domingo, 23 de febrero de 2020

En este momento de mi vida...

 Leído por ahí, pero no recuerdo dónde:

Lo que algunos escriben y  me gustaría haberlo hecho yo.


«En este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas.
Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila. También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada.
Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una persona amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada o todo».


De la periodista y escritora asturiana Ángeles Caso, de la cual he leido algunos artículos y sólo una novela —"Contra el viento"— y me aburrió. Pero este texto sí me ha tocado dentro, y quiero hacerlo mío.



 


sábado, 8 de febrero de 2020

1959, febrero

1959, febrero

Aquí, el que suscribe tiene un año y un mes Han pasado doce meses desde la instantánea anterior y durante este tiempo al niño, o a los niños, no les han hecho ningún retrato. Lo que viene a confirmar aquello que yo escribía sobre la autoría de las fotos y las circunstancias en las que se hacían:



Una familia, una persona, unos amigos, deseaban tener un recuerdo de un momento concreto que tal vez estuviera marcando un hito en su vida; no disponían de cámara fotográfica y no les quedaba otro medio que recurrir a profesionales; entonces se concertaba la sesión y en el estudio del fotógrafo se realizaba el trabajo.
Pues eso debió ocurrir aquí. Mi hermano está a punto de cumplir cinco años y yo acabo de sobrepasar los dos añitos. Buen momento para ser inmortalizados. Así que mi madre nos viste lo mejor que puede y nos lleva al estudio de Francisco “el Sacristán” que nos hace esta preciosidad de fotografía. Mi enhorabuena Francisco.
Si hay que ser sincero, que debo serlo, he de decir que aquí el verdadero protagonista es Arturo, mi hermano. Yo, en cambio, estoy como de prestado, una figurilla decorativa sobre un extraño pedestal; incluso parece que sobro, en ese instante yo soy consciente de que sobro. Ése niño no está a lo que debería estar, mira a otro lado, como ausente, distraído, «ésto no va conmigo o es que no tengo conocimiento de qué va ésto»; y las piernas colgando, como fofas, y también los brazos. De todo un poco. Hasta el jerselillo —la RAE dice que el diminutivo de jersey es jerseicito, pero yo siempre he oído, y dicho, jerselillo cuando te refieres a un jersey pequeño— que llevo puesto está fuera de lugar. O lo veo ahora y no me gusta.
Esta fotografía estuvo enmarcada muchísimos años, casi toda la vida, sobre la mesita de una sala de mi casa; estancia que jamás se usó para otra cosa que no fuera exponer unos muebles que nunca se utilizaron. Me corrijo, con el tiempo, mi madre puso en esa sala una pequeña cama en la que ella dormía, con la ventana a la calle abierta, en las calurosísimas noches de verano.
Así que, retomando el tema, digamos que esta foto ha sido parte de mi memoria a fuerza de verla tantas veces. Y en tantas veces que la he visto, nunca había observado lo que ahora advierto: lo de mi mirada Dios sabrá adónde, mis piernecillas flojas al igual que mis manos al final de los brazos y el raro pedestal sobre el que, sentado, asemejo el muñeco de un ventrílocuo. Muñeco que parece manejar mi hermano que, como dije, es el auténtico protagonista, el personaje al que mira la cámara y a la que él mira, sabedor de que su presencia es el eje de la escena. Entonces va el tío y se recrea, mete la mano en el bolsillo y farda la pose, el cuello de la prenda interior va por fuera, informalizada la figura; lo que parece un gorra, sobre la cabeza, echada para atrás, determina que sí, que va de chulillo. Pienso mal e imagino que está a punto de darme un empujón, quita de aquí, chaval.
Para finalizar, observad cómo mira directamente a la cámara, tranquilo, seguro, diciendo lo que antes he dicho, que es él el centro de esta historia, y que está dispuesto a que así continúe —a lo largo de mi vida, he de confesar, que casi siempre pensé que lo seguía siendo—.
Realmente creo que me dio un empujón, pero eso no sale en la foto.

Nota final:
Por cierto, mi padre sí tuvo una cámara de fotos, concretamente una Kodak —por entonces, kodak era sinónimo de cámara— de fuelle y con el visor, muy pequeño, sobre el objetivo, por el que apenas si se veía lo que se trataba de fotografiar. Con ella hizo bastantes instantáneas cuando estaba soltero, con sus amigos o con mi madre, de novios. Muchas de aquellas fotos las rescaté de entre las cosas de mi madre y aún las conservo. Creo que estaría muy bien si las incluyera en esta tardesdesolano, veré cómo hacerlas un hueco.
Ahora, me pregunto por qué no siguió haciendo fotos, ¿por qué no hizo otras cosas distintas a su trabajo diario? Bueno sí, leía el periódico todos los días y las revistas que caían en sus manos; con frecuencia también libros, pero esto último ya de jubilado. Pero lo que viene llamándose un hobby, no; no le conocí otras aficiones que no fueran trastear en el doblao
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