domingo, 12 de diciembre de 2021

1978, 27 de octubre, Cerro Muriano

Escribo hoy sobre una fotografía que siempre me ha producido variados sentimientos y todos ellos encontrados entre sí. Cada vez que la miro no puedo remediar el esbozar una sonrisa, a la que sigue una pizca de nostalgia; al rato, un pellizco de pesadumbre que crece hasta llegar al enfado, corto de tiempo, pero enfado al fin y al cabo, y todo ello de manera recurrente. Y es porque en ella veo reflejado el tópico más repetido que por entonces escuché y pasados los años sigue siendo, en mi caso al menos, totalmente cierto y vigente.
La instantánea está tomada en el Campamento de Cerro Muriano, donde permanecí entre el 5 de octubre de1978 y el 3 de diciembre del mismo año, que fue la etapa de instrucción del servicio militar de un servidor, y concretamente el día 27 de octubre, que es la fecha que escribí en el dorso. Yo soy el de la izquierda, y el otro personaje se llamaba Manuel Mahugo Pérez, pero para mí y para todos, fue Mahugo. Digo que se llamaba porque no sé qué ha sido de él desde el mismo día en que ambos juramos bandera y a ninguno de los dos se nos ocurrió pedir ni dar algún dato nuestro sobre nuestra nueva dirección, o la anterior a la nueva realidad que estábamos viviendo. Y de ahí viene lo de la de la pesadumbre y el enfado de más arriba y el tópico. El caso es que, para ser fieles a aquello de que «en la mili se hacen los mejores amigos de la vida y no se vuelven a ver en la vida», Mahugo y yo no volvimos a vernos ni a saber nada el uno del otro.

La foto está tomada el día en que, librados de la habitual e insoportable instrucción, habíamos sido asignados a servicios, en este caso de limpieza, armados de cepillos, pala y carrillo de mano. Y a barrer, que ancho era el Muriano. Los demás compañeros andarían por alguno de los múltiples lugares destinados a caminar en orden cerrado, arma al hombro, siguiendo las disposiciones de la voz y el silbato de profesionales del asunto: recuerdo con desagrado las órdenes de un sargento —bajito, algo regordete, con un delgado bigote que le identificaba con la profesión, y unos comentarios que manifestaban desde lejos su mala leche— que respondía al apellido Bimbela—.
El tema de los servicios de limpieza iba de asignar una zona, normalmente grande, a unos cuantos individuos elegidos de manera ordenada y periódica, y que les llevara toda la mañana la tarea de su barrido y saneamiento. Aquello, el campamento, estaba lleno de grandes espacios, esplanadas enormes entre los edificios de las compañías y los caminos, casi todo de tierra, que había que dejar inmaculados, limpios de polvo y paja, de hojas de los árboles, papeles, piedrecillas, o sea, cuestiones absurdas: barrer el campo. La verdad es que esa faena no eran nada del otro mundo, no destacaba por la fatiga producida, no molestaba, la incomodidad era nula, si de algo había que quejarse era del aburrimiento, pero éste se paliaba con una conversación más o menos seria, casi siempre menos, que recuerdo yo a aquel muchacho, a Mahugo, como un tipo ocurrente, que es como siempre me han gustado a mí las personas; los graciosos menos, y los insulsos, pues mire usted, esos nada.
Volviendo a la instantánea, aquí se nos ve vestidos con la ropa que llamaban de faena, incluido el gorrillo cuartelero, que era la que a todas horas se tenía puesta, de lo que se podría deducir que siempre estábamos en fase de trabajo. Sin embargo, en los tiempos de instrucción se le añadía al uniforme las trinchas, unos tirantes que, acoplados al cinturón, servían para soportar el peso del equipo que el soldadito debía transportar, pero que durante la instrucción no se llevaba, que entonces sólo eran las trinchas y el fusil.
Pues resulta que esa última equipación, traje de faena más trinchas más fusil, era la vestimenta habitual con la que todos los reclutas se fotografiaban, solos o en grupos, con sus cámaras o con la de un fotógrafo profesional que de tanto frecuentar el campamento era uno más de los nuestros. Pero como había que ser verdaderamente original, aquel día decidimos, Mahugo y yo, que el recuerdo sería portando las herramientas de limpieza y, ante la extrañeza del fotógrafo, adoptamos la mejor de nuestras posturas, y así de marciales, como veis en la fotografía, nos eternizamos.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Tres mentiras.


Dice el octavo mandamiento de la Ley de Dios: «No darás falso testimonio ni mentirás». O sea, que si mentimos estamos ante una ofensa grave, un pecado mortal, una violación de la ley, la de Dios. Casi nada. Y a pesar de estar en el octavo lugar de los diez que conforman los Mandamientos, hemos de considerar que ése fue el primero de los pecados que se tiene noticia, porque, ¿no engañó la serpiente a Eva al asegurar que no morirían, tal como les había dicho Dios, si comían del fruto prohibido?
Y todo este preámbulo para terminar reconociendo que un servidor ha mentido en ocasiones a lo largo de esta vida. Una manera de abrir boca, de entrar en calor.
Como no me acuerdo de todas, ni tan siquiera de las más recientes — y tampoco he de considerar las mentirijillas, las mentiras piadosas, esas que sin dejar de ser mentiras tienen un talante benévolo —, tiro de disco duro mental, hurgo en la memoria y me sorprendo al encontrar tres, nada menos que tres, y para la época de cada una de ellas podríamos decir que fueron gordas. 
A saber:
Primera mentira, cinco años de edad, y me acuerdo como si fuera anteayer por la noche: invierno, la familia sentada alrededor de la mesa camilla al calor del brasero de carbonilla y picón, charlando porque no hay televisión a la que mirar, mi hermano y yo correteando por la casa, él me persigue no sé con qué intenciones, debía de ser un juego, qué si no, me empuja o yo tropiezo, y mi pequeño cuerpo va a caer entre dos mayores sobre la tarima de la mesa, intento evitar de alguna manera darme de bruces y adelanto mi mano para apoyarme, para amortiguar la caída, y me apoyo, pero en el brasero. ¿Cuánto tiempo estuvo mi mano entre las brasas?, no fueron más de dos o tres segundos, enseguida alguien tiró de mí, pero fue suficiente para quemarme la mano, para llenarme de dolor, de inconsolable llanto, de nervios míos y de todos, después la calma, disminuye el dolor, porque la mano se enfriaba en una mezcla de agua y vinagre, creo. Un día sin ir al colegio, pero al siguiente sí fui. Mi madre me aplicó una crema que olía horrible y me vendó la mano. Conté el hecho a mi monja y a los compañeros, todo bien, o no, el olor me era insoportable, tanto lo era que pensé que molestaba no sólo a mí sino también a los demás; no, no sólo eso, era peor, sentía vergüenza por el hedor que mi mano desprendía. Al siguiente día mi madre volvió a poner la misma crema y vendar la mano; bajando por mi calle pensé que lo de ayer no iba a volver a suceder, el recuerdo me hizo tener arcadas. A mitad de camino al colegio vomité en el quicio de un corralón, llorando arranqué la venda y limpié la mano, y así con la mano desnuda me presenté en el colegio, donde dije que «es que mi madre me lo ha puesto muy flojito y se me ha caído». La monja me volvió a vendar y a la vuelta a casa le conté a mi madre que, simplemente, me habían cambiado la venda. Esta operación se repitió durante días, hasta que la mano por fin sanó: a nadie conté que yo me desprendía de la venda y quitaba la pomada; a mi madre le decía que era la monja quien me curaba de nuevo cada día, y yo pensaba que me creía, al fin y al cabo, veía la mano limpia y la venda nueva, no tenía por qué entender nada extraño.

La segunda mentira es más grave, porque llevaba aparejado otro pecado, y además también mortal: atentaba contra el tercer mandamiento, «Santificarás las fiestas», lo que viene a ser ir a misa los domingos y fiestas de guardar. Y es que después de años acompañando a mis padres a misa, llegó el momento que consideraron conveniente que el niño ya podía ir solo. ¿Cuándo fue?, no tengo el dato exacto. Sé que comencé a ir a misa de doce para así, a la salida, quedarme un rato en el parque con algún amigo que encontrara o que también hubiera estado en iglesia. Opté desde el principio por sentarme en uno de los bancos junto a la puerta de la sacristía, algo escondido, pues una de las enormes columnas de la iglesia oculta parcialmente esa puerta de la nave central, con lo que, llegado el momento de la homilía me iba a la sacristía y allí, con algún conocido que estuviera en mi misma circunstancia, pasaba los diez minutos del sermón; terminado aquel, vuelta al banco y continuaba atendiendo al oficio religioso. Pero con el tiempo, seguramente fue poco tiempo, las ausencias durante la prédica del sacerdote se fueron alargando, porque la puerta trasera de la sacristía da de manera tentadora, como todos sabemos, al parque, con lo que una vez en la calle, y vencida la tentación, ya no había vuelta atrás. Fue por tanto una acción progresiva, no de la noche a la mañana, ni de un domingo a otro, no, fue en varias fases. La última de esas fases fue, supongo, irme directamente desde casa al parque. Recuerdo cuando le planteé a mi madre mi opción de no volver obligatoriamente a misa cada domingo —por supuesto sin confesar jamás todas mis faltas anteriores, lo que yo entendía como que ocultar también era mentir—, que cuando volviera a hacerlo sería un acto voluntario, o sea, cuando el cuerpo o alguna circunstancia social me lo pidieran. No encuentro palabras para describir el disgustazo que se llevó la pobre mía, de tal calibre fue que, me consta, le duró toda su vida, aunque hice esfuerzos por atenuar la pena y la acompañé en numerosas ocasiones cuando las situaciones se presentaron a mi gusto o el deber social así lo exigió.

Y la tercera, como la segunda, también se alargó en el tiempo. Resulta que mi madre —nuevamente ella está de por medio— tomó la costumbre de llamarnos a mi hermano y a mí todos los días lectivos, muy muy temprano, durante todo el bachiller, evidentemente para estudiar. Sobre las seis y media de la mañana, otoño, invierno, daba lo mismo, ella, desde su cama, susurraba nuestros nombres —lo haría así para no despertar a mi padre— apenas nada, con una vocecilla desde su habitación, sin necesidad de venir hasta nuestras camas y zarandearnos, ni ponernos un despertador; y nosotros como un resorte, hala, para arriba. Entonces nosotros nos levantábamos y sin quitarnos el pijama, un lavadillo de cara y removíamos el poco brasero que quedara de la noche anterior, repasábamos las lecciones del día, terminábamos los deberes y cuando mi padre se marchaba era el momento de desayunar nosotros, arreglarnos e irnos al instituto. Así transcurrió la vida hasta que mi hermano asentó sus reales de manera definitiva en la ciudad a donde marchó a estudiar su carrera, y los madrugones sólo fueron para mí. Mi madre, por supuesto, siguió con la misma rutina y yo con el estudio matinal de manera más o menos formal. Cada día menos formal, o sea menos estudio. Poco a poco fui cambiando los libros de texto por otros, encontré viejas novelillas de mi padre, me asocié a Círculo de Lectores con el beneplácito y el dinero de mis progenitores y gasté mi escaso sueldo semanal en novelas juveniles del momento. Todo lo leía en aquellas primeras horas del día, el estudio y los deberes quedaban resueltos la tarde anterior, y aún pudiendo haberlo hecho, nunca tuve interés por confesarle a ella que aquellas dos horas me eran totalmente prescindibles —excepto en días concretos, exámenes o retraso con algún trabajo—, y mantuve el engaño hasta el final del COU, y hasta hoy que aquí queda escrito. Lo de leer en vez de estudiar comenzó, simplemente, por mantenerme despierto, para no quedarme dormido sobre la mesa camilla, que mi madre acostumbraba a volver a susurrar mi nombre para verificar si estaba despierto. Yo le contestaba y ella quedaba tranquila, segura de que su hijo estaba cumpliendo con el deber impuesto.

Llegados a esta altura del relato, que ya es el final, caigo en la cuenta de que, si entramos en matices, se podría considerar que la mentira es distinta al engaño, pero por muy poco:
Mentira: Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente.
Engaño: Falta de verdad en lo que se dice, hace, cree, piensa o discurre.
Eso es el DRAE de manera literal, donde apenas si encuentro diferencias. Sin embargo, hay matices: si escarbamos un poco veremos que la mentira es un acto verbal o escrito, una comunicación que pretende hacer pasar por verdadero algo que es falso. Mientras que el engaño va más allá, requiere el uso de acciones, incluida la propia mentira, precisa de gestos, distracciones, negligencias, a fin de que el aspirante a engañado acepte la falsedad como verdad.
¿Y entonces qué?, ¿mentí o engañé? Entonces qué más da, llegado a la hoja del calendario en la que vivo he de decir que poco importa que fueran mentiras o engaños si, al fin y al cabo…, bueno, hoy creo que tú ya no mientes, Mánuel. ¿Seguro?

sábado, 13 de noviembre de 2021

1977, julio o agosto

Por primera vez traigo a estas Instantáneas una fotografía en la que no apareces, Mánuel, cuando la pretensión siempre ha sido que tu presencia sería imprescindible, pero como eres tú quien escribes, pues sé tú quien cambies las normas si así lo consideras.
Pero hoy recurro a esta foto porque se trata del año que se trata, 1977, y porque está ahí, siempre en el estante de la derecha, invariable, basta girar ligeramente la cabeza y verla. Es parte inalterable del decorado de mi vida. Su sola existencia merece que dedique no sólo una instantánea sino toda una tarde de solano para ella sola. Tiempo al tiempo.
Dieciocho años tenía por entonces la muchacha y lucía así de bien.

Esta es una de las primeras fotografías que Mª del Carmen me hizo llegar. Una de esas primeras fotos que acostumbraban a intercambiar quienes comenzaban a ser amigos, o algo más que amigos.
De aquellas primeras fotografías, esta no fue a ningún álbum. Fabriqué un portarretrato en la carpintería de Lolín, que seguramente fabricó él, y en ese portarretrato ha permanecido desde entonces: lleva ahí cuarenta y tres años y sólo la he sacado para escanearla ahora y dejarla aquí. Me ha acompañado desde entonces y siempre ha estado en un lugar preferente: presidió mi habitación en mi piso de estudiante y después la zona de estudio que siempre he querido tener, y he tenido, en las dos casas en las que hemos vivido —en la segunda seguimos viviendo—.
En la fotografía, Mª del Carmen está en Torremolinos, de vacaciones con sus padres y seguramente con algunos de sus hermanos. Es verano, julio o agosto, por la tarde, a esa hora en que acostumbraban a arreglarse y pasear por el lugar, un refresco, café, merendar o lo que se terciara.
La calle la reconozco, y es que con el tiempo y a la vez que avanzaban nuestras relaciones y éstas se consolidaron, acostumbré a acompañarlos unos días, primero de novios y más tarde ya casados, al lugar adónde veraneaban, que siempre fue el mismo: Costa del Sol, Benalmádena, Arroyo de la Miel, punto.
Decía que la calle la reconozco, la pisé en varias ocasiones en aquellas salidas vespertinas. Edificios de apartamentos, hoteles, bares, restaurantes, tiendas y dificultades para aparcar. Siguiendo al fondo y a la izquierda se llega a la calle San Miguel, que la primera vez que la vi me llamó mucho la atención —la calle de los Baldosines de mi pueblo, pero más intensa—; muchísima gente, extranjeros de todos los colores y unos almacenes que se llamaban casi como yo: MANFERGA o algo así. Y casi al final de la calle, la torre que da nombre al lugar: la torre de los Molinos.
La fotografía la debió hacer uno de sus hermanos, supongo, y el resultado fue altamente satisfactorio. Ella está tal y como yo, de aquella época y desde la distancia, hoy la recuerdo: dulce, suave, como la voz que por entonces tenía, y que la sigue teniendo (pero es que ya me he acostumbrado a ella, a la voz quiero decir, y presto menos atención). La voz que tanto le gustaba a mi madre cuando la oía por teléfono preguntando por mí —«¿está Manuel Fernando?»—; y la sonrisa, la sonrisa para la foto, creo; y la mirada también. Para una foto perfecta, una foto que fue para mí una llamada, que lo dicen ahí su boca y sus ojos: ven, voy, espérame. Y también un juramento, que si voy me quedo, lo prometo. Fui y me quedé, y aquí estoy escribiendo todo aquello.
Y el gesto frágil de sus manos sosteniendo sutilmente la flor. ¿Qué, qué te parece?, una flor común, ya sé que esa flor está por todos sitios. Pero esa circunstancia ha hecho que a lo largo de mi vida haya sido un acto recurrente el recordar la foto cada vez que veo esas flores en cualquier lugar, invariablemente, siempre.
Y la medallita que lleva colgada de su cuello, y que ahí estuvo muchos años, al cabo del tiempo desapareció. No sé cuándo fue ni desde cuándo la echo de menos. He preguntado por ella, cuál ha sido su destino, dónde se halla, no he recibido respuesta. Ha debido perderla, lástima, porque ahora que la vuelves a mirar, Mánuel, te llega el agradabilísimo recuerdo de esa medalla como única prenda sobre su cuerpo, ¿verdad?

domingo, 22 de agosto de 2021

1974, mayo, El Puerto de Santa María

Lo que hoy son cientos, quizás miles, de fotografías guardadas en un teléfono móvil o en un ordenador, podrían ser entonces apenas unas decenas. Un carrete fotográfico contenía película para doce o veinticuatro instantáneas; si arrascabas algo más de dinero, el carrete sería de treinta y seis, todo un lujo y un mundo para recordar por delante.
Y con él, dentro de tu cámara, te ibas a vivir momentos que tenían la obligación de ser trascendentales, porque si no lo fueran, ya te cuidarías mucho de no gastar tan preciado tesoro; cada carrete costaba una pasta que se llevaba casi la cantidad semanal asignada, y su revelado aún más. Así que había que administrar convenientemente su uso, estudiar con detenimiento el momento, el paisaje, la pose, la compañía, no despilfarrar un disparo, dosificando con acierto el irrefrenable deseo de inmortalizar todas y cada una de las situaciones, procurando que ninguna de ellas fuera irrelevante.
De aquella obligación adquirida he heredado, con seguridad, el moderado empleo de los medios actuales, prefiriendo en la mayoría de las situaciones ver la vida con mis ojos y no a través de modernos instrumentos digitales. Aunque, eso sí, hay excepciones.
Pues corría el año 1974 y por mayo, que era por mayo cuando estaba a punto de terminar el sexto curso de Bachillerato, segundo del Superior, fue que los alumnos de aquel año viajamos para homenajearnos por tan meritorio logro al sur de la Península Ibérica, que tampoco la cosa era para tirar cohetes, pero era viajar al fin y al cabo, y eso ya era algo a tener en cuenta para casi todos nosotros, que íbamos a ser bachilleres y las puertas de nuestro futuro estaban a punto de ser abiertas. 
Y de aquel viaje es la instantánea que hoy dejo aquí. Está tomada en El Puerto de Santa María, a bordo del Adriano, al que por allí llamaban “el vaporcito del Puerto”, y que nos trasladó desde esa población hasta la ciudad de Cádiz, donde pasaríamos nuestra primera noche del viaje. Me pregunto quién sería el autor de la foto, si yo le pedí que la hiciera o si para él formó parte de una broma de adolescentes.
Quiero recordar que todos debimos estar felices por aquella circunstancia; y digo quiero como sinónimo de deseo, porque afirmarlo no puedo a tenor del semblante de evidente gravedad de los dos personajes que aparecen en la foto. Pero sí, seguro que todos nos sentíamos afortunados, para más de uno sería la primera vez que vieran el mar, y también la primera singladura, aunque sólo fuera un rato y sin salir de la bahía.
Los dos personajes son fácilmente reconocibles si quien lee esto estaba aquella luminosa mañana a bordo del Adriano. Ella es Raquel Hidalgo Concellón, una de las compañeras con las que por primera vez compartí curso, aunque no aula, pues fue mixto aquel del 73 al 74. El otro soy yo.
Es para mí un misterio, que nunca he conseguido desentrañar: el que esta fotografía sea la única que conservo de aquel viaje. Lo digo porque la cámara era mía —la Kodak Instamatic que me regalaron en el concurso de Redacción de Coca Cola dos años antes y que aún conservo— y el carrete, o los carretes, ¿y qué fue del resto de fotos que en aquel viaje debí de hacer? Pues eso, que esta es la única foto que de aquellos días guardo, ninguna otra, sólo ésta. 
De Raquel recuerdo, porque esto va de recuerdos, sobre todo dos cosas: una, que era distinta a todas, si bien debería escribir que ella era elegancia y estilo, que ahí está la distinción, y que bastaba mirarla, simplemente, para apreciarlo con suficiencia. Y segundo su voz, que la sentía amable y segura, y por ello, lo que de ella escuchaba siempre me pareció que iba más allá de la escasa sensatez de púberes conversaciones. Sin embargo, y a pesar de esos dos atractivos, nunca la incluí en la lista de mis pretensiones, si es que por entonces yo tenía pretensiones ciertas.
En esta fotografía parece estar ausente, pero sólo lo debe de parecer, porque lo de los ojos cerrados es culpa del sol que ataca de frente. Está sentada a mi lado, y yo al suyo, seguro que fue una casualidad, sin ningún deseo previo: nos hemos dado prisa por coger asiento, simplemente, y habremos coincidido. Me parece, y ahora me viene otro recuerdo, que un servidor debía estar en ese momento fastidiando a otro compañero, por entonces amigo, que habría dado lo que le pidieran por haber estado en mi lugar, al lado de ella en aquella travesía.
Yo, como tantas veces y más a partir de entonces, estoy serio, que así durante casi toda mi vida me he visto en las fotografías y sin que apenas me llamara la atención. Pasados muchos años cuando lo constaté, traté de encontrar una explicación a ello sin conseguirlo, a la vez que trataba de reformarme, forzando la sonrisa en ocasiones o sonriendo abiertamente en la mayoría de ellas.
Pasado el curso siguiente, que fue el COU, no volví a ver ni saber nada de Raquel, como tampoco de casi todos los compañeros —bien podrías decir todos, Mánuel— que tuve durante mi etapa en el Instituto. Así que añado uno más a los interrogantes que han surgido durante la redacción de esta instantánea: ¿qué fue de ella, de ellos?

domingo, 25 de julio de 2021

1973, verano, El Badén

Seguramente sea ésta una de las fotografías a las que más cariño tengo. Cualquiera que la observe verá, simplemente, a cuatro chavales adolescentes un día de verano al borde de una piscina. Pero quien sepa algo, aunque sólo un poco, sobre sus vidas diría algo más. Como yo sí sé lo sé, os explico:
Cuatro chavales, adolescentes, cuatro primos que, como tantos domingos, y durante la mejor etapa de sus vidas, disfrutaron del sol, del aire y de la libertad que estuvo a su alcance en un sitio que nunca iban a olvidar. Ahora no sé si hablo sólo por mí o también por ellos, que más da, si leen esto me entenderán.
La instantánea fue tomada en nuestra casa del Badén, un lugar que otras veces he recordado por estas Tardes de Solano. Como ya he dicho es verano, que la ropa induce a reconocerlo, y a tenor de la que algunos llevan, seguro que en la piscina hay agua, y si no lo estuviera —poco nivel de agua se aprecia en la foto—, el Zújar está a veinte pasos: el Zújar, la barranca, los ojillos del puente, dejarse llevar de espaldas, boca arriba, por la apacible corriente del agua hasta perder en la lejanía los reconocidos eucaliptos.
Decía que la foto es en la casa del Badén y en ella, en la foto, estoy yo con tres de mis primos, seguramente los más indelebles en mi memoria, sin orillar a ninguno de los demás, ni a ninguna, válgame Dios. Pero es que estos tres, quizá por la cercanía física, el roce real de nuestras pieles, fueron un poco más.
Yo soy, disculpad que empiece por mí, el de la derecha, perfectamente reconocible porque he cambiado poco con el tiempo: bueno, algunos kilos de más, bastantes, eso sí, pero hay otros detalles que no cambian, como el pelo que sigue sin estar bien peinado o la ausente sonrisa, que no terminaría de aparecer hasta pasados algunos años, sin saber bien cuándo y por qué, y que aún me cuesta —eso sí, cada vez menos— hacerla asomar cuando poso para una fotografía.
Detrás de mí, pero en situación más elevada, está Manolo al que presenté por aquí en la instantánea de 1964 «cuando aún ni tenía el pelo largo, ni se había quedado calvo y la barba no le tapaba la nuez», y que llegado a aquel verano del 73 ya había cumplido la primera de las tres propiedades estéticas que marcarían su fisonomía. Manolo, ya lo veis, era delgado, lo que facilitaba su agilidad y destreza física con la raqueta, con el balón, o con lo que se terciara, y que, sin embargo, no estaba en contra de una fuerza que demostraba cada vez que me llevaba de paquete en la bicicleta, aunque hubiera ocasiones en que debía de saltar al suelo, empujar un poco y volver a subirme sobre la bici; al fin y al cabo, aquel juego era cosa de dos. Manolo y yo, por entonces, lo podíamos todo, llegábamos a cualquier lugar de nuestro pequeño mundo en una mañana, ida y vuelta, por cualquier camino, bajo cualquier cielo; cómo nos cundía el tiempo. Manolo era mi ídolo de los domingos, Manolo fue mi amigo a tiempo parcial una vez por semana.
En el centro Eduardo, Edu por entonces, con esa media sonrisa que siempre ha tenido y que de vez en cuando estallaba en una corta y prudente carcajada. Prudente, eso era Eduardo, tal vez, la discreción personificada, hablar poco, o mejor no hablar, si acaso un «u, u, u…» que todos reímos porque lo habíamos entendido perfectamente, que no era desdén que era cómo hablaba su silencio. Aquí presenta una pose algo alejada a la que era su costumbre: informal, levemente descuidada la vestimenta, las botitas (¿TAO?) desatadas. Siempre lo miré con un callado asombro que aún mantengo, el asombro, no la reserva. Y es que Edu hacía cosas que yo quería hacer y no podía o no me atrevía y que, sin embargo, con el tiempo conseguí realizarlas, aunque a la vez, a través de ese mismo tiempo fui considerando que no me quedaban tan bien como las hacía él. Bendita envidia sana, qué feliz admiración. Queda en mi vida el ligero lamento de no haber compartido con él otras experiencias más allá de la relación familiar y de aquellos juegos: colaboraciones profesionales que tanto me hubieran beneficiado.
Y a la izquierda, Arturo, que a esa altura de nuestras vidas ya había dejado, por decisión inconsciente de todos, de ser el Guingui. Ahí ya está acomodado a la postura que le acompañará durante mucho tiempo: la cabeza ha alcanzado el grado justo de una inclinación que siempre me pareció un gesto de ternura y que él siempre creyó que le daba un halo de misterio; los brazos cómodamente cruzados, mostrando su concentración e interés en lo que sucede y que, con el tiempo, estoy seguro, sería signo de autoprotección y distancia hacia los demás; pero que aquí, ya digo, no es más que comodidad. Curiosamente es el único que no viste ropa veraniega; intento recordarlo dentro de la piscina jugando o sólo mojándose y no, no lo veo. A Arturo lo acompañé, y él me acompañó, todos los días de nuestras vidas escolares: colegio de las monjas de la calle de La Palma, una breve temporada en la escuela de La Zona, también en El Cristo, y en el Instituto hasta finalizar el COU. Y todos esos días uno al lado del otro, o él delante y yo detrás, según los cursos y el mobiliario de las clases —mandaba el orden alfabético, nuestro apellido común—. Y fueron todos esos años de trato cercano y continuo, los que me hicieron sentir por él algo especial que iba más allá de la sangre que nos unía, fue también una clara y mutua camaradería en el aula y los recreos, en la calle y en el Badén. Luego, nuestras opciones universitarias y posteriores profesiones nos separaron para sólo vernos en contadas ocasiones, eventos familiares o en algún breve retorno mío al pueblo. Situación que, para mi desdicha, ha sido común para con el resto de la familia, pero que no por ello ha enfriado el afecto.
No recuerdo enfados entre nosotros, aunque seguramente los hubo. Roces sí, celillos, algún quítame allá esas pajas, malas interpretaciones, disgustillos que se olvidarían al domingo siguiente. Como tampoco recuerdo sesudas conversaciones, que lo nuestro siempre fue de rollo fácil, inocente, de incidencias en los juegos, qué hacemos ahora, adónde vamos, de mirar el paisaje, de no decir nada. Poco más, cosas de chiquillos, si es que el tiempo sólo nos pedía pasarlo bien. Y eso fue lo que hicimos.

domingo, 11 de julio de 2021

1973, mayo, Fregenal de la Sierra

La instantánea de hoy es también grupal y, cómo no, de un evento familiar. Es la Primera Comunión de mi prima Matilde, Mati, y se celebró en Fregenal de la Sierra, el pueblo en el que por entonces residía debido al ejercicio profesional de su padre. Debió de ser en mayo, que era por mayo cuando se daban y dan estas celebraciones, y en este momento no sé si la función religiosa se ha celebrado o estamos a la espera. Sea cómo o cuando fuere parece que aún no hemos perdido la compostura, todos estamos muy formalitos.

Es evidente que en la foto faltan algunos miembros de la familia, por lo que es posible que no se hubieran trasladado hasta allí todos. Era un tiempo en el que ninguno de mis tíos ni mi padre, tenían coche propio; la familia, en genérico, es decir para todos, disponían de dos, un Citroën 2CV y un Seat 850, además de una pequeña furgoneta, también Citroën para uso en las obras. En ocasiones como ésta, recuerdo, que alquilaban, o les prestaban, una furgoneta de mediano tamaño adaptada para el transporte de pasajeros en la que, algo apretados, se conseguía completar el cupo de viajeros. Así y todo, me pongo a echar cuentas —de mi tío Pablo, cinco; de mi tío Rufino, cuatro; de mi tío Vito, seis; nosotros, cuatro, más mi tía Márgara; total veinte— y me parece que más de uno se tuvo que quedar en Villanueva. Bueno, quizás no, algunos eran aún pequeños, ahí está Ángel Luis que apenas se tiene en pie; seguro que ese día fuimos todos.
No sé quién hizo la fotografía ni quién eligió el decorado. Para lo último, quien lo eligiera, no estuvo acertado: un muro viejo, encalado que disimulaba los defectos y su edad. Seguro que íbamos, o volvíamos, de camino a la iglesia donde se celebró el oficio religioso, e indudablemente en ese camino habría fondos más adecuados donde inmortalizar el acontecimiento, pero el fotógrafo, ya se ve, no estuvo acertado. Ni nosotros estábamos para pensar en ello.
De todos los que posamos en la instantánea hay dos personajillos que no reconozco: agachados, el primero por la izquierda, un niño que, por mirar a los demás, gira ocultando el rostro y por ello se hace irreconocible —de ese tamaño y en esa época, un niño así no había en la familia—; y también agachada, no identifico a la niña de la derecha. Con toda seguridad, no es de nuestra familia.
En la foto sólo una persona mayor, mi tía María Ángeles, que ha aparecido por este blog en más de una ocasión y que aquí posa con sus cuatro hijos. Parece ir vestida de uniforme, mangas hasta el codo y cuello cerradísimo, propio en una señora que se disponía a ir, o venía de una iglesia; mira sonriendo al último de sus hijos, Ángel Luis, casi en el centro de la imagen y foco de las miradas de más de uno, tanto que parece que él es el protagonista de la fotografía y no la comulgante. A su lado, de mi tía, veo a Matilde que no era prima mía pero era casi de la familia; sí lo era de la protagonista de ese día, y ya la recordé en la instantánea de 1969, cuando escribí que de su «familia conservo gratos recuerdos, de aquella época en particular, las primeras miradas de soslayo a su hija», pues ésta es, o era, la niña a la que yo dedicaba aquellas miradas que no fueron a más, las cuales, no voy a negarlo, aún recuerdo.
Matilde da la mano a nuestra prima común, Mati, que vestida de monjita —parece que por entonces las niñas no eran disfrazadas de novias o princesas para recibir por primera vez a Jesús Sacramentado— y también mira al benjamín de la familia. Detrás de ella, y con la mano sobre su hombro está Mª Eugenia que, evidentemente, está más mujercita aún que en alguna instantánea anterior; el complemento de las gafas es un signo del momento, como también percibo que lo es el pantalón que lleva puesto que debía de terminar en una actualísima, de ayer y de hoy, campana.
A continuación, a mi lado, Arturo, el quinto con tal nombre en la familia Gallego, habitual en estos escritos y compañero de estudios y juegos durante muchos años, en su sempiterna pose: brazos cruzados, piernas ligeramente abiertas y cabeza que con el tiempo irá ladeando progresivamente. Yo quedo entre él y su hermana Mª José, a la que el fotógrafo no ha tenido reparo en seccionar; observo que, a pesar de la faldita corta del modelito que, intuyo, comparte con su hermana, va dejando de ser una niña, y cuánto se aleja de la posturita de 1964 en la puerta de parroquia de La Asunción. 
Entre los dos, queda un servidor, algo despeinado como comenzaba a ser habitual en mí —apariencia que ya no me abandonaría—, se lo debe de estar pasando bien, o eso parece, y por eso sonrío, como todos; del pantalón que llevo puesto, y que reconozco por esas solapillas que cubrían los bolsillos, no hago comentarios, pues aún me dura la manía que desde la primera puesta le tengo.
Y en primera fila están el niño que se oculta; le sigue Victoria, que mira a su hermano correspondiéndole a su sonrisa; Manolo, que no sé si ya había dejado de ser Manolito —seguramente no pues aún viste pantalón corto—, sosteniendo al menor de los Gallego, y sus dos hermanos, Margui y el por entonces último Arturo.
Remata la fotografía, en cuclillas y a la derecha, la niña anónima.


domingo, 6 de junio de 2021

1972, agosto

Aquí va una instantánea más de aquellos eventos familiares, otra de bautizo, de las que vienen a decir que la familia aumenta. En ésta, concretamente, a la familia Gallego llegaba el último de mi generación. Se trataba de Ángel Luis, hijo de mis tíos Víctor y Mª Ángeles, la cual incomprensiblemente porta al vástago en sus brazos. Y digo que es de ese modo, incomprensible, porque en aquellos tiempos no era normal que las madres asistieran al bautismo de sus hijos. Dicho acto se celebraba en fecha muy próxima al nacimiento, unos días después, a la vez que la madre solía guardar un largo reposo tras el parto. Es por ello que en otras fotografías de este tipo de acontecimientos no aparezca la madre del bautizado.

Era por entonces el mes de agosto de 1972, creo que el día 26, que fue sábado. Pero ahora no puedo afirmar si el día 26 fue el bautizo o el día del nacimiento, he de enterarme bien.

De lo que no tengo dudas es que estamos en pleno verano a tenor de la ropa, y en la iglesia de San Francisco de mi pueblo, en la capilla del baptisterio, pues la pila bautismal se atisba a la derecha. Los fotografiados somos una pequeña representación de lo que debió de ser el total de invitados, a vuelapluma cuento numerosas faltas: cinco primos/as, cuatro hermanos/as y dos cuñadas, de entre los Gallego; además de otros amigos de la familia con los que, recuerdo, solíamos coincidir en actos como éste y en reuniones en el Badén.

Y entre los fotografiados/as dos caras totalmente desconocidas que debo asociar a la familia de mi tía Mª Ángeles o a su vecindad: la señora más alta en última fila y la niñita justo debajo del recién nacido. Además otros conocidos, pero que nunca han aparecido por estas Instantáneas, son la niña delgadita que posa delante de mi madre y el señor mayor de la derecha: ella es Encarnita, hija de Julián Ramírez —en mi casa cuando se referían a él se le nombraba con el apellido—un amigo común de mi padre y mis tíos, y a la sazón amiga de MariJóse, razón por la cual está a su lado en la foto; el señor de la derecha es el abuelo del bautizado, padre de mi tía, al que todos conocíamos como el señor Ángel. Le tratamos poco porque eran pocas sus apariciones en eventos familiares y escasa su presencia los domingos en el Badén. Es por ello que mi recuerdo es muy limitado, el de un hombre seco y reservado con el que no tuve ningún trato; una imagen que, con toda seguridad, sea equivocada. Lo miro ahora detenidamente y me llega sin querer un amable sentimiento hacia este hombre que, respetuosamente con la boina en la mano, posa erguido y bien  compuesto. A su lado su yerno, mi tío Vito.

Los niños de la primera fila, de derecha a izquierda, son: Margui, la niña desconocida, Vivi, Mati y Arturito —éste último con cara de despiste, ya apuntaba maneras para cómo iba a ser su comportamiento futuro en circunstancias como esta—.

A la izquierda de la instantánea estoy yo, catorce añitos por entonces, y cubriéndome la espalda Edu. A continuación, mi padre, reñido como casi siempre con un traje de chaqueta, ¿a quién habré salido yo?; le sigue Arturo, el hermano mayor del neófito, y delante de él, Manolito, firme y serio, lo que no era propio de él. En el centro de la foto, última fila, mi madre muy seria, que estaba en una iglesia y ella era muy de estar seria en las iglesias.

No tengo recuerdos del resto del día, imagino que después del acto religioso todos los celebraríamos en el Badén. Seguramente ya habrían partido algunos para allá, los más impacientes o quienes se dedicarían al asunto de las viandas. Los de la fotografía, sin duda, estábamos a la espera de nuestro turno en alguno de los escasos vehículos familiares. Aunque me parece que antes de partir para allí debimos de acercarnos a nuestras respectivas casas para cambiarnos de ropa, que no creo que nuestras madres consintieran que pasáramos el resto del día con la indumentaria que habíamos tenido puesta en tan magna ceremonia. Al menos la mía, no.

domingo, 9 de mayo de 2021

El día más feliz de mi vida.

Oigo programas de radio, de esos denominados fórmula, que incluyen en su parrilla, además de música, espacios en los que los oyentes llaman a la emisora para dar sus respuestas a una pregunta que hace el locutor, y así éste llena el tiempo entre canción y canción, que no sólo la música va a ser lo bueno y suficiente. También hay que dar relevancia al que escucha, hacerle sentir que el protagonista es él, y que por un momento hay miles de escuchantes más que están atentos a lo que diga.
Hace unos días el locutor de uno de esos programas lanzaba una pregunta nada original, una cuestión bastante frecuente que es propia de tranquilas reuniones y conversaciones de amigos, y que seguramente nos han hecho alguna vez: ¿Cuál ha sido el día más feliz de tu vida?
Quienes participaron en la encuesta no fueron, al igual que la pregunta, muy originales, pues respondieron clásicos esperables, independientemente de su sexo: «’el día que conocí a la que hoy es mi mujer’, ‘el día que me casé’, ‘fueron dos días porque dos son los hijos que tengo’, ‘cuando aprobé la oposición’, ‘el concierto de no sé qué grupo’, ‘fueron varios días, una semana…’», pues debió, éste último, de tratarse de un viaje. Hubo uno que lo asoció al del primer día de su primer trabajo, en el que decía seguir después de no recuerdo cuántos años; quizá esa perdurabilidad en su empleo, que debía satisfacerle, era lo que realmente le hacía feliz.
Es obvio que yo también participé en la encuesta, pero sin llamar a la emisora. Me limité a pensarlo mientras tomaba el segundo café de la mañana. He de reconocer que me costó trabajo llegar a una decisión, pero llegué. Pasé por alto los lejanos años de la infancia, la sosegada adolescencia, la licencia de la mili, los aprobados de la carrera y el día que me casé —vivido como en una nube y en una nube sigue, aquel día, no la vida de casado, entendedme—; también evité pensar en el nacimiento de mis hijos, con los que he tenido y tengo días que empatan en felicidad con otros muchos días, por lo que me es difícil elegir alguno de ellos. Estuve a punto de quedarme con muchos días de la larga temporada que duró mi permanencia en un trabajo que me llenó como ninguno otro, pero lo deseché porque el componente laboral pesaba igual que el emocional y eso le restaba valor a esto último. Buscaba algo que hubiera tocado de manera trascendente mi ánimo, que me hubiera impresionado como hasta entonces nada en la vida. Porque haberlo tuvo que haberlo, y efectivamente lo hubo.
Corría el año… —joder, ahora no me acuerdo—, debió de ser hacia el 2002 o así, primeros días de noviembre, puente de Todos los Santos, cuando fuimos invitados por unos familiares a pasar esos días en un pueblo de Soria con el fin, no sólo de reunirnos en feliz convivencia, sino para aprovechar la época que se trataba y dedicarnos a la búsqueda de setas en los inigualables pinares sorianos. Y eso hicimos, hasta allí fuimos, y buscamos y cogimos setas. Yo lo hice el primer día, acompañar al grupo digo, que coger setas debí de coger pocas; fue un día divertido y entretenido para los mayores y los niños, distinto o quizás único, por la actividad nunca realizada y por el intenso paisaje que nos rodeó. Y la meteorología, a pesar del frío, ayudó a la bondad de la jornada.
El segundo día se presentaba igual que el anterior, sin novedad: salida al monte a seguir buscando setas. Quien esto escribe planteó otro programa que fue absoluta y mayoritariamente rechazado; a la vez fui animado por todos a que, aunque fuera en solitario, llevara a cabo mi plan. Y eso hice, lo llevé a cabo, en soledad.
La ruta a seguir la tenía nítida en mi cabeza, pero no estaba de más confirmarla en el mapa, uno de aquellos mapas de múltiples dobleces e infinidad de topónimos en minúsculas letras: hacia el sur, el día ha amanecido con una niebla que va diluyéndose conforme me acerco a El Burgo de Osma; parada para desayunar, paseo por el meollo arquitectónico del lugar, catedral, murallas, sus calles, y nueva parada poco más adelante para mirar desde el puente de Osma su castillo. Diez o doce minutos después ya divisé el objetivo de mi escapada, levemente oculta por la niebla que por allí aún permanecía. Casi sin darme cuenta, un cómodo camino me llevó hasta los pies de la muralla de uno de los castillos que más había deseado visitar en mi vida. Y allí estaba yo, a las puertas de la fortaleza de Gormaz, la más grande de Europa a finales del primer milenio, dispuesto a pasear en solitario sus más de mil metros de perímetro, absolutamente solo, sin ningún alma a la vista, y durante el tiempo que se me antojara, sin prisas, pasando la vista con estudiada lentitud de una piedra a otra, imaginándola mil años atrás, reconociendo lo desaparecido, saludando a sus invisibles pobladores, contando sus casi treinta torreones, mirando el Duero a través de su puerta califal y no encontrando el momento de irme de ella.
Luego, desde el llano, una mirada atrás para ver una imagen que de impresionante parece irreal; y una inspiración profunda, un gesto de satisfacción, la alegría y la calma que produce el deber cumplido. Bueno, tampoco era una obligación, más bien un antojo pasional, uno más de los muchos que esta querencia mía tiene por esos edificios, y que he ido satisfaciendo a lo largo de mi vida. Y los que me quedan por cumplir todavía.
Sin embargo, al escribir ahora este recuerdo y titularlo como el día más feliz de mi vida, caigo en la cuenta de que, tal vez, esto ha sido adelantar acontecimientos, porque ¿y si el día más feliz de mi vida está aún por llegar? Si así fuera, a ver si me acuerdo de corregir este escrito.

domingo, 11 de abril de 2021

1970, verano, de boda

Si algo se puede decir, a bote pronto, sobre esta fotografía es que se trata de un grupo de chavales aparentemente felices. Pero no era apariencia, era realidad, que te lo digo yo. No hay nada más que mirarme a la cara, y a las de los demás, que tenemos todos unas sonrisas y unas miradas que lo dicen todo, tuvo que ser aquel un gran día, como lo eran todos los días de verano.
Bien, como es fácil de adivinar, esa peña —¿se utilizaba este término a principios de los setenta? — son mis primos, y ese día estábamos de boda. Tal situación me la contó May, la segunda por la derecha y también segunda en el escalafón cronológico:

Resulta que el casamiento era de uno de los obreros de la familia, y parece ser que ninguno de nuestros progenitores, sus jefes, tuvo intención de asistir al convite —quiero pensar que al menos sí lo hicieron a la ceremonia, por lo del cumplir—, así que decidieron enviar, en su nombre, a todos sus hijos al ágape. Y allá que fuimos con nuestras mejores galas veraniegas y con unas ganas infinitas de divertirnos, como en la instantánea se pueden apreciar.


El banquete se celebró en La Ilusión, un amplio local al aire libre que existió en el primer tramo de la calle Magacela, el que va desde Santo Cristo a la del Polvo —¿cómo se llamará ahora esta calle? —, en el que se festejaban eventos, cuando el tiempo lo permitía, al son de alguna orquesta más o menos afinada y la comida se regaba con Mirindas y calientes cervezas de El Gavilán.

Nosotros ahora, en la foto, estamos en la calle, alejados del seguro bullicio, para posar con tranquilidad. No recuerdo nada de aquel día y del local poco más: amplio, encalado y fresco. Sé que asistí allí a varias celebraciones, pero no me preguntéis nada, que nada pongo en pie. Así que comentemos la foto.

En ese día estábamos allí once, ya habían nacido las dos hijas de mi tía Geli pero a saber por qué razón no fueron enviadas para representar a la familia. Quizá fuese su escasa edad. Quien sí asistió fue su hermano mayor, Manolo, que aún era Manolito; ahí lo tenéis a mi lado, haciéndose aún más mayor chupando un cigarro a todas luces apagado, todavía el pobre mío con pantaloncito corto, impolutos mocasines y una camisa que me parece de precoz diseño. Colgado de una trabilla del pantalón, un llavero, complemento que por la época solíamos llevar los chavales de ese modo, pero sin llaves, que aún no teníamos edad ni responsabilidad para que nuestros padres nos dieran la de casa ni ninguna otra. De manera irreverente tiene colocada su mano izquierda —¿o es mi mano derecha?— sobre la cabeza de Vivi en una actitud claramente vulgar. Se perdona porque el día se prestaba a bromas y, además, es seguro que no conociera con exactitud el sentido figurado del gesto.

A la izquierda están Arturo el mayor y su hermano Manolo —creo que es él, porque entre las gafas oscuras y la mano con el vaso o la botella tapándole la cara, casi no lo reconozco—; entre ellos, Mª José. A mi lado Mª Eugenia, que ya está hecha la jodía una mujercita; y detrás de mí Eduardo, en el que destacan el cordaje que abrocha el cuello de su ¿camisa, camiseta?, y la pícara mirada que dirige a su hermana —cómo te vea mamá bebiendo, verás, yo no te digo ná—. Pero May, su hermana, está tranquila, ajena y feliz, luciendo un vestido que seguramente estrenó ese día y le duró hasta no sé cuándo, que me dijo una vez que lo usó incluso cuando estudiaba en Badajoz, creo.

May comparte el vaso, o está brindando, con mi hermano, al que veo muy delgadito si lo comparo con el recuerdo. Y la camisa, una monada; si a la de Manolito la atribuí un precoz diseño, a la tuya no me alcanzan los calificativos. Estoy seguro que esa prenda no la heredé, porque habría quedado en la lista de mis traumas. A tu favor, el pelazo; ¡ay que ver lo que fuimos, eh Arturo!

Y yo en el centro, premonitoriamente sentado sobre una moto, bueno, sólo apoyado, ufano con un puro apagado en la mano y unas horribles sandalias en los pies; unos pantalones largos que ya no me quitaría hasta que muchos años después la moda me permitiría aliviarme las calores y airearme las piernas durante el estío.

Ah, que le olvidaba. A la derecha y como descolgado está el Guingui, Arturo. Sin bebida ni cigarro ni nada, pero posando, que eso ya comenzaba a ser parte de él. Y con sandalias, menos mal, no era sólo cosa mía.


Miro y remiro la foto y concluyo que he sido feliz, y mucho, con toda esta gente que veis a mi alrededor en la fotografía. Una gran parte de la felicidad vivida y que aún permanece en la mochila que siempre llevo y ya casi arrastro, se la debo a ellos, a mis primos, a aquel día en que estuvimos juntos en La Ilusión haciendo de mayores por encargo, a decenas de jornadas en el Badén, en el almacén de mi abuelo, a Nochebuenas de ensaladilla y Casera, o simplemente a encuentros casuales por la calle.

Sí, me considero afortunado por haberlos tenido en mi vida, y más aún, por seguir teniéndolos.

domingo, 28 de marzo de 2021

1969, mayo

No consigo datar la fotografía, a pesar de haberlo consultado con alguno de los que ahí posan y de otros que debían andar por los alrededores en ese día o en aquella época. Por la poca y confusa información que consigo, llego, seguramente, a la errónea conclusión que debe ser hacia 1969.


El lugar es el Badén, no tengo dudas; como tampoco las tengo sobre los personajes que ahí aparecen. En ese momento, en el de la foto, todo ya está consolidado, la casa —la primera— está construida y aquel terreno es ya el destino obligado de todos los domingos y fiestas de guardar de nuestras vidas de entonces.
Los habituales éramos mi tío Vito y familia, Pablo y familia, y nosotros. Y por supuesto mi abuelo Arturo y la tía Márgara. El tío Rufino y familia también acudían a esas citas dominicales, pero lo hacían de tarde en tarde y, casi siempre, después de comer, pasada la siesta.
Además siempre había gente que se pasaba por allí, generalmente por las tardes, si el tiempo acompañaba. Quienes de estos últimos más acostumbraban era Rufino Pineda, primo de mi padre, y su familia. Tantos domingos pasados allí me dejaron una buena amistad con su hijo mayor, Antonio, que duró lo que duraron todas mis amistades del pueblo, justo hasta la universidad y el servicio militar; y desde aquí punto y aparte, para él y para casi todos.
No olvidar, no hay motivos para ello, a Paco López y Loren, su mujer. Él era cuñado de mi tía Geli, y aunque ésta y su familia vivían fuera de Villanueva, Paco tenía la suficiente amistad y confianza como para dejarse caer por el Badén cada vez que quisiera —creo que ya ha aparecido en alguna instantánea anterior, en 1964 agosto—. De esta familia conservo gratos recuerdos, y de aquella época en particular, las primeras miradas de soslayo a su hija, Matilde, cuando aún me faltaba algún tiempo para la adolescencia. 
Solíamos llegar no más tarde de las doce, y en seguida cada uno a lo suyo: los más pequeños a jugar y los mayores a trajinar por la casa, limpiar el pequeño jardín, un paseo antes de la comida; que siempre solía venir preparada de casa, platos fríos: tortillas, croquetas, cosas de esas. Cada familia lo suyo, que terminaba compartiéndose todo con todos. Sin descartar, a veces, comidas en común, arroces, migas, calderetas y gazpachos. Llegado el verano no faltaba el mejor de los postres: sandías, que las traía la tía Eugenia, ¡qué sandías! Nunca he vuelto a comerlas tan buenas como aquellas, y aunque las haya comido, ninguna ha borrado su sabor y su olor, sobre todo su olor.
Pero vayamos a la instantánea de hoy. Decía al principio que la fecha en que se hizo esta fotografía puede ser 1968; un servidor debe de tener ahí unos diez años. Es mayo, seguro, por la ropa y las mangas largas de algunos, y por la luz suave de un sol que calienta tímidamente la tarde. Es primavera, no hay error, las florecillas de la esquina lo confirman.
De derecha a izquierda, mi hermano sentado en el suelo, y sobre él, Mª José juega a golpearle en la cabeza con una raqueta de tenis. A continuación la tía Mª Ángeles, esposa de mi tío Vito que es quien seguramente hace la foto; Mª José es hija de ambos. Sentada junto a mi tía está Mª Eugenia, hija de Pablo, hermano mayor de mi padre, y de la tía Eugenia, la de las sandías; se atusa el pelo al igual a como lo siguen haciendo las chicas casi cincuenta años después. Gestos de coquetería que no han cambiado.
A Mª Eugenia le sigue mi madre, reconocible ahí por su rizado pelo negro, que tiene en brazos a Vivi —hoy ya Victoria—, también hija de mi tío Vito, y a la que sacaron de pila, como siempre se ha dicho, mis padres. O sea, que eran sus padrinos.
Más a la izquierda, en la foto, mi padre lee el periódico totalmente ajeno a la escena, concretamente el ABC de Madrid al que en casa de mi abuelo estaban suscritos. Lectura diaria y obligada por parte de muchos, un solo periódico para todos.
A mi padre le siguen dos señoras, la primera cómodamente sentada y atenta a la cámara. Es María, a la que en casa llamábamos la de Suiza, pues durante años estuvo en aquel país junto a su marido Miguel —María era una antigua amiga de mi madre, amistad que les venía de su vecindad durante los primeros años de casados de mis padres—. Decía, que estuvieron una larga temporada en aquel país, desde donde venían, periódicamente como buenos emigrantes, en un Volkswagen Escarabajo que, por su singularidad, llamaba la atención entre la gente del pueblo; y a ellos les identificaba, sobre todo por la banderita suiza que, como si de un coche oficial se tratara, lucía sobre la aleta delantera izquierda —si os fijáis detrás de mi padre, veréis aparcado el coche de Miguel. Por cierto, a Miguel me gustaría dedicarle un texto más largo en mi blog, a ver si me pongo a ello, porque tengo algunas razones que le hacen merecedor de ello.
La segunda señora no sé quién es, el límite de la fotografía la casi oculta. Me aventuraría a decir que es la tía Márgara, pero no me atrevo. No recuerdo a esta mujer, mi tía, haciendo punto, porque creo que la señora de la foto anda con esa faena. Resulta curioso que el fotógrafo recortó su imagen; hubiera bastado retroceder medio paso y habría cabido completa en la foto, y ahora no habría dudas.
Vamos terminando, el chaval sentado en el suelo delante de mi padre es mi primo Arturo, ya lo conoceis, y al que desde pequeñito se le apodó Guingui para ir distinguiendo a los Arturos de la familia —él era el quinto—. Hijo mayor de mis tíos Vito y Mª Ángeles, compartí con él toda mi vida familiar y escolar durante la infancia y la adolescencia, por lo que su presencia en estas instantáneas es un acto recurrente.
Y el del centro, medio arrodillado y con la mano sobre un balón, soy yo. No me había dado cuenta nunca, ha sido ahora, al mirar y remirar la fotografía a fin de redactar ésto, cuando me he dado cuenta de la posición que ocupo y la postura adoptada: en el centro del conjunto y con una actitud algo orgullosa, aparentando lo que en aquel espacio y en aquel tiempo creía ser yo. Pero ojo, repito, en aquel espacio y sólo en aquellos años, en los que creía que la fortuna me sonreía, tal vez porque era ajeno a todo lo que había más allá de los límites del Badén del Zújar.

domingo, 14 de marzo de 2021

No hay café, gilipollas

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo. 



 

No hay café, gilipollas

 

22 Feb 2021

ARTURO PÉREZ-REVERTE

Patente de corso

 

A ver si soy capaz de explicártelo, pedazo de gilipollas. Lee bien lo que te digo por si te sirve de algo, y de paso me sirve a mí. Uno de los efectos secundarios de la infinita capacidad de estupidez del ser humano es que reduce la compasión de cualquier observador lúcido. De esa estupidez nadie es inocente; todos somos responsables y víctimas. Pero sus manifestaciones extremas encierran un daño colateral: que cuando llega la nueva desgracia pronosticada en la lotería de la vida, ésa que las despiadadas reglas naturales imponen periódicamente –geometría del caos lo llamaba Faulques, un fulano que sale en una de mis novelas–, algunos observadores lúcidos miren la cosa con menos horror que curiosidad científica. Incluso con un amargo «pero ¿qué esperabais, idiotas?». Y ojo al dato, oye. Porque lo de idiotas va por ti.

 

La compasión, te digo. Busca la palabra en el diccionario y me ahorras texto. Me preocupa que ahora la pongamos tan difícil. Tú y yo, claro; pero –perdona que aquí pluralice menos– sobre todo tú. En otros tiempos tenías justificaciones, atenuantes; pero hace mucho que casi todos llevamos en el bolsillo un aparato donde basta pulsar una tecla para acceder a tres mil años de cultura, ciencia y memoria. Así que la excusa de la ignorancia no vale un carajo. Y esa certeza es peligrosa, porque de las pocas palabras que cuando todo se derrumba nos mantienen erguidos –dignidad, lealtad, amor, honradez y alguna otra– la compasión es básica. Si se pierde, es difícil recuperarla. Y sin ella, el ser humano se convierte un poco más en el peligroso animal que siempre fue, aunque la idiotez de nuestro siglo lo camufle con frases de Paulo Coelho. Sin compasión, estamos fritos. Nos volvemos gruñones, misántropos, egoístas, vitriólicos, francotiradores. Sin compasión me acabaré ciscando en tu puta madre, y eso no es bueno. No me quites la capacidad de compasión, por la cuenta que nos trae. Por lo menos, a mí.

Esa compasión me la pusiste de nuevo en peligro hace unos días, viéndote en la tele. Eras tú, el de siempre. Salías hablando de los terremotos que han sacudido Granada porque ese día eras de allí, aunque te he reconocido en otros lugares. Y oyéndote hablar, me enganchaste de nuevo. Tu comentario era estupendo, y lo apunté para que no se me fuera: «Tienen sismógrafos para prevenir estas cosas, pero nadie nos ha avisado. Es una vergüenza». Eso fue lo que soltaste. Y no me digas que recordada en frío no es una frase cojonuda. Resume de forma admirable un montón de cosas que no detallaré porque sonarían a insulto, pero sí te digo una: estás mal acostumbrado, ciudadano. O, seamos compasivos, te acostumbraron mal. Pasó igual cuando Filomena taponó España con nieve, las carreteras se llenaron de automóviles bloqueados pese a que se había advertido de lo que venía, y saliste en el telediario a quinientos metros de Carrefour –ese día eras mujer, pero te reconocí– indignado porque tenías niños en el coche, llevabais allí doce horas «y no ha venido nadie a ver cómo estamos, y ni siquiera nos han traído un café».

Podría seguir poniéndote ejemplos. Los hay a millares, pero con ésos te harás idea, a menos de que seas muy imbécil, de por qué te llamo imbécil. Primero, por tu incapacidad de asumir que el mundo es un lugar hostil donde pasan cosas malas, donde normalidad y seguridad son relativas, y donde puedes horrorizarte, pero no sorprenderte. Y en segundo lugar, porque crees que el Estado, sea el que sea y lo maneje quien lo maneje, tiene la capacidad y la obligación de llevarte ese café o avisar por teléfono de que en tu casa se van a resquebrajar las paredes dentro de media hora. Pretendes, cretino implume, que el mundo sea una oenegé dispuesta a atenderte en el acto; y en caso contrario buscas automáticamente un responsable, una autoridad, un policía, un bombero; alguien en quien descargar el resultado de tu imprevisión, o a quien atribuir responsabilidades que nada tienen que ver con la voluntad humana. Eres tan infantil que no comprendes que no todo es previsible, y que nadie es inmune al caos periódico, al zarpazo de una Naturaleza desprovista de sentimientos. Se cae el avión, pillas el bicho, se estrella el coche, y lo primero que haces es buscar a quien se zampe el marrón. Necesitas culpables, y tal vez ésos a los que acusas lo sean; pero no por los motivos que esgrimes. Llevan demasiado tiempo haciéndote vivir en un cuento de hadas que acaba cuando pasas la página o tecleas en Google las palabras Boko Haram, Afganistán o mujeres de Ciudad Juárez. Te han hecho creer que el mundo es por fin un lugar seguro y que papá Estado se ocupa de todo. Te han engañado como a un chino, suponiendo que a los chinos de ahora los engañe alguien.

 

sábado, 27 de febrero de 2021

1968, julio

Pienso que, si me hubiera dedicado a la política, esta fotografía tendría que haber sido destruida hace mucho tiempo. Militara en el partido o defendiera la ideología política que fuera, para todos ellos y ellas, esta instantánea sería incompatible. Pero como no ha sido así, ni nunca tuve intención de afiliarme (*), ni de seguir una opción concreta, es por lo que la foto ha sobrevivido; y porque, cómo no, mi madre la tenía guardada en una de sus cajas metálicas de Cola-Cao, que si no…, a saber.

La foto está tomada en Chipiona, en julio de 1968, en el campamento Hernán Cortés de la OJE (Organización Juvenil Española), que tenía la categoría de provincial, y al que asistían los miembros de la organización de la provincia de Badajoz.

Mi padre nos afilió, a mi hermano y a mí, por varias razones, supongo:

Primero, por ideología propia, de él, no cabe duda, que nosotros ni idea, en Babia estábamos, y yo personalmente seguí en ese mismo estado algunos años más. Él pensaría que con ello se enriquecería nuestro pensamiento, el espíritu nacional que se decía por entonces y que incluso se estudiaba en el Bachiller como una asignatura más. Esas eran sus intenciones, las que creyó mejores y más convenientes, y ahí estábamos nosotros para que él las llevara a cabo.

Segundo, porque así sus hijos veranearían, conocerían otros lugares, otros niños y se divertirían con entretenimientos nuevos, que no todo iba a ser cuestión de carácter y elevados pensamientos. De paso, esto es ya mucho suponer, se quitaban de encima, él y mi madre, a los hijos durante unos días.

Y tercero, y muy importante, porque debía de ser barato a cambio de lo que ofrecían. Un servidor asistió a ese campamento en tres ocasiones, tres veranos desde el 68 al 70. Sólo conservo el recibo del pago que se hizo por mis vacaciones en julio de 1970, encontrado en otra caja de Cola-Cao —menudos archivos los de mi madre—. En él se dice que fueron 925 pesetas las que se pagaron por veinte días de vacaciones en la playa. Me tomo la molestia de buscar en una web especializada en el asunto, cuál sería el cambio actual de aquella cantidad, y me resulta:

925 pesetas, igual o aproximadamente 6 euros, serían actualmente algo menos de 130 euros, o sea 21.630 pesetas.

Que cada cual se saque sus conclusiones sobre la cualidad del precio.

Además de esas tres ocasiones, con la OJE asistí a dos campamentos más: en el verano de 1972 a Boñar  en León —joder, qué frío hacía en aquellas montes—; y en el del 75 a Covaleda, en Soria; algo tarde, no cabe duda, pero es que, aunque en ese tiempo y a esa edad el cuerpo ya pedía otras cosas, no me resignaba a dejar pasar la oportunidad de acudir al más emblemático de todos, y juro que no me arrepiento: fueron unos días diferentes a todos los que había vivido hasta entonces en la OJE, y en mi vida; visitando lugares mágicos, aprendiendo cosas que no había imaginado, y guardando recuerdos para siempre imborrables.

Durante todos aquellos campamentos aprendí y canté canciones que aún no he olvidado, valoré actitudes que hasta entonces desconocía y comencé a redactar las normas que a lo largo de mi vida he considerado básicas para ejercer la actividad de persona.

De nada de aquello, y de lo que siguió, tengo por qué sonrojarme; no lo secundé al pie de la letra, y sí supe amoldarme a los tiempos que he ido viviendo. Pero en algún lugar de mi mente, o mejor, de mi alma, quedó para siempre el poso de algunas enseñanzas que en aquellos campamentos recibí: la camaradería con todos sus sinónimos, la lealtad y, sobre todo, la observancia a unos valores sociales y morales que he procurado mantener y acrecentar durante toda mi vida.

Decía más arriba, que la foto es de 1968, poco más diez añitos tenía el que ésto escribe. Y puedo asegurar que a partir de entonces comencé a ver algunas cosas de otra manera; o de una manera concreta, que seguramente hasta aquel momento no las veía de ninguna. Formas de ver la vida, ideales incluso, que germinaron entonces. Al fin y al cabo, era esa la edad en la que casi todo empezaba a suceder.

Lo que cambió poco a lo largo del tiempo fueron las hechuras: ropa arrugada, una talla de más, mangas remangadas por debajo del codo, calcetines por los tobillos, la boina resbalándose: cierto desaliño indumentario, que diría el poeta. También cambió poco la seriedad y la firmeza que ahí se advierte, en el rostro que mira y en la mano que sujeta el guion; y en las piernas ligeramente abiertas, para asentarse mejor, para asegurar la posición.

Años después, para bien o para mal, no todo fue así. Pero eso será motivo de otras instantáneas, si es que llego.

 

(*) algún día he de recordar el momento en que se me propuso afiliarme a cierto partido político. Aquella proposición fue rechazada por mi parte, y al día de hoy, aún no he determinado si hice bien o mal.

domingo, 14 de febrero de 2021

Pedro Sánchez y la "Marcha Radetzky"

 Leído por ahí:

Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo.



Pedro Sánchez y la 'Marcha Radetzky'. 
Jorge de Esteban, 
04/enero/2019


"Durante los 10 años en que realicé en el Instituto Ramiro de Maeztu, la preparatoria, el bachillerato y el preuniversitario, según la terminología de entonces, se me quedaron grabados los acordes de una melodía que sonaba por los altavoces de los campos de deportes para indicarnos que el recreo, de 11 a 11.30, se había terminado y había que volver a clase. Para muchos esa música tan rítmica, e incluso atrayente, no gozaba de simpatía, porque nos aguaba los minipartidos de baloncesto que tradicionalmente jugábamos en unos campos con canastas que fueron el origen del Estudiantes, una leyenda en el Ramiro y en el deporte nacional.

Ignoro quién fue el que seleccionó esta partitura de alcance universal, como acabamos de comprobar en el cierre del tradicional Concierto de Año N
uevo de Viena, obra del patriarca de los Strauss, titulada Marcha Radetzky, y que fue compuesta en honor del mariscal austríaco Joseph Radetzky con el fin de celebrar sus victorias militares. Sin embargo, si en sus orígenes fue adorada patrióticamente por el pueblo austríaco, después sería odiada cuándo el mariscal reprimió violentamente manifestaciones populares. A muchos del Ramiro nos ocurrió al revés: durante nuestra estancia en el colegio la odiábamos;pero, en nuestra vida adulta, como le ocurre a casi todo el mundo, nos apasiona oírla.

Supongo que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, alumno que fue también del Ramiro, oiría igualmente miles de veces la obra de Johann Strauss, amargándole con sus inigualables compases la interrupción de un apasionante minipartido que no había más remedio que finalizar. Por lo demás, cuando Sánchez dejó de jugar al baloncesto en el Estudiantes, decidió dedicarse a la política y, como escribe Fernando Garea, no hay duda de que las circunstancias y el azar casi siempre le han favorecido, claro que él, sin duda, ha sabido aprovecharlo. Así llegó por carambola dos veces a ser diputado y así ha sido para convertirse en presidente del Gobierno, gracias a la moción de censura que le ofreció en bandeja el irresponsable Rajoy. En los momentos en que se aprobó la misma, hubo muchos políticos que criticaron, si no su legalidad, al menos su legitimidad, afirmando que no había sido elegido por el pueblo. Semejante crítica, como ya expliqué en su momento, era injusta porque su nombramiento fue legal y legítimo, pero es cierto que acabó perdiendo su legitimidad por no convocar inmediatamente elecciones. En efecto, la moción de censura constructiva tal y como se inventó y se practica en Alemania, exige que haya primeramente una mayoría suficiente para destituir, a causa de sus errores, al presidente en ejercicio;y, en segundo lugar, que exista un candidato a sucederle que cuente con una mayoría indispensable para poder gobernar. Es más: cuándo Helmut Kohl presentó el 1 de octubre de 1982 una moción contra Helmut Schmidt, lo hizo porque ya contaba con la coalición del Partido Liberal, que abandonó a Schmidt, para gobernar con la CDU y, por si no fuera suficiente, convocó cuatro meses después nuevas elecciones para conseguir una mayor estabilidad.

La situación en España ha sido completamente diferente, porque Sánchez contaba sólo con 84 diputados, por lo que le faltaban 92 para destituir a Rajoy y poder gobernar después. Como es sabido, logró esa mayoría reuniendo a un grupo de diputados que era un totum revolutum, en donde no existía ninguna afinidad para formar un Gobierno. Es más: una parte importante de ellos pertenecía a partidos nacionalistas o separatistas que buscaban un Ejecutivo débil en Madrid que facilitase sus objetivos. Concretamente en Cataluña, desgobernada por dos personas desequilibradas, presenciamos todos los días las contradicciones de Sánchez afirmando que él solucionará el problema catalán con "diálogo, diálogo y diálogo". Sin embargo, tras el simulacro de diálogo mantenido en Barcelona días atrás, Torra le presentó una carta con 21 reivindicaciones que aún desconocemos los ciudadanos. Así que seguimos igual -mejor dicho, peor- porque uno quiere diálogo y el otro quiere monologar, es decir, imponer. Y, naturalmente, todo ello fuera de la Constitución, palabra que Torra exigió que desapareciese de esa obra de arte que es el manifiesto conjunto emitido antes del Consejo de Ministros de Barcelona, sustituyéndola por la de "seguridad jurídica". Pero como Torra desconoce lo que es el Estado de derecho, no se apercibió de que el artículo 9.3 de nuestra Carta Magna dice expresamente que "la Constitución garantiza, entre otros principios, el de seguridad jurídica"; ésta no existe si no se cumple la Constitución.

En otras palabras, el presidente está gobernando, por decirlo así, contra natura, aceptando, por una parte, los caprichos de Pablo Iglesias, especialmente contra la Monarquía. Sin darse cuenta, por ejemplo, de que suprimir la inviolabilidad del Rey exige una reforma constitucional que debe ser aprobada por dos Cortes Generales sucesivas y la convocatoria de un referéndum. Y, por otra parte, soporta, sin inmutarse, las machadas de ese gran jurista que es Torra, cuando afirma que "no aceptará" una sentencia condenatoria contra los golpistas encarcelados, calentando ya el ambiente para cuando se inicie el juicio. Unos y otros del conjunto de aliados de la banda de Sánchez comparten la idea de que el verdadero principio constitucional es el que formuló Al Capone cuando expresó su concepción del Derecho aplicada al juego: "Cuatro ases pierden ante cuatro reyes y un revólver". En nuestro caso, todavía no es necesaria la pistola, pues por el momento se consigue lo mismo con un puñado de votos bien empleados.

En definitiva, si Sánchez continúa unos meses más como presidente, corremos el peligro de sufrir una tragedia nacional de la que ignoramos sus dimensiones. No se puede gobernar con mentiras continuas porque al tiempo se le puede engañar pero sólo un tiempo. Y lo mismo se puede sostener de su promesa de transparencia, cuando hay cada vez más opacidad en su gestión. No se puede gobernar con un Gobierno del que tuvieron que dimitir dos ministros por razones lógicas, mientras que al menos siete no quieren renunciar estando señalados por los mismas o peores pecados. No se puede gobernar con un conjunto de partidos o bandas antisistema que lo único que querían era tener al presidente atado de pies y manos incapaz de poder tomar decisiones profundas para mejorar al país. Pero, eso sí, le permiten que utilice aviones y helicópteros oficiales para uso privado, que disfrute de las residencias de La Moncloa, de Doñana, de La Mareta, y tal vez de alguna más, como si las hubiera heredado de sus abuelos. No se puede gobernar sin calcular los gastos y los ingresos, pero este Gobierno se comporta como si fuera los Reyes Magos, para después aumentar los impuestos. No se puede gobernar sin que se aprueben los Presupuestos Generales del Estado y todo indica que difícilmente se conseguirá. No se puede gobernar con un PSOE que, de no ocurrir un milagro, está en fase de liquidación.

Y para no agotar todas las habilidades de buen gobernante que adornan a Pedro Sánchez, hay que destacar lo mejor de todo: sigue siendo presidente porque el grupo de nacionalistas catalanes, encabezado por Torra, le apoyarán mientras les interese, advirtiendo que los miembros de la Generalitat violan constantemente la Constitución, pisotean los derechos de los catalanes no separatistas y se ríen del Tribunal Constitucional. En suma, con esta tropa era impensable que se pudiese gobernar, lo cual debía haberlo previsto Sánchez para convocar, como hizo Kohl, las elecciones un mes después de la moción de censura. Pero si no lo hizo entonces, tiene que hacerlo ahora, sin demora. Porque está sonando la Marcha Radetzky, tarareada rítmicamente por el coro del 70% de los españoles que exigen elecciones inmediatas; se ha acabado el recreo de siete meses y hay que volver a casa. Por si fuera poco, Pablo Casado, el líder del PP, aunque tal vez tempranamente, le está acusando de "traición".

Si sigue actuando como hasta ahora, favoreciendo sobre todo a los separatistas, este epíteto lo podría merecer desde luego;y entonces se le podría aplicar, en lugar del artículo 113 de la Constitución, que regula la moción de censura, el artículo 102, que se ocupa de la presunta traición del presidente del Gobierno. Sería lamentable que esto ocurriese, pero sólo él tiene la clave para evitarlo mediante la convocatoria urgente de elecciones generales. Cierto que dejaría de ser inquilino de La Moncloa, pero adquiriría uno de los más jugosos títulos del país: ex presidente del Gobierno."

https://www.elmundo.es/opinion/2019/01/04/5c2e15a221efa030628b45d0.html