lunes, 30 de marzo de 2026

LUDIBRIO

Palabras hermosas, extrañas, curiosas...

LUDIBRIO:

1. M. Escarnio, desprecio, mofa.
Sinónimos: escarnio, mofa, befa, desprecio, humillación, oprobio, burla, ridiculización.
Antónimos: elogio, respeto, admiración.
Etimología: del latín «ludbrium», burla, mofa.

Cuando una persona o situación es objeto de burlas, humillaciones o desprecio por parte de los demás: alguien de quien todos se burlan de forma cruel y degradante.



lunes, 23 de marzo de 2026

CHEROFOBIA


Palabras hermosas, extrañas, curiosas...

CHEROFOBIA:

Aversión o miedo irracional a la felicidad.
Etimología: de los términos griegos “chairo”, regocijarse de algo, y “phobos”, miedo.

El individuo teme experimentar emociones positivas, por lo que evitará situaciones alegres y divertidas, pues teme que pasado el momento feliz pueda suceder algo trágico, que la vida te pague con desdicha por la felicidad vivida.
La persona llega a sabotear su propio bienestar sólo para protegerse de un dolor imaginario.
Como todas las fobias, estamos ante un trastorno psicológico.


domingo, 22 de marzo de 2026

El teléfono, 150 años.

El 10 de marzo de 1876 Alexander Graham Bell pronunció nueve palabras, en inglés, por supuesto, “Mr Watson, come here. I want to see you”, que traducidas al español quieren decir “Señor Watson, venga aquí, quiero verle”. Lo hacía a través de un artilugio que había inventado mediante el cual pretendía, y lo consiguió, mantener conversaciones entre personas que estuvieran separadas en la distancia. El otro protagonista del experimento, su ayudante Thomas Watson, no estaba muy lejos, apenas a unos metros en una habitación contigua. La prueba fue un éxito, el ayudante escuchó nítidamente al señor Bell y acudió presto a la habitación cumpliendo su orden.


Se han cumplido hace un par de días 150 años de tal acontecimiento y los noticieros se han hecho eco de ello, no podía ser para menos. Ciento cincuenta años ya desde aquello y cómo ha avanzado el aparato en cuestión: de aquel rudimentario aparato que trasladó la voz a escasos o poco más de diez metros, a estar un servidor escribiendo esto en un modernísimo artilugio que, además de comunicarme con cualquier persona o entidad de cualquier lugar de la Tierra y por variados sistemas, hace fotografías, las guarda en su memoria (¿?), mide las calorías que consumo, los kilómetros que camino, sabe el camino que siguen ahora mismo todos los aviones en el cielo, me lleva a cualquier lugar del mundo y al instante, conoce al completo la historia del hombre, dispone de todos los datos, hasta los más inimaginables, nos entretiene con incontables pasatiempos, música, cine, crucigramas, televisión, prensa, y así hasta el infinito y más allá, mucho más allá. 
Pues estaba yo viendo-escuchando en un telediario la reseña sobre el 150 aniversario de la primera conversación telefónica de la historia, que era acompañada por una sucesión de fotografías que mostraban la evolución del aparatito a lo largo de estos últimos 150 años —desde aquel de Graham Bell a este que tengo en mis manos—, cuando como un flash me golpeó la frente un recuerdo, como casi todos los míos, bastante lejano.
Me vi en mi calle dando pelotazos a la fachada de una casa, frente a la mía, deshabitada durante mucho tiempo y que por esa razón era utilizada para tal juego. También vi a mi padre conversando con nuestro vecino el señor Gregorio, aquel viejo barbero cascarrabias y bonachón, a cuya conversación yo no prestaba atención. Debían de estar hablando de cómo cambiaban los tiempos, las gentes, las ideas, el progreso y cosas así. Seguramente todo ello le molestaba, no era amigo de novedades, más bien al contrario, y lo demostraba con sus comentarios en mi casa viendo la televisión cada noche que se dejaba caer con su mujer, la buena de la señora Cándida, que bien hacía honor a su nombre.
Decía que estábamos los tres en la puerta de mi casa, yo con el balón y mi padre y el viejo barbero charlando, cuando a este último le escucho una frase que no he olvidado jamás: «Pues me parece que a este paso va a habé teléfono tan chico que lo vamo a llevá en el bolsillo de la camisa como un boli».
Lo que son las cosas, resulta que el gruñón del Sr. Gregorio predijo el futuro. Quién lo iba a decir.

lunes, 16 de marzo de 2026

CATARSIS


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CATARSIS:

1. f. Entre los antiguos griegos, purificación ritual de personas o cosas afectadas de la alguna impureza
2. f. Efecto purificador y liberador que causa la tragedia n los espectadores suscitando la compasión, el horror y tras emociones.
3. F. Purificación, liberación o transformación interior suscitadas por una experiencia vital profunda.
Sinónimos: purificación limpieza, purga.

Es el proceso de liberación emocional que se experimenta al expresar o descargar emociones, pensamientos o recuerdos reprimidos, drenando tensiones o emociones negativas acumuladas.
Tras ese desahogo se consigue una sensación de alivio y claridad mental, pues los conflictos inconscientes o los traumas han salido a la luz y pueden ser procesados.
Es decir, se logra bienestar.


lunes, 9 de marzo de 2026

ZAMPABOLLOS

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ZAMPABOLLOS:

1. m. y f. coloq. Persona que como con exceso y ansia.
Sinónimos: tragón, glotón, comilón, zampón, tragaldabas, zampatortas, zampabodigos.
Antónimos: sobrio, frugal, inapetente, desganado.

Es un término coloquial usado para referirse a una persona que como mucho o que tiene sobrepeso. Está generalizado a todo tipo de comida, pero en su origen debieron de estar los bollos, evidentemente, y los dulces.
El calificativo se utiliza en tono despectivo, burlesco e informal, y puede resultar ofensivo.


lunes, 2 de marzo de 2026

MELIFLUO


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MELIFLUO:

1. adj. Que tiene miel o es parecido a ella en sus propiedades.
2. adj. Dulce, suave, delicado y tierno en el trato o en la manera de hablar.
Del latín “mellifluus”, que destila miel.
Sinónimos: tierno, meloso, melindroso, remilgado, empalagoso, blandengue, dulzón.
Antónimos: áspero, duro, desabrido.

Sirve para describir a una persona, o a su modo de hablar, muy dulce y suave, extremadamente armonioso y agradable de escuchar, y delicado en el trato. Tanto que llega a parecer su actitud y modo de comportarse fingido, por lo que es muy usado en tono peyorativo.


domingo, 1 de marzo de 2026

Nochevieja

Desde hace muchos años la noche de Nochevieja es para mí un acontecimiento carente de diversión. La vivo con un oculto aburrimiento que, evidentemente, no exteriorizo, aunque de vez en cuando hago comentarios que denotan mi estado de ánimo. Pero no por ello renuncio a participar en la fiesta, los brindis, las conversaciones, las canciones si se tercian y, por supuesto, en los preparativos desde el día de antes.
Y es que dicha noche no me emociona en absoluto. No sé qué tiene de especial pasar de un año a otro, no entiendo por qué esa noche tiene que marcar tanto a la gente. Veo más especial el día de fin de curso de los estudiantes, el primer día de vacaciones, las jornadas que duran un viaje deseado o cualquiera de esos días a lo largo de la vida que quedan de verdad marcados en el calendario. Pero el simple paso de un día a otro, aunque situado al final del año, obligado por los ritos sociales y el mercado, la forzosa diversión, la hipócrita postura de felicitaciones y buenos deseos, no, no está entre mis más anhelados placeres.
Siempre he deseado que ese día y su noche fueran lo más normales posible, pero nunca lo he conseguido. Así que he tenido que sobrellevar cada fin de año con una mezcla de serena impostura y alegría de comediante. Pero no me ha importado, porque quienes me rodeaban y rodean entendían y entienden la fiesta de otra manera, y he de acomodarme a ellos. Por lo que, invariablemente, la Nochevieja en mi casa ha sido y es una noche grupal y festiva.
No por ello en mi interior he dejado de renunciar a la aspiración de vivir una noche quieta y sosegada. Y por fin mi deseo se ha visto cumplido en la Nochevieja recién pasada, en la que los astros o las circunstancias se han aliado conmigo de manera tal que todo resultó así:
Cena algo especial, no muy especial, para mi señora y yo, nadie más. En muchos años, o quizás no haya sucedido nunca, no disponíamos a cenar en Nochevieja los dos solos. Justo antes de empezar se presenta nuestra hija en plan sorpresa, no la esperábamos. Cena con nosotros y nos comunica que en cuanto tomemos las uvas —las uvas, qué memez de costumbre— volverá a su casa, 130 kilómetros de distancia, porque mañana, a pesar de ser fiesta y uno de los pocos días del año que no abren las panaderías ni se venden periódicos, debe ayudar a salvar vidas. Dan las 12 de la noche en una de cadena de televisión y yo acompaño las campanadas con la ingesta de uvas, con calma, sin importarme el ritmo ni la secuencia. Educadamente deseo un feliz año a mis dos mujeres —también suelo desearlo el día de sus cumpleaños, que al fin y al cabo es cuando se empieza un nuevo año de vida—. Abrimos una botella de cava y participio en el brindis. Vemos los fuegos artificiales que, pasados unos minutos de las 12, lanzan en un barrio vecino y que, desde nuestro balcón, se ven como si de un palco se tratara. Al término del espectáculo, casi media hora, mi hija se despide, «ten cuidadito, llama cuando llegues», y se marcha. Por nuestra parte, apuramos la botella de cava y también la de vino que había quedado a medias en la cena. Cambio y cambio de canal en la tele sin encontrar nada interesante en donde acoplarme para pasar el tiempo hasta que los párpados me indiquen el camino a la cama. Mi señora decide marchar a coger la horizontal y al rato descubro, mando a distancia en la mano, en no sé qué lugar del dial, un documental sobre Queen. Cambio de postura, me incorporo como gesto de atención, y así me quedo hasta que, pasadas las cuatro de la madrugada y terminado el espectáculo, mi cuerpo se rinde y camino hasta el sobre.
Fue una noche inolvidable.