jueves, 22 de junio de 2023

Culo veo, culo quiero

Al hilo del anterior «decía mi madre» en el que hablé de aquellos mis continuos cambios de opinión, he recordado un refrán que veo muy unido a aquella frase —«cada vez que meas te da una idea»—, cuyo origen bien pudo estar en mi propia madre dada la pureza, claridad y poca suspicacia que la expresión tiene. No así, sin embargo, en el dicho que hoy trato, que es un conocido del refranero popular español y que alude directamente a la envidia, esa pasión eterna del ser humano, la sexta en la lista de los siete pecados capitales que tiene la iglesia católica fijados como grandes faltas a evitar, y que concretamente en el individuo español dicen que es la primera.

El DRAE la define, a la envidia, como «Tristeza o pesar del bien ajeno»; lo que parece una consideración suave, casi tierna. Más adelante, en su segunda acepción dice «… deseo de algo que no se posee.» Esto entra más en el concepto que todos solemos manejar, que es el que me trae hoy aquí, y que cualquiera que lea esto podría pensar que si de la envidia escribo es porque soy o fui envidioso. Sobre la actualidad decir que no, rotundamente no, pero —¡ay los peros! — con matices. Sin embargo, en el pasado lo debí de ser, que es lo que siempre he pensado pues recuerdo con claridad que no menos de en muchas ocasiones mi madre me espetaba:


«Culo veo, culo quiero»


Expresión antigua que, según leo, aparecía en el Diccionario enciclopédico hispano-americano de 1890, donde se la define como «Refrán con se moteja de sumamente antojadiza a una persona», y que incluso tiene variante en el idioma francés «Qui cuir voit tailler courroie demande», que puede traducirse como «quien ve cortar cuero, cinturón pide».

Nota:

El uso de la palabra culo en el refrán alude directamente a la parte del cuerpo humano, bien en el hombre o en la mujer, que desde los dos sexos puede ser objeto de admiración y deseo, sobre todo en el caso de que el culo mirado sea bello y atractivo.

Sin duda, el refrán tiene una gran carga de intención sexual que queda reprimida, y totalmente velada, por su significado, que no es otro que la irrebatible condición de superioridad de la envidia sobre cualquier otro pecado. En este caso, sobre el sexo, perdón, sexto mandamiento.

 

Otra nota:

Leo algunas variantes, tales como «culo veo, culo deseo», «culo vi, culo quisí» y «si culo veo, de culo me da deseo».

Supongo que algunas más habrá.

 

Decía que debí de ser envidioso, si no ¿a qué se debe la frasecita de hoy?, porque afirmarlo con precisión no puedo. No recuerdo actitudes en mí en las que reclamara caprichos de manera incesante que produjeran en mi madre berrinches, que era la palabra que ella utilizaba cuando a los enfados se refería; pero haberlos, los antojos, tuvo que haberlos. Para qué negarlo. Pero ojo, estamos hablando de cuestiones materiales, no vayamos más allá.

En mi infancia tuve los caprichos, y cumplidos los deseos, que mis padres pudieron permitirme, y que no debieron de ser excesivos, pues previo a la decisión que tomaran, muchas serían las cuentas que se echarían, en especial la señora Consuelo que, sabiendo como sabía de lo que disponía, era perfecta conocedora de hasta dónde podía llegar. En la mayoría de los casos la cuestión quedaba zanjada con el rotundo refrán.

Y durante los muchos años que siguieron a aquella infancia, he tenido lo que he podido tener, y me he permitido los caprichos a los que he podido acceder. Siempre movido por un deseo propio, interno e íntimo, quizás hasta por una necesidad que a la postre resultó no ser tan necesaria. Pocas veces me movió el deseo de poseer algo por vérselo a un amigo, un vecino, un compañero e incluso un rival en el campo que fuera. Nunca, por el hecho de que otros tuvieran eso o aquello, era necesario que yo también lo poseyera, y así poder sentirme igual a ellos o estar a su altura.

Quede claro, no he sentido celos por situaciones vividas por otros, ni malestar hacia el que ha conseguido aquello por lo que yo también pugnaba. Siempre me he conformado con lo que, con los medios que he contado, he obtenido en mejor o peor lid; y si con alguien hubo que enojarse ante el fracaso o la no consecución del objetivo, siempre fue conmigo.

Con el paso del tiempo, no me he visto reflejado en el refrán, no he necesitado querer lo que en otros veo, ni siquiera empujado por la publicidad y las modas: si lo quise y gasté en ello, siempre fue por decisión y cuenta propia, sin ningún tipo de obligación, y menos por impulsos consumistas.

Pero, ¡ay!, volvemos a los peros. ¿Qué decir de cuando a la envidia la suavizan, perdonan y ensalzan calificándola de sana? Envidia sana, que no sabemos si es envidia o admiración. Yo, que de esa sí he sentido y siento mucha, me quedo con lo segundo, con la fascinación que me produce lo que otros consiguen o hacen gracias a su valía y sus cualidades, y que, claro está, yo quisiera conseguir o hacer.

Llegados a ese punto no me queda otra que concluir, reconociendo sin complejos, que cuando he carecido de las virtudes necesarias para igualar al otro, la posible envidia quedaba, siempre, totalmente disipada.

domingo, 11 de junio de 2023

Un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio

En el anterior Decía mi madre hablaba un servidor sobre la sombra que durante mucho tiempo planeó sobre mi vida y que en tantas ocasiones ella me recordaba: mi supuesto desorden para con las cosas. De ahí el «lo tienes todo manga por hombro» para reprocharme el caos que en ocasiones presentaba la salita donde yo estudiaba; o el doblao, lugar de juegos por excelencia, que pocas veces me preocupé de dejar recogido, pues podía más la pereza que la buena disposición.
El inconveniente que aquello acarreaba se presentaba cuando uno se disponía a realizar una tarea de estudio, reiniciar el juego o simplemente buscar algo cuyo uso debía de ser inmediato. Entonces lo buscabas: debe de estar en este cajón, pues no, ¿dónde lo dejé ayer?, mamá ¿has visto por ahí algo que ahora no encuentro? Y ella pronunciaba lenta y solemnemente, siempre:

«Un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio».

No cabe duda de que el aforismo es muy acertado. Con el tiempo, me he percatado que, si se sigue el consejo, no es necesario al pie de la letra, basta con que sea de manera leve, la vida se hará un poquito más fácil: se ganará tiempo, se ahorrarán disgustos e incluso discusiones. Porque se encontrará rápidamente lo que se busca, no reñirás consigo mismo y, lo más importante, no te enfadarás con quien haya extraviado la cosa, o quien te la reclame no te reprochará su pérdida por tu culpa.


Es curioso, pero cada vez que me viene a la mente y a la boca la frase en cuestión, porque las circunstancias en ese momento así lo requieran, de manera paralela recuerdo un artículo de Gabriel García Márquez, cuyo asunto principal era precisamente el orden, en el que afirmaba que, en un entorno, digamos personal y doméstico, las cosas no tenían por qué extraviarse, siempre que éstas permanezcan en su sitio. Él escribía, concretamente, que «las cosas se pierden porque salen del circuito normal en el que se las usa»: las tijeras de costura estarán siempre en el costurero, y a él volverán una vez utilizadas; lo mismo con la grapadora, que retornará al tercer cajón de mi escritorio una vez grapados los papeles; el calzador permanecerá siempre en el cajoncito de mi mesilla de noche, porque es en la cama donde me pongo los zapatos. Y así hasta el infinito.
Pero no tiene esto que llevarnos a la obsesión, válgame Dios, ya dije antes que bastaba con seguir el consejo de forma ligera para hacer que la vida sea un poco más agradable. Tampoco es necesario ser capaz de localizar en tu casa y a oscuras, un objeto concreto; no se trata de retos estúpidos.
Mejor vas y enciendes la luz, que precisamente son los interruptores los únicos elementos de los que debes conocer su ubicación exacta.