domingo, 28 de enero de 2024

La perra gorda.

«Antes de discutir con alguien, pregúntate, ¿es esa persona lo suficientemente madura mentalmente como para entender el concepto de una perspectiva diferente? Porque si no, no tiene sentido.
No todos los argumentos valen tu energía. A veces, no importa lo claramente que te expreses, la otra persona no está escuchando para entender—están escuchando para reaccionar. Están atrapados en su propia perspectiva, no están dispuestos a considerar otro punto de vista, y comprometerse con ellos solo te agota.
Hay una diferencia entre una discusión saludable y un debate sin sentido. Una conversación con alguien que es de mente abierta, que valora el crecimiento y la comprensión, puede ser esclarecedora, incluso si no estás de acuerdo. ¿Pero tratando de razonar con alguien que se niega a ver más allá de sus propias creencias? Eso es como hablar con una pared. No importa cuánta lógica o verdad presentes, retorcerán, desviarán o descartarán tus palabras, no porque estés equivocado, sino porque no están dispuestos a ver otro lado.
La madurez no se trata de quién gana una discusión, sino de saber cuándo una discusión no vale la pena tener. Es darse cuenta de que tu paz es más valiosa que demostrarle un punto a alguien que ya ha decidido que no va a cambiar de opinión. No todas las batallas necesitan ser peleadas. No toda persona merece tu explicación.
A veces, lo más fuerte que puedes hacer es alejarte, no porque no tengas nada que decir, sino porque reconoces que algunas personas no están listas para escuchar. Y esa no es tu carga para llevar».

 Me llega este texto atribuido, parece ser, a Helen Mirren y no puedo impedir verme reflejado o, al menos, sentir esas palabras como mías y recordar momentos  y personas con las que he mantenido conversaciones en las que los buenos modos verbales se perdían, de tal manera que notabas cómo se llegaba a un punto tan elevado del que, para volver a las trece inspiraciones por minuto, se tenían sólo una opción: cortar de raíz, hasta ahí he llegado, me da lo mismo en qué punto esté la discusión, qué grado de razón tengo o cuánta he perdido; porque, a ver, si tu opinión, no la mía, sino la de mi interlocutor, la tuya, chaval, me importa un comino e incluso menos; elijo cortar con un silencio, un mirar a otro lado, incluso marcharme con cualquier excusa, que me estoy orinando, que tengo podólogo.

Y es que Helen Mirren, buena actriz donde las haya, sabe lo que dice: mejor un hasta luego sin conocer a ciencia cierta hasta cuándo será ese luego, que perder unos átomos de energía en disputas por gustos o ideas más o menos razonables, útiles o morales. Que es preferible ceder, dar la razón, sí, darla entera y envuelta en papel de regalo y lazo de color, evitando el debate cansino sobre un asunto al que no se ve la salida, dejando al otro convencido del triunfo, ufano ante una victoria inexistente, dar la razón, pero sin darla.

Esa es la madurez de la que el texto habla, el saber cuándo una discusión no vale la pena tener, es nuestro «para ti la perra gorda», que en el fondo no es más que el fin de la discusión, la confirmación de la falta de crédito del otro, el escaso valor de sus argumentos.

Tanto y tan poco valor como el de la propia perra gorda, aquella que fue emitida en España, en 1870, acuñada en bronce y cuyo valor era de 10 céntimos. En el anverso Hispania, una figura femenina, sentada sobre una roca, y en el reverso un león apoyado o sujetando el escudo de España. Pues resulta que el diseño del león, que más que un león parecía otro animal, bien por mofa o por verdadera confusión, hizo que la moneda fuera rebautizada por el pueblo como “perra gorda”. Y fue precisamente su diseño, y su escaso valor, el origen de la frase.

También se emitió otra moneda, exactamente igual, pero de menor tamaño y la mitad de valor, a la que se llamó “perra chica”.

En 1941 fueron sustituidas por otras monedas del mismo valor, pero utilizando aluminio y con un cambio de diseño: en el anverso un jinete íbero con lanza, y en el reverso el escudo de España con el águila de San Juan. Un servidor conoció y usó estas últimas monedas.

domingo, 14 de enero de 2024

En mi casa, mi culo descansa

Esta es una frase que escuché en numerosas ocasiones a mi madre, claro ¿a quién si no?, y por eso está aquí, que estas son entradas dedicadas a ella y a su recuerdo. Paradójicamente, la de hoy no la siento que hubiera estado destinada a mí, ni tiene el sentido de reproche que sí parecen tener casi todas las que incluyo en esta sección, si bien, a esta altura de mi vida me niego a tomármelas como tal.
No termino de encuadrarla en situaciones concretas, ni recuerdo en su vida muchas ocasiones que viviera y que justificaran el que pudiera argumentarla. Me limito a estar seguro de que, llegado el caso, la decía sin que necesariamente estuviera justificado.
La que ella pronunciaba no concuerda con exactitud con la que se prodiga por la red en numerosas listas de refranes. La suya era más personal y contundente, auto adaptada, marca de la casa sin el copyright que ahora yo le concedo. La frase era:

«En mi casa, mi culo descansa»

Que difiere ligeramente de la que parece ser más conocida, y tal vez única, «En su casa, hasta el culo descansa», más amplia y genérica, pero sin personalidad, pensada en el gran público. Ambas poseen el mismo sentido familiar y cercano, el de la tranquilidad de tu casa o de otro lugar querido o conocido en el caso de estar ausente o lejos del hogar.
El refrán nos viene a decir que como en la casa de uno, en ninguna parte; y que a pesar de que nos encontráramos en lugares y entornos amables, incluso durante un corto período de tiempo, siempre llegará el momento en que echaremos en falta nuestro sillón ante la televisión, la silla de la cocina o la taza de nuestro inodoro.
Y ahí es donde dudo y me pregunto cuáles serían las ocasiones que mi madre viviera para así pronunciarla. Pues no recuerdo que viajara mucho, ni pasara con frecuencia días y noches fuera como para echar de menos su casa.
A lo sumo señalar los numerosos pero cortos, muy cortos, períodos de tiempo que vivieron en la mía —que se prolongaron algo más durante los últimos meses de su vida—, y que siempre fueron breves porque en su interior palpitaba siempre el deseo de asentar el culo en su casa.
He de reconocer que idéntico sentimiento tenía un servidor cada vez que me trasladaba a la casa de ellos; y lo sigo teniendo cuando realizo algún viaje, unas vacaciones, cuatro, seis, diez días, enseguida añoro mis zapatillas, mi frigorífico, la luz de la ventana y los bares habituales. Lo dicho, y es que como en casa de uno, en ninguna parte.
Encuentro una segunda interpretación al refrán, pero me parece que se aleja bastante de la primera, que es más certera. Aquella dice que «indica que no hay que meterse en los asuntos de casas ajenas, sólo en la propia», lo que entiendo casi como una alegoría de la primera. Y lo que sí tengo claro es que no era ése el sentido que daba mi madre.