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domingo, 13 de agosto de 2023

Una vez pesqué un pez.

Al atardecer, e indiferentes al estado de la mar, en calma o marejadilla, pleamar o bajamar, puntean a irregulares intervalos la orilla de la playa pescadores con caña, aficionados al relajo, amantes del sosiego. Los veo desde mi butaca playera cuando la luz comienza a debilitarse y no he tenido otro remedio que guardar en la mochila el libro de turno; son esos personajes, en esos momentos y entre otros varios, objeto de mi observación. 

Lanzan la caña y permanecen enhiestos, mirando al mar, aunque no creo que vean hasta dónde ha llegado su lanzamiento; se mueven caminando lentamente, sin dejar de mirar el final del sedal, como buscando el lugar donde está el pez que van a pescar; recogen hilo, vuelven a lanzar —intentando una mejor puntería, supongo—, y así una y otra vez. Al cabo de un rato, y sin darme cuenta, los dos pescadores que tenía delante de mí han desparecido; han sido sustituidos por otro, éste solitario, que repite como los anteriores los mismos y periódicos movimientos.

Los miro con idéntica parsimonia a la que ellos parecen aplicar a su entretenimiento, porque yo también busco la placidez que a esta hora me proporciona la playa: el sol descendiendo lentamente a mi derecha, una ligerísima bruma que no ocultará el horizonte, y numerosos playistas que, como yo, se resisten a abandonar el lugar. Y de pronto, sin querer y como el no quiere la cosa, voy y recuerdo —yo, que siempre he presumido de no haber pescado nunca— que una vez pesqué un pez. Sólo uno, en toda mi vida.

Fue allá por los setenta, tendría un servidor trece o catorce años: un tiempo en que los domingos se empleaban en apurar cada minuto del día en despreocuparnos con la más mínima ocupación que se nos ocurriera. Y cuando hablo en plural hablo en nombre propio y en el de mi primo Manolo, quién si no, incansables ambos en la búsqueda de quehaceres dominicales en aquel gran parque de juegos que fue el Badén del Zújar.

Era por entonces Manolo aficionado a la pesca, en la que se había iniciado con una caña elegida entre las más rectas y cortada de algún cañaveral; los nudos bien raspados y suavizados a corte de navaja, y atado en la punta un sedal de nailon con una boya de color rojo y un anzuelo en el otro extremo. Yo, que simplemente le acompañaba, portaba un pequeño zacho y una latita para los cebos, pobres lombrices recién desenterradas junto a la orilla del Molar. Así de esa manera, caminábamos hasta el lugar elegido, nos sentábamos en alguna de las orillas del Zújar, o buscábamos la frescura de los árboles que sombreaban las pozas del Molar cerca del bar de Guille. Y pasaba el tiempo sin que nos diéramos cuenta —lo de no darnos cuenta que pasaba el tiempo es cierto, real, no es metáfora—, él atento al movimiento de la boya, a sus levísimos movimientos, y yo, supongo, al de las nubes. Y pescaba, sí señor, el tío pescaba bogas y picones, que es el pescado que por allí se acostumbraba a pescar; eso sí, casi todos eran pequeños, a veces muy pequeños, pero ideales para más de un ajo de peces que luego nos guisaban en casa.

Pero no era sólo la pesca con caña artesanal la técnica practicada. En verano, cuando la temperatura lo requería y las aguas del Zújar bajaban pausadamente, andábamos sobre el pedregoso lecho del río tanteando las alargadas matas de algas. A horcajadas sobre ellas rebuscábamos despacio, muy lentamente, hasta oprimir algún pez —estos sí solían ser de buen tamaño— que, en cuánto lo sentíamos entre las manos era, en el mejor de los casos, lanzado a la orilla; aunque casi siempre, como si de una buena oportunidad perdida se tratara, se escurría entre las manos. Calculo que el porcentaje de éxito no superaba el diez por ciento de los intentos en el caso de Manolo; en el mío, y siendo optimistas —qué más me da farolear a esta altura de mi vida— apenas superaría el uno, que ya es decir. Si la tarde se había dado bien, volvíamos satisfechos a casa con nuestra captura colgada de un par de juncias, y en cuanto la familia nos veía ocultábamos todo signo de humildad para, al unísono, dar paso a nuestro mejor gesto de orgullo.

Pasado un tiempo, no mucho, Manolo adquirió una caña de pescar como es debido. Una caña de pequeñas dimensiones, flexible y con carrete, además de los accesorios necesarios, que le convirtió en casi un profesional. Yo seguí acompañándolo y sentándome a su lado en la orilla del río, a veces me quedaba dormido sobre las juncias, no por aburrimiento, más bien por sueño y costumbre, que nunca he perdonado una siesta y sigo sin hacerlo. En una de aquellas tardes, yo porté una de aquellas cañas primeras y la lancé al río, con tan buena suerte que picó un pececillo que se revolvía activísimo colgado del anzuelo. No me lo podía creer. Por un momento sentí pena por la criatura, pena que duró apenas tres segundos, pues cuando aún estaba decidiendo si devolverlo al agua o no, va Manolo, resuelve mi dilema, se adelanta a mi decisión, desengancha el pescadito del anzuelo y lo deposita en la red plegable que, metida en el agua, conservaba su pesca, mezclando así mi modesta captura con la suya, e imposibilitando que yo pudiera reconocer mi trofeo, ponerle cara, retener su imagen para el recuerdo.

Así que sólo puedo decir que yo pesqué un pez, el único en mi vida, pero que prácticamente no llegué a conocer, ni quedó constancia de ello, solo mi palabra. Incluso creo, estoy seguro, que Manolo no se acuerda de ello.


miércoles, 24 de noviembre de 2021

Tres mentiras.


Dice el octavo mandamiento de la Ley de Dios: «No darás falso testimonio ni mentirás». O sea, que si mentimos estamos ante una ofensa grave, un pecado mortal, una violación de la ley, la de Dios. Casi nada. Y a pesar de estar en el octavo lugar de los diez que conforman los Mandamientos, hemos de considerar que ése fue el primero de los pecados que se tiene noticia, porque, ¿no engañó la serpiente a Eva al asegurar que no morirían, tal como les había dicho Dios, si comían del fruto prohibido?
Y todo este preámbulo para terminar reconociendo que un servidor ha mentido en ocasiones a lo largo de esta vida. Una manera de abrir boca, de entrar en calor.
Como no me acuerdo de todas, ni tan siquiera de las más recientes — y tampoco he de considerar las mentirijillas, las mentiras piadosas, esas que sin dejar de ser mentiras tienen un talante benévolo —, tiro de disco duro mental, hurgo en la memoria y me sorprendo al encontrar tres, nada menos que tres, y para la época de cada una de ellas podríamos decir que fueron gordas. 
A saber:
Primera mentira, cinco años de edad, y me acuerdo como si fuera anteayer por la noche: invierno, la familia sentada alrededor de la mesa camilla al calor del brasero de carbonilla y picón, charlando porque no hay televisión a la que mirar, mi hermano y yo correteando por la casa, él me persigue no sé con qué intenciones, debía de ser un juego, qué si no, me empuja o yo tropiezo, y mi pequeño cuerpo va a caer entre dos mayores sobre la tarima de la mesa, intento evitar de alguna manera darme de bruces y adelanto mi mano para apoyarme, para amortiguar la caída, y me apoyo, pero en el brasero. ¿Cuánto tiempo estuvo mi mano entre las brasas?, no fueron más de dos o tres segundos, enseguida alguien tiró de mí, pero fue suficiente para quemarme la mano, para llenarme de dolor, de inconsolable llanto, de nervios míos y de todos, después la calma, disminuye el dolor, porque la mano se enfriaba en una mezcla de agua y vinagre, creo. Un día sin ir al colegio, pero al siguiente sí fui. Mi madre me aplicó una crema que olía horrible y me vendó la mano. Conté el hecho a mi monja y a los compañeros, todo bien, o no, el olor me era insoportable, tanto lo era que pensé que molestaba no sólo a mí sino también a los demás; no, no sólo eso, era peor, sentía vergüenza por el hedor que mi mano desprendía. Al siguiente día mi madre volvió a poner la misma crema y vendar la mano; bajando por mi calle pensé que lo de ayer no iba a volver a suceder, el recuerdo me hizo tener arcadas. A mitad de camino al colegio vomité en el quicio de un corralón, llorando arranqué la venda y limpié la mano, y así con la mano desnuda me presenté en el colegio, donde dije que «es que mi madre me lo ha puesto muy flojito y se me ha caído». La monja me volvió a vendar y a la vuelta a casa le conté a mi madre que, simplemente, me habían cambiado la venda. Esta operación se repitió durante días, hasta que la mano por fin sanó: a nadie conté que yo me desprendía de la venda y quitaba la pomada; a mi madre le decía que era la monja quien me curaba de nuevo cada día, y yo pensaba que me creía, al fin y al cabo, veía la mano limpia y la venda nueva, no tenía por qué entender nada extraño.

La segunda mentira es más grave, porque llevaba aparejado otro pecado, y además también mortal: atentaba contra el tercer mandamiento, «Santificarás las fiestas», lo que viene a ser ir a misa los domingos y fiestas de guardar. Y es que después de años acompañando a mis padres a misa, llegó el momento que consideraron conveniente que el niño ya podía ir solo. ¿Cuándo fue?, no tengo el dato exacto. Sé que comencé a ir a misa de doce para así, a la salida, quedarme un rato en el parque con algún amigo que encontrara o que también hubiera estado en iglesia. Opté desde el principio por sentarme en uno de los bancos junto a la puerta de la sacristía, algo escondido, pues una de las enormes columnas de la iglesia oculta parcialmente esa puerta de la nave central, con lo que, llegado el momento de la homilía me iba a la sacristía y allí, con algún conocido que estuviera en mi misma circunstancia, pasaba los diez minutos del sermón; terminado aquel, vuelta al banco y continuaba atendiendo al oficio religioso. Pero con el tiempo, seguramente fue poco tiempo, las ausencias durante la prédica del sacerdote se fueron alargando, porque la puerta trasera de la sacristía da de manera tentadora, como todos sabemos, al parque, con lo que una vez en la calle, y vencida la tentación, ya no había vuelta atrás. Fue por tanto una acción progresiva, no de la noche a la mañana, ni de un domingo a otro, no, fue en varias fases. La última de esas fases fue, supongo, irme directamente desde casa al parque. Recuerdo cuando le planteé a mi madre mi opción de no volver obligatoriamente a misa cada domingo —por supuesto sin confesar jamás todas mis faltas anteriores, lo que yo entendía como que ocultar también era mentir—, que cuando volviera a hacerlo sería un acto voluntario, o sea, cuando el cuerpo o alguna circunstancia social me lo pidieran. No encuentro palabras para describir el disgustazo que se llevó la pobre mía, de tal calibre fue que, me consta, le duró toda su vida, aunque hice esfuerzos por atenuar la pena y la acompañé en numerosas ocasiones cuando las situaciones se presentaron a mi gusto o el deber social así lo exigió.

Y la tercera, como la segunda, también se alargó en el tiempo. Resulta que mi madre —nuevamente ella está de por medio— tomó la costumbre de llamarnos a mi hermano y a mí todos los días lectivos, muy muy temprano, durante todo el bachiller, evidentemente para estudiar. Sobre las seis y media de la mañana, otoño, invierno, daba lo mismo, ella, desde su cama, susurraba nuestros nombres —lo haría así para no despertar a mi padre— apenas nada, con una vocecilla desde su habitación, sin necesidad de venir hasta nuestras camas y zarandearnos, ni ponernos un despertador; y nosotros como un resorte, hala, para arriba. Entonces nosotros nos levantábamos y sin quitarnos el pijama, un lavadillo de cara y removíamos el poco brasero que quedara de la noche anterior, repasábamos las lecciones del día, terminábamos los deberes y cuando mi padre se marchaba era el momento de desayunar nosotros, arreglarnos e irnos al instituto. Así transcurrió la vida hasta que mi hermano asentó sus reales de manera definitiva en la ciudad a donde marchó a estudiar su carrera, y los madrugones sólo fueron para mí. Mi madre, por supuesto, siguió con la misma rutina y yo con el estudio matinal de manera más o menos formal. Cada día menos formal, o sea menos estudio. Poco a poco fui cambiando los libros de texto por otros, encontré viejas novelillas de mi padre, me asocié a Círculo de Lectores con el beneplácito y el dinero de mis progenitores y gasté mi escaso sueldo semanal en novelas juveniles del momento. Todo lo leía en aquellas primeras horas del día, el estudio y los deberes quedaban resueltos la tarde anterior, y aún pudiendo haberlo hecho, nunca tuve interés por confesarle a ella que aquellas dos horas me eran totalmente prescindibles —excepto en días concretos, exámenes o retraso con algún trabajo—, y mantuve el engaño hasta el final del COU, y hasta hoy que aquí queda escrito. Lo de leer en vez de estudiar comenzó, simplemente, por mantenerme despierto, para no quedarme dormido sobre la mesa camilla, que mi madre acostumbraba a volver a susurrar mi nombre para verificar si estaba despierto. Yo le contestaba y ella quedaba tranquila, segura de que su hijo estaba cumpliendo con el deber impuesto.

Llegados a esta altura del relato, que ya es el final, caigo en la cuenta de que, si entramos en matices, se podría considerar que la mentira es distinta al engaño, pero por muy poco:
Mentira: Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente.
Engaño: Falta de verdad en lo que se dice, hace, cree, piensa o discurre.
Eso es el DRAE de manera literal, donde apenas si encuentro diferencias. Sin embargo, hay matices: si escarbamos un poco veremos que la mentira es un acto verbal o escrito, una comunicación que pretende hacer pasar por verdadero algo que es falso. Mientras que el engaño va más allá, requiere el uso de acciones, incluida la propia mentira, precisa de gestos, distracciones, negligencias, a fin de que el aspirante a engañado acepte la falsedad como verdad.
¿Y entonces qué?, ¿mentí o engañé? Entonces qué más da, llegado a la hoja del calendario en la que vivo he de decir que poco importa que fueran mentiras o engaños si, al fin y al cabo…, bueno, hoy creo que tú ya no mientes, Mánuel. ¿Seguro?

domingo, 9 de mayo de 2021

El día más feliz de mi vida.

Oigo programas de radio, de esos denominados fórmula, que incluyen en su parrilla, además de música, espacios en los que los oyentes llaman a la emisora para dar sus respuestas a una pregunta que hace el locutor, y así éste llena el tiempo entre canción y canción, que no sólo la música va a ser lo bueno y suficiente. También hay que dar relevancia al que escucha, hacerle sentir que el protagonista es él, y que por un momento hay miles de escuchantes más que están atentos a lo que diga.
Hace unos días el locutor de uno de esos programas lanzaba una pregunta nada original, una cuestión bastante frecuente que es propia de tranquilas reuniones y conversaciones de amigos, y que seguramente nos han hecho alguna vez: ¿Cuál ha sido el día más feliz de tu vida?
Quienes participaron en la encuesta no fueron, al igual que la pregunta, muy originales, pues respondieron clásicos esperables, independientemente de su sexo: «’el día que conocí a la que hoy es mi mujer’, ‘el día que me casé’, ‘fueron dos días porque dos son los hijos que tengo’, ‘cuando aprobé la oposición’, ‘el concierto de no sé qué grupo’, ‘fueron varios días, una semana…’», pues debió, éste último, de tratarse de un viaje. Hubo uno que lo asoció al del primer día de su primer trabajo, en el que decía seguir después de no recuerdo cuántos años; quizá esa perdurabilidad en su empleo, que debía satisfacerle, era lo que realmente le hacía feliz.
Es obvio que yo también participé en la encuesta, pero sin llamar a la emisora. Me limité a pensarlo mientras tomaba el segundo café de la mañana. He de reconocer que me costó trabajo llegar a una decisión, pero llegué. Pasé por alto los lejanos años de la infancia, la sosegada adolescencia, la licencia de la mili, los aprobados de la carrera y el día que me casé —vivido como en una nube y en una nube sigue, aquel día, no la vida de casado, entendedme—; también evité pensar en el nacimiento de mis hijos, con los que he tenido y tengo días que empatan en felicidad con otros muchos días, por lo que me es difícil elegir alguno de ellos. Estuve a punto de quedarme con muchos días de la larga temporada que duró mi permanencia en un trabajo que me llenó como ninguno otro, pero lo deseché porque el componente laboral pesaba igual que el emocional y eso le restaba valor a esto último. Buscaba algo que hubiera tocado de manera trascendente mi ánimo, que me hubiera impresionado como hasta entonces nada en la vida. Porque haberlo tuvo que haberlo, y efectivamente lo hubo.
Corría el año… —joder, ahora no me acuerdo—, debió de ser hacia el 2002 o así, primeros días de noviembre, puente de Todos los Santos, cuando fuimos invitados por unos familiares a pasar esos días en un pueblo de Soria con el fin, no sólo de reunirnos en feliz convivencia, sino para aprovechar la época que se trataba y dedicarnos a la búsqueda de setas en los inigualables pinares sorianos. Y eso hicimos, hasta allí fuimos, y buscamos y cogimos setas. Yo lo hice el primer día, acompañar al grupo digo, que coger setas debí de coger pocas; fue un día divertido y entretenido para los mayores y los niños, distinto o quizás único, por la actividad nunca realizada y por el intenso paisaje que nos rodeó. Y la meteorología, a pesar del frío, ayudó a la bondad de la jornada.
El segundo día se presentaba igual que el anterior, sin novedad: salida al monte a seguir buscando setas. Quien esto escribe planteó otro programa que fue absoluta y mayoritariamente rechazado; a la vez fui animado por todos a que, aunque fuera en solitario, llevara a cabo mi plan. Y eso hice, lo llevé a cabo, en soledad.
La ruta a seguir la tenía nítida en mi cabeza, pero no estaba de más confirmarla en el mapa, uno de aquellos mapas de múltiples dobleces e infinidad de topónimos en minúsculas letras: hacia el sur, el día ha amanecido con una niebla que va diluyéndose conforme me acerco a El Burgo de Osma; parada para desayunar, paseo por el meollo arquitectónico del lugar, catedral, murallas, sus calles, y nueva parada poco más adelante para mirar desde el puente de Osma su castillo. Diez o doce minutos después ya divisé el objetivo de mi escapada, levemente oculta por la niebla que por allí aún permanecía. Casi sin darme cuenta, un cómodo camino me llevó hasta los pies de la muralla de uno de los castillos que más había deseado visitar en mi vida. Y allí estaba yo, a las puertas de la fortaleza de Gormaz, la más grande de Europa a finales del primer milenio, dispuesto a pasear en solitario sus más de mil metros de perímetro, absolutamente solo, sin ningún alma a la vista, y durante el tiempo que se me antojara, sin prisas, pasando la vista con estudiada lentitud de una piedra a otra, imaginándola mil años atrás, reconociendo lo desaparecido, saludando a sus invisibles pobladores, contando sus casi treinta torreones, mirando el Duero a través de su puerta califal y no encontrando el momento de irme de ella.
Luego, desde el llano, una mirada atrás para ver una imagen que de impresionante parece irreal; y una inspiración profunda, un gesto de satisfacción, la alegría y la calma que produce el deber cumplido. Bueno, tampoco era una obligación, más bien un antojo pasional, uno más de los muchos que esta querencia mía tiene por esos edificios, y que he ido satisfaciendo a lo largo de mi vida. Y los que me quedan por cumplir todavía.
Sin embargo, al escribir ahora este recuerdo y titularlo como el día más feliz de mi vida, caigo en la cuenta de que, tal vez, esto ha sido adelantar acontecimientos, porque ¿y si el día más feliz de mi vida está aún por llegar? Si así fuera, a ver si me acuerdo de corregir este escrito.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Cerro Muriano

Para que alguien me hiciera esta fotografía tuve que levantarme muy temprano un 4 de octubre de 1978 y montarme en el ferrobús que desde Cabeza del Buey llegaba hasta Badajoz pasando por mi pueblo a primera hora de la mañana. Mi padre me acompañó hasta la estación y nos despedimos, digamos con normalidad, sin drama, pues a pesar de que me iba a la mili, ésta se desarrollaría prácticamente ahí al lado. Supongo que la despedida de mi madre, en casa, fue más o menos igual, «ten cuidadito, hijo, sé bueno», cosas así. Pero sin lágrimas, que al fin y al cabo uno ya había tenido algunas ausencias del nido.
En Badajoz debía de presentarme en el Cuartel Menacho, y así lo hice, no estaba en mis planes la deserción. Era la primera vez, evidentemente, que visitaba un lugar así y en tales circunstancias, ignorante del futuro más inmediato, asustado, para qué negarlo, perdido entre una multitud de muchachos tan ignorantes y asustados como yo.
Allí, en un patio inmenso debió trascurrir el resto del día, juro que no lo recuerdo, como por ensalmo olvidé al poco lo ocurrido en aquellas mis primeras horas de vida militar forzosa y, desde que pisé ese cuartel hasta que, ya entrada la noche, volví a pasar por mi pueblo montado en otro tren que me llevaba, a mí y a muchos otros, hasta la sierra de Córdoba, un vacío se había adueñado de mi mente y de mi recuerdo, y como si de un acto hipnótico se tratara está en blanco. Ya de madrugada, el tren se detuvo en la estación de Cerro Muriano y desde allí caminamos —¿una hora, dos? — a oscuras hasta el Campamento donde seríamos recibidos con las primeras órdenes de las muchas, infinitas, que oiría durante los dos próximos meses.
A partir de entonces todo cambió, nada volvió a ser como antes, ni los actos, los tiempos, los objetos, las conversaciones, las miradas, las imágenes, los sentimientos. Nada. Todo ya tuvo otra perspectiva, otro ritmo, otros colores y sabores, incluso otros dolores y, para qué negarlo, otros placeres. Todo distinto, todo: el tiempo perfectamente tasado, el pensamiento limitado, las opiniones cegadas, las posturas obligadas, las costumbres ignoradas, las caras desconocidas, luego aceptadas y al cabo del tiempo olvidadas. Y la disciplina como primer mandamiento.
Una vez que me proporcionaron el uniforme y lo vestí, y arrinconé en el fondo de la taquilla la ropa de civil, fue cuando de verdad sentí en la que me habían metido. Yo dejaba de ser yo para ser igual a los demás, daba lo mismo la procedencia, clase social, conocimientos, gustos o ideas. Lo único que nos distinguía a unos de otros, lo único en qué éramos diferentes, qué cosa más simple, quién lo iba a pensar, era nuestra estatura. Mis 1’73 metros de altura determinaron mi lugar en la formación: de mayor a menor en la columna y más o menos iguales en las filas, una coordenada. Una vez asignado el sitio no debías olvidarlo, ni las caras de quienes te rodeaban, ni ellos la mía. Yo ya no era yo, yo era una posición, el mensaje era claro, y lo capté. Ah, y también fui dos números que tampoco debía olvidar, uno como persona, bueno, como recluta, que es como se denominaba a los aprendices de soldado, y otro el del fusil que me asignaron y con el que cargué durante horas y horas de instrucción de orden cerrado. Por supuesto el fusil siempre estuvo descargado, faltaría más, ¡anda que hubiera estado bueno lo contario! A ver, un par de veces estuvo cargado, para prácticas de tiro, relatar la primera de ellas llenaría un folio, mejor lo dejo para otra ocasión.
Lo de la instrucción de orden cerrado tiene su ciencia y enseguida comprendí la filosofía del asunto: el grupo humano alineado, en su sentido geométrico, derivado de línea, aunque también un poco de la acepción haber tomado partido por algo, en este caso a la fuerza. Y todos respondiendo a una misma voz, firmes ar, derecha ar, al hombro ar, todo el día, todos los días, uno tras otro, hasta que el conjunto se llegó a mover como si de un solo individuo se tratara, que ése era el propósito. Y así para cualquier actividad: toque de diana, en formación; a comer, en fila y ocupando el mismo lugar en el comedor —la salida ya era a discreción—; vacunación masiva, en fila; toque de retreta, en formación, hala, vamos a la cama. Duchas, dos en dos meses, agua fría, también en fila.
De vez en cuando, no todos los días, quedabas asignado para realizar durante la jornada algún servicio, con lo que te excluían de las eternas horas de instrucción. Aquellos servicios eran, que recuerde, básicamente dos: cocina (*) y limpieza cuartelera. Y también una noche hice, con otro compañero, lo que llaman refuerzo de guardia, que no fue otra cosa que recorrer de madrugada las inmediaciones del edificio de mi compañía durante unas horas, protegidos con un capote para el frío y armados con una bayoneta —el recuerdo me resulta cómico porque cómico nos pareció en aquel momento, «¿crees que si atacan podremos hacer algo con ésto?».
Los sábados a primera hora, después del desayuno, ¿te has portado bien durante la semana?, sí, pues permiso de fin de semana: a la cercana Córdoba o a Sevilla para ir apuntalando el futuro que empezabas a soñar. Que mira por dónde esto último resultó satisfactoriamente, el tema fue para adelante. Y todo o en parte por el empujoncillo que dio a la cuestión del destino que me asignarían el cura que me dio la Primera Comunión 14 años antes y que, oportunamente, ejercía de capellán en el campamento.
Dos meses después de la fecha que encabeza esta Crónicas desde el doblao, el 3 de diciembre de 1978, un servidor y algunos cientos de reclutas más, bajo la atenta mirada de incontables mandos militares y la, sin duda emocionada, de madres y allegados, juré, juramos bandera —acción que no produjo en mí ningún tipo de emoción, si acaso impasibilidad— en un acto que se me hizo eterno pero llevadero, pues en días previos los ensayos fueron muchos y el cuerpo ya se había hecho a ello. De aquel acto no conservo fotografía alguna, no hay, que yo sepa, documento gráfico que atestigüe que yo he jurado fidelidad a la bandera, pero ni falta que hace, que aquí queda escrito que sí, que yo lo hice.

(*) De uno de los días de cocina, tal vez sólo hubo uno, recuerdo un sucedido que terminó con una frase que me espetó el sargento de cocina al ver la manera en que yo procedía con la misión que se me había asignado. Resulta que, después de recoger y limpiar las mesas del comedor, cacharros de cocina y los útiles en general, fui designado para ir depositando cuidadosamente en unas estanterías toda la vajilla limpia, bandejas de aluminio, vasos, etc., conforme el resto de los compañeros iba trayendo el material recién limpiado. Cuando llevaba bastante avanzado el trabajo, ordenados y apilados los elementos según mi lógica, se presentó el antedicho sargento de cocina, de los que llamaban de complemento, o sea, con carrera, aunque fuera de grado medio, estableciéndose entre él y yo, más o menos, el siguiente diálogo:
— ¿Qué está haciendo?
— Coloco las bandejas que me van trayendo, mi sargento (coletilla obligatoria).
— ¿Y por qué las está colocando así?
— Pues porque pienso que…
— ¿Qué ha dicho?
— Que pienso que…
— Usted no está aquí para pensar, somos nosotros quienes pensamos por usted —muy educadamente, eso sí, sin levantar la voz.
Volvió hacia la puerta y gritó:
— ¡Cabo!
— A sus órdenes, mi sargento —contestó un cabo a los dos segundos, que parecía que estaba escuchando tras la puerta.
— Dígale al recluta cómo ha de colocar las cosas.
— A sus órdenes, mi sargento.
No debería ser necesario decir, pero lo digo, que quité todo aquello y volví a ponerlo tal y como el cabo me indicó, de manera distinta a como yo lo había hecho, sin preguntas ni debates, y lo mejor, sin enfado por mi parte. Aquel «…somos nosotros quienes pensamos por usted…», fue altamente revelador, un antes y un después, una máxima que recordé y seguí al pie de la letra durante los doce meses siguientes.

domingo, 12 de julio de 2020

La pedrada.

Hoy me ha venido a la cabeza —quizá no sea la frase más adecuada— un hecho de mi infancia del que me atrevería a decir que también es un primer recuerdo. Realmente uno de los primeros, que el número uno es el de mi madre de la mano y mi padre en una obra; digamos pues el segundo.

Tenía mi madre la costumbre de arreglarnos, poco más o menos de domingo, a mi hermano y a mí a última hora de cada tarde y marchar los tres a casa de mi abuelo, a donde también se dirigía siempre mi padre una vez finalizada su jornada laboral, para pasar allí un par de horas con toda la familia y regresar a casa, ya de noche, los cuatro juntos.

Tiempo después, cuando ella consideró que a mi hermano, por edad y tamaño, se le podía ir dando responsabilidades, optó por enviarnos cada día a los dos solos, «no os entretengáis, os vais derechitos», yo agarrado de su mano y él con el compromiso de que llegáramos en perfecto estado a casa de mi abuelo. Ella se incorporaría más tarde, una vez dejara resueltos sus quehaceres en casa.

Pues resulta que una de aquellas tardes en que los dos íbamos, supongo que obedientemente agarrados de la mano, camino de la acostumbrada reunión familiar, y tras cruzar Las Pasaderas y encaminarnos por la calle San Francisco, vimos, al pasar por la calle Viriato, a un numeroso grupo de  niños que, aparentemente jugaban sobre los montones de tierra que ocupaban casi toda la calle —seguramente se trataba de las obras de alcantarillado que por aquella época se adueñaron de todas las calles del pueblo—, y a lo mejor fue, aunque realmente fue a lo peor, que nos paramos a mirar, pero sólo fue un ratito, mamá, y ya no me acuerdo de más, ni siquiera del golpe ni del dolor, ni de los momentos de después, de nada, que lo que en ese instante pasó me lo contaron más tarde y nunca lo he olvidado: que aquellos niños no estaban jugando, que se trataba de una pelea, y que una piedra mal dirigida me llegó a mí y abrió una brecha en mi cabeza.

A partir de aquel momento la luz pasó a negro, o a rojo, que todo fue sangre, y la mente cambió a blanco. La luz se hizo en la cercana Casa de Socorro de la Cruz Roja, que fue adonde me llevó mi hermano —seis añitos mal contados tendría por entonces el muchacho—, y allí me veo ahora, sentado sobre una mesa, llorando a moco tendido, hipando entre ahogos, mientras una monja regordeta, de blanco impoluto, me limpia la cara de sangre y mocos.

Lo siguiente es estar sentado sobre las piernas de mi tío Vito, la monjita cosiendo mi herida y yo quejándome más que nunca. Mi madre que llega, nerviosísima, oigo que habla, pregunta, pero yo no la contesto, no sé si alguien lo hace; yo sólo miro a la monja, le digo que me duele, que se esté quieta por favor, pero no me hace caso, solamente tiene ojos y oídos para su trabajo, así que muevo la cabeza para zafarme, pero mi tío me sujeta para que no mueva mis brazos, ni la cabeza, «estate quieto, hijo». Y en sus brazos seguí hasta la casa de mi abuelo que recordándolo me pregunto: ¿cómo no iba yo a querer a ese hombre durante toda mi vida? 

La vuelta a la nuestra no la recuerdo, seguramente la hice andando, que no era mi padre de cogerme en brazos, ni siquiera para subir la cuesta de nuestra calle. Sin embargo, casi me atrevo a decir que aquella noche sí lo hizo.


Un par de apuntes antes de concluir:

— Uno: nunca he llegado a explicarme cómo mi hermano me llevó hasta el la Cruz  Roja, me dejó allí y corrió a avisar a mi tío —su casa estaba muy cerca— y después fue a  la nuestra a comunicárselo a nuestra madre. ¿Qué se le pasó por la cabeza para actuar así? Cada vez que he pensado en ello llego a la conclusión que lo más conveniente que pudo suceder fue que yo recibiera la pedrada, porque si la víctima hubiera sido él, juro que no habría sabido qué hacer, ni hubiéramos llegado a la Casa de Socorro, ni buscado a mi tío, ni a mi madre, ni nada de nada. Me habría quedado en la calle llorando y Dios sabe quién se hubiera ocupado del asunto.

— Dos: no por aquello no he tirado piedras durante mi vida, que sí lo he hecho y en numerosas ocasiones, sobre todo en los ríos, en aguas remansadas y con cantos planos, haciéndolos saltar sobre el agua, pugnando con otros a ver quien hacía más “ranas”. Nunca lo he hecho en condiciones en las que intuyera algún peligro, que aquello aún lo he olvidado y ha quedado impreso en mi memoria de manera imborrable. Y por supuesto, nada de tirachinas, nunca, nunca he tenido uno, y mis hijos tampoco.

Otro apunte, este ya es final: llegué a saber quién fue el que lanzó la piedra, su filiación y domicilio, lo conocí y nos vimos en numerosas ocasiones a lo largo de su vida —alguien me dijo, hace mucho tiempo, que había fallecido—, pero nunca le dije nada, ni él a mí tampoco, a pesar de que los dos conocíamos perfectamente esta historia.

domingo, 19 de enero de 2020

La Selectividad

Hay muchas cosas que a esta altura de mi vida me hacen mayor, y no sabría cuál o cuáles están por encima de las demás. Establecer una preferencia entre ellas para priorizar su importancia me resulta difícil, e incluso absurdo. Pero si decidiera elegir alguna, me quedo con la que en numerosas ocasiones he puesto como referencia para manifestar el tiempo que hace que ando por estos lares y que, además y en aquella precisa ocasión, me hizo formar parte —muy pequeña, pero parte, al fin y al cabo— de un cachito de historia de mi país, allá por 1975.
Una vez terminé los dos bachilleres, el Elemental y el Superior, y superadas sus respectivas reválidas, cursé a continuación el C.O.U. —Curso de Orientación Universitaria— que acababa de implantarse según establecía la que se conoció como la Ley Esteruelas, por el ministro que la firmaba, y que disponía la necesidad de estudiar aquel curso como condición obligada para acceder a una carrera universitaria; además había que superar una prueba de aptitud —la Selectividad—que permitiría que ese acceso lo fuera a centros concretos como Facultades y Escuelas Técnicas Superiores. No fue ese mi caso, pues mis expectativas, aunque no muy claras, estaban en estudiar en una Escuela Universitaria, para lo que no iba a ser preceptiva tal prueba. Sin embargo, la preparé, concurrí a ella y la superé.
Fue aquel curso, como casi todo el bachiller, un paseo con ligeras cuestecillas en lo intelectual, poca cosa, obstáculos fácilmente salvables. En lo personal, ese tiempo me pareció un vasto prado fresco bajo un cielo luminoso al otro lado de la carretera, que vino precedido por un año que había estado lleno de novedades, hallazgos y afortunadas experiencias. Y en el que ahora comenzaba, para mayor gloria personal, se ampliaría la capacidad de todos los sentidos y se transformarían algunos de sus usos. Lástima que, algún tiempo más tarde, aquellas seguridades no me acompañaran; pero cómo iba yo a preverlo, que de haberlo sabido hubiera hecho lo indecible por prolongar aquel tiempo de serena ventura.
Decíamos que durante aquel curso del 74-75 estudié COU en el instituto de mi pueblo, dónde si no. Fue aquel el primer COU de la historia, con sus asignaturas “comunes” para todo el mundo y las “optativas” a elección de cada uno, que estas últimas debían ser tres a elegir de una lista, que no era muy larga, en función de la carrera que el alumno previera para su futuro. Un servidor no tenía definido el por dónde iba a encaminar mi vida, para qué pensar en ello si todo iba de modo sosegado hasta ese momento, era el día a día, cuando aún no habías oído hablar del carpe diem, ni siquiera preocupaban las preocupaciones. Algunos picos distorsionaban de vez en cuando el discurrir diario, pero poca cosa, nada que inquietara, no usaba reloj, había comida en casa y poco dinero en el bolsillo, lo necesario para libros del Círculo de Lectores y algún disco; pocos amigos, los justos, paseos, conversaciones.
Así que con esas fui a hacer mi matrícula para el siguiente curso llevando en la mente que las tres asignaturas a elegir como optativas debían de ser las más difíciles, las más repelentes, porque suponía que un año después las cosas serían peores que hasta ahora, y que había que irse preparando. Qué mejor modo para ello que echarme al monte y cargar ahora con la más fea, como entrenamiento para lo que vendría. Y todo ello sin tener definido nada sobre el futuro. Bueno, un poco sí lo estaba, que el Bachiller Superior ya había decantado algo, o todo, ¿letras o ciencias?, que fue por lo segundo por lo que me decidí entonces y eso me inclinó a que las tres optativas iban a ser, nada más y menos, Matemáticas, Física y Química.
Y allí estaba yo en la cola de Secretaría una mañana de septiembre de 1974 a la espera de mi turno, saludando a compañeros, «qué tal el verano, y tú ¿qué optativas vas a coger?» Entonces algo ocurrió, me hablaron de ella, o la vi, quizás ya la conociera del curso anterior, sí, la conocía, pero se había quedado agazapada en un rinconcito de mi mente y su recuerdo no me había alterado, hasta entonces. La cuestión es que cuando llegó mi vez y tocó rellenar el impreso, o comunicar al funcionario mi elección, se me encendió una bombilla y no se me ocurrió otra cosa que decir Inglés, Matemáticas y Química. Bien podía haber dicho Química y Física, o Física y Matemáticas, pero siempre hubiera dicho Inglés. Y es que un servidor acababa de entender en ese preciso instante aquello que llamaban amor platónico, que andábamos por los dieciséis y era la edad de despertar a ciertas cosas, aunque yo ya había madrugado unos meses antes y tenía muy clara cuál era la elección en lo que a quereres se refería. Pero tampoco podía desdeñar la expectativa del divertimento que se me presentaba y que, durante aquel curso, fue de los más encantadores que he vivido, además de traer el añadido de aprender un poquito el idioma, pero en eso nunca pensé.
Lo que en ese año sucedió lo dejaré para otra Crónica desde el doblao, porque la de hoy, ya lo dice el título, va de la Selectividad. Antes, dejar entre paréntesis el error que cometí con lo de las Matemáticas, que tenían el sobrenombre de Especiales, y la Química, que me hicieron pasar un año algo incómodo; no así el Inglés que, como vaticiné, fue bastante divertido.
Pues llegó la fecha y la hora de la prueba de Selectividad: dos días, cuatro exámenes. Y a Badajoz que fui, que fuimos el querer de entonces y un servidor, que ella también se examinaba, a un edificio de la recién estrenada Universidad de Extremadura.
El primer día un comentario de texto y a continuación un examen de multitud de preguntas sobre las asignaturas comunes: historia, lengua, matemáticas comunes —valga la redundancia— y algunas más que, la verdad, no recuerdo. A mediodía estábamos en la calle y de vuelta a casa.
Al día siguiente nuevo viaje a Badajoz, que tocaba el examen de las asignaturas optativas. De aquel, recuerdo que nos entregaron preguntas y problemas, según el caso, de las tres asignaturas y de las que había que elegir dos; supongo que optaría por el Inglés y alguna de las otras dos. La cuestión es que salí de allí con pésimas sensaciones, aquello no estuvo a la altura de mi pasado. Tiempo después comprendí que aquel segundo examen había sido un auténtico presagio de lo que sucedió durante algunos años de mi vida.
Pero aprobar, aprobé, muy justo eso sí, pero aprobé. Y ahí está la cartulina que días después me entregaron como prueba de haber superado la primera Selectividad de la historia de España. Sí, ya lo sé, suspendí el segundo examen, pero la media es apto, que es lo que cuenta.
Ha sido hace unos días cuando mi hermano me ha comunicado que entre viejos papeles ha encontrado la cartulina/certificado con las notas de mi Selectividad: «...y tú cómo es que tienes eso..., y yo qué sé..., pues anda, envíamela».
Lo que más me extraña es que no la tuviera guardada mi madre.

Pues íbamos, ella y yo caminando hacia la Piscina Municipal, como tantas tardes, cuando al pasar junto al Instituto se asomó por una ventana el Sr. Peña, uno de los conserjes, que vivía en un pequeño chalet anexo al edificio, y alzando la voz me llamó:
— ¡Gallego Gallego!
— Dígame.
— Que has aprobado, y tu primo también.
Ella y yo seguimos hacia la piscina: ambos contentos por mi aprobado, ella sonriente como siempre y yo muy tranquilo.

domingo, 8 de abril de 2018

La Escuela del Cristo

A veces me sorprende la capacidad que tengo para recordar sucedidos personales de hace toda una vida, y sin embargo hay situaciones recientes a las que no sé ni cómo he llegado. Necesito unos minutos para recordar qué hago en ese lugar, a qué he ido o qué es lo que estoy buscando en algún armario. Supongo que son ligeros líos en los que nos mete la mente a cierta edad. Sesenta Mánuel, sesenta ya. Años, entendedme, no líos, que a estos no los tengo en consideración.
Viene esto a cuento por los recurrentes recuerdos que tengo sobre lo más lejano de mi pasado, algunos de los cuales dejé hace tiempo en estas Tardes de solano: crónicas escritas desde aquel doblao que nunca he abandonado, y que me acompaña a cada lugar que habito.
Los que hoy traigo se remontan tanto tanto, que hasta me cuesta trabajo creer que sean verdad; y sin embargo lo son. Como otros, están limpios en mi memoria, aunque éstos son fugaces, diminutos en el tiempo que ocupan, apenas un minuto, sólo unos renglones.
El primero es el primero de verdad, el que siempre he dicho que es el primer recuerdo de mi vida. En él veo nítidas sus caras: la de mi madre llevándome de la mano por la calle Ramón y Cajal abajo, cuando todavía no era de Los Baldosines, para pararnos delante de lo que ya era o luego fue una tienda de ropa, la de Bermejo Conde, y hablar con mi padre que estaba revistiendo con teselas de gresite uno de los pilares entre los dos escaparates que flanquean la entrada. Ese revestido permaneció durante lustros en la fachada, para memoria eterna de cuáles fueron mis primeros pasos.
El segundo seguramente no es el segundo, pero por ahí debe andar. Nuevamente acompañaba, y de su mano también, a mi madre. Pero esta vez venía con nosotros mi hermano, o éramos nosotros quienes íbamos con él, porque era él el protagonista del sucedido. Acababa de terminar su paso por el Colegio de la calle La Palma y mi madre pretendía que entrara en la Escuela El Cristo, a la que la gente conocía como la escuela de balde. Se ve que no debía de pagarse por asistir a ella, de ahí el apelativo; cosas de la enseñanza pública de entonces, si bien años después me enteré que sí, que algo se pagaba, poco, pero se pagaba.
Fue, es evidente, la primera vez que entré en aquel edificio, que me pareció enorme y espacioso, sin poder imaginar en aquel momento que, un montón de años después, cuando con ligera emoción lo paseé, disminuirían mágicamente sus dimensiones.
Unos minutos de conversación entre mi madre y uno de los maestros y el asunto de la enseñanza para mi hermano durante los próximos años quedó resuelto, «traiga al niño mañana».
Pocos años después yo también ingresé en aquella escuela. Curiosamente accedí de manera directa a la clase de mi hermano —un misma aula para distintas edades—, que impartía el que ya por entonces era un reconocido maestro y que con el paso de los años fue objeto de gran aprecio y consideración por parte de la comunidad.

Busco desde la comodidad de mi casa, hoy que la tecnología nos lo permite, documentación sobre aquella escuela que me ayude a completar este recuerdo, y para mi enojo apenas si consigo algunas líneas. Escribo en el buscador de internet Escuela El Cristo, y todo lo que me ofrece son datos, fotografías y demás, relativos a la nueva, a la actual que hoy se ubica, con el mismo nombre —ya no es escuela, que es CEIP, Centro de Estudios de Infantil y Primaria— en otro lugar del pueblo, casi a las afueras, en un edificio más nuevo y amplio.
La búsqueda ha dado dos resultados que entiendo como útiles aunque levemente distintos en lo que al origen de la escuela se refiere:

El primero lo encuentro en www.torresytapia.es, y se trata de la reseña —y de ahí la brevedad de los datos— de una conferencia de Agustín Jiménez Benítez-Cano (Villanueva de la Serena, 1946) en la que se dice que el germen de la Escuela de El Cristo está en 
«...las Escuelas de Cristo, que fueron instituciones de carácter religioso que nacieron a mediados del siglo XVII y que perseguían la perfección de cada individuo en el cumplimiento de las enseñanzas divinas, según su estado, con aprecio de lo divino y renuncia de lo temporal». 
En el texto se data la fundación de la Escuela de Cristo en Villanueva en 1699, precisando que el número de admitidos era reducido, no superando la cifra de setenta y dos, por lo que se ha de entender que los requisitos para optar a dicha admisión deberían ser bastante rigurosos. Fue muy importante la labor social que estas Escuelas de Cristo desarrollaron a lo largo de su historia, que en el caso de la Villanueva se concretó con la fundación de un hospital anejo.
El oratorio de la escuela, como todos los oratorios de aquella institución, estaba presidido por un Cristo 
«...que en Villanueva fue famoso por su factura: El Cristo de la Pobreza, y se reunían en esta población al son de la campana los jueves de cada semana». 
Con el tiempo derivó de fundación religiosa a escuela de enseñanza.

El segundo resultado me llega desde platea.pntic,mec,es/jruiz2/ast98/art29.htm, y es un relato que firma Josefa Quirós Soto, profesora (¿?) de un Instituto de Don Benito, sobre la fundación y trayectoria histórica de la escuela El Cristo y que, como antes apunté, difiere con la que la nos da Agustín Jiménez Benítez-Cano. Coincide en la fecha, 1699, pero sin relacionar su creación con la expansión de las Escuelas de Cristo por España; incluso el nombre no lo vincula —ella habla de coincidencia— con aquellas escuelas sino con un Crucificado que presidía el oratorio de la casa palacio donde se habían instalado: «Por esta feliz coincidencia, el Colegio empezó a llamarse “la Santa Escuela del Cristo”».
Esta versión también habla de la fundación de un hospital anejo, y de la ingente labor social y pedagógica que a lo largo de los siglos vino desarrollando. 

No me atrevo a decir cuál de las dos versiones se ajusta más a la verdad; en el fondo son prácticamente parecidas. Añado lo que leo en www.semanasantavillanueva,es/cristo-de-la-pobreza/, que : 
«D. Pedro Fernández de Xexas adquirió una talla del Santísimo Cristo Crucificado, la cual fue entregada al imaginero sevillano Blas Hernández (sic)».
Llegó a Villanueva un 18 de marzo de 1610, por lo que se encontraría en el pueblo cuando la fundación de la Escuela de Cristo. Estuvo situada en el Palacio Prioral de San Benito para ser trasladada el 30 de julio de 1712 al oratorio de la escuela, y fue entonces cuando “se acuerda denominar a la talla bajo la advocación del Santísimo Cristo de la Pobreza”. Tiempo después, la imagen fue trasladada a la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción.

Ya en el siglo XX, desparecida la primitiva sede de la institución y el hospital, las actividades se redujeron al campo de la enseñanza. También despareció el Cristo que presidía el oratorio, a causa del violento capricho de unas ideas bárbaras y ciegas; resulta descorazonador leer en boj.pntic.mec.es/~mgutie9/ssanta/cpobreza.html, que el motivo de la desaparición del Cristo de la Pobreza original fue debido “a un incendio en la parroquia en 1936”, lo cual, técnicamente, es cierto, pero a la vez tan alejado de la objetividad como próximo a la infamia. Poco después, su ausencia fue reemplazada por otra talla soberbia, obra de Gabino Amaya, serena y dramática, que se venera en una de las capillas de la Iglesia de la Asunción. Es el Cristo de la Pobreza, cuya visión siempre me ha conmovido, a la vez que me lastimaba el olvido al que mi pueblo, durante algunos años, le sometía cada Jueves Santo mientras su cofradía hacía el recorrido procesional.



Sin darme cuenta me he desviado del tema; lo que empezó con aquel recuerdo infantil ha cambiado y me lleva a otro espacio, a otros momentos. Miro el calendario y al observar la proximidad de la Semana Santa, evoco aquellas soledades, representadas en los pocos penitentes que, en una única fila marchaban, delante de la imponente imagen, o en la de los seis porteadores de la elemental parihuela; y ¿qué decir de los escasos acompañantes a los que únicamente les debía mover una incontestable devoción?, —mi madre, que faltó a esa procesión en contadísimas ocasiones, decía que “habría que cambiar el nombre al Cristo, y llamarlo de la Tristeza”, y su razón tenía.
Efectivamente, me he alejado del asunto, la escuela, el maestro y, la verdad, no sé ahora cómo retomarlo. Mejor continúo en otra ocasión, que se me ha ido el cristo al cielo.


Sevilla, marzo 2018

domingo, 6 de diciembre de 2015

El Portal de Belén

Desde hace muchos años y siguiendo la tradición familiar, en esta casa se pone el Portal de Belén. Daba mi hija sus primeros pasos cuando decidí, y en atención a su corta edad, adquirir pequeñas figuras de plástico y colores llamativos que representaban personajes del Nacimiento: el Misterio, los Reyes Magos, la Anunciación a los pastores, ganado variado, y algunos objetos de atrezzo y decoración. Su diseño inocente y sencillo ayudó a que mi hija, y después también mi hijo, encontraran en ello motivo de juego y entretenimiento, por lo que era normal verlos desbaratar aquel teatrillo: los Reyes avanzaban en su camino, cambiaban su orden, las ovejas pacían en lugares distintos cada día y por las noches, invariablemente, todos los actores se iban a dormir. Con el tiempo fue creciendo el número de figuritas y adornos, pero sin desmesura y nunca superando el espacio adjudicado la primera vez, para así poder convivir armoniosamente con otros ornamentos también navideños.
El Portal de mis hijos

Hasta que hace tres años, en que removido por el empuje de nuevos sentimientos, decidí sustituirlos por una cantidad muy reducida de piezas, a la vez que aumentaba notablemente su calidad. Son estas figuras unos Reyes Magos que pertenecieron al Portal de mi madre y que tuvo a bien regalarme la última vez que ella estuvo en su casa cuando, al pretender dividir en dos su Nacimiento, yo decidí extraer del viejo cajón de madera  sólo esas piezas únicas y dejé dentro el resto de aquel tesoro. Y es que esos Reyes Magos me fascinaron desde el principio de mi conocimiento, grandes, de colores suaves, naturales, y con unos rasgos y apariencia tan especiales que su imagen se ha convertido en la referencia con la que siempre me he identificado la noche del 5 de enero. Para colmo, mis tres Reyes Magos van a caballo, que no hay Portal de Belén en que se les vea montados a caballo, siempre en camellos, con lo que su singularidad les hace aún más especiales, únicos, más míos aún.

Son quizás, los objetos que más y mejor me trasladan a la Navidad, a la de entonces, no a la de ahora, artificial, fingida y prostituida por quienes la han hecho esclava de un consumismo sin fin; y quien quiera ver lo contrario o es uno de los que cooperan a ello, a uno u otro lado del mostrador, o es un necio.

Recuerdo las Navidades de mi infancia frías y húmedas. Frías por la época del año, claro, que en mi pueblo hacía frío y mucho: tejados que amanecían blanquecinos, gruesa escarcha en los charcos de las calles y una  casa de altas bóvedas que nunca llegaba a calentarse. Y húmedas por la invariable ocurrencia de mi madre de limpiar toda, toda la casa, al ritmo del sonsonete de los niños de San Ildefonso. Una vez realizado este zafarrancho general y a tenor del clima de diciembre, la casa quedaba helada durante días, pero muy limpia, eso sí.
Previo a todo eso, ella ya había instalado su Nacimiento. Mi hermano y yo le ayudábamos a levantar un entarimado con mesas y borriquetas sobre las que colocábamos unos tableros que normalmente se utilizaban para tensar y secar, tras su limpieza, los pañitos de ganchillo que tan hábil y fácilmente realizaba.

Casi siempre lo instaló en el pasillo de la casa, donde éste se abre antes de llegar al salón, aunque alguna vez lo hizo en la salita chica, o cuando lo puso en la sala más grande, la de la derecha, ocupando toda su superficie, que hasta hubo que quitar las puertas para poder disfrutarlo mejor.

Luego unas cajas de zapatos hacia el fondo, contra la pared, y ocultas con toneladas de guata gris, conformarían la orografía de lejanas montañas. A continuación un paseo por el campo más cercano a buscar musgos frescos y otras plantas que, junto al serrín, grandes piezas de corcho y también menudas, gravilla y no sé cuántas cosas más, decorarían el escenario. Bajo todo ello quedaba desplegada una madeja de viejos cables trenzados con decenas de bombillitas, que hacían intuir cuál sería la distribución final de toda la escena: había que saber desde el principio qué lugar ocuparía el Portal, el castillo, la posada, el chozo y cada casa, para así asignarles previamente su luz de celofán.
Mi madre, segura de la firmeza del entablado, desplazaba todo su volumen  por él con soltura y decisión, disponiendo a lo largo y ancho figuras y figuritas; construyendo casas, puente y molino; plantando praderas y árboles, dibujando caminos y encauzando ríos; para terminar espolvoreaba harina por el corcho de las montañas y colocaba sobre los arbustos y el campo verde motas de nieve de algodón. Al final, se llegaba a un resultado equilibrado en el que nada quedaba ajeno ni fuera de lugar, daba lo mismo la variedad de medidas, niveles o de estilos, su antigüedad o su estado, la correspondencia con la época o su ausencia. Nunca nos preocupó nada de eso, porque nunca de eso se trataba.

Me es fácil ahora pasear por aquellos Belenes de mi casa de Villanueva. Me basta entornar los ojos para ver arriba, en lo más alto de la montaña, el castillo con un soldado en la torre y Herodes en la puerta sentado en su trono y escoltado por otro soldado.
Descendiendo por la montaña, mis Reyes Magos van camino del Portal; tendrán que atravesar un pequeño puente sobre un río con patitos, que al estar lejos de su escala les obligará a quedarse toda la Navidad en la ladera de la montaña.
Junto al río, un chozo de paja y unos pastores alrededor del fuego; un ángel desde un árbol les comunica el acontecimiento. Y el recuerdo ahora vuela hasta un anuncio de televisión, quizás de un café, blanco y negro y en casa de mi abuelo, en el que el mensaje era una felicitación navideña con las imágenes de un Belén que tenía unos pastores idénticos a los nuestros. A su alrededor ovejas, gallinas y alguna vaca, ajenas y relajadas.
En el pueblo la posada, tres o cuatro casas y unos cuantos paisanos deambulando por él: un carnicero y su puesto de venta en la calle, una mujer sobre un burro con aguaderas, algunos caminan a cualquier lugar y otros, claramente, van hacia el Portal; todos con algo en las manos, una cesta, unos pollos.
Y en el Portal las cinco figuras, las más grandes de todo el conjunto, tal vez excesivas, sobre todo el Niño, pero el Niño siempre va sobrado en todos los Nacimientos. No obstante repito que eso no importaba, y tan poco importaba que hasta su bombilla era la mayor de todas, blanca y sin celofán.

Y cuando ya estaba terminado, mi madre le daba el visto bueno colocando unos antiguos muñequitos, vestidos de pastores, cerca del Portal. Decía que eran de su madre.

Sevilla, 8 de diciembre, 2015


domingo, 7 de junio de 2015

Mi primera moto

¡Qué inventen ellos!, dicen que dijo Miguel de Unamuno en un intento de  zanjar las diferencias que tuvo con Ortega y Gasset a cuenta de la idea de éste sobre la europeización de España, o sobre la españolización de Europa que defendía aquel. Lustros después, la frase, ya lapidaria, parece haberse convertido en un estereotipo nacional que utilizamos en sentidos opuestos: unos lo usan con aire impropio, incluso humillante, mientras otros lo aceptan con una mezcla de orgullo y menosprecio. Seguramente cerca de esto último estaba el interés de Unamuno.
Sin embargo, la historia se encarga de recordarnos que aquí también se han inventado cosas más o menos eficaces, revolucionarias a veces, inútiles en ocasiones o inspiradoras de algo que llegaría luego u lo terminaría firmando otro. A poco que se rebusque, perdón, se navegue por las nuevas tecnologías, encontraremos un montón de objetos concebidos por españolitos que, en mayor o menor medida, han hecho más llevadera la vida en este mundo, más feliz y placentera la existencia del hombre: desde el galeón que surcó más y mejor los mares hasta el tren Talgo de nuestros penúltimos días, pasando por el submarino y el autogiro; u objetos algo más cotidianos, pero no por ello menos importantes, como la grapadora, la jeringuilla desechable, el afilalápices, la calculadora, el laringoscopio o la guitarra.
Y llegados a este punto cómo olvidar los verdaderamente reconocibles por la mayoría de nosotros, como tantos otros, como genuinos inventos españoles, que son, a saber: el futbolín, la fregona, el  cigarrillo, el abrelatas "explorador", la navaja, el botijo (seguramente el más antiguo), el porrón, la bota para el vino, el mus y el chupa-chups. ¿Qué, cómo os habéis quedado?,  ¿sorprendidos?, pues ahí no queda la cosa, que falta uno de los mejores y que no es otro que el VESPINO, y con mayúsculas, que se lo merece.
Fue el Vespino, o mejor dicho es, un ciclomotor que se diseñó y fabricó íntegramente en nuestro país. Durante los años setenta del pasado siglo, y junto al Seat 600, fue casi un icono cultural, el medio de locomoción más usado por la juventud, líder en venta durante casi treinta años, un revolucionario del transporte personal, el puntillero de las bicicletas, que no levantaron cabeza hasta que Pedro Delgado ganó el Tour. Y llegó a todo eso porque era fácil su manejo y barato en su adquisición y mantenimiento (¿qué decir del poco más de litro y medio de gasolina a los 100 km?). De los veinte modelos que se fabricaron, yo tuve el GL, que era prácticamente igual a los anteriores pero con el faro cuadrado y más cromados que lo adornaban; con un asiento en el que si te ajustabas, cabía un paquete detrás. Y te ajustabas, vamos que si te ajustabas.
Compró mi padre el Vespino a mediados de 1974, en la tienda taller de motos de Miguelín, junto a la cochera de las viajeras de Domínguez. Lo hizo, no cabe duda, movido por la presión que yo ejercí; reconozco que fue un capricho de adolescente, pero que venía abalado por muchas cajas de peras y manzanas recogidas por un servidor en fincas de la comarca; y mucha suciedad acumulada en la piel durante horas interminables en la fábrica de tomates de la carretera del Badén. Por eso siempre he dicho que el vespino lo pagué yo, que no fue un regalo.
Recuerdo que una tarde, unos meses antes de su adquisición, fui con mi amigo Carlos a casa de Raquel, seguramente sin un motivo concreto, simplemente íbamos, que por entonces era Raquel, sin saberlo, muy del gusto de Carlos y sus poemas (aquel ojo grande de la Luna les miró una vez en la playa de Estepona y Carlos pensó historias que nunca hubo) y por eso iríamos. Al llegar vimos que en la puerta estaba, sin candados ni ataduras, el Vespino de Raquel.
          «Carlos, ¿tú has montado alguna vez en Vespino?»
         «no», 
          «ni yo tampoco, venga, vamos».
Y yo conduciendo y él de paquete, viajamos hasta el puente de la vía, y vuelta. Dejé la moto en la misma posición y lugar y entramos en casa de Raquel. Aparentemente nada había pasado, pero ya nada sería igual; desde ese momento no paré hasta conseguirlo.
Una vez logrado mi objetivo arrinconé la bici y me subí a mi nueva máquina para no bajarme nunca más. Digo que nunca me bajé porque así fue, que aunque quince años después la vendí y por el mismo precio que se compró, siempre he sentido y siento que sigo montado en aquella mi primera moto, si bien las adquiridas posteriormente le han ganado en prestancia y prestaciones.
El Vespino me dio la capacidad y libertad de movimiento que la bici tenía limitadas. Con él amplié mis paisajes, rodé otros caminos y aproveché los tiempos como antes no era posible: una mañana de domingo ya no sería el consabido paseo calle de los baldosines - parque -calle de los baldosines - san francisco, «bueno, llegamos hasta la piscina, ¿vale?».  Pasó a ser «oye, ¿nos vamos a la Antigua?», y ella te contestaba que sí. Llegabas a la ermita rodando por caminos, porque las carreteras estaban vedadas a Vespinos con paquete, en el más agradable paseo que un incipiente viajero pudiera imaginar, a pesar de los baches y las piedras, y a veces del frío y el barro. El resto del día, de lo más entretenido, y de gasto apenas dos duros, que a veces daba vergüenza llegar a la gasolinera y pedir sólo diez o quince pesetas de gasolina.
Y qué decir si el destino era Magacela, sobre el viejo camino que lleva su nombre: pasar bajo la alcantarilla de la vía o parar en el pequeño puente, que te sentías Steve McQueen en "La huida" allí arriba viendo alejarse el tren. Más tarde, un café en el bar de la pequeña plaza, dejar allí la moto y paseo casi vertical hasta la cima para redescubrir una y otra vez el castillo y los horizontes, la Serena y todos sus puntos cardinales. Y arriba concluir que en aquel lugar, llegado el momento, estará el final, aventado desde lo más alto del alcázar. Eso sí, siempre que sea primavera y domingo soleado.

Nota al margen: tuvo también un Vespino mi prima Mari Eugenia, como el mío, pero ella colocó delante del manillar, un cestito metálico que daba un toque femenino y más elegante al conjunto, muy lejos del mío que disponía de un portabultos más convencional. Fue ese punto de coquetería, cestito y mujer conduciendo, y que siempre lo tuvo más limpio que yo, lo que invariablemente me ha hecho pensar que las motos son distintas según las conduzca un hombre o una mujer, aunque la moto sea la misma. Teoría que confirmo cada vez que veo a mi hija montada sobre la suya.

De toda aquella aventura, concluyo ya, sólo cuatro puntos negros: dos multas y dos caídas.
Multa número uno: espejillo retrovisor roto y un guardia civil que lo ve cuando, muy temprano, me dirigía a la Cica o a la finca de Paco López a recoger fruta.
Multa número dos: municipal del pueblo, de los que se ponían en las Pasaderas o en el cruce de Fajardo, con encorsetado uniforme casi tres cuartos, casco blanco y porra al cinto, molesto por la incorrección de que mi Vespino llevara pasajero y pasajera.
Caída primera: calle Virgen de Guadalupe, ligera lluvia, pavimento mojado, velocidad indebida, mal uso del freno y al buscar la curva hacia el Parque, moto que se va al suelo y, como estaba previsto, se dirigió al Parque; yo también al suelo, la física y sus leyes me llevaron contra el taxi más próximo, aparcado junto a los portales de la tienda de Mansilla. Aquello dejó escasas consecuencias, unas rozaduras en las manos y poco más. La moto y yo seguimos funcionando, como si no hubiera pasado nada.
Segunda caída: ahora con paquete, en un alarde improvisado en la era frente al Instituto, algo de barro, hierba húmeda y un patinazo, pérdida del equilibrio y la moto que cae; entre el suelo y el tubo de escape queda la pierna desnuda del paquete, que el paquete llevaba falda. Consecuencias: ropa sucia y una marca que recordó durante meses la quemadura producida.

Nota final: no conservo ninguna foto que ilustre este escrito; si las tuve, con seguridad  las hice pasar a mejor vida, movido por enojos que fueron pasajeros, que no hay nada mejor para sacar un clavo que utilizar otro clavo.

                                                                                         Sevilla, Junio 2015

domingo, 3 de mayo de 2015

En el Pedro de Valdivia

Yo ingresé en el Instituto Pedro de Valdivia, que entonces se llamaba Instituto Técnico de Enseñanza Media, cuando principiaba el otoño de 1968 y mi madre decidía hacerme un poco más mayor desterrando, por fin, todos mis pantalones cortos.
El recibo de la matrícula.

La matrícula fue realizada, con carácter condicional, meses antes (aún no había terminado mi último curso en la escuela del Cristo),  y costó 135 pesetas, más una póliza de 50 céntimos. Correspondía al primer curso de Bachillerato Elemental del plan de estudios de 1953 y comprendía diez asignaturas, relacionadas en el impreso de matrícula que yo mismo rellené (vaya letrita que me gastaba por entonces), y en el que olvidé poner la fecha de tal acontecimiento. 
La letra es mía, qué horror.

En Julio nos comunicaron que me era denegada la beca que habíamos solicitado, argumentando imprecisiones en la cumplimentación del impreso correspondiente; en mi descargo he de decir que estoy seguro que yo no rellené los impresos, tuvo que ser mi padre. Y lo digo porque, curiosamente, el documento en que se nos hacía esa comunicación había formado parte de todos los papeles que se rellenaron y enviaron, y en él se comprueba que la letra es de él. Además, el sello de 1’50 pesetas también se pagó en casa.
        

                    

Decía que me incorporé al Instituto en el otoño del 68, y debí hacerlo por la segunda de las tres puertas que tenía el recinto, que era por donde entrábamos los alumnos.  Por la primera, pegada al edificio de la Escuela de Arte y Oficios, se accedía a un camino que llegaba a la Granja, un conjunto de edificaciones dedicadas a las labores prácticas del Bachillerato Laboral que entonces se impartía en el Instituto, y que era un tipo de Bachiller algo peculiar, creado en 1949 y caracterizado por tener ciertas asignaturas que eran propias de materias relacionadas con los principales medios de producción de la comarca donde estuviera situado el Centro; es decir, en Villanueva se estudiaba el Bachiller Laboral agrícola ganadero (de ahí lo de la Granja), pero en Vigo existía un Instituto donde la especialidad era la pesca, y en Almadén la minería. ¿Me he explicado?
Parte de aquellas instalaciones se acondicionaron como aulas para dar las clases al alumnado femenino, cumpliendo así con la imposición de establecer una distancia entre sexos propia del tiempo que vivíamos.
La tercera y última puerta era la entrada de profesores, personal administrativo y vehículos, pocos, que en el aparcamiento no creo que cupieran más de diez o doce coches, y todos ellos pequeños, que el más grande sería el Seat 124 de Don Teófilo.
Bueno, entré por la segunda puerta y a partir de ese momento comenzaron a correr los siguientes siete años de mi vida. Pero no fue un correr con prisas sino un correr de pasar, de caminar: un transcurrir lento, una etapa tranquila, un desprecio indolente al tiempo, un vivir sólo cada día y un pensar, como mucho, en el día siguiente.
Cierro los ojos y veo nítido el edificio: todo plano, en planta baja, agachado, como queriendo no destacar en el paisaje, pero sin conseguirlo, que todos le señalaban  por lo distinto que era y por algo hasta le concedieron un premio  de arquitectura. Después de él, el campo, la Charca y la carretera a La Coronada. Enfrente la Era, y en ella un lejano futuro de soleadas tardes de primavera.
Sigo con los ojos cerrados: sus paredes, ladrillos  pintados de blanco que alternaban  con enormes cristaleras; baldosas oscuras en pasillos que el primer día me parecieron  inmensamente vacíos e infinitos; vestíbulo de entrada con un tablón de anuncios como único mobiliario, a su izquierda un espacio cubierto para que los alumnos dejáramos las bicicletas en las que no íbamos, así que aquel lugar nunca cumplió su función, ni esa ni ninguna, siempre lo vi vacío.
El pasillo se bifurca en dos, a la derecha la zona de administración y profesorado, camino al frente hacia las aulas y dejo al lado un patio interior al que jamás accedimos, lo adorna algunas plantas que siempre estuvieron muy cuidadas; dividiendo el patio en dos, un pequeño  edificio que, según el rótulo de la puerta, se construyó para biblioteca pero se quedó en almacén.
Continúo adelante, frente a mí la salida al recreo, al campo casi abierto, pero como aún no es hora de distracciones, quedo a la espera de la inminente apertura de la puerta que conduce al corredor donde se distribuyen las aulas. Son las nueve menos cinco y el bedel, palabra recién aprendida, abre la puerta doble de vaivén y ojos de buey para que, en ordenada procesión –la salida siempre se regirá por otros órdenes- todo el alumnado se incorpore a sus clases. Es el primer día de curso y mi primer día de Instituto.

Supongo que llegué algo aleccionado por mi hermano, él ya llevaba allí algunos años y, si no me equivoco al hacer las cuentas, comenzaría entonces cuarto de Bachiller, del Laboral, así que todo el material escolar que debí portar aquella mañana, siguiendo su recomendación, serían una libreta de gusanillo a estrenar y un magnífico bolígrafo “bolín”. Ambos elementos con el único fin de anotar horarios, alguna recomendación del personal docente y poco o nada más.
Cuando yo entré se impartían no sólo aquellos estudios del Bachillerato Laboral, sino también los propios de ese plan de 1953, o sea, Bachiller Elemental (1º, 2º, 3º y 4º) y Bachiller Superior (5º y 6º), con sus correspondientes reválidas. Y para todo eso disponía el Instituto, exactamente, de siete aulas distribuidas a ambos lados de un largo y ancho pasillo. Y no eran pocas, no, sino las justas, hay que tener en cuenta que el Bachiller Laboral constaba de siete cursos y el alumnado por entonces debía ser escaso, con lo que la cuenta es fácil: siete cursos era igual a la necesidad de siete aulas.

Pero el progreso siempre ha sido imparable y mi generación amenazaba con colmatar el espacio existente; fue en el curso siguiente (2º, 69/70), y por esta causa, que ese pasillo de aulas sufrió una  ligera reforma que amplió el número de aulas y dividió mi curso en dos grupos.

Quedé incluido en la primera aula de la izquierda, y por mis apellidos, Gallego Segador, me asignaron un mesa detrás de la de mi primo Arturo (Gallego García) y así en ese orden estuvimos los dos hasta 6º, que fue cuando nos dieron libertad para sentarnos en la disposición y ubicación que quisiéramos.
Antes decía que en este primer curso tuve diez asignaturas, las cuales recuerdo porque están relacionadas en el documento de la matrícula, pero creo que no me acuerdo de todos los profesores que las impartían. A ver, lo intento, y por el orden en que aparecen relacionadas:

Formación religiosa, no tengo dudas, D. Gerardo, cura, de mediana edad para arriba, gordo, siempre con la misma sotana (lo recuerdo por el sucio brillo que ofrecía la tela desgastada), y en invierno con boina. Los mofletes eternamente venosos, rojos, seguramente debido a… eso decía la gente, pero su aspecto siempre delató resfriados y evidente afonía. Llegó a fabricarse un maletín que contenía un amplificador y un altavoz, para poder exponer sus clases con volumen y nitidez, pero nunca con convicción, por lo que me temo que su labor docente en mi promoción, y en anteriores y siguientes, tuvo escasos frutos.
Lengua española, también sin dudas, D. José Taboada, gallego como yo pero él de origen. Desde el primer día llamó la atención en todos, por su acento y porque llevaba barba, una enorme perilla negra y espesa, y eso no era normal en el pueblo. Creo que fue su primer destino laboral, y también el de su mujer, la cual, más adelante me dio también Lengua y además Latín, y a otros incluso Griego. Tuve siempre con él un trato cordial, casi amistoso, y él conmigo y con otros muchos -entre los alumnos nunca nos referíamos a él como D. José, sino Taboada, y pronto se generalizó llamarle el Chivo, por lo de la barba, claro, y por la grosera costumbre de apodar obligatoriamente al profesorado–; y es que el personaje se dejaba buscar, o era él quien nos buscaba. Sus ademanes pausados contrastaban con un espíritu inquieto: ya entonces algo de política, también teatro; en fin, un tipo peculiar para lo que se estilaba. Buen recuerdo el que tengo de é.
Geografía de España, Dª Sofía Martínez, que al igual que Taboada también llegó ese año a Villanueva y se nos presentaba con ciertas singularidades para el momento y lugar: conducía su propio coche, creo que un Seat 600 de color oscuro, y de vez en cuando nos deleitaba con modelos muy alejados de los gustos de la sociedad local, falda larga hasta los tobillos y algún estampado fuera de época que, a tenor de su soltería, no sé si parecía una señal de rescate o una rotunda afirmación de seguridad.  Llamaba la atención en todos por eso y por su perfil; y a mí en particular por la manera de contar sus disciplinas (Geografía del mundo en 2º, y en 3º y 4º Historia), que me dejó para siempre el gusto eterno de mirar mapas y adorar piedras viejas.
Matemáticas, que lo resuelvo en dos renglones, porque no recuerdo qué profesor tuve (pero a pesar del olvido debo dejar aquí constancia de la buena nota final que obtuve; por desgracia, esos dígitos no se prodigaron en mi vida de estudiante).
Como tampoco puedo mencionar al de Ciencias Naturales. A ver si antes de terminar este escrito consigo acordarme.
De la profesora de Francés sí que me acuerdo, Dª Concha, enormes gafas de miope y un descomunal diccionario del que suelo acordarme, a veces y con sorna, cuando en la red recurro al WordReference. Pero para su desventura no la puedo dedicar mucho espacio: bonjour, el verbo avoir, el être, oui et non. De ahí no se pasó, hasta ahí se llegó.
Dibujo, que nos lo debió dar D. Eduardo Esteban, pero como no anda fina la memoria lo dejo en cuarentena. Tiempo habrá de hablar más adelante de él, que en otros cursos sí que le ubico.
Formación del Espíritu Nacional, asignatura que comprendía,  y pretendía inculcarnos, los valores políticos y sociales afines al Régimen. La impartía en todos los cursos D. Eduardo Cicuendez, que también lo hacía con Educación Física, ya que era habitual asociar en un solo docente ambas asignaturas; como también lo era, o debía serlo y así me consta, la afinidad de éste para con el poder, dicho lo cual sin ningún tipo de acritud, es simplemente información.
Y por último Formación manual, que lo llamábamos trabajos manuales, y más coloquialmente aún, talleres, porque casi siempre se realizaban las clases en los talleres que existían en una nave medianera con la zona de la Charca. Tenía el claustro de profesores del Instituto tres dedicados a esta materia, cada uno con una especialidad: Rufino Pineda en cerrajería, Rafael Yedro en carpintería y Amado Rubio en electricidad. Durante aquel primer curso fue este último quien nos dio clase, y he de decir que para mi desgracia tuve en él al peor profesor de toda mi vida de estudiante, incluida la universidad. Podría resumir en unas pocas frases cuáles fueron los sucedidos que me llevaron hasta esta apreciación, pero creo que el tipo no merece más palabras, ni siquiera este pésimo recuerdo.

Estaba yo, antes, ya sentado detrás de mi primo Arturo cuando me puse a hablar del profesorado, así que casi olvido recordar aquel pasillo a cuyos lados y separadas por grandes cristaleras se encontraban las aulas. Aulas abiertas a la visión exterior, al pasillo y al campo, hileras de frutales, baladas de borregos y muchachos que podan árboles o arrancan malas hierbas. Cristaleras que permitían perturbar nuestra concentración, a la vez que facilitaban la perfecta observación desde el exterior. 
A la izquierda cuatro aulas y hacia la mitad del pasillo el acceso al salón de actos; al fondo los aseos, uno a cada lado; y a la derecha tres aulas y una cuarta más, que por su mobiliario y atrezo, y por el rótulo de la puerta, era el laboratorio. Nunca vi hacer ahí dentro ninguna práctica de química ni de cualquier otra ciencia, pero tiempo habrá de hablar de este lugar, que en 4º fue mi aula. Durante las clases casi nadie deambulaba por ese pasillo, a excepción de los bedeles, de algún profesor rezagado, de alumnos con la vejiga apretada y de Nicolás. Los bedeles eran dos: el Sr. Peña y Borrasca; sólo con nombrarlos ya doy cuenta de su edad y el trato que teníamos con cada uno de ellos:

El Sr. Peña era mayor, no sé cuánto de mayor, de corta estatura y chaqueta gris cruzada, permanentemente abrochada. Vivía en el propio centro, en un pequeño chalé junto a los talleres.  Era de modales correctos y conversación corta pero afable: cuando daba la hora (la comunicación del fin de la clase, que se hacía aula por aula), golpeaba suavemente la puerta pidiendo permiso, abría y en un tono bajo comunicaba con la expresión “la hora Don…”, que había llegado el final de la clase.
Borrasca, en cambio no era mayor, y por eso y porque pretendía ser simpático y dicharachero con los alumnos, y porque casi siempre llevaba la chaqueta desabrochada,  y porque hablaba alto, y porque no golpeaba la puerta antes de dar la hora, y por algunas cosillas más que no deben caber aquí; por todo ello era que Borrasca sólo fue Borrasca.
Y luego estaba Nicolás. Pero éste personaje merece casi un capítulo aparte. O varios cursos.

Termino:  los documentos que ilustran el artículo, como otros muchos, los tengo gracias a la inclinación que tuvo mi madre por guardar todo lo relacionado con nuestros estudios; gusto que he heredado en la medida de lo que me es posible. Y entre todos los papeles envasados en viejas cajas de Cola Cao, encontré las calificaciones de este primer curso de Bachillerato que, aunque estampadas en una hoja de papel manuscrita por mi hermano,  tienen tanto valor como si de un escrito oficial se tratase.

Quedo aquí, por ahora.