domingo, 12 de diciembre de 2021
1978, 27 de octubre, Cerro Muriano
miércoles, 24 de noviembre de 2021
Tres mentiras.
sábado, 13 de noviembre de 2021
1977, julio o agosto
domingo, 22 de agosto de 2021
1974, mayo, El Puerto de Santa María
domingo, 25 de julio de 2021
1973, verano, El Badén
domingo, 11 de julio de 2021
1973, mayo, Fregenal de la Sierra

domingo, 6 de junio de 2021
1972, agosto
Era por entonces el mes de agosto de 1972, creo que el día 26, que fue sábado. Pero ahora no puedo afirmar si el día 26 fue el bautizo o el día del nacimiento, he de enterarme bien.
De lo que no tengo dudas es que estamos en
pleno verano a tenor de la ropa, y en la iglesia de San Francisco de mi pueblo,
en la capilla del baptisterio, pues la pila bautismal se atisba a la derecha. Los
fotografiados somos una pequeña representación de lo que debió de ser el total
de invitados, a vuelapluma cuento numerosas faltas: cinco primos/as, cuatro
hermanos/as y dos cuñadas, de entre los Gallego; además de otros amigos de la
familia con los que, recuerdo, solíamos coincidir en actos como éste y en
reuniones en el Badén.
Y entre los fotografiados/as dos caras
totalmente desconocidas que debo asociar a la familia de mi tía Mª Ángeles o a
su vecindad: la señora más alta en última fila y la niñita justo debajo del
recién nacido. Además otros conocidos, pero que nunca han aparecido por estas Instantáneas,
son la niña delgadita que posa delante de mi madre y el señor mayor de la derecha:
ella es Encarnita, hija de Julián Ramírez —en mi casa cuando se referían
a él se le nombraba con el apellido—un amigo común de mi padre y mis tíos, y a
la sazón amiga de MariJóse, razón por la cual está a su lado en la foto;
el señor de la derecha es el abuelo del bautizado, padre de mi tía, al que
todos conocíamos como el señor Ángel. Le tratamos poco porque eran pocas
sus apariciones en eventos familiares y escasa su presencia los domingos en el
Badén. Es por ello que mi recuerdo es muy limitado, el de un hombre seco y
reservado con el que no tuve ningún trato; una imagen que, con toda seguridad, sea
equivocada. Lo miro ahora detenidamente y me llega sin querer un amable
sentimiento hacia este hombre que, respetuosamente con la boina en la mano, posa
erguido y bien compuesto. A su lado su
yerno, mi tío Vito.
Los niños de la primera fila, de derecha a
izquierda, son: Margui, la niña desconocida, Vivi, Mati y Arturito
—éste último con cara de despiste, ya apuntaba maneras para cómo iba a ser su comportamiento
futuro en circunstancias como esta—.
A la izquierda de la instantánea estoy yo, catorce
añitos por entonces, y cubriéndome la espalda Edu. A continuación, mi
padre, reñido como casi siempre con un traje de chaqueta, ¿a quién habré
salido yo?; le sigue Arturo, el hermano mayor del neófito, y delante de
él, Manolito, firme y serio, lo que no era propio de él. En el centro de
la foto, última fila, mi madre muy seria, que estaba en una iglesia y ella
era muy de estar seria en las iglesias.
No tengo recuerdos del resto del día, imagino
que después del acto religioso todos los celebraríamos en el Badén. Seguramente
ya habrían partido algunos para allá, los más impacientes o quienes se
dedicarían al asunto de las viandas. Los de la fotografía, sin duda, estábamos
a la espera de nuestro turno en alguno de los escasos vehículos familiares.
Aunque me parece que antes de partir para allí debimos de acercarnos a nuestras
respectivas casas para cambiarnos de ropa, que no creo que nuestras madres
consintieran que pasáramos el resto del día con la indumentaria que habíamos
tenido puesta en tan magna ceremonia. Al menos la mía, no.
domingo, 9 de mayo de 2021
El día más feliz de mi vida.
domingo, 11 de abril de 2021
1970, verano, de boda
Resulta que el casamiento era de uno de los obreros
de la familia, y parece ser que ninguno de nuestros progenitores, sus
jefes, tuvo intención de asistir al convite —quiero pensar que al menos sí
lo hicieron a la ceremonia, por lo del cumplir—, así que decidieron enviar, en
su nombre, a todos sus hijos al ágape. Y allá que fuimos con nuestras mejores
galas veraniegas y con unas ganas infinitas de divertirnos, como en la
instantánea se pueden apreciar.
El
banquete se celebró en La Ilusión, un amplio local al aire libre que existió en
el primer tramo de la calle Magacela, el que va desde Santo Cristo a la del
Polvo —¿cómo se llamará ahora esta calle? —, en el que se festejaban eventos,
cuando el tiempo lo permitía, al son de alguna orquesta más o menos afinada y la
comida se regaba con Mirindas y calientes cervezas de El Gavilán.
Nosotros
ahora, en la foto, estamos en la calle, alejados del seguro bullicio, para
posar con tranquilidad. No recuerdo nada de aquel día y del local poco más:
amplio, encalado y fresco. Sé que asistí allí a varias celebraciones, pero no
me preguntéis nada, que nada pongo en pie. Así que comentemos la foto.
En
ese día estábamos allí once, ya habían nacido las dos hijas de mi tía Geli pero a saber por qué razón no fueron enviadas para representar a la familia. Quizá
fuese su escasa edad. Quien sí asistió fue su hermano mayor, Manolo, que aún era
Manolito; ahí lo tenéis a mi lado, haciéndose
aún más mayor chupando un cigarro a todas luces apagado, todavía el pobre mío
con pantaloncito corto, impolutos mocasines y una camisa que me parece de
precoz diseño. Colgado de una trabilla del pantalón, un llavero, complemento
que por la época solíamos llevar los chavales de ese modo, pero sin llaves, que
aún no teníamos edad ni responsabilidad para que nuestros padres nos dieran la
de casa ni ninguna otra. De manera irreverente tiene colocada su mano izquierda —¿o es mi mano derecha?— sobre la cabeza de Vivi en una actitud claramente
vulgar. Se perdona porque el día se prestaba a bromas y, además, es seguro que
no conociera con exactitud el sentido figurado del gesto.
A
la izquierda están Arturo el mayor y su
hermano Manolo —creo que es él, porque
entre las gafas oscuras y la mano con el vaso o la botella tapándole la cara, casi
no lo reconozco—; entre ellos, Mª José. A
mi lado Mª Eugenia, que ya está hecha la jodía una mujercita; y detrás de
mí Eduardo, en
el que destacan el cordaje que abrocha el cuello de su ¿camisa, camiseta?, y la
pícara mirada que dirige a su hermana —cómo te vea mamá bebiendo, verás, yo no
te digo ná—. Pero May, su hermana, está
tranquila, ajena y feliz, luciendo un vestido que seguramente estrenó ese día y
le duró hasta no sé cuándo, que me dijo una vez que lo usó incluso cuando
estudiaba en Badajoz, creo.
May
comparte el vaso, o está brindando, con mi hermano, al que veo muy delgadito si
lo comparo con el recuerdo. Y la camisa, una monada; si a la de Manolito la atribuí
un precoz diseño, a la tuya no me alcanzan los calificativos. Estoy seguro que
esa prenda no la heredé, porque habría quedado en la lista de mis traumas. A tu
favor, el pelazo; ¡ay que ver lo que fuimos, eh Arturo!
Y
yo en el centro, premonitoriamente sentado sobre una moto, bueno, sólo apoyado, ufano
con un puro apagado en la mano y unas horribles sandalias en los pies; unos
pantalones largos que ya no me quitaría hasta que muchos años después la moda me
permitiría aliviarme las calores y airearme las piernas durante el estío.
Ah,
que le olvidaba. A la derecha y como descolgado está el Guingui, Arturo. Sin
bebida ni cigarro ni nada, pero posando, que eso ya comenzaba a ser parte de él.
Y con sandalias, menos mal, no era sólo cosa mía.
Miro y remiro la foto y concluyo que he sido feliz, y mucho, con toda esta gente que veis a mi alrededor en la
fotografía. Una gran parte de la felicidad vivida y que aún permanece en la
mochila que siempre llevo y ya casi arrastro, se la debo a ellos, a mis primos,
a aquel día en que estuvimos juntos en La Ilusión haciendo de mayores por
encargo, a decenas de jornadas en el Badén, en el almacén de mi abuelo, a
Nochebuenas de ensaladilla y Casera, o simplemente a encuentros casuales por la
calle.
Sí,
me considero afortunado por haberlos tenido en mi vida, y más aún, por seguir
teniéndolos.
domingo, 28 de marzo de 2021
1969, mayo
No consigo datar la fotografía, a pesar de haberlo consultado con alguno de los que ahí posan y de otros que debían andar por los alrededores en ese día o en aquella época. Por la poca y confusa información que consigo, llego, seguramente, a la errónea conclusión que debe ser hacia 1969.
domingo, 14 de marzo de 2021
No hay café, gilipollas
No hay café,
gilipollas
22 Feb 2021
ARTURO
PÉREZ-REVERTE
Patente de corso
A ver si soy capaz
de explicártelo, pedazo de gilipollas. Lee bien lo que te digo por si te sirve
de algo, y de paso me sirve a mí. Uno de los efectos secundarios de la infinita
capacidad de estupidez del ser humano es que reduce la compasión de cualquier
observador lúcido. De esa estupidez nadie es inocente; todos somos responsables
y víctimas. Pero sus manifestaciones extremas encierran un daño colateral: que
cuando llega la nueva desgracia pronosticada en la lotería de la vida, ésa que
las despiadadas reglas naturales imponen periódicamente –geometría del caos lo
llamaba Faulques, un fulano que sale en una de mis novelas–, algunos
observadores lúcidos miren la cosa con menos horror que curiosidad científica.
Incluso con un amargo «pero ¿qué esperabais, idiotas?». Y ojo al dato, oye.
Porque lo de idiotas va por ti.
La compasión, te
digo. Busca la palabra en el diccionario y me ahorras texto. Me preocupa que
ahora la pongamos tan difícil. Tú y yo, claro; pero –perdona que aquí pluralice
menos– sobre todo tú. En otros tiempos tenías justificaciones, atenuantes; pero
hace mucho que casi todos llevamos en el bolsillo un aparato donde basta pulsar
una tecla para acceder a tres mil años de cultura, ciencia y memoria. Así que
la excusa de la ignorancia no vale un carajo. Y esa certeza es peligrosa,
porque de las pocas palabras que cuando todo se derrumba nos mantienen erguidos
–dignidad, lealtad, amor, honradez y alguna otra– la compasión es básica. Si se
pierde, es difícil recuperarla. Y sin ella, el ser humano se convierte un poco
más en el peligroso animal que siempre fue, aunque la idiotez de nuestro siglo
lo camufle con frases de Paulo Coelho. Sin compasión, estamos fritos. Nos
volvemos gruñones, misántropos, egoístas, vitriólicos, francotiradores. Sin
compasión me acabaré ciscando en tu puta madre, y eso no es bueno. No me quites
la capacidad de compasión, por la cuenta que nos trae. Por lo menos, a mí.
Esa compasión me la
pusiste de nuevo en peligro hace unos días, viéndote en la tele. Eras tú, el de
siempre. Salías hablando de los terremotos que han sacudido Granada porque ese
día eras de allí, aunque te he reconocido en otros lugares. Y oyéndote hablar,
me enganchaste de nuevo. Tu comentario era estupendo, y lo apunté para que no
se me fuera: «Tienen sismógrafos para prevenir estas cosas, pero nadie nos ha
avisado. Es una vergüenza». Eso fue lo que soltaste. Y no me digas que
recordada en frío no es una frase cojonuda. Resume de forma admirable un montón
de cosas que no detallaré porque sonarían a insulto, pero sí te digo una: estás
mal acostumbrado, ciudadano. O, seamos compasivos, te acostumbraron mal. Pasó
igual cuando Filomena taponó España con nieve, las carreteras se llenaron de
automóviles bloqueados pese a que se había advertido de lo que venía, y saliste
en el telediario a quinientos metros de Carrefour –ese día eras mujer, pero te
reconocí– indignado porque tenías niños en el coche, llevabais allí doce horas
«y no ha venido nadie a ver cómo estamos, y ni siquiera nos han traído un
café».
Podría seguir
poniéndote ejemplos. Los hay a millares, pero con ésos te harás idea, a menos
de que seas muy imbécil, de por qué te llamo imbécil. Primero, por tu
incapacidad de asumir que el mundo es un lugar hostil donde pasan cosas malas,
donde normalidad y seguridad son relativas, y donde puedes horrorizarte, pero
no sorprenderte. Y en segundo lugar, porque crees que el Estado, sea el que sea
y lo maneje quien lo maneje, tiene la capacidad y la obligación de llevarte ese
café o avisar por teléfono de que en tu casa se van a resquebrajar las paredes
dentro de media hora. Pretendes, cretino implume, que el mundo sea una oenegé
dispuesta a atenderte en el acto; y en caso contrario buscas automáticamente un
responsable, una autoridad, un policía, un bombero; alguien en quien descargar
el resultado de tu imprevisión, o a quien atribuir responsabilidades que nada
tienen que ver con la voluntad humana. Eres tan infantil que no comprendes que
no todo es previsible, y que nadie es inmune al caos periódico, al zarpazo de
una Naturaleza desprovista de sentimientos. Se cae el avión, pillas el bicho,
se estrella el coche, y lo primero que haces es buscar a quien se zampe el
marrón. Necesitas culpables, y tal vez ésos a los que acusas lo sean; pero no
por los motivos que esgrimes. Llevan demasiado tiempo haciéndote vivir en un
cuento de hadas que acaba cuando pasas la página o tecleas en Google las
palabras Boko Haram, Afganistán o mujeres de Ciudad Juárez. Te han hecho creer
que el mundo es por fin un lugar seguro y que papá Estado se ocupa de todo. Te
han engañado como a un chino, suponiendo que a los chinos de ahora los engañe
alguien.
sábado, 27 de febrero de 2021
1968, julio
Pienso que, si me hubiera dedicado a la política, esta fotografía tendría que haber sido destruida hace mucho tiempo. Militara en el partido o defendiera la ideología política que fuera, para todos ellos y ellas, esta instantánea sería incompatible. Pero como no ha sido así, ni nunca tuve intención de afiliarme (*), ni de seguir una opción concreta, es por lo que la foto ha sobrevivido; y porque, cómo no, mi madre la tenía guardada en una de sus cajas metálicas de Cola-Cao, que si no…, a saber.
La foto está tomada en Chipiona, en
julio de 1968, en el campamento Hernán Cortés de la OJE (Organización Juvenil
Española), que tenía la categoría de provincial, y al que
asistían los miembros de la organización de la provincia de Badajoz.
Mi padre nos afilió, a mi hermano y a
mí, por varias razones, supongo:
Primero, por ideología propia, de él, no
cabe duda, que nosotros ni idea, en Babia estábamos, y yo personalmente seguí
en ese mismo estado algunos años más. Él pensaría que con ello se enriquecería
nuestro pensamiento, el espíritu nacional que se decía por entonces y
que incluso se estudiaba en el Bachiller como una asignatura más. Esas eran sus
intenciones, las que creyó mejores y más convenientes, y ahí estábamos nosotros
para que él las llevara a cabo.
Segundo, porque así sus hijos veranearían,
conocerían otros lugares, otros niños y se divertirían con entretenimientos
nuevos, que no todo iba a ser cuestión de carácter y elevados pensamientos. De
paso, esto es ya mucho suponer, se quitaban de encima, él y mi madre, a los
hijos durante unos días.
Y tercero, y muy importante, porque debía
de ser barato a cambio de lo que ofrecían. Un servidor asistió a ese campamento
en tres ocasiones, tres veranos desde el 68 al 70. Sólo conservo el recibo del
pago que se hizo por mis vacaciones en julio de 1970, encontrado en otra caja
de Cola-Cao —menudos archivos los de mi madre—. En él se dice que fueron 925
pesetas las que se pagaron por veinte días de vacaciones en la playa. Me tomo
la molestia de buscar en una web especializada en el asunto, cuál sería el
cambio actual de aquella cantidad, y me resulta:
925 pesetas, igual o
aproximadamente 6 euros, serían actualmente algo menos de 130 euros, o sea
21.630 pesetas.
Que cada cual se saque
sus conclusiones sobre la cualidad del precio.
Además de esas tres ocasiones, con la
OJE asistí a dos campamentos más: en el verano de 1972 a Boñar en León —joder, qué frío hacía en aquellas
montes—; y en el del 75 a Covaleda, en Soria; algo tarde, no cabe duda, pero es
que, aunque en ese tiempo y a esa edad el cuerpo ya pedía otras cosas, no me
resignaba a dejar pasar la oportunidad de acudir al más emblemático de todos, y
juro que no me arrepiento: fueron unos días diferentes a todos los que había
vivido hasta entonces en la OJE, y en mi vida; visitando lugares mágicos,
aprendiendo cosas que no había imaginado, y guardando recuerdos para siempre
imborrables.
Durante todos aquellos campamentos aprendí
y canté canciones que aún no he olvidado, valoré actitudes que hasta entonces
desconocía y comencé a redactar las normas que a lo largo de mi vida he
considerado básicas para ejercer la actividad de persona.
De nada de aquello, y de lo que siguió,
tengo por qué sonrojarme; no lo secundé al pie de la letra, y sí supe amoldarme
a los tiempos que he ido viviendo. Pero en algún lugar de mi mente, o mejor, de
mi alma, quedó para siempre el poso de algunas enseñanzas que en aquellos
campamentos recibí: la camaradería con todos sus sinónimos, la lealtad y, sobre
todo, la observancia a unos valores sociales y morales que he procurado
mantener y acrecentar durante toda mi vida.
Decía más arriba, que la foto es de
1968, poco más diez añitos tenía el que ésto escribe. Y puedo asegurar que a
partir de entonces comencé a ver algunas cosas de otra manera; o de una manera
concreta, que seguramente hasta aquel momento no las veía de ninguna. Formas de
ver la vida, ideales incluso, que germinaron entonces. Al fin y al cabo, era esa
la edad en la que casi todo empezaba a suceder.
Lo que cambió poco a lo largo del tiempo
fueron las hechuras: ropa arrugada, una talla de más, mangas remangadas por
debajo del codo, calcetines por los tobillos, la boina resbalándose: cierto
desaliño indumentario, que diría el poeta. También cambió poco la seriedad y la
firmeza que ahí se advierte, en el rostro que mira y en la mano que sujeta el guion;
y en las piernas ligeramente abiertas, para asentarse mejor, para asegurar la posición.
Años después, para bien o para mal, no
todo fue así. Pero eso será motivo de otras instantáneas, si es que
llego.
(*) algún día he de recordar el momento en que se me propuso afiliarme a cierto partido político. Aquella proposición fue rechazada por mi parte, y al día de hoy, aún no he determinado si hice bien o mal.
domingo, 14 de febrero de 2021
Pedro Sánchez y la "Marcha Radetzky"
Leído por ahí:
Ignoro quién fue el que seleccionó esta partitura de alcance universal, como acabamos de comprobar en el cierre del tradicional Concierto de Año Nuevo de Viena, obra del patriarca de los Strauss, titulada Marcha Radetzky, y que fue compuesta en honor del mariscal austríaco Joseph Radetzky con el fin de celebrar sus victorias militares. Sin embargo, si en sus orígenes fue adorada patrióticamente por el pueblo austríaco, después sería odiada cuándo el mariscal reprimió violentamente manifestaciones populares. A muchos del Ramiro nos ocurrió al revés: durante nuestra estancia en el colegio la odiábamos;pero, en nuestra vida adulta, como le ocurre a casi todo el mundo, nos apasiona oírla.
Supongo que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, alumno que fue también del Ramiro, oiría igualmente miles de veces la obra de Johann Strauss, amargándole con sus inigualables compases la interrupción de un apasionante minipartido que no había más remedio que finalizar. Por lo demás, cuando Sánchez dejó de jugar al baloncesto en el Estudiantes, decidió dedicarse a la política y, como escribe Fernando Garea, no hay duda de que las circunstancias y el azar casi siempre le han favorecido, claro que él, sin duda, ha sabido aprovecharlo. Así llegó por carambola dos veces a ser diputado y así ha sido para convertirse en presidente del Gobierno, gracias a la moción de censura que le ofreció en bandeja el irresponsable Rajoy. En los momentos en que se aprobó la misma, hubo muchos políticos que criticaron, si no su legalidad, al menos su legitimidad, afirmando que no había sido elegido por el pueblo. Semejante crítica, como ya expliqué en su momento, era injusta porque su nombramiento fue legal y legítimo, pero es cierto que acabó perdiendo su legitimidad por no convocar inmediatamente elecciones. En efecto, la moción de censura constructiva tal y como se inventó y se practica en Alemania, exige que haya primeramente una mayoría suficiente para destituir, a causa de sus errores, al presidente en ejercicio;y, en segundo lugar, que exista un candidato a sucederle que cuente con una mayoría indispensable para poder gobernar. Es más: cuándo Helmut Kohl presentó el 1 de octubre de 1982 una moción contra Helmut Schmidt, lo hizo porque ya contaba con la coalición del Partido Liberal, que abandonó a Schmidt, para gobernar con la CDU y, por si no fuera suficiente, convocó cuatro meses después nuevas elecciones para conseguir una mayor estabilidad.
La situación en España ha sido completamente diferente, porque Sánchez contaba sólo con 84 diputados, por lo que le faltaban 92 para destituir a Rajoy y poder gobernar después. Como es sabido, logró esa mayoría reuniendo a un grupo de diputados que era un totum revolutum, en donde no existía ninguna afinidad para formar un Gobierno. Es más: una parte importante de ellos pertenecía a partidos nacionalistas o separatistas que buscaban un Ejecutivo débil en Madrid que facilitase sus objetivos. Concretamente en Cataluña, desgobernada por dos personas desequilibradas, presenciamos todos los días las contradicciones de Sánchez afirmando que él solucionará el problema catalán con "diálogo, diálogo y diálogo". Sin embargo, tras el simulacro de diálogo mantenido en Barcelona días atrás, Torra le presentó una carta con 21 reivindicaciones que aún desconocemos los ciudadanos. Así que seguimos igual -mejor dicho, peor- porque uno quiere diálogo y el otro quiere monologar, es decir, imponer. Y, naturalmente, todo ello fuera de la Constitución, palabra que Torra exigió que desapareciese de esa obra de arte que es el manifiesto conjunto emitido antes del Consejo de Ministros de Barcelona, sustituyéndola por la de "seguridad jurídica". Pero como Torra desconoce lo que es el Estado de derecho, no se apercibió de que el artículo 9.3 de nuestra Carta Magna dice expresamente que "la Constitución garantiza, entre otros principios, el de seguridad jurídica"; ésta no existe si no se cumple la Constitución.
En otras palabras, el presidente está gobernando, por decirlo así, contra natura, aceptando, por una parte, los caprichos de Pablo Iglesias, especialmente contra la Monarquía. Sin darse cuenta, por ejemplo, de que suprimir la inviolabilidad del Rey exige una reforma constitucional que debe ser aprobada por dos Cortes Generales sucesivas y la convocatoria de un referéndum. Y, por otra parte, soporta, sin inmutarse, las machadas de ese gran jurista que es Torra, cuando afirma que "no aceptará" una sentencia condenatoria contra los golpistas encarcelados, calentando ya el ambiente para cuando se inicie el juicio. Unos y otros del conjunto de aliados de la banda de Sánchez comparten la idea de que el verdadero principio constitucional es el que formuló Al Capone cuando expresó su concepción del Derecho aplicada al juego: "Cuatro ases pierden ante cuatro reyes y un revólver". En nuestro caso, todavía no es necesaria la pistola, pues por el momento se consigue lo mismo con un puñado de votos bien empleados.
En definitiva, si Sánchez continúa unos meses más como presidente, corremos el peligro de sufrir una tragedia nacional de la que ignoramos sus dimensiones. No se puede gobernar con mentiras continuas porque al tiempo se le puede engañar pero sólo un tiempo. Y lo mismo se puede sostener de su promesa de transparencia, cuando hay cada vez más opacidad en su gestión. No se puede gobernar con un Gobierno del que tuvieron que dimitir dos ministros por razones lógicas, mientras que al menos siete no quieren renunciar estando señalados por los mismas o peores pecados. No se puede gobernar con un conjunto de partidos o bandas antisistema que lo único que querían era tener al presidente atado de pies y manos incapaz de poder tomar decisiones profundas para mejorar al país. Pero, eso sí, le permiten que utilice aviones y helicópteros oficiales para uso privado, que disfrute de las residencias de La Moncloa, de Doñana, de La Mareta, y tal vez de alguna más, como si las hubiera heredado de sus abuelos. No se puede gobernar sin calcular los gastos y los ingresos, pero este Gobierno se comporta como si fuera los Reyes Magos, para después aumentar los impuestos. No se puede gobernar sin que se aprueben los Presupuestos Generales del Estado y todo indica que difícilmente se conseguirá. No se puede gobernar con un PSOE que, de no ocurrir un milagro, está en fase de liquidación.
Y para no agotar todas las habilidades de buen gobernante que adornan a Pedro Sánchez, hay que destacar lo mejor de todo: sigue siendo presidente porque el grupo de nacionalistas catalanes, encabezado por Torra, le apoyarán mientras les interese, advirtiendo que los miembros de la Generalitat violan constantemente la Constitución, pisotean los derechos de los catalanes no separatistas y se ríen del Tribunal Constitucional. En suma, con esta tropa era impensable que se pudiese gobernar, lo cual debía haberlo previsto Sánchez para convocar, como hizo Kohl, las elecciones un mes después de la moción de censura. Pero si no lo hizo entonces, tiene que hacerlo ahora, sin demora. Porque está sonando la Marcha Radetzky, tarareada rítmicamente por el coro del 70% de los españoles que exigen elecciones inmediatas; se ha acabado el recreo de siete meses y hay que volver a casa. Por si fuera poco, Pablo Casado, el líder del PP, aunque tal vez tempranamente, le está acusando de "traición".
Si sigue actuando como hasta ahora, favoreciendo sobre todo a los separatistas, este epíteto lo podría merecer desde luego;y entonces se le podría aplicar, en lugar del artículo 113 de la Constitución, que regula la moción de censura, el artículo 102, que se ocupa de la presunta traición del presidente del Gobierno. Sería lamentable que esto ocurriese, pero sólo él tiene la clave para evitarlo mediante la convocatoria urgente de elecciones generales. Cierto que dejaría de ser inquilino de La Moncloa, pero adquiriría uno de los más jugosos títulos del país: ex presidente del Gobierno."
https://www.elmundo.es/opinion/2019/01/04/5c2e15a221efa030628b45d0.html










