domingo, 26 de febrero de 2023

Escabeche en Jueves Santo

Salgo de casa algo tarde, acaban de dar las diez de la mañana. Digo tarde porque mis viajes, cortos en el tiempo y cercanos en el espacio como éste, pero viajes, al fin y al cabo, los suelo iniciar algo más temprano. Esta vez voy solo, así me lo planteé hace días y ella no lo ha visto mal, sus quehaceres familiares obligan y se quedará en casa.
Apenas una hora después estoy tomando café donde siempre lo hago en ocasiones como la de hoy. Café y algo más. Doce y media más o menos, vámonos.
Llego pronto al pueblo, la autovía nos ha hecho ganar mucho, sobre todo tiempo. La ganancia nos viene desde hace años, pero no por ello olvido las tediosas idas y venidas a Villanueva: sin niños, con niños, calor, lluvia, cualquier época del año, la trasera de un camión, de otro y de muchos más, la llegada a casa ya entrada la noche, más de tres horas de viaje, en fin…
Encuentro a mi primo peleando con el perro, dice que lo va a castrar, lo viene diciendo desde hace meses, y ahora ya va tarde, que ese perro no se calmará nunca, ni castrándolo ni siendo bendecido el día de San Antón; no tiene remedio ese exceso de perro. Y cocinando, prepara un escabeche que inmediatamente me recuerda a mi madre, es Semana Santa y el escabeche nunca faltaba en nuestra casa. Y mira que no haberle preguntado a ella por su receta. Claro que tampoco le pregunté por otras tantas recetas, los pestiños, las boyas, magdalenas, que ella era más de dulcerío, y ahora lo lamento, cuánto lo lamento.
El escabeche y sus ingredientes —bueno, los de mi primo—, tomo nota de lo que ahora tengo delante: machacar mucho ajo, granos de pimienta negra también machacados, puñadillo de sal, seguir machacando; chorreón de vinagre, un chorreón agradecido o sea, un buen chorreón; colorante que le dé color, o azafrán que le dará sabor pero menos color, lo que se prefiera o se disponga; y clavos de olor, laurel y cáscara de naranja; y agua. Probar y si procede rectificar de sal o vinagre o de las dos cosas: añadir si se nota escaso o algo de agua si se aprecia exceso. Y al frigorífico, que coja temperatura.
En una enorme fuente veo las piezas sólidas que se incorporarán al escabeche: 48 albóndigas tamaño gordo sin empanar, un número indeterminado de chuletas, tronchos de acelgas, boquerones y bacalao rebozados y fritos, y tortilla de patatas. Una auténtica exageración, bendita desmesura.
Pero como es Jueves Santo, ¿había dicho que es Jueves Santo?, pues hay procesiones. En las Pasaderas la Virgen de los Dolores y el Nazareno se encuentran, como cada año, desde siempre, pero ahora con mucha más gente y más música, y menos atención. Apenas se cabe en una plaza que siempre me pareció grande y que creo que ya no lo es, como tampoco otras calles del pueblo lo son, que las han llenado de bancos, papeleras, farolas y mesas de los bares en las aceras, que no se puede pasar por ellas, o al menos no paso con la holgura que recuerdo y exijo.
La Virgen de los Dolores se marcha detrás del Nazareno y nosotros rendimos cuenta de unas cervezas mientras esperamos la hora de ver, en silencio, al Cristo de la Pobreza, que vuelve a conmoverme cada vez que lo miro, una y otra vez, como siempre, desde que yo era chico. El Cristo de la Tristeza lo llamaba mi madre. Tanto me impresiona como me desconcierta el hecho de que tan sublime talla procesione sobre poco más que unas parihuelas. ¿Es que no se dan cuenta de ello sus devotos cofrades?
De camino a casa, la penúltima; y ya en casa no nos resistimos, a pesar de la hora tan intempestiva,  a la tentación, porque ¿quién se resiste al escabeche y sus encantos?

 

 

jueves, 23 de febrero de 2023

Quien evita la tentación evita el pecado.

Realmente, la frase más utilizada que se asemeja, y viene a significar lo mismo, a la que titula esta entrada es «Quien evita la ocasión evita el peligro», que nos viene a decir que los riesgos pueden y deben eludirse, evitándose así la posibilidad de sufrir los daños que de ellos se deriven. Es decir, la manera de cerciorarnos de que no vamos a sufrir un perjuicio causado por un peligro es no exponernos a esa amenaza.
Pero como el contexto en el que me muevo ahora está referido a mi madre y sus frases hechas, he de catolizarla, porque ella era católica y muy practicante. Así que diremos que la que ella empleaba, con la asiduidad que fuera requerida, era una que se atribuye a San Ignacio de Loyola, y que dice:

«Quien evita la tentación evita el pecado»

que hasta suena mejor al oído, al mío, claro.

Con ello, San Ignacio debía recomendarnos que nos alejáramos de situaciones y ambientes que pudieran afectarnos negativamente para evitar sus consecuencias, posiblemente también perjudiciales. Ello siempre dentro del campo de la moral: evitemos acciones que nos lleven a cometer el mal aún si de ellas fuéramos a obtener provecho.
Y eso lo convirtió en máxima mi madre, repitiéndomelo en numerosas ocasiones cuando preveía que tal o cual acción futura mía podría acarrearme resultados poco agradables, sabedora ella que todos somos débiles y las tentaciones son fuertes.
Pero claro, ¿a quién no le gusta vivir instantes de cierta inseguridad?, aun arriesgándose a perder el equilibrio, tropezar y caer. Hay veces que es necesario aventurarse cuando está en juego una buena ganancia, quien no se expone no ganará. Pero a la vez también es obligado renunciar al posible beneficio, sobre todo cuando éste no está garantizado y los riesgos se prevén elevados: si no bebes no te emborracharás y podrás conducir sobrio, y se eliminará la posibilidad de un accidente provocado por ti (hágase esto extensivo a muchas, muchísimas, situaciones).

No sé si viene a cuento, pero acabo de recordar que, en cierta ocasión durante mi vida profesional, un tipo relacionado con un trabajo que yo había terminado, durante una conversación relativa a aquel trabajo, y mientras tomábamos tranquilamente café en un lugar público, hablando sobre lo bien que había ido, alargó hacia mí su mano en la mesa apenas ocultando un sobre. Retiró la mano, puse yo encima la mía y se lo arrastré hasta él. Le contesté que yo ya había cobrado por mi trabajo.
Con el tiempo, muchas veces pensé que habría podido ocurrir si me hubiera quedado con aquel sobre del que nunca supe qué contenía, pero he de suponer que era dinero, y bastante por lo que abultaba. En aquel instante suponía cruzar una línea a cuyo otro lado había un riesgo cuya única compensación estaba en el contenido del sobre, y ante la inseguridad que me producía la ignorancia sobre ese otro lado de la línea, opté por levantarme y dejar allí al tipo que, supongo, pagó mi café.

domingo, 12 de febrero de 2023

El asesinato de Roger Ackroyd

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo.
Dicen que es la mejor novela de suspense que se ha escrito. Posiblemente sea verdad.
Lo que sí es cierto, que es la que más me ha gustado de todas las que he leído.

 


«¿Se habría suicidado? Si lo había hecho, lo más seguro es que hubiese dejado alguna nota sobre el paso que iba a dar. Sé por experiencia que las mujeres que deciden suicidarse desean, por regla general, revelar el estado de ánimo que las lleva a cometer ese acto final».

«Pero, ¿cree usted posible, Monsieur, que un hombre trabaje y sude para lograr cierta clase de bienestar y una vida según sus ambiciones para descubrir que, después de todo, echa de menos los días de trabajo ingrato y la antigua tarea que creyó que le hacía tan feliz dejar».

«—Todo el mundo tiene algo que esconder —dije, sonriendo.
—Eso mismo.
—¿Sigue creyéndolo?
—Más que nunca, amigo mío. Pero no es nada fácil ocultarle cosas a Hércules Poirot. Tiene la especialidad de descubrirlas».

«Dicen que los que escuchan a los demás no oyen nada bueno de ellos».

«A veces las secuelas tardan en manifestarse. Las personas no son responsables de sus actos, pierden el dominio sobre ellas mismas y no permiten que nadie les ayude».

«Después de todo, muchos crímenes se han cometido por menos de quinientas libras. Todo depende de la cantidad de dinero que hace falta para corromper a un hombre. Es una cuestión de relatividad. ¿No es cierto?».

«—No sé mucho sobre crímenes —señaló miss Gannett con el tono de quien no ignora nada—, pero puedo decirle una cosa. La primera pregunta que hacen siempre es: ¿quién ha sido el último en ver al muerto? Y se sospecha de persona en cuestión…».

«…Es posible presionar a un hombre tanto como se quiera, pero con una mujer no hay que rebasar ciertos límites, pues una mujer tiene en el fondo de su corazón un gran deseo de decir la verdad».

«¡Cuántos esposos han engañado a sus esposas y bajan tranquilamente a la tumba, llevando su secreto consigo! ¡Cuántas esposas que han engañado a sus esposos arruinan sus vidas confesándolo todo! En un momento de atrevimiento, que les pesa haber tenido después, desprecian toda cautela y proclaman la verdad con gran satisfacción momentánea».

«Poirot me recibió con mucha cordialidad. Había una botella de whisky irlandés —que detestoؙ en una mesita, junto con un sifón y un vaso. Él bebía chocolate caliente. Más tarde descubrí que se trataba de su bebida favorita».



De  "El asesinato de Roger Ackroyd", de Agatha Christie ( Agatha Mary Clarissa Miller, Torquay, Inglaterra, 15 de septiembre de 1890 —Wallingford, Inglaterra, 12 de enero de 1976, escritora y dramaturga británica, especializada en el género policial.

Los ritos del agua

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y no siempre me gustaría haberlo escrito yo.



«Yo nunca preguntaba, ella era uno de esos tabúes que se imponen en las cuadrillas y, a fuerza de no nombrarla nunca, me había hecho a la idea de que no había caminado por las calles de Vitoria durante los últimos veinticuatro años,
Alguna vez la había visto, pero siempre la había ignorado.
Esa era la promesa que le hice y la había cumplido».

«Me sorprendió un poco su físico. Beatriz Korres era como una antigua diva de los años 40, ese tipo de mujeres de maquillaje pulido y perfecto, raya del ojo apuntando hacia las estrellas, barbilla gloriosamente rematada en un atractivo hoyuelo. Tacones de aguja, falda de tubo. Pelo de color canela, levantado por la laca y los rulos. Un poco entrada en carnes, orgullosa de ello».

«Alba, por su parte, se pasaba por mi portal sin horarios ni avisos, nos dejábamos ver por el centro y acabábamos jadeando bajo las sábanas.
En resumen, la vida a veces podía ser un buen lugar en el que quedarse».

«La madrugada despertó amenazando tormenta. El calor insano de los días pasados se cobraba su precio y el aire estaba cargado de electricidad. Una chispa habría hecho que todo saltase los aires».

«—Tal vez tenga algo que ver con sus muertes sin ser el asesino. Hay hombres con defectos o con pecados que provocan la desgracia de los que tienen alrededor, sin ser ellos los que disparan la escopeta, no sé si me explico».





De Los ritos del agua, de Eva García Sáenz de Urturri