mí y abrió una brecha en mi cabeza.
A partir de aquel momento la luz pasó a negro,
o a rojo, que todo fue sangre, y la mente cambió a blanco. La luz se hizo en la cercana Casa de Socorro de la Cruz Roja, que fue adonde me llevó mi hermano
—seis añitos mal contados tendría por entonces el muchacho—, y allí me veo
ahora, sentado sobre una mesa, llorando a moco tendido, hipando entre ahogos,
mientras una monja regordeta, de blanco impoluto, me limpia la cara de sangre
y mocos.
Lo siguiente es estar sentado sobre las piernas de mi tío Vito, la monjita cosiendo mi herida y yo quejándome más que nunca. Mi madre que llega, nerviosísima, oigo que habla, pregunta, pero yo no la contesto, no sé si alguien lo hace; yo sólo miro a la monja, le digo que me duele, que se esté quieta por favor, pero no me hace caso, solamente tiene ojos y oídos para su trabajo, así que muevo la cabeza para zafarme, pero mi tío me sujeta para que no mueva mis brazos, ni la cabeza, «estate quieto, hijo». Y en sus brazos seguí hasta la casa de mi abuelo que recordándolo me pregunto: ¿cómo no iba yo a querer a ese hombre durante toda mi vida?
La vuelta a la nuestra no la recuerdo, seguramente la hice andando, que no era mi padre de cogerme en brazos, ni siquiera para subir la cuesta de nuestra calle. Sin embargo, casi me atrevo a decir que aquella noche sí lo hizo.
Un par de apuntes antes de concluir:
— Uno: nunca he llegado a explicarme cómo mi
hermano me llevó hasta el la Cruz Roja, me dejó allí y corrió a avisar a mi tío —su
casa estaba muy cerca— y después fue a la nuestra a comunicárselo a nuestra madre.
¿Qué se le pasó por la cabeza para actuar así? Cada vez que he pensado en ello llego
a la conclusión que lo más conveniente que pudo suceder fue que yo recibiera la
pedrada, porque si la víctima hubiera sido él, juro que no habría
sabido qué hacer, ni hubiéramos llegado a la Casa de Socorro, ni buscado a mi tío,
ni a mi madre, ni nada de nada. Me habría quedado en la calle llorando y Dios
sabe quién se hubiera ocupado del asunto.
— Dos: no por aquello no he tirado piedras
durante mi vida, que sí lo he hecho y en numerosas ocasiones, sobre todo en los
ríos, en aguas remansadas y con cantos planos, haciéndolos saltar sobre el agua,
pugnando con otros a ver quien hacía más “ranas”. Nunca lo he hecho en
condiciones en las que intuyera algún peligro, que aquello aún lo he olvidado y
ha quedado impreso en mi memoria de manera imborrable. Y por supuesto, nada de
tirachinas, nunca, nunca he tenido uno, y mis hijos tampoco.
Otro apunte, este ya es final: llegué a saber quién
fue el que lanzó la piedra, su filiación y domicilio, lo conocí y nos vimos en
numerosas ocasiones a lo largo de su vida —alguien me dijo, hace mucho tiempo,
que había fallecido—, pero nunca le dije nada, ni él a mí tampoco, a pesar de
que los dos conocíamos perfectamente esta historia.
domingo, 24 de noviembre de 2024
Nunca sabes cuando será la última vez que haces algo.

domingo, 6 de septiembre de 2020
1964, 27 de mayo (1)
Dejo aquí tres fotografías que, como es fácil de interpretar, tratan de la ceremonia de una Primera Comunión: la de un servidor.
Antes de nada, una
puntualización. La primera instantánea no pertenece a ese día, aunque esté
vestido para la acción. Esa es una fotografía-recordatorio, que se solía hacer
días antes y en la que se imprimían los datos del protagonista y del acto en
cuestión, para ser entregada a los invitados a la ceremonia y al posterior
ágape. Recordatorio que, imagino, guardarían en algún lugar que pronto no
recordarían. Menos mi madre, que sí guardó esta foto.
En ella ya estoy
vestido con el uniforme de marinerito con el que tomaría la sagrada forma o,
mejor dicho, medio vestido, porque sólo llevaba la chaquetilla y el cordón con
la cruz al cuello. Y es que, lo recuerdo como si fuera hoy, mi madre y yo
fuimos a la iglesia de la Asunción y en la sacristía me puso el medio uniforme
recién planchado mientras Francisco el Sacristán preparaba cámara y atrezo. No
sé quién oficiaría de falso sacerdote, o de verdadero, que tal vez alguno
anduviera por allí y se prestara a ello. La cuestión es que puse en escena mis
siempre ocultas dotes de actor y adopté cara de la circunstancia que se viviría
días después. Los ojos como siempre, grandes y redondillos, ofreciendo una
mirada de preocupación, a ver qué resulta de todo esto, pero tú tranquilo que
todavía no es de verdad, la hostia auténtica vendrá dentro de unos días.
Al pie de la foto están
los datos relativos al evento, mi nombre, lugar donde se celebraría —Colegio de
R.R. (reverendísimas) Hijas de San José— y fecha. Digna de resaltar la frase
que dice “En día tan feliz recordé con especial amor a mis queridos padres”;
como para no recordarlos si estuvieron todo el día a mi lado.
Pero vayamos al día exacto, el 27 de
mayo de 1964. Tenía yo seis añitos, que era ésa la edad a la que por entonces
se hacía la Primera Comunión, no como ahora que los chiquillos andan metidos en
los diez o doce años y las niñas parecen casi novias. Miro un calendario de
aquel año y veo que el día 27 cayó en miércoles, y te preguntarás que cómo
estaba sucediendo eso entre semana, y no un sábado o domingo como sería
procedente. Pues resulta que mi madre pidió en el colegio el favor, y se lo
concedieron, que la ceremonia se celebrara ese día pues era aniversario de su
boda. Mismo favor que también le fue concedido tres años antes, para la de mi
hermano.
Previo a ese día, quien esto escribe
había llevado una ardua preparación a fin de recibir a Jesús con el alma
blanquísima, la conciencia limpia y la memoria llena de no sé cuántas oraciones
aprendidas, que durante el rito declamé más plegarias que el propio sacerdote
que oficiaba: unas de rodillas, otras de pie, alguna sentado, pero todas
emocionado y orgulloso de mi buena memoria, que no me equivoqué en nada —mi
madre lo recordaría toda la vida, le gustó mucho, y es que ella, como buena
católica practicante, era muy entusiasta de estos ceremoniales—. Al término fui
felicitado por quien había supervisado todo aquel aprendizaje, la hermana
López, que así por el apellido no sonaba bien como nombre de monja. Realmente
se llamaba Vicenta, eso lo supe años después, lo que suena aún peor. En mi
recuerdo queda una mujer de ojos grandes que destacaban en el hueco del
escapulario por el que asomaba su rostro ovalado y moreno; alta de talla,
tanto, que parecía andar sin gracia para ser religiosa, balanceándose al
caminar entre los pupitres del aula, abanicándonos con el vuelo del hábito. Por
entonces yo ya sabía leer y escribir, que me enseñó la hermana Marina
uno o dos años antes, pero fue ella, la hermana López, la que con plumilla y
tinta adiestró pacientemente mi caligrafía, redondeando unas letras que el
tiempo, mucho tiempo después, trocaría en el galimatías que a veces parecen mis
escritos.
Para aquel día, las monjas habían
adornado como sólo ellas sabían hacer esas cosas, la pequeña capilla del
colegio, una estancia poco más grande que un aula, situada a la derecha justo
al entrar, iluminada por una ventana a la calle de La Palma. Un detalle que
ahora veo en la segunda instantánea, entonces ciertamente no, porque hoy me
puede la deformación profesional: dibujos geométricos, regulares, coloreados en
una foto que es en blanco y negro, solería antigua que aventuro sigue estando
en la misma sala.
Como se puede ver, para mí dispusieron
un reclinatorio pomposamente forrado de gasa, tul o algo parecido, punteado de
adornillos que debían ser flores; para mi madre y mi padre, los reclinatorios a
pelo, sin aderezo alguno; para sentarnos, los tres, unas simples sillas.
Observo la foto y vuelve a llamarme la
atención esa mirada de asombro, de curiosidad ante el descubrimiento de algo,
con interés en el detalle. Mi madre, vestida de oscuro y velo negro acorde con
la época, parece contener una emoción que apenas si se le escapa en la mirada;
supongo que lo estaba, emocionada quiero decir, que ya apunté más arriba su
predilección por estos actos. Mi padre, serio como casi toda su vida, e
impecablemente vestido como pocas veces; es de agradecer.
El resto de los personajes son, a saber, de izquierda
a derecha:
Mi tío Luis, bueno, tío de mi madre, que en realidad
se llamaba Ángel y al que, a pesar de haberlo visto poco en mi vida —durante mi
infancia pasaba días de sus vacaciones veraniegas en su pueblo—, fue suficiente
tiempo para que dejara en mí marcada una huella que aún perdura. Recordarle es
esbozar una sonrisa por la frase con la que resumía cómo fue el momento y la situación de
mi llegada a este mundo, de la que él fue testigo, y que podéis leer en mi CV
bueno:
…él relató en numerosas ocasiones mi nacimiento y, como todo lo que contaba,
con pasión y desmesura; pero en resumen fue algo así: “yo estaba haciendo café en una hornilla y, mientras, tu madre fue a por
churros; cuando volvió, ya habías nacido tú”.
Al lado de mi tío está su hermana
Antonia, ambos eran hermanos de la madre de mi madre; no digo abuela a la madre
de mi madre, aunque lo fue, simplemente porque no la conocí, y nunca vi
procedente llamarla así —hablando con mi madre siempre me refería a ella como “tu
madre”. Con la tía Antonia no tuve relación, también vivía en Madrid.
Detrás de ella veo a mi tía Isidora, de
la que ya hemos hablado en estas instantáneas. Ahí está en actitud severa,
cabeza cubierta con velo, como no podía ser de otra manera en un acto tan serio
como éste. Y a su lado, la tía Márgara, mi tía Márgara, hermana mayor de mi
padre. Menudo tándem.
Creo que hablar sobre mi tía Márgara,
que sería largo y extendido, va a ser cosa de otras instantáneas, que
tiempo habrá. Aquí sólo dejar un detalle, el velo que lleva puesto: largo, le
cae sobre el pecho, muy calado, seguramente destacando sobre los del resto de
mujeres. Y su cabeza alta, quizás demasiado, en un gesto que mantuvo toda su
vida, o al menos así lo vi siempre. Orgullo rancio del que nunca participé.
Termino con, mi hermano, al que veo aburrido y que sólo parece entretenerle el fotógrafo; y éste se da cuenta de ello y le hace centro de la fotografía. Así y todo, no consigue sacarle de su abulia; apoyado en los brazos está a punto de dormirse, me lo dicen sus ojos.
domingo, 12 de enero de 2014
Índice
«Ayn Rand (Alisa Zinovievna Rosenbaum)»
Estado actual de Arturo Gallego Mendoza
«Esto también es memoria histórica»
Hoy ha tocado cortarme el pelo
La convivencia sobre una vieja pista deportiva
«La poesía es un arma cargada de futuro»
«Las mejores cosas de la vida»
«Leonard Cohen, premio Príncipe de Asturias 2011»
«Nada se ha hecho más sagrado que las fotos obsesivas... »
No me gustan los mercadillos...
Nunca sabes cuándo será la última vez que haces algo
Se corre mal con un niño en brazos
CRÓNICAS DESDE EL DOBLAO
INSTANTÁNEAS
1979, Argel 27, Cuartel de San Fernando
DECÍA MI MADRE
Váyase usted a la mierda y va muy bien servido
Cada vez que meas te da una idea
El 'no' se lleva siempre consigo
Ese garbancito no se ha cocido en esta olla
Hay que ver, lo tienes todo al retortero
Lo caliente está a gusto de todo el mundo
Lo tienes todo manga por hombro
Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos
Mientras voy vengo, vida tengo
¿No pensarás salir así, a cuerpo gentil?
Para qué hacer caso a medios días habiendo días enteros
Por un oído te entra y por el otro te sale
Préstame un pan y tráemelo a casa
¿Qué, mirando a las musarañas?
Quien evita la tentación evita el pecado
Te vas a enterar de lo que vale un peine
Te voy a dar más palos que a una estera vieja
Un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio
COSAS DE COMER
CITAS
DE OTROS
Declaraciones miserables para ocultar los errores del Gobierno.
El cansino lloriqueo de los milenial
Esto también es memoria histórica
ulo)
domingo, 24 de agosto de 2025
La carga heróica del Laureado Regimiento...
Por Darío Madrid
El 23 de julio de 1921, 691 jinetes españoles pertenecientes al Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 10 cargaron en siete ocasiones en las orillas del río seco Igán, contra las tropas de Abd el-Krim para proteger la retirada de sus compañeros de Annual. Murieron 551.
Los compañeros que trataban de proteger procedían de la posición de Annual. El general Silvestre había ordenado la retirada después de suponer que 10.000 rifeños les cercaban. Los españoles no superaban los 5.000 hombres y carecían de víveres, agua y municiones.

El general Silvestre fallece en extrañas circunstancias. Algunas versiones afirman que se suicidó al ser herido y verse rodeado de enemigos. Su cuerpo nunca fue hallado. Tomará el mando el general Felipe Navarro que había llegado a Annual el día anterior.

Navarro tiene que dirigir una retirada de tres mil soldados españoles y dos mil indígenas. Tienen que atravesar un territorio árido donde abundan las alturas y los desfiladeros. El primer objetivo es tratar de alcanzar Batel a unos 19 kilómetros. Desde allí tratarán de alcanzar Melilla.
Al frente del Regimiento de Alcántara nº 14 se encontraba el teniente coronel Fernando Primo de Rivera. Morirá en Monte Arruit días a causa de la gangrena de las heridas que le produjo la explosión de una granada. El Regimiento se había establecido en Dar Drius. A las siete de la mañana del 23 de julio, un escuadrón del Regimiento de Alcántara tiene que salir de Dar Drius para proteger en una primera ocasión de aquel día a los compañeros que se baten en retirada. Se ven obligados a cargar contra los moros y causan muchas bajas.
Regresan a Dar Drius a las once de la mañana, pero en seguida se ven obligados a volver a salir en compañía de todo el Regimiento. Tienen que proteger a dos columnas que solicitan ayuda. Cargan, matan a varios de los atacantes y los dispersan. A la una y media llega al Regimiento la noticia de que un convoy ha quedado atascado en el cauce seco del río Igán. Los rifeños están tiroteando a las ambulancias. Cuando llegan nada se puede hacer. Todos los ocupantes de las ambulancias están muertos, muchos de ellos degollados.
El Regimiento trata de regresar a Dar Drius pero según se van acercando ven que el poblado está ardiendo. Observan que una columna ha logrado escapar para tratar de llegar al fortín de Monte Arruit pero los rifeños están posicionados en el río Igán impidiendo el paso.

Primo de Rivera arenga a su tropa: “¡Soldados! Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas la mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos.”
Tienen la orden de desalojar al enemigo de sus posiciones al precio que sea. El Regimiento se lanza al galope colina arriba blandiendo los sables. Según se acercan reciben fuego intenso de fusilería. El teniente coronel Primo de Rivera pierde su montura y sigue luchando de pie.

De los 691 integrantes del Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 14, 551 han fallecido, el resto están heridos o han sido hecho prisioneros. Casi todos sus caballos han muerto en el combate. El Regimiento ya no tiene capacidad para seguir luchando.
Gracias a las siete cargas del Regimiento de Alcántara nº 14, la columna que había logrado escapar del asedio de Dar Drius logra llegar a Monte Arruit. De los cinco mil soldados que habían partido de Annual alcanzan Monte Arruit unos tres mil.
En Monte Arruit resistirán en penosas condiciones hasta el nueve agosto. Sin agua, sin provisiones, sin municiones, abandonados a su suerte por el mando, el general Navarro pacta con el enemigo el traslado hacia Melilla siempre que la fuerza española entregue el armamento.
Formados los tres mil supervivientes en el exterior de la fortificación, los rifeños comienzan a disparar a traición contra los soldados desarmados. Muchos son degollados. Sus cadáveres quedarán insepultos dos meses. Respetan la vida de 60 militares, incluido el General Navarro.

Entre el 22 y el 9 de agosto de 1921 murieron cerca de 8.000 militares al servicio de España (españoles e indígenas) por un enemigo claramente inferior a causa de la ineficacia y la cobardía de sus mandos. Nunca tenía que haber ocurrido el llamado “Desastre de Annual”.
El Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 14 fue condecorado la Cruz Laureada de San Fernando, como Laureada Colectiva en junio de 2012.
Esta es la hazaña inmortal del Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 10.


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