domingo, 19 de enero de 2020

1972, agosto

Aquí va una instantánea más de aquellos eventos familiares, otra de bautizo, de las que vienen a decir que la familia aumenta. En ésta, concretamente, a la familia Gallego llegaba el último de mi generación. Se trataba de Ángel Luis, hijo de mis tíos Víctor y Mª Ángeles, la cual incomprensiblemente porta al vástago en sus brazos. Y digo que es de ese modo, incomprensible, porque en aquellos tiempos no era normal que las madres asistieran al bautismo de sus hijos. Dicho acto se celebraba en fecha muy próxima al nacimiento, unos días después, a la vez que la madre solía guardar un largo reposo tras el parto. Es por ello que en otras fotografías de este tipo de acontecimientos no aparezca la madre del bautizado.

Era por entonces el mes de agosto de 1972, creo que el día 26, que fue sábado. Pero ahora no puedo afirmar si el día 26 fue el bautizo o el día del nacimiento, he de enterarme bien.

De lo que no tengo dudas es que estamos en pleno verano a tenor de la ropa, y en la iglesia de San Francisco de mi pueblo, en la capilla del baptisterio, pues la pila bautismal se atisba a la derecha. Los fotografiados somos una pequeña representación de lo que debió de ser el total de invitados, a vuelapluma cuento numerosas faltas: cinco primos/as, cuatro hermanos/as y dos cuñadas, de entre los Gallego; además de otros amigos de la familia con los que, recuerdo, solíamos coincidir en actos como éste y en reuniones en el Badén.

Y entre los fotografiados/as dos caras totalmente desconocidas que debo asociar a la familia de mi tía Mª Ángeles o a su vecindad: la señora más alta en última fila y la niñita justo debajo del recién nacido. Además otros conocidos, pero que nunca han aparecido por estas Instantáneas, son la niña delgadita que posa delante de mi madre y el señor mayor de la derecha: ella es Encarnita, hija de Julián Ramírez —en mi casa cuando se referían a él se le nombraba con el apellido—un amigo común de mi padre y mis tíos, y a la sazón amiga de MariJóse, razón por la cual está a su lado en la foto; el señor de la derecha es el abuelo del bautizado, padre de mi tía, al que todos conocíamos como el señor Ángel. Le tratamos poco porque eran pocas sus apariciones en eventos familiares y escasa su presencia los domingos en el Badén. Es por ello que mi recuerdo es muy limitado, el de un hombre seco y reservado con el que no tuve ningún trato; una imagen que, con toda seguridad, sea equivocada. Lo miro ahora detenidamente y me llega sin querer un amable sentimiento hacia este hombre que, respetuosamente con la boina en la mano, posa erguido y bien  compuesto. A su lado su yerno, mi tío Vito.

Los niños de la primera fila, de derecha a izquierda, son: Margui, la niña desconocida, Vivi, Mati y Arturito —éste último con cara de despiste, ya apuntaba maneras para cómo iba a ser su comportamiento futuro en circunstancias como esta—.

A la izquierda de la instantánea estoy yo, catorce añitos por entonces, y cubriéndome la espalda Edu. A continuación, mi padre, reñido como casi siempre con un traje de chaqueta, ¿a quién habré salido yo?; le sigue Arturo, el hermano mayor del neófito, y delante de él, Manolito, firme y serio, lo que no era propio de él. En el centro de la foto, última fila, mi madre muy seria, que estaba en una iglesia y ella era muy de estar seria en las iglesias.

No tengo recuerdos del resto del día, imagino que después del acto religioso todos los celebraríamos en el Badén. Seguramente ya habrían partido algunos para allá, los más impacientes o quienes se dedicarían al asunto de las viandas. Los de la fotografía, sin duda, estábamos a la espera de nuestro turno en alguno de los escasos vehículos familiares. Aunque me parece que antes de partir para allí debimos de acercarnos a nuestras respectivas casas para cambiarnos de ropa, que no creo que nuestras madres consintieran que pasáramos el resto del día con la indumentaria que habíamos tenido puesta en tan magna ceremonia. Al menos la mía, no.

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