domingo, 26 de abril de 2026

Maneras de tomar café

Cuentan que Ortega y Gasset —o fue Gregorio Marañón, no recuerdo exactamente a quién se atribuye la anécdota, pero a uno de los dos fue, seguro— comentó, ante el caos social y político que, durante los años treinta del siglo pasado, se estaba viviendo en España, que «cómo se iba a poder gobernar este país, cómo satisfacer a tanta gente, si ni siquiera entre los gobernantes consiguen conciliar decisiones, con la multitud de ideas distintas y contrarias, queriendo cada uno llevar su razón; cómo hacerlo si hasta para tomar café no hay acuerdo.
Bueno, seguramente las palabras exactas no fueron esas, pero el concepto queda claro: ya en la primera mitad del siglo XX había diferentes modalidades de servir el café.
Pues en ello pienso cada vez que me siento en la barra de un bar a tomar un café y escucho a los parroquianos pedirlo. Compruebo la variedad tan amplia que existe, le doy la razón a uno de aquellos dos sabios, a la vez que me digo que si hoy vivieran podrían comprobar que, seguramente, se ha multiplicado por diez o más el número de formas distintas de tomar un café con respecto a las que ellos conocieron.
A aquellos cafés de entonces habría que añadir hoy no sólo los descafeinados que, aunque descubierto el sistema para eliminar la cafeína en 1903, no debieron de popularizarse en España hasta mucho después; sino también los que la ciencia y la búsqueda de la buena salud nos han traído: con leche desnatada, semidesnatada, con leche sin lactosa, con zumo de avena, o con alguna variedad más que desconozco pero que, seguro seguro, existe; con la leche fría, o templada, servido en taza, o en vaso de caña. Y todo ello sin entrar en locales en los que se puede elegir hasta la procedencia del café, su punto de tueste o de torrefacción o el dibujito sobre la espuma de la leche batida.
¿Y esto venía a santo de qué, Mánuel?

Ah, ya. Resulta que estaba un servidor sentado en la barra de la cafetería de un conocido centro comercial tomando un café con leche normal, como siempre, a la vez que observaba el trajinar de las tres empleadas que atendían detrás de la barra: una de ellas, Manoli, con dedicación completa a la cocina, tostadas y más tostadas —otro día habría que escribir sobre el nuevo mundo de la tostada que, de unos años para acá, se ha abierto en esta mi ciudad—; otra, Yesi, sin quitar la vista de la cafetera, venga a sacar cafés de todos los nombres e infusiones también variadas; y la última, a la que ninguna de las otras dos nombraba, ya que era ella la que, llevando la voz cantante, daba las órdenes a las dos primeras, moviéndose de un lado a otro de la barra, desplazando sin parar su llamativo volumen sin entorpecer ni hacer colapsar el trabajo de sus compañeras, quitando servicios ya consumidos, pidiendo comandas a los clientes, trasmitiendo a las otras dos colegas dichos encargos —a la primera la amplia variedad de tostadas, y a la segunda la interminable lista de cafés disponibles—, poniendo los nuevos servicios, cobrando las consumiciones; y vuelta a empezar. Y todo ello sin perder ninguna de las tres la compostura ni mostrar aceleración en sus movimientos; impolutos sus uniformes, incluido el rojo mandil. Una maravilla de servicio, a lo que añado un trato agradable y correctísimo: ¿qué va a tomar, cariño?; son cuatro veinte, cielo; ¿con qué me dijo que iba la tostada, corazón? Y algunas otras maneras más de mostrar afecto que no anoté. Estuve a punto de obsequiarla con algo parecido en el momento de pedir mi cuenta, pero me contuve, que no están los tiempos para familiaridades desde el lado de los hombres.

Y aquí viene el tema en cuestión, en los no más de veinte minutos que permanecí en la barra de la cafetería pude escuchar no menos de diez o doce modos distintos de pedir un café: café con leche en taza, en vaso, me lo pone con la leche templada; cortado, cortado con la leche fría; café con leche desnatada; café solo, solo doble; americano templado; ¿me da un vaso para enfriar?, y un etc. que, como en el caso de las muestras de cordialidad, tampoco anoté pero que puedo asegurar, era extenso.

Pero lo mejor, lo que aún da más valor a lo que allí estaba sucediendo, es que en ningún caso advertí error alguno: la mujer sin nombre podía pedir dos o tres tipos distintos de café y sin que estuvieran dispuestos aún por parte de Yesi, pedía otros más, fueran los que fuesen, y Yesi respondía con acierto. Una y otra vez. Y lo mismo con las tostadas, Manoli no fallaba, pero ya he dicho que de este tema no va el pensamiento de hoy.

Resumiendo, que si Ortega y Gasset, o Marañón, hubieran estado hoy en la cafetería presenciando la escena, se reafirmarían en su aquel comentario. Eso sí, habrían añadido que, a pesar del caos que pueda suponer la multitud de ideas del ser humano, de las luchas por hacer valer razones y, por supuesto, de los gustos distintos para tomar café de cada uno, hay asuntos que funcionan muy bien en este mundo, y uno de ellos es el trabajo de aquellas tres mujeres detrás de la barra.