domingo, 8 de marzo de 2020

1973, verano, El Badén

Seguramente sea ésta una de las fotografías a las que más cariño tengo. Cualquiera que la observe verá, simplemente, a cuatro chavales adolescentes un día de verano al borde de una piscina. Pero quien sepa algo, aunque sólo un poco, sobre sus vidas diría algo más. Como yo sí sé lo sé, os explico:
Cuatro chavales, adolescentes, cuatro primos que, como tantos domingos, y durante la mejor etapa de sus vidas, disfrutaron del sol, del aire y de la libertad que estuvo a su alcance en un sitio que nunca iban a olvidar. Ahora no sé si hablo sólo por mí o también por ellos, que más da, si leen esto me entenderán.
La instantánea fue tomada en nuestra casa del Badén, un lugar que otras veces he recordado por estas Tardes de Solano. Como ya he dicho es verano, que la ropa induce a reconocerlo, y a tenor de la que algunos llevan, seguro que en la piscina hay agua, y si no lo estuviera —poco nivel de agua se aprecia en la foto—, el Zújar está a veinte pasos: el Zújar, la barranca, los ojillos del puente, dejarse llevar de espaldas, boca arriba, por la apacible corriente del agua hasta perder en la lejanía los reconocidos eucaliptos.
Decía que la foto es en la casa del Badén y en ella, en la foto, estoy yo con tres de mis primos, seguramente los más indelebles en mi memoria, sin orillar a ninguno de los demás, ni a ninguna, válgame Dios. Pero es que estos tres, quizá por la cercanía física, el roce real de nuestras pieles, fueron un poco más.
Yo soy, disculpad que empiece por mí, el de la derecha, perfectamente reconocible porque he cambiado poco con el tiempo: bueno, algunos kilos de más, bastantes, eso sí, pero hay otros detalles que no cambian, como el pelo que sigue sin estar bien peinado o la ausente sonrisa, que no terminaría de aparecer hasta pasados algunos años, sin saber bien cuándo y por qué, y que aún me cuesta —eso sí, cada vez menos— hacerla asomar cuando poso para una fotografía.
Detrás de mí, pero en situación más elevada, está Manolo al que presenté por aquí en la instantánea de 1964 «cuando aún ni tenía el pelo largo, ni se había quedado calvo y la barba no le tapaba la nuez», y que llegado a aquel verano del 73 ya había cumplido la primera de las tres propiedades estéticas que marcarían su fisonomía. Manolo, ya lo veis, era delgado, lo que facilitaba su agilidad y destreza física con la raqueta, con el balón, o con lo que se terciara, y que, sin embargo, no estaba en contra de una fuerza que demostraba cada vez que me llevaba de paquete en la bicicleta, aunque hubiera ocasiones en que debía de saltar al suelo, empujar un poco y volver a subirme sobre la bici; al fin y al cabo, aquel juego era cosa de dos. Manolo y yo, por entonces, lo podíamos todo, llegábamos a cualquier lugar de nuestro pequeño mundo en una mañana, ida y vuelta, por cualquier camino, bajo cualquier cielo; cómo nos cundía el tiempo. Manolo era mi ídolo de los domingos, Manolo fue mi amigo a tiempo parcial una vez por semana.
En el centro Eduardo, Edu por entonces, con esa media sonrisa que siempre ha tenido y que de vez en cuando estallaba en una corta y prudente carcajada. Prudente, eso era Eduardo, tal vez, la discreción personificada, hablar poco, o mejor no hablar, si acaso un «u, u, u…» que todos reímos porque lo habíamos entendido perfectamente, que no era desdén que era cómo hablaba su silencio. Aquí presenta una pose algo alejada a la que era su costumbre: informal, levemente descuidada la vestimenta, las botitas (¿TAO?) desatadas. Siempre lo miré con un callado asombro que aún mantengo, el asombro, no la reserva. Y es que Edu hacía cosas que yo quería hacer y no podía o no me atrevía y que, sin embargo, con el tiempo conseguí realizarlas, aunque a la vez, a través de ese mismo tiempo fui considerando que no me quedaban tan bien como las hacía él. Bendita envidia sana, qué feliz admiración. Queda en mi vida el ligero lamento de no haber compartido con él otras experiencias más allá de la relación familiar y de aquellos juegos: colaboraciones profesionales que tanto me hubieran beneficiado.
Y a la izquierda, Arturo, que a esa altura de nuestras vidas ya había dejado, por decisión inconsciente de todos, de ser el Guingui. Ahí ya está acomodado a la postura que le acompañará durante mucho tiempo: la cabeza ha alcanzado el grado justo de una inclinación que siempre me pareció un gesto de ternura y que él siempre creyó que le daba un halo de misterio; los brazos cómodamente cruzados, mostrando su concentración e interés en lo que sucede y que, con el tiempo, estoy seguro, sería signo de autoprotección y distancia hacia los demás; pero que aquí, ya digo, no es más que comodidad. Curiosamente es el único que no viste ropa veraniega; intento recordarlo dentro de la piscina jugando o sólo mojándose y no, no lo veo. A Arturo lo acompañé, y él me acompañó, todos los días de nuestras vidas escolares: colegio de las monjas de la calle de La Palma, una breve temporada en la escuela de La Zona, también en El Cristo, y en el Instituto hasta finalizar el COU. Y todos esos días uno al lado del otro, o él delante y yo detrás, según los cursos y el mobiliario de las clases —mandaba el orden alfabético, nuestro apellido común—. Y fueron todos esos años de trato cercano y continuo, los que me hicieron sentir por él algo especial que iba más allá de la sangre que nos unía, fue también una clara y mutua camaradería en el aula y los recreos, en la calle y en el Badén. Luego, nuestras opciones universitarias y posteriores profesiones nos separaron para sólo vernos en contadas ocasiones, eventos familiares o en algún breve retorno mío al pueblo. Situación que, para mi desdicha, ha sido común para con el resto de la familia, pero que no por ello ha enfriado el afecto.
No recuerdo enfados entre nosotros, aunque seguramente los hubo. Roces sí, celillos, algún quítame allá esas pajas, malas interpretaciones, disgustillos que se olvidarían al domingo siguiente. Como tampoco recuerdo sesudas conversaciones, que lo nuestro siempre fue de rollo fácil, inocente, de incidencias en los juegos, qué hacemos ahora, adónde vamos, de mirar el paisaje, de no decir nada. Poco más, cosas de chiquillos, si es que el tiempo sólo nos pedía pasarlo bien. Y eso fue lo que hicimos.