domingo, 23 de marzo de 2025

Nuevas palabras.

¿Cuántas palabras tiene el español?, o el castellano, me da lo mismo: La I.A., así al pronto, dice que 93.000 son las registradas en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), «aunque la cifra total es mucho mayor si incluimos tecnicismos, regionalismos (como los americanismos) y palabras en desuso, superando las 100.000 o incluso 150.000 si se considera el léxico completo». O sea, una barbaridad. No pongo en duda los datos, por ahí deben ir los tiros, más de una página web apunta hacia lo mismo. Y de todas esas, ¿cuántas usamos habitualmente?, ¿cuántas utiliza quien esto escribe en la vida diaria?, ¿500, 1.000, 2.000?, no tengo la menor idea.

Lo que sí sé es que hay palabras que de repente, o así me viene pareciendo desde hace unos años, ocho diez o doce, se han incorporado al vocabulario en prensa, televisión, medios de comunicación en general y, extraordinariamente, al círculo más cercano de mis relaciones sociales. Y no es que antes no existieran ni estuvieran recogidas en el DRAE, que tampoco he indagado en qué fechas se incorporaron a él, no lo sé, sólo digo que antes yo no las había oído y por lo tanto nunca las había utilizado. Más aún, algunas me suenan tan extrañas que aún sigo sin hacer uso de ellas. Y actúo así al comprobar que la acción que esas palabras significan ya tenía otra u otras —sinónimos— que sí venían siendo asiduas en mi vocabulario, por lo que se me hace difícil el uso de las que para mí son nuevas.
Un par de ejemplos: Interactuar y sociabilizar.

Del primero nos dice el DRAE, escuetamente, que es un verbo intransitivo y que significa «Actuar recíprocamente», punto. Pero indago algo más, compruebo que es sinónimo de interaccionar ejercer una interacción: acción que se ejerce entre dos o más objetos, personas, agentes, fuerzas, funciones, etc.—, y de interrelacionarse, relacionarse, comunicarse. Ya está, ya sé por qué nunca he usado la palabra interactuar; sencillamente porque yo siempre me he relacionado con la gente, con mi entorno, y de manera natural me he comunicado con ellos, sin saber en ningún momento que mientras realizaba esa acción recíproca, estaba interactuando. Y lo más llamativo, durante el proceso que he llevado mientras escribo esto, descubro que en el ejemplar que poseo del DRAE, vigésima primera edición del año 1992, no aparece la palabra interactuar (página 1178: de interactivo pasa a interamericano).

La segunda palabra, sociabilizar (ojo, no confundir con socializar), es tratada en el DRAE con la misma sequedad que la anterior: verbo transitivo, «Hacer sociable», punto otra vez. Y siguiendo el procedimiento anterior constato que sus sinónimos son alternar, fraternizar y, curiosamente, comunicarse. Qué casualidad, ambas palabras han quedado vinculadas, las dos son a su vez sinónimas, una y otra hablan de correspondencia, de relaciones, por lo que me atengo al comentario que ya hice para interactuar, y de manera semejante escribo que llevo toda la vida sociabilizando, y yo sin saberlo. Y otro elemento más que une las dos palabras: esta última, sociabilizar, tampoco aparece en mi ejemplar del DRAE (página 1894: de sociabilidad pasa a sociable).

Así pues, no me queda otro camino que actualizarme y procurar el uso frecuente de esos vocablos —y de otros muchos que voy conociendo—, lo que viene a denominarse normalizar —«Regularizar o poner en orden lo que no estaba»—, otra palabrita para mí nueva que, aunque sí viene en mi ejemplar del DRAE (página 1447) yo no usaba.


domingo, 9 de marzo de 2025

La palabra más bella

Si la memoria no me falla ni el dato que obtengo en la internet es erróneo, fue allá por 2006 y en sus primeros meses, cuando la Escuela de Escritores convocó una encuesta por la red de redes para que los internautas se pronunciasen —nos pronunciáramos, que yo también lo hice— sobre cuál era la palabra favorita, la más bella del español, o del castellano, dilo como quieras, que yo lo entiendo de la misma manera. Fue aquel un bonito gesto para celebrar el Día del Libro de aquel año.
Hubo 41.022 respuestas a aquella proposición, recogiéndose un total de 7.130 términos, de los cuales el que mayor aceptación tuvo, exactamente 3.364 votos, fue la palabra amor —¿pero se puede ser menos original y más cursi? —, seguida de vocablos, y sigo el orden del resultado, tales como: libertad, paz, vida, azahar, esperanza, madre, mamá, amistad y libélula. Hay que hacer notar que los participantes se dividieron, sin acuerdo previo por supuesto, en dos grupos: los que apostaban por el significado y los que lo hicieron por la sonoridad de la palabra. Los primeros eligieron vida, esperanza, amor, paz y libertad (ésta última, tan original, fue la votada por el entonces presidente del Gobierno, ¿qué se podía esperar de él?); mientras que los del segundo grupo, los amantes de la eufonía, se decantaron por azahar, albahaca, libélula, susurro o lapislázuli.
Un servidor también se unió a aquel evento y envié mi propuesta. La palabra que elegí fue alameda —sitio poblado de álamos, o paseo con álamos—, por lo que quedé situado en el segundo grupo de participantes, los partidarios de la sonoridad; desconozco si alguien más coincidió con mi elección. Escogí ese vocablo precisamente por eso, porque me suena bien, muy bien, suena a música, a ligero viento moviendo las ramas de un árbol, a paisaje que invita a caminar por un sendero fresco, al recuerdo infantil de un lugar que así lo llamaban, alameda, aunque los árboles que le daban sombra a aquel sitio, a la orilla del río de mi pueblo, eran eucaliptos y olivos un poco más arriba, en la pendiente de una inapreciable loma. Lo llamaban alameda, no sé por qué, sin haber álamos, pero qué más da cómo lo llamaran, en mí se quedó grabada aquella palabra que desde entonces me ha parecido de las más armoniosas de mi idioma.
Podría haber elegido otras palabras, que hay muchas por las que tengo, por una u otra razón, especial predilección. Podría haber elegido lluvia, por ejemplo, que con sólo pronunciarla parece estar oyéndola, a la lluvia digo. Pero no hubiera sido esa la única razón de su elección, lo hubiera hecho además por el recuerdo que me trae la primera vez que se la escuché a mi hija, allá por sus algo más de cuatro años de vida, cuando aún estaba peleándose con la fonética y la R era su principal enemigo, y en su lugar por su boca salía la L, y sólo la L si quería decir la LL. La veo ahora, hablando sola, a su aire, en el asiento de atrás del coche, mirando a través de la ventanilla, bisbiseando quién sabría el qué, cuando de pronto: «papá, papá, mira, mira», «¿qué?», «lllluuuvia»: y la palabra le salió lentamente alargada, nítida, melodiosa, como el ritmo del limpiaparabrisas del coche que apartaba el agua de la lluvia que en esos momentos caía. Una y otra vez la vocalizó, pausadamente, recreándose en la recién estrenada pronunciación.
No he olvidado la sonrisa de triunfante satisfacción que se le dibujó en la cara.

Nota para ampliar el tema:
Creo que desde 2013 la Fundéu RAE (Fundacón del Español Urgente) elige a final del año, entre varias preseleccionadas, la palabra más representativa que «desde el punto de vista de la actualidad o de aquello de lo que se ha hablado en los medios, tenga, al mismo tiempo, un cierto interés lingüístico por su formación, por su origen o por su uso». Es decir, esta elección trata del vocablo que más haya destacado o llamado más la atención durante el año. Aquel 2013, la elegida fue escrache, en castellano; y escribo esto porque en Cataluña, con el periódico La Vanguardia como medio trasmisor, fueron por su cuenta y riesgo eligiendo el término consulta (¿?), habiendo tenido entre las finalistas bíceps femoral —tócate lo que se te antoje— por haber sido ese el músculo afectado por una lesión del Messi.