Dice el DRAE que la «preocupación caprichosa y a veces extravagante por un tema o cosa determinados» se denomina manía. En el artículo correspondiente del diccionario conviven otras acepciones más, pero que para lo que ahora pienso escribir, creo que no interesan. Aunque quizás el que habla de «afición exagerada por alguien o algo» podría quedar aquí incluido, pero sería sólo muy tangencialmente. Bueno, ya veremos cómo se desarrolla el tema.
Sí, creo que tengo, a tenor de las definiciones anteriores, algunas manías. Eso sí, ninguna que cuadre con «Síndrome o cuadro clínico, por lo general episódico, caracterizado por la excitación psicomotriz derivada de una exaltación de la consciencia de sí mismo». Es decir, que no tengo delirios ni arrebatos, y tampoco estados de furia. Lo mío son tendencias, aficiones, antojos, obsesiones, rarezas y extravagancias, que son maneras leves de llamar a las manías.
Confieso que nunca había pensado en ello, o sea, que jamás me había reconocido manías ni nadie me lo había hecho ver. Hasta hace poco, unas semanas, algunos meses, no recuerdo, pero ha sido hace poco tiempo. Lo cuento:
Era de noche, estoy acostado, y mi señora entra en la habitación y se disponía a acostarse también. Entonces se volvió hacia la puerta con el propósito de cerrarla: «no, déjala entreabierta». Ella obedeció sin dar importancia a mi orden, pero comentando: «qué manía tienes con dejar siempre la puerta abierta».
Ea, pues eso me hizo echar un pensamiento durante unos minutos hasta que me venció el sueño. El tiempo suficiente para reconocer que sí, que siempre duermo con la puerta de mi habitación abierta, y que si en alguna ocasión, desde la cama, la he visto cerrada, me he levantado y la he dejado entornada. Y también que antes de acostarme bajo la persiana de la ventana hasta unos veinte centímetros, más o menos, de su cierre total, porque por las mañanas, al despertar, quiero ver la luz del día.
Estas fueron las manías que aquella noche, durante mi tiempo de adormecimiento, consideré que me afectaban. La verdad es que fueron pocas, sólo dos y muy domésticas y próximas la una a la otra. Pocas me parecieron, pero es que no me dio tiempo a más.
Ya han quedado reconocidas mis dos primeras manías: entornar la puerta y bajar la persiana de mi dormitorio. ¿Alguna más?
Pues sí, el uso de la colonia. Acostumbro a utilizar ese producto con frecuencia, imagino que como gran parte de la humanidad. Aunque tal vez no con la asiduidad de un servidor:
Situación una: estoy en casa y he acabado alguna tarea que requiere lavado de manos, me las lavo y después me aplico la que llaman colonia de baño. Remato el tema con unos fufúes del aerosol por mi ropa.
Situación dos: poco antes de salir a la calle y como último gesto de higiene en el cuarto de baño, siempre toca un golpetazo de colonia, de la normal, digamos, que las de tipo perfume las dejo para ocasiones más señaladas. Sin embargo, ocurre que ha habido momentos que ya en el ascensor, o justo al salir a la calle, he llevado inconscientemente mis manos a la nariz, y he notado el olor a jabón y por tanto la ausencia del de la colonia. Entonces he dado media vuelta y he regresado al cuarto de baño a cumplir con el rito. A ver, que cuando ya estoy lejos de casa o montado en el coche y noto la falta de la colonia, no vuelvo, sigo mi camino, que lo mío no es ningún síntoma de enfermedad alguna, digo yo.
Situación tres: cada vez que visito un hipermercado o un centro comercial, paso por la sección correspondiente para aplicarme unos toques de alguna colonia que esté expuesta a modo de probador. Y si entre ellas se encuentra una, que jamás he comprado, pero que me trae buenos recuerdos, entonces es ésa la que, con placer y disimulada desmesura, me rociaré.
He de estar atento en el futuro por si me sorprendo ante otra manía. Entonces tendré que editar este texto para añadirla.

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