domingo, 13 de julio de 2025

Ese garbancito no se ha cocido en esta olla

Me ha traído mi hermano una frase de mi madre que un servidor tenía totalmente olvidada, no estaba en la lista de ellas que aún quedan por ser recogidas en este blog. La pronuncio ahora mentalmente, una vez y otra, pero no consigo ponerme en situación, no logro visualizar el instante en que ella la dijera, o los instantes, porque debieron ser más de uno. Y alguno, o algunos, hubieron de tener testigos, si no ¿a qué viene mi hermano recordándomela?
Vayamos a la frase en cuestión. Que es más que una simple frase, es una perfecta metáfora. Y que en honor a la verdad casi le concedo la autoría a mi madre, porque la escribo en el buscador de la red de redes y no aparece nada, absolutamente nada, que me lleve a ella. Aunque la debió escuchar, de alguien la aprendería, ¿de su propia madre?, a saber. Bueno, déjate de rodeos y vamos a ello.
Hago un esfuerzo, me pongo en situación: yo debía de ser pequeño, menos de diez años, carácter inquieto, ya presentaba maneras, algo informal y protestón. Pero también correcto en el trato con los demás, sociable, graciosillo y ocurrente. Y hacia estas dos últimas virtudes de mi naturaleza se dirigía el dicho de hoy, que era:
Ese garbancito no se ha cocido en esta olla.
Para que ella dijera eso, quien esto escribe debió, previamente, de dar una respuesta acertada a una pregunta, exponer un comentario razonado o hacer un chistecillo simpático; en definitiva, tener una idea aguda y oportuna a la situación del aquel instante, o a lo que en ese momento aparecía en la televisión, o a mi parte de la conversación que entre los dos tuviéramos. A mi madre, entonces, le parecerían atractivas mis palabras, sonreiría mostrando satisfacción por el ingenio de su hijo, a la vez que dudaría de que yo fuera el autor de las mismas.
A ver, aclaro este galimatías: la ocurrencia era el garbancito, y la olla mi cabeza. Mi madre ponía en duda que tan acertadas palabras las pudiera haber fraguado yo. Eso me lo decía con una sonrisa y golpeándome levemente con su dedo índice en mi frente. Y yo repetía mis palabras tratando de convencerla, y seguro que convencida se quedaba, si no lo estaba ya desde el principio, porque desde el principio sonreía como gesto de aceptación, confirmando mi autoría.

Pues sí, aquellos garbancitos se cocían en esta olla, aquellos y muchos más que se fueron cociendo a lo largo de muchos años. Pero como suelo decir a estas alturas del calendario, ¿tanto, para qué?