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domingo, 10 de mayo de 2026

Cruz de navajas.

Hay una canción de 1986, cuyo autor fue José María Cano y que popularizó el grupo musical al que pertenecía, Mecano, incluida en el disco Entre el cielo y el suelo, que cuenta la historia de una pareja, María y Mario Postigo —se dice que se trata de personajes reales o, al menos, que la letra está inspirada en una historia real—, cuya vida, que está sumida en un hastío por culpa de la rutina de unos horarios laborales contrapuestos, pues cuando termina la jornada del hombre comienza la de la mujer, hacen que el contacto entre ambos sea mínimo. Una mañana, en la que el regreso de Mario a casa, a una hora más temprana de lo habitual, hace que éste sorprenda a María con su amante, provoca una pelea entre los dos hombres con el resultado de la muerte del protagonista de la canción.
El título de la canción, Cruz de navajas, ¿o debería haber sido Cruce de navajas?, queda a su vez relacionado con las estrofas en las que se enumeran las tres heridas, las tres cruces que a la víctima le infligen: metafórica la primera, «una en la frente, la que más dolió», conocer la infidelidad de su pareja, soportar los cuernos, esta navaja se la clava María; «otra en el pecho, la que le mató», realista total, la infiere el amante de Maria; y la tercera «y otra miente en el noticiero…», en alusión a la falsa información que los medios de comunicación dan del hecho según el relato de la propia María que, evidentemente, fue testigo del crimen y de esa manera encubría a su enamorado, acusando a dos supuestos drogadictos que pasaban por allí.

Cuántas veces, muchas, porque muchas han sido las que he escuchado esta canción — que incluyo entre mis diez o doce preferidas—, mientras la oía, he pensado en otro final, y siempre en el mismo, un final en el que el muerto fuera el otro, o mejor, en el que ni siquiera hubiera necesidad de que alguien muriera. Me bastaría con que el protagonista propinara al otro un par de puñetazos y una patada en las gónadas, dejándolo arrumbado en un rincón del portal o en medio de la calle. Después, Mario subiría a su casa, seguido de María que, lloriqueando iría pidiendo perdón mientras alternaba la petición con la manida frase «déjame explicarte, esto no es lo que parece», guardaría sus pertenencias más básicas en una maleta —«ya volveré otro día por el resto»—y tras de decirle a la mujer «vete a la mierda, y vas muy bien servida», cogería la puerta y saldría a la calle aún sin saber a dónde se dirigiría. De esta manera el fracasado ascendería a héroe, aunque no dejaría de ser un fracasado, un cornudo.
Pero no sólo pienso en un final así mientras la oigo, y la oigo una y otra vez, pues muchas son las ocasiones en que las emisoras de radio la emiten, también vivo la ambición instantánea de que realmente la canción termine como la deseo, y espero anhelante que Ana Torroja cante mi final y nos cuente con apoteósica pena cómo Mario se aleja calle abajo con su maleta, mientras el alba va iluminando lentamente el cielo. Pero, me cagüen la leche, nunca ocurre así.



domingo, 12 de julio de 2020

La pedrada.

Hoy me ha venido a la cabeza —quizá no sea la frase más adecuada— un hecho de mi infancia del que me atrevería a decir que también es un primer recuerdo. Realmente uno de los primeros, que el número uno es el de mi madre de la mano y mi padre en una obra; digamos pues el segundo.

Tenía mi madre la costumbre de arreglarnos, poco más o menos de domingo, a mi hermano y a mí a última hora de cada tarde y marchar los tres a casa de mi abuelo, a donde también se dirigía siempre mi padre una vez finalizada su jornada laboral, para pasar allí un par de horas con toda la familia y regresar a casa, ya de noche, los cuatro juntos.

Tiempo después, cuando ella consideró que a mi hermano, por edad y tamaño, se le podía ir dando responsabilidades, optó por enviarnos cada día a los dos solos, «no os entretengáis, os vais derechitos», yo agarrado de su mano y él con el compromiso de que llegáramos en perfecto estado a casa de mi abuelo. Ella se incorporaría más tarde, una vez dejara resueltos sus quehaceres en casa.

Pues resulta que una de aquellas tardes en que los dos íbamos, supongo que obedientemente agarrados de la mano, camino de la acostumbrada reunión familiar, y tras cruzar Las Pasaderas y encaminarnos por la calle San Francisco, vimos, al pasar por la calle Viriato, a un numeroso grupo de  niños que, aparentemente jugaban sobre los montones de tierra que ocupaban casi toda la calle —seguramente se trataba de las obras de alcantarillado que por aquella época se adueñaron de todas las calles del pueblo—, y a lo mejor fue, aunque realmente fue a lo peor, que nos paramos a mirar, pero sólo fue un ratito, mamá, y ya no me acuerdo de más, ni siquiera del golpe ni del dolor, ni de los momentos de después, de nada, que lo que en ese instante pasó me lo contaron más tarde y nunca lo he olvidado: que aquellos niños no estaban jugando, que se trataba de una pelea, y que una piedra mal dirigida me llegó a mí y abrió una brecha en mi cabeza.

A partir de aquel momento la luz pasó a negro, o a rojo, que todo fue sangre, y la mente cambió a blanco. La luz se hizo en la cercana Casa de Socorro de la Cruz Roja, que fue adonde me llevó mi hermano —seis añitos mal contados tendría por entonces el muchacho—, y allí me veo ahora, sentado sobre una mesa, llorando a moco tendido, hipando entre ahogos, mientras una monja regordeta, de blanco impoluto, me limpia la cara de sangre y mocos.

Lo siguiente es estar sentado sobre las piernas de mi tío Vito, la monjita cosiendo mi herida y yo quejándome más que nunca. Mi madre que llega, nerviosísima, oigo que habla, pregunta, pero yo no la contesto, no sé si alguien lo hace; yo sólo miro a la monja, le digo que me duele, que se esté quieta por favor, pero no me hace caso, solamente tiene ojos y oídos para su trabajo, así que muevo la cabeza para zafarme, pero mi tío me sujeta para que no mueva mis brazos, ni la cabeza, «estate quieto, hijo». Y en sus brazos seguí hasta la casa de mi abuelo que recordándolo me pregunto: ¿cómo no iba yo a querer a ese hombre durante toda mi vida? 

La vuelta a la nuestra no la recuerdo, seguramente la hice andando, que no era mi padre de cogerme en brazos, ni siquiera para subir la cuesta de nuestra calle. Sin embargo, casi me atrevo a decir que aquella noche sí lo hizo.


Un par de apuntes antes de concluir:

— Uno: nunca he llegado a explicarme cómo mi hermano me llevó hasta el la Cruz  Roja, me dejó allí y corrió a avisar a mi tío —su casa estaba muy cerca— y después fue a  la nuestra a comunicárselo a nuestra madre. ¿Qué se le pasó por la cabeza para actuar así? Cada vez que he pensado en ello llego a la conclusión que lo más conveniente que pudo suceder fue que yo recibiera la pedrada, porque si la víctima hubiera sido él, juro que no habría sabido qué hacer, ni hubiéramos llegado a la Casa de Socorro, ni buscado a mi tío, ni a mi madre, ni nada de nada. Me habría quedado en la calle llorando y Dios sabe quién se hubiera ocupado del asunto.

— Dos: no por aquello no he tirado piedras durante mi vida, que sí lo he hecho y en numerosas ocasiones, sobre todo en los ríos, en aguas remansadas y con cantos planos, haciéndolos saltar sobre el agua, pugnando con otros a ver quien hacía más “ranas”. Nunca lo he hecho en condiciones en las que intuyera algún peligro, que aquello aún lo he olvidado y ha quedado impreso en mi memoria de manera imborrable. Y por supuesto, nada de tirachinas, nunca, nunca he tenido uno, y mis hijos tampoco.

Otro apunte, este ya es final: llegué a saber quién fue el que lanzó la piedra, su filiación y domicilio, lo conocí y nos vimos en numerosas ocasiones a lo largo de su vida —alguien me dijo, hace mucho tiempo, que había fallecido—, pero nunca le dije nada, ni él a mí tampoco, a pesar de que los dos conocíamos perfectamente esta historia.

domingo, 24 de noviembre de 2024

Nunca sabes cuando será la última vez que haces algo.

Leo por ahí, no recuerdo dónde —la tengo escrita en la libretilla de notas que habitualmente me acompaña— una frase que me llamó seriamente la atención. La frase en cuestión dice:

«Nunca sabes cuando será la última vez que haces algo».

Y me causó tanto interés, sobre todo, por la inquietud que a la vez me produjo. Hacer algo por última vez, pero ¿consciente o inconscientemente?
Porque muchas veces pienso, incluso con certeza, que es muy posible que mientras hago algo esté pensando que lo hago por última vez, o no:
Y es que nunca sabemos si aquellas acciones que nos son bastantes comunes y domésticas, o quizás no tanto, las realizamos por última vez: beber una copa de un vino concreto, leer un libro, saludar a un vecino con un "buenos días" o caminar por un parque o una calle cualquiera de nuestra ciudad. En estas ocasiones estaremos viviendo la situación de manera inconsciente, más aún, ignorante, porque no sabemos que pueda tratarse de una última vez. Las hacemos o vivimos sin darnos cuenta que pueden estar sucediendo por última vez, porque es probable que nunca más se den las circunstancias necesarias para que se repitan. Entonces pasarán inadvertidas, desapercibidas, porque las hemos realizado valorándolas sólo en el momento de vivirlas, sin preocuparnos por una trascendencia que, seguramente, no tendrá, o sí. Y es que las habíamos vivido sin darnos cuenta de que eran la última vez y por ello apenas si las habíamos apreciado.
Por el contrario, cuando visito un lugar y de manera mecánica me digo que ahí no volveré, que si tengo otras oportunidades visitaré otros nuevos, porque éste, por el motivo que sea, ya ha colmado mi deseo y agrado, o en el peor de los casos mi desagrado; en ese caso estoy seguro de que esa visita a ese sitio la he realizado por última vez, y cuando abandono el lugar, cuando doy por finalizado ese viaje, soy consciente de que ha sido la última vez. O cuando alguna comida o un producto extraño a mi dieta normal que haya probado por capricho o porque se presentara la oportunidad de hacerlo y resulta que el resultado es negativo para mi paladar, decidiera ponerle la cruz con un rotundo “esto no lo vuelvo a comer ni obligado por el médico”. En esos casos se trata de una decisión consciente que termina produciéndome un sentimiento casi sin trascendencia, no me causan pesar, si acaso un ligero agrado.

Pero hay una realidad, un trance, un hecho que puede tener una condición definitiva para con una última vez: la muerte. Definitiva y a la vez desigual, según se trate de alguien al que viste hace poco y al enterarte de su fallecimiento exclamas un "¿pero si le vi la semana pasada?", y aquel día de la pasada semana no pensaste que era la última vez que veías al ahora difunto; o de ese familiar directo al que has acompañado en el instante final de su vida y en ese minuto concreto tienes la mayor de las certidumbres, la verdad absoluta de que algo en tu vida está sucediendo por última vez.
Así que, cuando hagamos algo, y excepto en contadas ocasiones, procuremos sea con placer y generosidad, porque no sabemos si volveremos a tener la oportunidad de repetirlo.


domingo, 6 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (1)

Dejo aquí tres fotografías que, como es fácil de interpretar, tratan de la ceremonia de una Primera Comunión: la de un servidor.

Antes de nada, una puntualización. La primera instantánea no pertenece a ese día, aunque esté vestido para la acción. Esa es una fotografía-recordatorio, que se solía hacer días antes y en la que se imprimían los datos del protagonista y del acto en cuestión, para ser entregada a los invitados a la ceremonia y al posterior ágape. Recordatorio que, imagino, guardarían en algún lugar que pronto no recordarían. Menos mi madre, que sí guardó esta foto.

En ella ya estoy vestido con el uniforme de marinerito con el que tomaría la sagrada forma o, mejor dicho, medio vestido, porque sólo llevaba la chaquetilla y el cordón con la cruz al cuello. Y es que, lo recuerdo como si fuera hoy, mi madre y yo fuimos a la iglesia de la Asunción y en la sacristía me puso el medio uniforme recién planchado mientras Francisco el Sacristán preparaba cámara y atrezo. No sé quién oficiaría de falso sacerdote, o de verdadero, que tal vez alguno anduviera por allí y se prestara a ello. La cuestión es que puse en escena mis siempre ocultas dotes de actor y adopté cara de la circunstancia que se viviría días después. Los ojos como siempre, grandes y redondillos, ofreciendo una mirada de preocupación, a ver qué resulta de todo esto, pero tú tranquilo que todavía no es de verdad, la hostia auténtica vendrá dentro de unos días.

Al pie de la foto están los datos relativos al evento, mi nombre, lugar donde se celebraría —Colegio de R.R. (reverendísimas) Hijas de San José— y fecha. Digna de resaltar la frase que dice “En día tan feliz recordé con especial amor a mis queridos padres”; como para no recordarlos si estuvieron todo el día a mi lado.

Pero vayamos al día exacto, el 27 de mayo de 1964. Tenía yo seis añitos, que era ésa la edad a la que por entonces se hacía la Primera Comunión, no como ahora que los chiquillos andan metidos en los diez o doce años y las niñas parecen casi novias. Miro un calendario de aquel año y veo que el día 27 cayó en miércoles, y te preguntarás que cómo estaba sucediendo eso entre semana, y no un sábado o domingo como sería procedente. Pues resulta que mi madre pidió en el colegio el favor, y se lo concedieron, que la ceremonia se celebrara ese día pues era aniversario de su boda. Mismo favor que también le fue concedido tres años antes, para la de mi hermano.

Previo a ese día, quien esto escribe había llevado una ardua preparación a fin de recibir a Jesús con el alma blanquísima, la conciencia limpia y la memoria llena de no sé cuántas oraciones aprendidas, que durante el rito declamé más plegarias que el propio sacerdote que oficiaba: unas de rodillas, otras de pie, alguna sentado, pero todas emocionado y orgulloso de mi buena memoria, que no me equivoqué en nada —mi madre lo recordaría toda la vida, le gustó mucho, y es que ella, como buena católica practicante, era muy entusiasta de estos ceremoniales—. Al término fui felicitado por quien había supervisado todo aquel aprendizaje, la hermana López, que así por el apellido no sonaba bien como nombre de monja. Realmente se llamaba Vicenta, eso lo supe años después, lo que suena aún peor. En mi recuerdo queda una mujer de ojos grandes que destacaban en el hueco del escapulario por el que asomaba su rostro ovalado y moreno; alta de talla, tanto, que parecía andar sin gracia para ser religiosa, balanceándose al caminar entre los pupitres del aula, abanicándonos con el vuelo del hábito. Por entonces yo ya sabía leer y escribir, que me enseñó la hermana Marina uno o dos años antes, pero fue ella, la hermana López, la que con plumilla y tinta adiestró pacientemente mi caligrafía, redondeando unas letras que el tiempo, mucho tiempo después, trocaría en el galimatías que a veces parecen mis escritos.

Para aquel día, las monjas habían adornado como sólo ellas sabían hacer esas cosas, la pequeña capilla del colegio, una estancia poco más grande que un aula, situada a la derecha justo al entrar, iluminada por una ventana a la calle de La Palma. Un detalle que ahora veo en la segunda instantánea, entonces ciertamente no, porque hoy me puede la deformación profesional: dibujos geométricos, regulares, coloreados en una foto que es en blanco y negro, solería antigua que aventuro sigue estando en la misma sala.

Como se puede ver, para mí dispusieron un reclinatorio pomposamente forrado de gasa, tul o algo parecido, punteado de adornillos que debían ser flores; para mi madre y mi padre, los reclinatorios a pelo, sin aderezo alguno; para sentarnos, los tres, unas simples sillas.

Observo la foto y vuelve a llamarme la atención esa mirada de asombro, de curiosidad ante el descubrimiento de algo, con interés en el detalle. Mi madre, vestida de oscuro y velo negro acorde con la época, parece contener una emoción que apenas si se le escapa en la mirada; supongo que lo estaba, emocionada quiero decir, que ya apunté más arriba su predilección por estos actos. Mi padre, serio como casi toda su vida, e impecablemente vestido como pocas veces; es de agradecer.

El resto de los personajes son, a saber, de izquierda a derecha:

Mi tío Luis, bueno, tío de mi madre, que en realidad se llamaba Ángel y al que, a pesar de haberlo visto poco en mi vida —durante mi infancia pasaba días de sus vacaciones veraniegas en su pueblo—, fue suficiente tiempo para que dejara en mí marcada una huella que aún perdura. Recordarle es esbozar una sonrisa por la frase con la que resumía cómo fue el momento y la situación de mi llegada a este mundo, de la que él fue testigo, y que podéis leer en mi CV bueno:

 …él relató en numerosas ocasiones mi nacimiento y, como todo lo que contaba, con pasión y desmesura; pero en resumen fue algo así:yo estaba haciendo café en una hornilla y, mientras, tu madre fue a por churros; cuando volvió, ya habías nacido tú”

Al lado de mi tío está su hermana Antonia, ambos eran hermanos de la madre de mi madre; no digo abuela a la madre de mi madre, aunque lo fue, simplemente porque no la conocí, y nunca vi procedente llamarla así —hablando con mi madre siempre me refería a ella como “tu madre”. Con la tía Antonia no tuve relación, también vivía en Madrid.

Detrás de ella veo a mi tía Isidora, de la que ya hemos hablado en estas instantáneas. Ahí está en actitud severa, cabeza cubierta con velo, como no podía ser de otra manera en un acto tan serio como éste. Y a su lado, la tía Márgara, mi tía Márgara, hermana mayor de mi padre. Menudo tándem.

Creo que hablar sobre mi tía Márgara, que sería largo y extendido, va a ser cosa de otras instantáneas, que tiempo habrá. Aquí sólo dejar un detalle, el velo que lleva puesto: largo, le cae sobre el pecho, muy calado, seguramente destacando sobre los del resto de mujeres. Y su cabeza alta, quizás demasiado, en un gesto que mantuvo toda su vida, o al menos así lo vi siempre. Orgullo rancio del que nunca participé.

Termino con, mi hermano, al que veo aburrido y que sólo parece entretenerle el fotógrafo; y éste se da cuenta de ello y le hace centro de la fotografía. Así y todo, no consigue sacarle de su abulia; apoyado en los brazos está a punto de dormirse, me lo dicen sus ojos.

domingo, 12 de enero de 2014

Índice

C.V. Profesional

C.V. Bueno

Al principio

Apenas leo poesía

Caminos del deseo

«Ayn Rand (Alisa Zinovievna Rosenbaum)»

Cincuenta aniversario

Confianza

Crear contenido

Decirle tonto sin decir tonto

Dejar de leer un libro

De postre, fruta

De Pulgarcito a El Padrino

De regreso a casa

Desayuno en el parque

El beso que nunca fue

El petricor y el ozono

El sueño que he tenido

El teléfono, 150 años.

«El tiempo no existe»

Escabeche en Jueves Santo

Estado actual de Arturo Gallego Mendoza

«Esto también es memoria histórica»

Fue un Viernes Santo

Genealogía

Hoy ha tocado cortarme el pelo

Insultando, que es gerundio

Insultando suavemente

La convivencia sobre una vieja pista deportiva

«La Laureada de Alcántara»

La palabra más bella

La perra gorda

«La poesía es un arma cargada de futuro»

«Las mejores cosas de la vida»

«Leonard Cohen, premio Príncipe de Asturias 2011»

Lo que tú digas

Mala reputación

Maneras de tomar café

Manías

«Nada se ha hecho más sagrado que las fotos obsesivas... »

Ni el tiempo ni la ausencia

Nochevieja

No ha sido un déjà vu

No me gustan los mercadillos...

Nuevas palabras

Nunca sabes cuándo será la última vez que haces algo

Oiga, perdone

Que no sea nada…

Razón o emoción

Salvar la reputación

Se corre mal con  un niño en brazos

«Siento que tengo la edad...»

Sí, y tú ¿qué?

Salirse del camino

Un sobrecito de azúcar

Y la vida siguió


CRÓNICAS DESDE EL DOBLAO

A mí me enseñó a leer…

Cerro Muriano

Como tú, ninguno

Dos días de enero

El Día de las Juncias

El día más feliz de mi vida

El ferrobús

El Portal de Belén

El viejo barbero

En el Pedro de Valdivia

La bici del Badén

La Casa de los Cuesta

La Escuela del Cristo

La pedrada

La primera multa

La Selectividad

Mi primera moto

Nidos de golondrinas

Tres mentiras

Voy por churros

 

INSTANTÁNEAS

1958, febrero

1959, febrero

1960, mayo

1961, abril

1962, otoño

1963, abril

1963, mayo

1964, enero

1964, 27 de mayo (1)

1964, 27 de mayo (2)

1964, 27 de mayo (3)

1964, 27 de mayo (4)

1964, agosto

1965, febrero

1965, diciembre

1966, verano, calle Santiago

1967, febrero o marzo

1968, julio, Chipiona

1969, mayo

1970, verano

1972, agosto

1973, verano, El Badén

1974, mayo

1977, julio o agosto

1978, 27 de octubre

1979, Argel 27, Cuartel de San Fernando

2021, 4 de abril


DECÍA MI MADRE

Váyase usted a la mierda y va muy bien servido

Cada vez que meas te da una idea

Culo veo, culo quiero

Dímelo andando

El 'no' se lleva siempre consigo

En mi casa mi culo descansa

Ese garbancito no se ha cocido en esta olla

Estar al cabo de la calle

Hay que ver, lo tienes todo al retortero

Hijo, ni la purga Benito

Lo caliente está a gusto de todo el mundo

Lo tienes todo manga por hombro

Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos

Melón y tajá en mano

Mientras voy vengo, vida tengo

Míralo, como si oyera llover

¿No pensarás salir así, a cuerpo gentil?

Para qué hacer caso a medios días habiendo días enteros

Por un oído te entra y por el otro te sale

Préstame un pan y tráemelo a casa

¿Qué, mirando a las musarañas?

Quien evita la tentación evita el pecado

Te vas a enterar de lo que vale un peine

Te voy a dar más palos que a una estera vieja

Un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio


COSAS DE COMER

Arroz en Islantilla

Sobre el gazpacho

En invierno, migas

Potaje de Lentejas

Chiquillos con chaleco

Los macarrones de Encarna


CITAS

De Borges

De Cortázar


DE OTROS

Benito y la purga

Declaraciones miserables para ocultar los errores del Gobierno.

Carta a Javier Bardem

El cansino lloriqueo de los milenial

En España aún hay censura

Esto también es memoria histórica




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domingo, 24 de agosto de 2025

La carga heróica del Laureado Regimiento...

La carga heroica del Laureado Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 10 en las orillas del río Igán

Por Darío Madrid

El 23 de julio de 1921, 691 jinetes españoles pertenecientes al Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 10 cargaron en siete ocasiones en las orillas del río seco Igán, contra las tropas de Abd el-Krim para proteger la retirada de sus compañeros de Annual. Murieron 551.
Los compañeros que trataban de proteger procedían de la posición de Annual. El general Silvestre había ordenado la retirada después de suponer que 10.000 rifeños les cercaban. Los españoles no superaban los 5.000 hombres y carecían de víveres, agua y municiones.

El general Silvestre fallece en extrañas circunstancias. Algunas versiones afirman que se suicidó al ser herido y verse rodeado de enemigos. Su cuerpo nunca fue hallado. Tomará el mando el general Felipe Navarro que había llegado a Annual el día anterior.

Navarro tiene que dirigir una retirada de tres mil soldados españoles y dos mil indígenas. Tienen que atravesar un territorio árido donde abundan las alturas y los desfiladeros. El primer objetivo es tratar de alcanzar Batel a unos 19 kilómetros. Desde allí tratarán de alcanzar Melilla.
Al frente del Regimiento de Alcántara nº 14 se encontraba el teniente coronel Fernando Primo de Rivera. Morirá en Monte Arruit días a causa de la gangrena de las heridas que le produjo la explosión de una granada. El Regimiento se había establecido en Dar Drius.
A las siete de la mañana del 23 de julio, un escuadrón del Regimiento de Alcántara tiene que salir de Dar Drius para proteger en una primera ocasión de aquel día a los compañeros que se baten en retirada. Se ven obligados a cargar contra los moros y causan muchas bajas.
Regresan a Dar Drius a las once de la mañana, pero en seguida se ven obligados a volver a salir en compañía de todo el Regimiento. Tienen que proteger a dos columnas que solicitan ayuda. Cargan, matan a varios de los atacantes y los dispersan.
A la una y media llega al Regimiento la noticia de que un convoy ha quedado atascado en el cauce seco del río Igán. Los rifeños están tiroteando a las ambulancias. Cuando llegan nada se puede hacer. Todos los ocupantes de las ambulancias están muertos, muchos de ellos degollados.
El Regimiento trata de regresar a Dar Drius pero según se van acercando ven que el poblado está ardiendo. Observan que una columna ha logrado escapar para tratar de llegar al fortín de Monte Arruit pero los rifeños están posicionados en el río Igán impidiendo el paso.

Primo de Rivera arenga a su tropa: “¡Soldados! Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas la mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos.”
Tienen la orden de desalojar al enemigo de sus posiciones al precio que sea. El Regimiento se lanza al galope colina arriba blandiendo los sables. Según se acercan reciben fuego intenso de fusilería. El teniente coronel Primo de Rivera pierde su montura y sigue luchando de pie.


Los disparos de los rifeños causan numerosas bajas en hombres y caballos. El Regimiento de Alcántara nº 14 carga hasta en siete ocasiones. La última al paso. Cada carga la hace un número menor de soldados. Logran que el enemigo se retire, pero el 80% del Regimiento ha perecido.
De los 691 integrantes del Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 14, 551 han fallecido, el resto están heridos o han sido hecho prisioneros. Casi todos sus caballos han muerto en el combate. El Regimiento ya no tiene capacidad para seguir luchando.

Gracias a las siete cargas del Regimiento de Alcántara nº 14, la columna que había logrado escapar del asedio de Dar Drius logra llegar a Monte Arruit. De los cinco mil soldados que habían partido de Annual alcanzan Monte Arruit unos tres mil.

En Monte Arruit resistirán en penosas condiciones hasta el nueve agosto. Sin agua, sin provisiones, sin municiones, abandonados a su suerte por el mando, el general Navarro pacta con el enemigo el traslado hacia Melilla siempre que la fuerza española entregue el armamento.
Formados los tres mil supervivientes en el exterior de la fortificación, los rifeños comienzan a disparar a traición contra los soldados desarmados. Muchos son degollados. Sus cadáveres quedarán insepultos dos meses. Respetan la vida de 60 militares, incluido el General Navarro.



Reconquistada la posición, uno de los primeros que halla los cadáveres será el comandante Franco de la 1ª Bandera de la Legión: “Renuncio a describir el horrendo cuadro que se presenta a nuestra vista. La mayoría de los cadáveres han sido profanados o bárbaramente mutilados.”
Entre el 22 y el 9 de agosto de 1921 murieron cerca de 8.000 militares al servicio de España (españoles e indígenas) por un enemigo claramente inferior a causa de la ineficacia y la cobardía de sus mandos. Nunca tenía que haber ocurrido el llamado “Desastre de Annual”.
El Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 14 fue condecorado la Cruz Laureada de San Fernando, como Laureada Colectiva en junio de 2012.
Esta es la hazaña inmortal del Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 10.