domingo, 1 de marzo de 2026

Nochevieja

Desde hace muchos años la noche de Nochevieja es para mí un acontecimiento carente de diversión. La vivo con un oculto aburrimiento que, evidentemente, no exteriorizo, aunque de vez en cuando hago comentarios que denotan mi estado de ánimo. Pero no por ello renuncio a participar en la fiesta, los brindis, las conversaciones, las canciones si se tercian y, por supuesto, en los preparativos desde el día de antes.
Y es que dicha noche no me emociona en absoluto. No sé qué tiene de especial pasar de un año a otro, no entiendo por qué esa noche tiene que marcar tanto a la gente. Veo más especial el día de fin de curso de los estudiantes, el primer día de vacaciones, las jornadas que duran un viaje deseado o cualquiera de esos días a lo largo de la vida que quedan de verdad marcados en el calendario. Pero el simple paso de un día a otro, aunque situado al final del año, obligado por los ritos sociales y el mercado, la forzosa diversión, la hipócrita postura de felicitaciones y buenos deseos, no, no está entre mis más anhelados placeres.
Siempre he deseado que ese día y su noche fueran lo más normales posible, pero nunca lo he conseguido. Así que he tenido que sobrellevar cada fin de año con una mezcla de serena impostura y alegría de comediante. Pero no me ha importado, porque quienes me rodeaban y rodean entendían y entienden la fiesta de otra manera, y he de acomodarme a ellos. Por lo que, invariablemente, la Nochevieja en mi casa ha sido y es una noche grupal y festiva.
No por ello en mi interior he dejado de renunciar a la aspiración de vivir una noche quieta y sosegada. Y por fin mi deseo se ha visto cumplido en la Nochevieja recién pasada, en la que los astros o las circunstancias se han aliado conmigo de manera tal que todo resultó así:
Cena algo especial, no muy especial, para mi señora y yo, nadie más. En muchos años, o quizás no haya sucedido nunca, no disponíamos a cenar en Nochevieja los dos solos. Justo antes de empezar se presenta nuestra hija en plan sorpresa, no la esperábamos. Cena con nosotros y nos comunica que en cuanto tomemos las uvas —las uvas, qué memez de costumbre— volverá a su casa, 130 kilómetros de distancia, porque mañana, a pesar de ser fiesta y uno de los pocos días del año que no abren las panaderías ni se venden periódicos, debe ayudar a salvar vidas. Dan las 12 de la noche en una de cadena de televisión y yo acompaño las campanadas con la ingesta de uvas, con calma, sin importarme el ritmo ni la secuencia. Educadamente deseo un feliz año a mis dos mujeres —también suelo desearlo el día de sus cumpleaños, que al fin y al cabo es cuando se empieza un nuevo año de vida—. Abrimos una botella de cava y participio en el brindis. Vemos los fuegos artificiales que, pasados unos minutos de las 12, lanzan en un barrio vecino y que, desde nuestro balcón, se ven como si de un palco se tratara. Al término del espectáculo, casi media hora, mi hija se despide, «ten cuidadito, llama cuando llegues», y se marcha. Por nuestra parte, apuramos la botella de cava y también la de vino que había quedado a medias en la cena. Cambio y cambio de canal en la tele sin encontrar nada interesante en donde acoplarme para pasar el tiempo hasta que los párpados me indiquen el camino a la cama. Mi señora decide marchar a coger la horizontal y al rato descubro, mando a distancia en la mano, en no sé qué lugar del dial, un documental sobre Queen. Cambio de postura, me incorporo como gesto de atención, y así me quedo hasta que, pasadas las cuatro de la madrugada y terminado el espectáculo, mi cuerpo se rinde y camino hasta el sobre.
Fue una noche inolvidable.