domingo, 25 de noviembre de 2018

La Laureada de Alcántara

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo hecho yo.

Éste es el artículo de este señor, y de cualquier otro periodista, que más veces he releído; y las veces que aún lo releeré.
Considerado, por mi parte, como de obligada lectura en centros educativos.

 


Patente de corso

Arturo Pérez-Reverte

 

La Laureada de Alcántara

 

XL Semanal 18/06/2012

 

 A veces se hace justicia, aunque sea tardía. Aunque sólo sirva para conmover las entrañas de los pocos que aún recuerdan. Es cierto que el ondear de banderas tiene algo de sospechoso, pues entre los pliegues de éstas, sin distinción de colores, suele esconderse mucho hijo de puta. Tampoco quienes conceden o reciben medallas son siempre de limpia ejecutoria. Pero a veces hay excepciones; momentos en los que las cosas se hacen como es debido. Y éste es uno de esos momentos. Noventa y un años después del desastre de Annual de 1921, donde 8.000 soldados españoles fueron exterminados por la estupidez de un rey, la venalidad de los políticos -nada hay nuevo bajo el sol-, la incompetencia de los generales y la desvergüenza de numerosos jefes y oficiales, el gobierno español ha concedido la Laureada de San Fernando, con carácter colectivo, al regimiento de caballería Alcántara, que se sacrificó casi en su totalidad para proteger la retirada de sus compañeros. La Laureada es la máxima condecoración militar española, y se obtiene por acciones extraordinarias en combate. Por aquella jornada, el jefe del regimiento recibió a título póstumo la Laureada individual; pero la tropa, como de costumbre, fue olvidada. Ninguno de los intentos posteriores por honrar su memoria tuvo éxito. Políticos y espadones de diversa ideología, desde el general Franco a la ministra Chacón, coincidieron en no querer remover aquello. Pero al fin, para satisfacción de los nietos y bisnietos de esos hombres, se repara la vergüenza. 

Carga del Alcántara 1921 —Augusto Ferrer Dalmau—.

Imaginen la escena: las harkas de moros sublevados por Abd el Krim acosan a la desorganizada columna que intenta escapar hacia Melilla abandonando a su suerte a heridos y enfermos. Aquello es una matanza inaudita, y millares de soldados abandonados por jefes y oficiales corren despavoridos, atormentados por la sed, intentando ponerse a salvo. En el camino de Dar Dríus a El Batel y Monte Arruit, la protección de la retaguardia de los fugitivos recae en un regimiento de caballería que todavía se encuentra intacto y bien mandado, el Alcántara nº 14. Su jefe es el teniente coronel Fernando Primo de Rivera, hermano del teniente general del mismo apellido, que en seguida comprende que se está pidiendo a sus 691 hombres que se dejen la piel por salvar a los compañeros. Pero no hay otra. Hace de tripas corazón, arenga a su gente, les dice que toca bailar con la más fea del Rif, y el regimiento, disciplinado y silencioso, se pone en marcha con sus escuadrones protegiendo los flancos y la retaguardia de la columna en retirada. A las cuatro de la tarde, aparte infinidad de escaramuzas parciales, los jinetes de Alcántara ya han tenido que dar su primera carga al galope contra una fuerte concentración enemiga. Pero es en el cruce del río Igán, que está seco y en torno al que se atrincheran miles de rifeños que hacen fuego graneado, donde la columna se arriesga a quedar cercada. Entonces, el teniente coronel les toca a sus hombres la única fibra que a esas alturas, con semejante panorama, cree que puede funcionar: «Si no lo hacemos, vuestras madres, vuestras mujeres, vuestras novias, dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos».Y no lo fueron. Siete veces cargó Alcántara monte arriba y sable en mano, reagrupándose tras cada carga, cada vez menos hombres, más heridos, exhaustos y sedientos jinetes y caballos, una y otra vez bajo la granizada de balas enemigas, entre las zarzas y parapetos rifeños, tan diezmados y agotados al final que la última carga, octava del día, hubo que darla con los caballos al paso, pues ya no podían ni trotar; y aún después se continuó ladera arriba, a pie, combatiendo al arma blanca. Cargaron los soldados, y también el joven trompeta de quince años que llevaba el cornetín de órdenes. Y cuando a la quinta o sexta carga ya no hubo hombres suficientes para cerrar las filas, cargaron también, aunque nadie los obligaba a ello, los tres alféreces veterinarios, y el teniente médico, y hasta el capellán fue adelante con la tropa. Y cuando ya no quedó nadie a quien recurrir, cargaron también los catorce maestros herradores, y con ellos los trece chiquillos de catorce y quince años de la banda de música del regimiento; que, como el joven corneta de órdenes, murieron todos. Y al anochecer, cuando los supervivientes consiguieron llegar a la posición de El Batel, agotados, llenos de heridas, caminando entre las sombras con sus extenuados caballos cogidos de la brida, de los 691 hombres del regimiento sólo quedaban 67. Desde luego, aquel 23 de julio de 1921 los del regimiento Alcántara cumplieron con su teniente coronel. A ellos, ninguna madre, mujer o novia los llamó cobardes.
   

domingo, 7 de octubre de 2018

Natalia Ferraccioli

 

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo hecho yo.


EL RUIDO DE LA CALLE

NATALIA FERRACCIOLI

RAÚL DEL POZO, 17 SEP. 2018

 
/ULISES CULEBRO

Algunos lectores se han interesado por el motivo de mi ausencia en esta página. Con profunda melancolía les informo, ayudándome con el título de Faulkner: he estado al pie de la cama donde agonizaba Natalia, con la que llevaba 48 años casado. Murió a las seis de la mañana del 11 de septiembre en la habitación 309 de la clínica San Camilo. A ella le debo gran parte de lo que soy y lo poco que tengo. Durante cuatro años Natalia ha sido sometida a esa tortura medieval que la diálisis donde magníficos médicos la mantuvieron con vida y en los últimos días lucharon en la UCI. Dice el poeta que como un naufragio hacia dentro nos morimos, pero ella se fue con la elegancia con la que se comportó durante toda su vida. Sus últimas palabras fueron para preguntarme si había dado de comer a nuestra perrita Dana; luego, sonriendo y mirando mi ropa, como una dama romana a un celtíbero dijo: “Vas muy bien conjuntado”. Por último habló en italiano.

En los últimos siete años ha sido atacada por la cruel venganza del tiempo: cáncer de estómago, de mama y fallo renal. Hemos veraneado juntos a la sombra de nuestro granado y hemos visto cómo la enfermedad aniquilaba su belleza y deformaba su esqueleto. Su destrucción me recuerda a la de Isabel de Portugal, pintada por Tiziano que tanto asombró al duque de Gandía que, al verla muerta y desfigurada, con sus bellas formas borradas, ingresó en la Compañía de Jesús. La emperatriz se extinguió, no su bravura. Ordenó apagar los candelabros para que no vieran su cara deformada y cuando le recomendaron que gritara, contestó: “Me morir´, pero no gritaré”.

Alguien dijo que la ciencia no alarga la vida sino, sino la vejez y que prolongar la agonía es multiplicar la muerte, pero Natalia ha soportado con dulzura los últimos instantes y ha muerto una sola vez como los valientes. Estuve viendo cómo iba perdiendo la respiración y la conciencia y cómo se extinguía su bella luz, Los médicos que la han atendido —Ramón Delgado, Antonio Gómez Moreno y otros—, la han calificado de “enferma diez”. Se negó a salir de la sesión de diálisis en silla de ruedas, a que bajáramos la cama de su habitación a la planta baja cuando apenas podía andar. Disimulaba su dolor para no hacernos sufrir. Era una gran dama. Que nadie diga que los italianos fueron corriendo hasta Guadalajara. No he visto un ser tan valiente como Natalia Ferraccioli. Permaneció serena aunque oía, como Adrie, la mujer de Mientras agonizo, clavar y aserrar su caja.

domingo, 15 de julio de 2018

Mi alma tiene prisa

Leído por ahí, pero no recuerdo dónde:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo.





MI ALMA TIENE PRISA

“Conté mis años y descubrí que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora.
Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces; los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos. Quiero la esencia, mi alma tiene prisa… Sin muchos dulces en el paquete…
Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír de sus errores. Que no se envanezca, con sus triunfos. Que no se considere electa antes de la hora. Que no huya de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.
Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas… Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñaron a crecer con toques suaves en el alma.
Sí…, tengo prisa…, tengo prisa por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.
Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan… Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
Tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta que sólo tienes una”.


MARIO RAUL DE MORAIS ANDRADE (São Paulo, 9 de octubre de 1893 - 25 de febrero de 1945).
poeta, novelista, ensayista, y musicólogo brasileño.


sábado, 12 de mayo de 2018

Patria... (de Fernando Aramburu)

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo.



Patria... (de Fernando Aramburu)
Santiago Barba Vera
12-octubre-2016

El silencio cómplice de una sociedad enferma. El silencio para no opinar.
El silencio complaciente de los políticos que miraban a otro lado.
El silencio elocuente de los ciudadanos que decían “algo habrá hecho” o “eso no va conmigo” para crearse un respaldo moral.
La participación de parte de la Iglesia con el silencio del resto.
El ruido del Obispo que sabía y entendía.
La presión de una sociedad rural que empujaba a sus miembros al gregarismo salvaje para entrar en ETA.
La presión de una sociedad urbana acomplejada con “no llevar la contraria, no significarse y no arriesgarse”.
Las conversaciones entre amigos, compañeros o vecinos que esquivaban los asuntos sobre terrorismo, extorsion y amenazas.
Patria es un gran libro que describe magistralmente lo que hemos vivido en Euskadi durante 40 años (lo seguimos viviendo?). La presión que había en las calles para no ver, para no hablar, para mirar a otro lado.
A finales del siglo XX hasta la policia interrogaba a testigos de atentados lejos de las vigiladas comisarías para evitar indiscreciones.
Todos sabíamos que para pagar o gestionar el impuesto revolucionario lo mejor era ir a hablar con el Párroco de S.Vicente.
Todos sabíamos que en las “Herrikos” se manejaba el cotarro de cócteles molotov, extorsion, y mucho más.
Todos mirábamos a otro lado, esquivábamos a “los contrarios”, callábamos, sabíamos y esperábamos que acabará pronto.
Patria no es un libro agradable, es más bien un reflejo de lo que hemos vivido. Es el reflejo de una época en que los políticos no iban a los funerales, las víctimas eran ninguneadas hasta por los ideológicamente próximos, los familiares de los asesinados, extorsionados o amenazados no tenían más opción que callar y sufrir en silencio, o marcharse.
Recuerdo las bombas a Iberdrola, que pararon cuando decidió patrocinar la trainera de S.Juan, a “la Tigresa” en el instituto cuando ya apuntaba maneras, asesinatos más y menos cercanos, y cuando no aparcábamos detrás de coches franceses “por si acaso los quemaban”, la época en que los pagos del llamado impuesto revolucionario eran deducibles en el impuesto de sociedades.
Afortunadamente es una época pasada, pero no conviene olvidar ni alterar el relato de los que obligaron a una sociedad a vivir bajo el terror mafioso. Por eso creo que “Patria” debería ser de obligada lectura. en Euskadi desde luego pero también en el resto de España.

Santiago Barba
Octubre 2016



domingo, 29 de abril de 2018

El viento y el león

Leído, oído o visto por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo.
Bueno, esto es de una película, pero da igual, los guiones se escriben.




«Vos sois como el viento, yo soy como el león. Vos formáis la tempestad. La arena me pica en los ojos y la tierra abrasa. Rujo de furia, pero no me escucháis. Hay una gran diferencia entre nosotros. Yo, al igual que el león, debo permanecer en m i sitio, mientras que vos, como el viento, jamás sabréis cuál es el vuestro».

«¿Ve cómo extrae agua aquel hombre del pozo?, cuando un cubo se vacía, se llena otro.

«Con el mundo sucede lo mismo, en estos momentos, ustedes están repletos de poder, pero lo agitan y desperdician…, y el Islam está recogiendo las gotas que caen de vuestro cubo».

«La ignorancia es una colina empinada con rocas peligrosas abajo».

«El león toma grandes zancadas, pero los ejércitos de pigmeos toman el camino suavemente».

«Tener algo en la vida por lo que se estaría dispuesto a perder todo».




De El viento y el león (1975), de John Milius,
Con Sean Connery y Candice Bergen


domingo, 8 de abril de 2018

La Escuela del Cristo

A veces me sorprende la capacidad que tengo para recordar sucedidos personales de hace toda una vida, y sin embargo hay situaciones recientes a las que no sé ni cómo he llegado. Necesito unos minutos para recordar qué hago en ese lugar, a qué he ido o qué es lo que estoy buscando en algún armario. Supongo que son ligeros líos en los que nos mete la mente a cierta edad. Sesenta Mánuel, sesenta ya. Años, entendedme, no líos, que a estos no los tengo en consideración.
Viene esto a cuento por los recurrentes recuerdos que tengo sobre lo más lejano de mi pasado, algunos de los cuales dejé hace tiempo en estas Tardes de solano: crónicas escritas desde aquel doblao que nunca he abandonado, y que me acompaña a cada lugar que habito.
Los que hoy traigo se remontan tanto tanto, que hasta me cuesta trabajo creer que sean verdad; y sin embargo lo son. Como otros, están limpios en mi memoria, aunque éstos son fugaces, diminutos en el tiempo que ocupan, apenas un minuto, sólo unos renglones.
El primero es el primero de verdad, el que siempre he dicho que es el primer recuerdo de mi vida. En él veo nítidas sus caras: la de mi madre llevándome de la mano por la calle Ramón y Cajal abajo, cuando todavía no era de Los Baldosines, para pararnos delante de lo que ya era o luego fue una tienda de ropa, la de Bermejo Conde, y hablar con mi padre que estaba revistiendo con teselas de gresite uno de los pilares entre los dos escaparates que flanquean la entrada. Ese revestido permaneció durante lustros en la fachada, para memoria eterna de cuáles fueron mis primeros pasos.
El segundo seguramente no es el segundo, pero por ahí debe andar. Nuevamente acompañaba, y de su mano también, a mi madre. Pero esta vez venía con nosotros mi hermano, o éramos nosotros quienes íbamos con él, porque era él el protagonista del sucedido. Acababa de terminar su paso por el Colegio de la calle La Palma y mi madre pretendía que entrara en la Escuela El Cristo, a la que la gente conocía como la escuela de balde. Se ve que no debía de pagarse por asistir a ella, de ahí el apelativo; cosas de la enseñanza pública de entonces, si bien años después me enteré que sí, que algo se pagaba, poco, pero se pagaba.
Fue, es evidente, la primera vez que entré en aquel edificio, que me pareció enorme y espacioso, sin poder imaginar en aquel momento que, un montón de años después, cuando con ligera emoción lo paseé, disminuirían mágicamente sus dimensiones.
Unos minutos de conversación entre mi madre y uno de los maestros y el asunto de la enseñanza para mi hermano durante los próximos años quedó resuelto, «traiga al niño mañana».
Pocos años después yo también ingresé en aquella escuela. Curiosamente accedí de manera directa a la clase de mi hermano —un misma aula para distintas edades—, que impartía el que ya por entonces era un reconocido maestro y que con el paso de los años fue objeto de gran aprecio y consideración por parte de la comunidad.

Busco desde la comodidad de mi casa, hoy que la tecnología nos lo permite, documentación sobre aquella escuela que me ayude a completar este recuerdo, y para mi enojo apenas si consigo algunas líneas. Escribo en el buscador de internet Escuela El Cristo, y todo lo que me ofrece son datos, fotografías y demás, relativos a la nueva, a la actual que hoy se ubica, con el mismo nombre —ya no es escuela, que es CEIP, Centro de Estudios de Infantil y Primaria— en otro lugar del pueblo, casi a las afueras, en un edificio más nuevo y amplio.
La búsqueda ha dado dos resultados que entiendo como útiles aunque levemente distintos en lo que al origen de la escuela se refiere:

El primero lo encuentro en www.torresytapia.es, y se trata de la reseña —y de ahí la brevedad de los datos— de una conferencia de Agustín Jiménez Benítez-Cano (Villanueva de la Serena, 1946) en la que se dice que el germen de la Escuela de El Cristo está en 
«...las Escuelas de Cristo, que fueron instituciones de carácter religioso que nacieron a mediados del siglo XVII y que perseguían la perfección de cada individuo en el cumplimiento de las enseñanzas divinas, según su estado, con aprecio de lo divino y renuncia de lo temporal». 
En el texto se data la fundación de la Escuela de Cristo en Villanueva en 1699, precisando que el número de admitidos era reducido, no superando la cifra de setenta y dos, por lo que se ha de entender que los requisitos para optar a dicha admisión deberían ser bastante rigurosos. Fue muy importante la labor social que estas Escuelas de Cristo desarrollaron a lo largo de su historia, que en el caso de la Villanueva se concretó con la fundación de un hospital anejo.
El oratorio de la escuela, como todos los oratorios de aquella institución, estaba presidido por un Cristo 
«...que en Villanueva fue famoso por su factura: El Cristo de la Pobreza, y se reunían en esta población al son de la campana los jueves de cada semana»
Con el tiempo derivó de fundación religiosa a escuela de enseñanza.

El segundo resultado me llega desde platea.pntic,mec,es/jruiz2/ast98/art29.htm, y es un relato que firma Josefa Quirós Soto, profesora (¿?) de un Instituto de Don Benito, sobre la fundación y trayectoria histórica de la escuela El Cristo y que, como antes apunté, difiere con la que la nos da Agustín Jiménez Benítez-Cano. Coincide en la fecha, 1699, pero sin relacionar su creación con la expansión de las Escuelas de Cristo por España; incluso el nombre no lo vincula —ella habla de coincidencia— con aquellas escuelas sino con un Crucificado que presidía el oratorio de la casa palacio donde se habían instalado: «Por esta feliz coincidencia, el Colegio empezó a llamarse “la Santa Escuela del Cristo”».
Esta versión también habla de la fundación de un hospital anejo, y de la ingente labor social y pedagógica que a lo largo de los siglos vino desarrollando. 

No me atrevo a decir cuál de las dos versiones se ajusta más a la verdad; en el fondo son prácticamente parecidas. Añado lo que leo en www.semanasantavillanueva,es/cristo-de-la-pobreza/, que : 
«D. Pedro Fernández de Xexas adquirió una talla del Santísimo Cristo Crucificado, la cual fue entregada al imaginero sevillano Blas Hernández (sic)».
Llegó a Villanueva un 18 de marzo de 1610, por lo que se encontraría en el pueblo cuando la fundación de la Escuela de Cristo. Estuvo situada en el Palacio Prioral de San Benito para ser trasladada el 30 de julio de 1712 al oratorio de la escuela, y fue entonces cuando “se acuerda denominar a la talla bajo la advocación del Santísimo Cristo de la Pobreza”. Tiempo después, la imagen fue trasladada a la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción.

Ya en el siglo XX, desparecida la primitiva sede de la institución y el hospital, las actividades se redujeron al campo de la enseñanza. También despareció el Cristo que presidía el oratorio, a causa del violento capricho de unas ideas bárbaras y ciegas; resulta descorazonador leer en boj.pntic.mec.es/~mgutie9/ssanta/cpobreza.html, que el motivo de la desaparición del Cristo de la Pobreza original fue debido “a un incendio en la parroquia en 1936”, lo cual, técnicamente, es cierto, pero a la vez tan alejado de la objetividad como próximo a la infamia. Poco después, su ausencia fue reemplazada por otra talla soberbia, obra de Gabino Amaya, serena y dramática, que se venera en una de las capillas de la Iglesia de la Asunción. Es el Cristo de la Pobreza, cuya visión siempre me ha conmovido, a la vez que me lastimaba el olvido al que mi pueblo, durante algunos años, le sometía cada Jueves Santo mientras su cofradía hacía el recorrido procesional.



Sin darme cuenta me he desviado del tema; lo que empezó con aquel recuerdo infantil ha cambiado y me lleva a otro espacio, a otros momentos. Miro el calendario y al observar la proximidad de la Semana Santa, evoco aquellas soledades, representadas en los pocos penitentes que, en una única fila marchaban, delante de la imponente imagen, o en la de los seis porteadores de la elemental parihuela; y ¿qué decir de los escasos acompañantes a los que únicamente les debía mover una incontestable devoción?, —mi madre, que faltó a esa procesión en contadísimas ocasiones, decía que “habría que cambiar el nombre al Cristo, y llamarlo de la Tristeza”, y su razón tenía.
Efectivamente, me he alejado del asunto, la escuela, el maestro y, la verdad, no sé ahora cómo retomarlo. Mejor continúo en otra ocasión, que se me ha ido el cristo al cielo.


Sevilla, marzo 2018

domingo, 18 de marzo de 2018

La Flor del Norte



Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo hecho yo.

Leí este libro meses después de un viaje por Castilla y en el que recalé en Covarrubias donde, por supuesto, vi la tumba de Cristina de Noruega en la Colegiata.
Me movió a leerlo, precisamente, ese viaje; sin embargo, durante su lectura, no pude evitar recordar, casi constantemente, la reciente visita al monasterio de Santa Clara en Sevilla, donde se levanta la llamada torre de Don Fadrique, hermano de Alfonso X, colateral de la protagonista y personaje cargado de atractiva y polémica leyenda
.

 

«Qué sencillo les resulta a los sanos consolar a los enfermos».

«San Alfonso el Sabio, hijo de San Fernando de Castilla, primo de San Luis de Francia, pariente de Santa Isabel de Hungría. Una familia virtuosa, intachable».

«Eso fue entonces, ahora carece de importancia».

«Confiad señora, y recuperad fuerzas porque el cuerpo y la mente van unidas y no hay salud en una cabeza doliente».

«… y de la muestra de cordura que supone retirarse de una competición a tiempo, antes de que las fuerzas abandonen y la cabeza se obstine».

«No es propio de los grandes hombres el buen dominio de las pequeñas cosas».

«l pueblo se queja de tantas leyes, que poda antes de que hayan florecido (referido al rey Alfonso), para plantar otras en su lugar».

«Las resoluciones tomadas cuando no hay nada que perder, suelen ser las correctas».

«Era joven, creía, como todos los de su familia, que el tiempo para el amor era corto y para el matrimonio, eterno».

«Paciencia…—rumiaba él—, junto con la prudencia, la virtud de los cobardes».

«Murió el bisabuelo como mueren todos los hombres: en mitad de la vida, con tantas deudas por pagar, con tanto por arrepentirse».

«La guerra no se acaba hasta que uno muere».

«Cada vida obtiene su ración de gloria y deshonor, de goce y privaciones».

«… e incluso las casuchas de los pueblos, casi enterradas en las laderas de las montañas, renovaron sus puertas y postigos y pintaron con colores alegres las ventanas que daban al sur».

«Bien está que las cosas cambien, pero no todas han de cambiar. Y, desde luego, no tan rápido ni todas a la vez».

«Valladolid era una urbe inmensa, en la que habitaban veinticinco mil almas. Una ciudad monstruosa, llena de ruido, de gente, desbordada en su insensato tamaño».

«… Alfonso, que hablaba las lenguas peninsulares, más el provenzal, el árabe, el griego y el hebreo, que conocía de astrología y de leyes…».

«Nunca la vi hacer otra cosa salvo ceder, ni esbozó jamás un pensamiento propio».

«Sólo necesita consuelo aquel que padece una pena».

«Yo era más joven, y pensaba menos las cosas, y por eso era más feliz: luchaba si me lo pedían comía cuando era el momento y bebía siempre que podía».

«Vivimos tiempos de crisis, doña Cristina, el rey ha de dar ejemplo».

«Eso fue entonces. Qué más da ahora».

«Y es mi voluntad que lo gastes en lo que te plazca, mientras no sea en lo que más deseas».

«Se acerca mi fin, y necesito pensar con claridad, para que se abra entre las tinieblas un poco de luz y mi vida no haya sido en vano».

«Yo era más preciada que el oro, pero no que el trigo».

«Me llamaban la Flor del Norte, el regalo dorado, Luego fui, simplemente la extranjera, y, en los últimos meses, la pobre doña Cristina».

 

De La Flor del Norte, de Espido Freire