Ah, ya. Resulta que estaba un servidor sentado en la barra de la cafetería de un conocido centro comercial tomando un café con leche normal, como siempre, a la vez que observaba el trajinar de las tres empleadas que atendían detrás de la barra: una de ellas, Manoli, con dedicación completa a la cocina, tostadas y más tostadas —otro día habría que escribir sobre el nuevo mundo de la tostada que, de unos años para acá, se ha abierto en esta mi ciudad—; otra, Yesi, sin quitar la vista de la cafetera, venga a sacar cafés de todos los nombres e infusiones también variadas; y la última, a la que ninguna de las otras dos nombraba, ya que era ella la que, llevando la voz cantante, daba las órdenes a las dos primeras, moviéndose de un lado a otro de la barra, desplazando sin parar su llamativo volumen sin entorpecer ni hacer colapsar el trabajo de sus compañeras, quitando servicios ya consumidos, pidiendo comandas a los clientes, trasmitiendo a las otras dos colegas dichos encargos —a la primera la amplia variedad de tostadas, y a la segunda la interminable lista de cafés disponibles—, poniendo los nuevos servicios, cobrando las consumiciones; y vuelta a empezar. Y todo ello sin perder ninguna de las tres la compostura ni mostrar aceleración en sus movimientos; impolutos sus uniformes, incluido el rojo mandil. Una maravilla de servicio, a lo que añado un trato agradable y correctísimo: ¿qué va a tomar, cariño?; son cuatro veinte, cielo; ¿con qué me dijo que iba la tostada, corazón? Y algunas otras maneras más de mostrar afecto que no anoté. Estuve a punto de obsequiarla con algo parecido en el momento de pedir mi cuenta, pero me contuve, que no están los tiempos para familiaridades desde el lado de los hombres.
Y aquí viene el tema en cuestión, en los
no más de veinte minutos que permanecí en la barra de la cafetería pude
escuchar no menos de diez o doce modos distintos de pedir un café: café con
leche en taza, en vaso, me lo pone con la leche templada; cortado, cortado con
la leche fría; café con leche desnatada; café solo, solo doble; americano
templado; ¿me da un vaso para enfriar?, y un etc. que, como en el caso de las
muestras de cordialidad, tampoco anoté pero que puedo asegurar, era extenso.
Pero lo mejor, lo que aún da más valor a
lo que allí estaba sucediendo, es que en ningún caso advertí error alguno: la mujer sin
nombre podía pedir dos o tres tipos distintos de café y sin que estuvieran
dispuestos aún por parte de Yesi, pedía otros más, fueran los que fuesen, y Yesi respondía con acierto.
Una y otra vez. Y lo mismo con las tostadas, Manoli no fallaba, pero ya he dicho que de este tema no va el pensamiento
de hoy.
Resumiendo, que si Ortega y Gasset, o
Marañón, hubieran estado hoy en la cafetería presenciando la escena, se reafirmarían
en su aquel comentario. Eso sí, habrían añadido que, a pesar del caos que pueda
suponer la multitud de ideas del ser humano, de las luchas por hacer valer
razones y, por supuesto, de los gustos distintos para tomar café de cada uno,
hay asuntos que funcionan muy bien en este mundo, y uno de ellos es el trabajo
de aquellas tres mujeres detrás de la barra.
