domingo, 25 de febrero de 2024

Confianza

Hace tiempo leí un texto que me llamó la atención. En aquel momento tomé unas notas resumidas sobre él que quedaron guardadas en una de tantas libretillas que vengo usando a lo largo de los años. Tomé esas notas porque vi muy acertado el mensaje para el momento que estábamos viviendo mis hijos y  yo: era su adolescencia.
Y lo que son las cosas, acabo de encontrar la libretilla y, aunque aquella época ha quedado lejos, creo que para mí el sentido del texto sigue vigente. Rescato aquellas anotaciones y doy forma al asunto. Queda algo así el relato:

«Todos los veranos, los padres llevaban en tren a su hijo a la casa de los abuelos en su pueblo. Al día siguiente los padres regresaban a la ciudad dejando al hijo con los abuelos.
Pasados los años, el niño les dijo a sus padres que ya era mayor y que deseaba ir solo a la casa de los abuelos. Los padres discutieron el tema y decidieron que sí, que era momento de que el niño hiciera el viaje solo.
Al despedirse en el andén de la estación, y después de hacerle al hijo multitud de recomendaciones y contestar éste que no se preocuparan, que había hecho el viaje multitud de veces, el padre le dijo, mientras le guardaba algo en el bolsillo: ‘Hijo, si de repente, durante el viaje, te sientes mal o temor por algo, abre este sobre y lee lo que hay escrito dentro’.
Por primera vez el niño se sintió solo a pesar de la gente que ocupaba los asientos del tren, se sentía observado, incómodo entre tantos desconocidos que le miraban con lástima —‘pobre niño que viaja solo’, pensaba el niño que sería el comentario de los que le miraban—. La tristeza se apoderó de él y comenzó a llorar. Entonces recordó el sobrecito que su padre le había puesto en el bolsillo y lo que le había dicho: ‘Hijo, si de repente, durante el viaje, te sientes mal o temor por algo, abre este sobre y lee lo que hay escrito dentro’. Buscó en su bolsillo, encontró el sobre y lo abrió. Sacó un papel que tenía escrito lo siguiente: ‘Hijo, estoy en el último vagón’.

Ésa es la actitud que debemos de seguir en la vida con nuestros hijos, que no es otra que confiar en ellos, que crean que viajan solos, que son capaces de hacerlo. Pero no del todo, nosotros debemos de estar siempre cerca, viajar en el último vagón de su tren, por si acaso.


domingo, 11 de febrero de 2024

Míralo, como si oyera llover

La frase de hoy posiblemente sea la que más me gusta de todas las que llevo desarrolladas en estos decía mi madre, y también de las que restan por hacerlo.
Si de todo lo escrito en anteriores entradas se podría deducir que quien esto suscribe era algo gamberro, desordenado, respondón e incluso rebelde, de la de hoy espero que ayude a que la idea sobre mí derive hacia lo que era un carácter apacible, reflexivo y tierno; pero sin llegar a la sensiblería, por Dios.
Pensar sobre esta expresión es cerrar los ojos y permanecer embelesado con imágenes borrosas apenas identificables, o mantenerlos abiertos mirando fijamente un objeto cualquiera que termina pareciéndose a la nada, porque da lo mismo que sea ése o cualquier otro si lo que se consigue es recogerse mentalmente en aquello, en la nada.
Pues así debí de encontrarme en tantas y tantas ocasiones en las que mi madre se dirigiera a mí, qué más da con qué: una orden, una pregunta, una reprimenda; que ante mi silencio o mi reacción ausente hacía que despertara de mi ensimismamiento tras un:
«Míralo, como si oyera llover»
Y entonces yo me despabilaba, ¿qué, dime?, y ella repetía aquello que hubiera dicho, y un servidor, vuelta a la realidad.
Como si oyera de llover es el entrañable recuerdo, o «como quien oye llover», que dice la RAE. En su exposición, los señores académicos son algo menos delicados y se inclinan por precisar que la coloquial expresión se usa «para denotar el poco aprecio que se hace de lo que se escucha o sucede», acusando al oyente, o mejor, al no oyente, de menospreciar las palabras de quien habla, no dándole importancia ni mostrando interés alguno.
Nota intermedia:
Aquí convendría hacer una alto y dar una colleja al DRAE, pues utiliza la palabra escucha en vez de oye, que vienen a ser distintas: escuchar es prestar atención a lo que se oye, y oir es percibir con el oído los sonidos. Como se ve tienen significados diferentes.

Temo que el rapapolvo continúa. Todos sabemos, yo lo sé, que necesariamente la frase no conlleva menosprecio. En aquellas ocasiones, cuando mi madre la pronunciaba, yo no había escuchado, y con toda seguridad tampoco había oído, lo que antes me había dicho, pero no por desprecio sino llanamente porque no estaba prestando atención, no hacía caso porque mi concentración estaba en otro lugar o en ninguno, lo más probable. La evidencia más clara de que eso era así es que, una vez llamada mi atención, yo volvía a la realidad, atendía a la pretensión materna y aquí paz y luego gloria.
Me intereso ahora por el origen de la expresión y recurro a la red de redes, que en un teclazo te lleva a ello y te enteras, atónito, que la fuente no está en mi madre, cosa que era de esperar, sino nada más y nada menos que en el tiempo de la conquista del actual Méjico por el paisano Hernán Cortés. Lo resumo:

Llegan los conquistadores españoles a América, corría el año 1519 cuando Hernán Cortés se reúne con Moctezuma, el emperador azteca se presenta con todo su séquito, en el que se incluía un joven que ocupaba el cargo de Quiahuitlacapoc quiahuitl, lluvia, y acapoc, escuchar, sentir—, algo así como sacerdote de Tlaloc, dios de la lluvia; tenía la función de escuchar e interpretar el sonido de la lluvia, ya que los aztecas creían que Tlaloc les enviaba mensajes a través de cada aguacero, que podían ser proféticos o de orientación para la vida y la sociedad. Este Quiahuitlacapoc llamó poderosamente la atención de los soldados españoles, que lo veían presente en los encuentros entre Moctezuma y Cortés, siempre ensimismado, ajeno a las conversaciones y escuchando la lluvia. Tanto les sorprendió su abstracción que acabó siendo el centro de sus burlas, «el que oye llover» le apodaron. Lo que pasó a tener tanto un significado que ha trascendido hasta la actualidad: el de alguien que, presente en una conversación, está perdido en sus propios pensamientos.

Termino, y no quiero hacerlo sin recordar una anécdota sucedida con mi hija una tarde de lluvia cuando, con casi dos años de vida y en esa época en que se debatía entre las ganas de aprender y pronunciar correctamente palabras nuevas, y la dificultad que ello le acarreaba, desde el asiento de atrás del coche me llama y me dice: «papá papá, mira, lluvia», vocalizando despacio la palabra, recreándose en su pequeño triunfo.

Nota final:
Dejo aquí enlace a otro decía mi madre que está muy relacionado con éste de hoy: «Qué, ¿mirando las musarañas?».