domingo, 24 de noviembre de 2024

Nunca sabes cuando será la última vez que haces algo.

Leo por ahí, no recuerdo dónde —la tengo escrita en la libretilla de notas que habitualmente me acompaña— una frase que me llamó seriamente la atención. La frase en cuestión dice:

«Nunca sabes cuando será la última vez que haces algo».

Y me causó tanto interés, sobre todo, por la inquietud que a la vez me produjo. Hacer algo por última vez, pero ¿consciente o inconscientemente?
Porque muchas veces pienso, incluso con certeza, que es muy posible que mientras hago algo esté pensando que lo hago por última vez, o no:
Y es que nunca sabemos si aquellas acciones que nos son bastantes comunes y domésticas, o quizás no tanto, las realizamos por última vez: beber una copa de un vino concreto, leer un libro, saludar a un vecino con un "buenos días" o caminar por un parque o una calle cualquiera de nuestra ciudad. En estas ocasiones estaremos viviendo la situación de manera inconsciente, más aún, ignorante, porque no sabemos que pueda tratarse de una última vez. Las hacemos o vivimos sin darnos cuenta que pueden estar sucediendo por última vez, porque es probable que nunca más se den las circunstancias necesarias para que se repitan. Entonces pasarán inadvertidas, desapercibidas, porque las hemos realizado valorándolas sólo en el momento de vivirlas, sin preocuparnos por una trascendencia que, seguramente, no tendrá, o sí. Y es que las habíamos vivido sin darnos cuenta de que eran la última vez y por ello apenas si las habíamos apreciado.
Por el contrario, cuando visito un lugar y de manera mecánica me digo que ahí no volveré, que si tengo otras oportunidades visitaré otros nuevos, porque éste, por el motivo que sea, ya ha colmado mi deseo y agrado, o en el peor de los casos mi desagrado; en ese caso estoy seguro de que esa visita a ese sitio la he realizado por última vez, y cuando abandono el lugar, cuando doy por finalizado ese viaje, soy consciente de que ha sido la última vez. O cuando alguna comida o un producto extraño a mi dieta normal que haya probado por capricho o porque se presentara la oportunidad de hacerlo y resulta que el resultado es negativo para mi paladar, decidiera ponerle la cruz con un rotundo “esto no lo vuelvo a comer ni obligado por el médico”. En esos casos se trata de una decisión consciente que termina produciéndome un sentimiento casi sin trascendencia, no me causan pesar, si acaso un ligero agrado.

Pero hay una realidad, un trance, un hecho que puede tener una condición definitiva para con una última vez: la muerte. Definitiva y a la vez desigual, según se trate de alguien al que viste hace poco y al enterarte de su fallecimiento exclamas un "¿pero si le vi la semana pasada?", y aquel día de la pasada semana no pensaste que era la última vez que veías al ahora difunto; o de ese familiar directo al que has acompañado en el instante final de su vida y en ese minuto concreto tienes la mayor de las certidumbres, la verdad absoluta de que algo en tu vida está sucediendo por última vez.
Así que, cuando hagamos algo, y excepto en contadas ocasiones, procuremos sea con placer y generosidad, porque no sabemos si volveremos a tener la oportunidad de repetirlo.


domingo, 10 de noviembre de 2024

«El ‘no’ se lleva siempre consigo»

Es seguro que en alguna o más ocasiones en tu vida, ante un hecho nuevo, desconocido, tal vez transcendental para tu futuro, aunque éste sólo fuera inmediato, da lo mismo cuando sucedió, durante tu período escolar, tu etapa formativa, o en la laboral, en un asunto doméstico, una desavenencia familiar, de amistad, en tus relaciones sociales, un posible cambio de sentido en el camino que seguías, esa niña a la que miras cada tarde al salir del instituto y sientes cómo ella se deja mirar, y se lo quieres decir, da lo mismo. Pueden ser tantas las circunstancias en las que, al plantearte abordar el hecho, coger al toro por los cuernos, plantarle cara y torearlo, es posible, mejor digo que es seguro, que te asaltaran dudas, algún miedo, o muchos, temor a fracasar, a ser rechazado, ¿a que sí?
Porque lo habías analizado con detenimiento, mirando a un lado y a otro, los pros y los contras, habías medido tus fuerzas, evaluado tu conocimiento, sabías hasta donde podías acercarte, y que más allá de ese punto no había nada que hacer, todo dependía de la otra parte, quien al final tendría la última palabra.
Y lo peor es que hasta que llegara el momento en el que se despejasen las incertidumbres, si es que llegaba, podía venirte la idea de abandonar, de retirarte precisamente por el miedo a la negación, al desencanto.
Era entonces, en esos momentos previos, días quizá, cuando mi madre, ya alertada por mí o por ella misma que para eso era quien era y lo había barruntado, era entonces cuando me decía:
«El ‘no’ se lleva siempre consigo»


Y me lo repetía hasta convencerme de que la derrota, aunque posible y en muchos casos evidente, podía no ser la única opción. Que podía suceder algo distinto, inesperado, algo que, en un instante, un minuto de inspiración por mi parte, permitiría convencer al contrario; o también que su disposición no era la que yo, durante tanto tiempo previo, había estado suponiendo y temiendo.
Así que uno, o sea yo, ya más tranquilo porque sabías que el no como solución era esperable pero no estaba del todo asegurado, ibas y te enfrentabas al asunto sabiendo que, si la respuesta era sí, habrías ganado, sin lugar a dudas. Pero si por el contrario fuera no, entonces no habrías perdido, porque las dos opciones del dilema eran totalmente válidas y aceptables, y la responsabilidad en la resolución del negocio no era totalmente tuya.