domingo, 24 de marzo de 2024

Oiga, perdone.

Tendría mi hijo cuatro o cinco años, o tal vez más, cuando, estando sentados en la terraza de un bar tertuliando con algunos amigos después de haber finiquitado nuestras consumiciones, se dirigió a mí solicitando mi atención con las siguientes, o parecidas, palabras: «Papá, llama al oiga, dale el dinero y vámonos a casa». Evidentemente mi hijo me estaba diciendo que llamara al camarero, pagara y marcháramos a casa que la criaturita estaba cansada.
Él no sabía que la profesión del señor que nos servía las vituallas era la de camarero; él escuchaba, cuando le llamábamos «oiga, por favor…», y había deducido que, genéricamente, quienes trabajaban en bares y restaurantes eran los oigas. Porque oiga es, o era, la palabra con la que se inicia, o debe iniciarse, la frase con la que nos dirigimos a quien en un establecimiento público nos va a atender.
Sin embargo, esto no es así, ya ha dejado de ser así. Estás en un bar y alguien llega, se dirige a quien se encuentra detrás de la barra y le espeta un «perdone, me pone un café con leche», por ejemplo; y el camarero, educadísimo, como debe de ser, le pone un café con leche. O paseas por una de las numerosísimas tiendas de ropa, complementos y derivados, y escuchas a tu lado a una señora dirigiéndose a una empleada con un «perdona, de esta blusa ¿tendría una talla más?»; y la chica, siempre son jovencitas las empleadas, contesta a la señora con un amabilísimo «un momento, ahora se lo miro». E incluso conmigo también ha sucedido en ocasiones, por la calle, cuando alguien se me ha acercado y me dice: «Perdón, la calle Naranjos en flor, ¿está cerca?»; un servidor, como buen conocedor de mi ciudad, responde presto y hace las indicaciones oportunas.

Me pregunto cuándo hemos normalizado estos diálogos, por qué hemos asumido que para llamar la atención de alguien tengamos que comenzar pidiendo perdón sin esperar —porque no ocurre nunca— a que nuestro interlocutor nos perdone. ¿Y por qué nos iba a perdonar si previamente no ha recibido ninguna ofensa de nuestra parte, ni tenemos con él ninguna deuda u obligación pendiente?
Puedo entender que esa petición previa de perdón sea una fórmula de cortesía para pedir disculpas, si es que antes ha habido agravio alguno, es evidente, que hasta la Real Academia así lo reconoce. Pero ese no es el caso que trato, aunque actualmente se vaya entendiendo de esa manera: el personal pide perdón porque cree que está interrumpiendo la labor del camarero o de la dependienta, que le está molestando, vamos, sin entender que lo que está haciendo es solicitar su servicio, que, casualidades de la vida, es precisamente su trabajo, y debe de hacerlo con un simple oiga.
Pero no queda reducido a esas ocasiones el desatinado y excesivo uso del perdón, que también se acostumbra a utilizarlo como forma interrogativa para expresar que no se ha entendido algo. Y además se hace con un tono solemne, engolando la voz, incluso con tono de ofensa: «¡Perdoooona!».
Perdón, perdón, acabo de leer en el DRAE, en la novena acepción de la palabra perdón, que ésta es, precisamente, la forma interrogativa para expresar que no se ha entendido algo.