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domingo, 13 de julio de 2025

Ese garbancito no se ha cocido en esta olla

Me ha traído mi hermano una frase de mi madre que un servidor tenía totalmente olvidada, no estaba en la lista de ellas que aún quedan por ser recogidas en este blog. La pronuncio ahora mentalmente, una vez y otra, sin conseguir ponerme en situación, no logro visualizar el instante en que ella la dijera, o los instantes, porque debieron ser más de uno. Y alguno, o algunos, hubieron de tener testigos, si no ¿a qué viene mi hermano recordándomela?, ¿o es que también a él se la dirigió?
Vayamos a la frase en cuestión. Que es más que una simple frase, es una perfecta metáfora. Y que en honor a la verdad casi le concedo la autoría a mi madre, porque la escribo en el buscador de la red de redes y no aparece nada que me lleve a ella, absolutamente nada. Aunque la debió escuchar, de alguien la aprendería, ¿de su madre?, ¿o fue de su propia cosecha?, a saber. Bueno, déjate de rodeos y vamos a ello.
Hago un esfuerzo, me pongo en situación: yo debía de ser pequeño, menos de diez años, carácter inquieto —ya presentaba maneras—, algo informal y protestón; a la vez que correcto en el trato para con los demás, sociable, graciosillo y ocurrente. Y hacia estas dos últimas virtudes de mi naturaleza se dirigía el dicho de hoy, que era:
«Ese garbancito no se ha cocido en esta olla»
Para que ella dijera eso, quien esto escribe debió, previamente, de dar una respuesta acertada a una pregunta, exponer un comentario razonado o hacer un chistecillo simpático; en definitiva, tener una idea aguda y oportuna a la situación de aquel instante, o a lo que en ese momento apareciera en la televisión, o a mi parte de la conversación que entre los dos tuviéramos. A mi madre, entonces, le parecerían atractivas mis palabras, sonreiría mostrando satisfacción por el ingenio de su hijo, a la vez que dudaría de que yo fuera el autor de las mismas.
A ver, aclaro este galimatías: la ocurrencia era el garbancito, y la olla mi cabeza. Al decir mi madre aquello, ponía en duda que tan acertadas palabras las pudiera haber fraguado yo. Eso me lo decía con una sonrisa mientras golpeaba levemente con su dedo índice en mi frente. Yo repetía mis palabras tratando de convencerla, y seguro que convencida se quedaba, si no lo estaba ya desde el principio, porque desde el principio sonreía como gesto de aceptación, confirmando mi autoría.

Pues sí, aquellos garbancitos se cocían en esta olla, aquellos y muchos más que se fueron cociendo a lo largo de los años. Pero como suelo decir a estas alturas del calendario: ¿tanto, para qué?


domingo, 15 de junio de 2025

Préstame un pan y tráemelo a casa.

¿Os ha sucedido que alguien os haya pedido un favor, realizar algo en su nombre o ayudar en determinada tarea, y que la concesión del mismo llevara incorporada un cometido auxiliar? Es decir, que al peticionario no le baste la concesión del favor, sino que quiere ir más allá, aprovechar la circunstancia y conseguir la ayuda con un punto de rédito más. ¿A que sí? 

Creo que esos casos se debían, y se deben, dar con frecuencia, tanto que no he olvidado el aforismo que tantas veces le escuché:

«Préstame un pan y tráemelo a casa»

Bueno, pues ahí se resume —qué pocas palabras para decir tanto— la filosofía del que, necesitando algo, y pidiéndoselo a otro, le obliga a más simplemente por su comodidad o, incluso, por creer estar en una posición superior o distinta que le da derecho a ciertas exigencias.

No va este decía mi madre de hoy de justificar el no hacer ciertos favores, no, válgame Dios. Que hacer favores es algo excelente, es una gran oportunidad para mostrarte cómo de verdad se es ante el otro, ante el que pide. Pero ojo, que hacer favores no es tener obligaciones, esto como premisa de lo que sigue.

Este decía mi madre va de aquellas personas que, al pedir el favor y cuando ya se les ha dicho que sí, que se lo hacen, cuente con ello, aumentan la petición con una ampliación del mismo, apenas insignificante en apariencia, porque, total, si sólo será un pequeño esfuerzo más por parte del benefactor, y así serán complacidos por completo. La persona favorecedora se sentirá en tal tesitura que no será capaz de romper el compromiso que antes había adquirido, viéndose en la obligación de cumplir con la segunda parte del favor. Pero a partir de entonces se estará ojo avizor ante futuras ocasiones para no volver a caer en las garras del aprovechado. Cuidado con este último: interesado, ventajista, abusador, egoísta.

Sin embargo, puede suceder que, con todo el agrado del mundo, el hacedor del favor se sienta encantado de hacerlo, ése y todo lo que en el momento le pida el solicitante. Y es así porque el primero sentirá que se está implicando en el segundo, y lo hará porque le importa esa persona y los favores se hacen precisamente por eso, porque nos importan las personas. Bueno, algunas personas.

Y viceversa, que también pedir favores —según a quién, cuándo, cómo, etc.— es una buena manera de estrechar lazos con el otro. Porque en este caso también estás mostrando una manera de involucrarse, de aceptar una responsabilidad. Le estás diciendo que le importas, hasta tal punto que es a él a quien le pides el favor y no a otro, que «sólo tú puedes hacerlo, por favor». En este caso, si el favor es concedido, uno estará en la obligación de contestar con un sincero «te debo una…»

Así que ya sabes, si pides que te traigan algo, no exijas que te lo traigan a casa, ve tú a recogerlo a la de quien te hace el favor. A no ser que tu casa le coja de camino a la suya.


domingo, 27 de abril de 2025

Estar al cabo de la calle

Lo más acertado sería no incluir esta frase en mi blog como si fuera un decía mi madre más. Desde siempre sé que no es de las que, aunque escuchadas desde mi más tierna infancia, pueda ser atribuible a ella. Se la oía también a otros, y fui consciente que formaba parte de la cotidianidad, del diario devenir de la gente. Pero no me resigno a omitirla, que cuando la oigo —porque aún hay personas que encuentran contexto para decirla—, es como si retrocediera cuatro quintos de mi vida, y la oyera durante una conversación de ella con algún vecino o un familiar, asintiendo ante la información que la estaban dando con un:
«Estar al cabo de la calle»
Pero de manera personalizada, o sea, algo así como «sí sí, estoy al cabo de la calle». Que no es otra cosa que decirle al interlocutor que uno también conoce todos, o casi todos, los detalles del asunto en cuestión. Un asunto que casi siempre debía de ser poco conocido y que, aunque se estuviera contando, tendría que seguir teniendo un carácter secreto, o al menos levemente, llevando implícita la petición de mantener la confidencia, pues se suponía que la cuestión era conocida por pocos, y así debía de seguir siendo: el secreto se mantendría.
Sin embargo, no siempre debe de ser así. También es posible que se desconozcan los pormenores de una noticia por haber estado ausente del lugar, por ejemplo, y es ahora tu interlocutor quien te pone al día, un tema ordinario, sin gran transcendencia, conocido por muchos menos por ti que acabas de regresar. Entonces, una vez informado, se contestará «pues es que como acabo de llegar de vacaciones, no estaba al cabo de la calle».
La RAE nos dice que una de las acepciones de la palabra cabo, concretamente la número 20, es «Diversos temas que se han tocado en algún asunto o discurso». Y me da la sensación que el lugar que ocupa es por su poco uso, que por cabo entendemos otros significados. Y es que hace tiempo, allá durante el Siglo de Oro, cuando se usaba esa palabra era para referirse precisamente a aquello, a un asunto y sus pormenores.
Y más abajo, seguimos en el diccionario de la RAE, encontramos dos locuciones verbales: estar al cabo de algo y estar al cabo de la calle. Dos formas coloquiales para decir «haberlo entendido bien y comprendido todas sus circunstancias». Una manera muy eufemística de manifestar que se está enterado de todos los detalles de la noticia, aunque ésta sea un vulgar chismorreo y el informante e informado sean unos cotillas.
En definitiva, que la frase de hoy nunca se la asigné a mi madre, ni siquiera lo hice por error o ignorancia, como sí ocurrió con muchas otras. Está aquí porque era un dicho más entre tantas expresiones que de ella recuerdo, porque formaba parte de su fraseología, del capítulo de una de las asignaturas que mejor aprendí y que todavía procuro seguir estudiando: Acervo léxico-popular de mi entorno más cercano.

Nota: como no encuentro nada que, acorde con el tema, pueda ilustrar esta entrada, dejo una fotografía de una calle de mi pueblo, algo antigua. Tanto lo es, que yo aún no andaba por allí. 

domingo, 13 de abril de 2025

Por un oído te entra y por el otro te sale

Va el presente Decía mi madre sobre una conocidísima frase, de uso muy coloquial, referida a dar a entender que alguien no hace caso de lo que le dicen, ordenan o aconsejan; lo cual podría llevar a equívocos tratándose de mí, porque de mí va estos escritos, haciendo pensar al lector —ojalá los hubiera— que un servidor fue un rebelde que ignoraba desafiadamente las órdenes recibidas, un desobediente que no seguía instrucciones, un terco que se encerraba en sus propias ideas haciendo caso omiso a otras razones o, lo que es peor, un arrogante que menospreciaba consejos provenientes, y en todos los casos anteriores, de mi madre. Que también de ella estamos hablando, porque de su boca, en muchas ocasiones, salía la frasecita:
«Por un oído te entra y por el otro te sale»
Sin embargo, no considero que mi madre me la dijera porque yo encajara en alguna de las descripciones anteriores. Si así fuera, el recuerdo no me llegaría, como efectivamente me llega, como el reflejo de la frustración que seguramente le producía mi falta de interés, la ligera negligencia por mi parte a prestar atención a una advertencia, un consejo o un relato. Si no hubiera sido así, el recuerdo sería brusco, más tenso, a pesar del fracaso que ella sintiera.
En definitiva, que lo mío era un acto inconsciente, pura y simple distracción, una falta de concentración, el más evidente desinterés, la desconexión mental y momentánea, la selección auditiva —aunque sin taparse los oídos— cuando el cerebro consideraba poco relevante lo que se me decía.
Concluyo: La frase no me trae a la memoria momentos negativos ni tensos, o sea, que nunca llegó la sangre al río ni antes ni después de ser pronunciada.




domingo, 2 de febrero de 2025

Dímelo andando.

Había ocasiones en las que al tratar de atraer la atención de mi madre para decirle o pedirle algo, la obligaba a interrumpir la tarea que estuviera haciendo o la detenía casi imperativamente cuando se dirigía a algún lugar de la casa. Es evidente que aquello le causaba un trastorno que, por pequeño que fuera, no dejaba de ser una alteración de su actividad. Y no es que necesariamente le molestara como para llegar al enfado, que no, que eso no ocurría, sólo que perturbaba el ritmo apenas agitado de sus quehaceres y eso, es posible, le restara tiempo o lo que es peor, que se le fuera el santo al cielo o vaya usted a saber.
Pues aquellas situaciones solían terminar con la atención a mis requerimientos por su parte. Pero poco antes me llevaba a su terreno y, en el afán de interesarse por mí, a la vez que no olvidaba su propia ocupación, me ordenaba:

«Dímelo andando»

Que no era nada más que seguir hablando, pero permitiendo que ella pudiera continuar con lo que se trajera entre manos.

No cabe duda que llegó un momento en que me interesé por el origen de la acertada y siempre resuelta orden. Me contó, y es la única versión que conozco —la red de redes no me da ningún resultado al respecto—, que allá por la posguerra hubo un alcalde en la ciudad de Toledo al que le incomodaba que sus convecinos se pararan a charlar cuando se encontraban por las estrechas calles de aquel lugar, provocando tapones que impedían el paso de otros. Y es que realmente las calles de esa ciudad, en su casco más céntrico, son bastantes angostas y cualquier aglomeración humana, por muy pequeña que sea, tres o cuatro personas, debe fastidiar al viandante.  Así que el regidor de la ciudad, en su afán de aliviar el tránsito peatonal de las calles, ordenó a sus municipales que “disolvieran” los grupitos de tertulianos que vieran parados en ellas. Los funcionarios, prestos a su labor, no dudaban en separarlos, pacíficamente eso sí, con la frase recomendatoria que años después me diría mi madre.

Dicen que tal éxito tuvo aquella expresión que el alcalde terminó siendo apodado como don Dímelo Andando, lo cual, estoy seguro, no desagradaría al buen señor.

Pero a saber de la verosimilitud de aquello, que como anécdota queda muy bien, y como recomendación de mi madre es una auténtica joya.



domingo, 12 de enero de 2025

Lo caliente está a gusto de todo el mundo.

Traigo hoy una frase que no es un refrán ni una expresión de uso común, y que siempre que la he oí fue en boca de mi madre y en el mismo contexto. He intentado encontrar otros en los que encuadrarla con un uso que tuviera otro sentido, otra lógica y no me ha sido posible, me parece que son inexistentes. Por lo que podría decir que ésta sí que es un auténtico “decía mi madre”.
El contexto en que siempre se la escuché fue con un servidor de protagonista, cómo no: Plato de comida en la mesa, sopa, por ejemplo, o la leche en el desayuno, todo ello muy caliente, seguido de mi inmediata queja por no poder tomármelo al instante. A lo cual ella me hacía poco caso y se limitaba a contestar un «pues te esperas, que

lo caliente está a gusto de todo el mundo»

Y entonces yo esperaba, y trataba de ganar tiempo soplando —pfff, ¡buaj!— o moviendo con la cuchara el elemento que fuera para que se aireara.

Cuando me hice mayor y comencé a consumir regularmente, sobre todo café, en establecimientos públicos, observé que algunos clientes, al poco de que el camarero les sirviera su bebida, pedían un vaso vacío para enfriar, y dedicaban unos instantes a trasvasar el líquido de un vaso a otro para que aquel se aireara y así adquiriera una menor temperatura. Otros optaban por pedir también otro vaso, pero esta vez con agua fría, la cual bebían y a continuación procedían con el ritual del trasvase, ahora con un vaso que ya estaba frío por el agua que había contenido, con lo que el proceso de enfriamiento se aceleraba. Pero casi nadie esperaba tranquilamente a que el café se enfriara de manera natural.
Cada vez que veía todo aquello recordaba la frase de mi madre, sobre la que hace tiempo deduje su significado y le adjudiqué su justo valor, que no es otro que el uso de un corto e insignificante espacio de tiempo, o de espera, para atemperar la comida. Apenas unos gramos de paciencia.
Sin embargo, no creo que mi madre la utilizara, la frase, como lección para inculcarme virtud tan elevada como la paciencia, ¿o sí?. Bueno, no sé, no creo. Lo suyo era mucho más práctico: si te gusta caliente y puedes soportar la temperatura alta, pues te lo tomas; y si lo quieres algo más frío pues esperas un par de minutos y ya está.
Conclusión: a todo el mundo se le puede servir la comida caliente o muy caliente. Pero jamás deberá suceder al contrario, pues en este caso el cliente optará por quejarse, «oiga, el café está frío», pondrá mala cara y el camarero, de mejor o peor gana, se llevará la bebida y la tendrá que recalentar.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Hijo, ni la purga Benito

Pues iba mi señora madre en cualquier momento y me encargaba un quehacer, tipo recado en la calle, acércate a casa de…, o trabajillo fácil a lo échame una mano con esto o aquello, sube al doblao y mira a ver si lo encuentras, debe estar en…, me lo bajas, ordena la salita chica ya de una vez, o yo qué sé.
Y resulta que, en ocasiones, por ser fácil la encomienda o porque un servidor tenía prisa en hacerla para continuar con mis cosas, las que fueran, la orden era ejecutada rápidamente, en un visto y no visto, y por lo general de manera acertada. Ni que decir tiene que la expresión de sorpresa y admiración en la cara de mi madre, por la rapidez y eficacia con que se cumplió la tarea, era más que evidente. Venía precedida con un gesto de incredulidad, apertura significativa de los ojos, y seguida de la frase que hoy traigo:

«Hijo, ni la purga Benito»

Que como tantas y tantas expresiones que le oí, ni me paraba a analizar y, ni mucho menos, a cuestionar que el origen y la autoría no estuvieran en ella. Actitud que he mantenido a lo largo de mi vida y que, desde hace poco, para bien o para mal, he comenzado a reconocer que toda esa culturilla refranera venía de más allá de la propia de mi progenitora. Bueno, seguramente yo lo sabía, pero no quería privarme de concederle un honor que, con todo honor, se merecía.
Retomemos el camino, estábamos con Benito y la purga, «ni la purga de Benito», que dicen fue un tipo que, aquejado de un mal de vientre, acudió a la botica a adquirir el purgante que le había prescrito el médico. Y sigue el cuento contándonos que, cuando apenas si el boticario le había entregado la pócima, y sin ni siquiera haber rozado con sus dedos el botecito, el tal Benito sintió tales retortijones que, ante la visión inmediata de una evacuación en público, corrió como antílope perseguido hacia su casa, dejando el específico recetado sobre el mostrador de la botica. La historia no dice si el fármaco fue pagado o no, pero a tenor por la prisa, hemos de pensar que no.
Poco comentario tiene, tras lo dicho, el decía mi madre de hoy, pero si a alguien no le ha quedado claro, resumo:
— La frase queda referida a algo que produce efectos inmediatos. Si los efectos son previos, ya ni os cuento.
— Sirve también como expresión de admiración por el remedio utilizado.
— Y cómo no, como reproche a quienes les mata su impaciencia porque esperan una solución rápida, demandando efectos inmediatos.

Dejo enlace a otra entrada de este blog —Benito y la purga— en la que trascribo un artículo de Leopoldo Abadía en el que encuentra relación entre el aforismo de hoy y la política, también de hoy.

domingo, 10 de noviembre de 2024

«El ‘no’ se lleva siempre consigo»

Es seguro que en alguna o más ocasiones en tu vida, ante un hecho nuevo, desconocido, tal vez transcendental para tu futuro, aunque éste sólo fuera inmediato, da lo mismo cuando sucedió, durante tu período escolar, tu etapa formativa, o en la laboral, en un asunto doméstico, una desavenencia familiar, de amistad, en tus relaciones sociales, un posible cambio de sentido en el camino que seguías, esa niña a la que miras cada tarde al salir del instituto y sientes cómo ella se deja mirar, y se lo quieres decir, da lo mismo. Pueden ser tantas las circunstancias en las que, al plantearte abordar el hecho, coger al toro por los cuernos, plantarle cara y torearlo, es posible, mejor digo que es seguro, que te asaltaran dudas, algún miedo, o muchos, temor a fracasar, a ser rechazado, ¿a que sí?
Porque lo habías analizado con detenimiento, mirando a un lado y a otro, los pros y los contras, habías medido tus fuerzas, evaluado tu conocimiento, sabías hasta donde podías acercarte, y que más allá de ese punto no había nada que hacer, todo dependía de la otra parte, quien al final tendría la última palabra.
Y lo peor es que hasta que llegara el momento en el que se despejasen las incertidumbres, si es que llegaba, podía venirte la idea de abandonar, de retirarte precisamente por el miedo a la negación, al desencanto.
Era entonces, en esos momentos previos, días quizá, cuando mi madre, ya alertada por mí o por ella misma que para eso era quien era y lo había barruntado, era entonces cuando me decía:
«El ‘no’ se lleva siempre consigo»


Y me lo repetía hasta convencerme de que la derrota, aunque posible y en muchos casos evidente, podía no ser la única opción. Que podía suceder algo distinto, inesperado, algo que, en un instante, un minuto de inspiración por mi parte, permitiría convencer al contrario; o también que su disposición no era la que yo, durante tanto tiempo previo, había estado suponiendo y temiendo.
Así que uno, o sea yo, ya más tranquilo porque sabías que el no como solución era esperable pero no estaba del todo asegurado, ibas y te enfrentabas al asunto sabiendo que, si la respuesta era sí, habrías ganado, sin lugar a dudas. Pero si por el contrario fuera no, entonces no habrías perdido, porque las dos opciones del dilema eran totalmente válidas y aceptables, y la responsabilidad en la resolución del negocio no era totalmente tuya.

domingo, 14 de abril de 2024

Melón y tajá en mano

Cuando alguien quiere que otro, que de alguna manera depende del primero, le haga algo que le ha pedido, y se lo haga casi en el momento de la petición, e incluso para antes o, en el mejor de los casos en un plazo corto de tiempo, más corto de lo que normalmente llevaría tal actividad, es entonces que estamos hablando de una persona a la que se la puede y debe tildar de impaciente.

Impaciente:

que no tiene paciencia para esperar;

intranquilo o nerviosos, especialmente debido a una espera o una falta de información;

que espera o desea algo con desasosiego o con mucha impaciencia.

 

Y me pregunto: ¿fui un niño impaciente?, ¿seguí siéndolo a medida que crecí? Voy a más, ¿lo soy ahora? Me temo que a las tres preguntas he de responder que no, al menos ese es el recuerdo y la impresión que de entonces y de hoy tengo.

Sin embargo, como el decía mi madre que ahora escribo va de impaciencia, me temo que tendré que reconocer que un poco sí, pues si no ¿a santo de qué tengo grabada la frase que sigue más abajo?, la cual siempre entendí que me la dirigiera como un simpático reproche cada vez que yo mostraba signos de impaciencia.

Así que admitámoslo, tuve que ser impaciente y es por ello que escuché en muchas ocasiones lo de: 


«Melón y tajá en mano»


No obstante, si lo fui y aún lo fuera, lo soy poco, que conste.

Por supuesto que hay en mi recuerdo momentos de ansiedad, como sinónimo de impaciencia, algunos o seguramente muchos —no escarbes Mánuel, no escarbes que a lo peor…—, que ha habido exámenes en mi vida, demasiados, por cierto; y situaciones laborales que merecieron ponerme al borde de la desesperación. Pero nunca llegó la sangre al río y la espera del acontecimiento mal deseado se ha desarrollado siempre sin mucha inquietud.

En una de aquellas ocasiones, coincidente con una de las espaciadas visitas de mis padres a nuestra ciudad, mi padre detectó en mí la agitación y nerviosismo que por aquellos días me dominaba. Al interés que mostró por ello le respondí con algunas banalidades, sin entrar en el fondo del asunto. A lo que él siguió con un simple pero consolador: «no pienses ahora en ello, termina el día y verás como mañana amanece otra vez, como siempre». Y así fue, amaneció nuevamente y el tema, aunque se desarrolló mal, como yo esperaba, no lo fue con el desasosiego, por mi parte, que aquella circunstancia requería.


Parece que me he alejado de la cuestión cuando, lo esencial, lo importante es la simple recriminación que mi madre, de vez en cuando, me dispensaba si me impacientaba por algo que le hubiera pedido o que yo deseaba me hiciera, y ella tardaba en dármelo o en hacerlo. La cosa no pasaba a mayores, yo siempre supe esperar, o aguantar, que por entonces venía a ser lo mismo.

Pedir melón y antes de terminar la petición ya debes tener la tajada en la mano: ¡Cuántas veces me viene a la cabeza la frasecita!, muchas, y casi siempre sin venir a cuento, que suele ser cuando corto en casa las tajadas de melón. Aunque no me resisto a soltársela a quien, estando a mi lado, se haga merecedora de ella.

 

domingo, 17 de marzo de 2024

Te vas a enterar de lo que vale un peine

Me es difícil recordar ahora el contexto, o los múltiples contextos en los que a mi madre escuché la frasecita de hoy. Sólo sé que, al igual que otras que voy dejando en este blog, se la oí hasta la saciedad y siempre, en todas las ocasiones, olía a amenaza, amenaza de la fuerte. Y ocurría que ante situaciones así lo mejor era plegar velas, agachar la cabeza y asumir lo que viniera, que bien podía ser llevar a cabo la orden dada a la que yo me había negado, cumplir con una obligación determinada y no deseada por mi parte, asumir la responsabilidad contraída por una acción equivocada o cargar con la sanción por una travesura excesiva. Esto último solía ser lo más habitual.
Pero hacerlo, achantándose cobardemente, había que hacerlo una vez oído eso de:

«Te vas a enterar de lo que vale un peine»

Y es que la frase, de la que desconocía su exacto significado, etimológico e histórico, era algo más que una simple advertencia a pesar de su simpleza. Porque ¿acaso no era y es simple un peine? Mi pensamiento en aquel instante no iba más allá del objeto y su precio era la duda, de la que se podía salir con sólo preguntar en la tienda donde los vendieran, pero que nunca lo hice. Y también, ¿qué tenía que ver el coste del peine con el posible castigo?, ¿cuál era su relación?, ¿cuál la equivalencia entre el valor de la cosa y la condena a aplicar?, ¿tan caro era un peine como para amenazarme con ello?
Menos mal que, casi siempre, el tema quedaba en el aviso con el que se te hacía ver tu mal proceder. Enseguida veías lo que estaba por llegar —aquí viene lo de plegar las velas, la aceptación de la culpa, etc.— y de ese modo normalmente el castigo no llegaba. Pero te quedabas sin saber qué hacía por aquí un peine y a qué venía la incertidumbre de su precio.
Y en esa ignorancia viví durante decenios, aunque realmente debería decir despreocupación, pues perdí todo el interés por la frase cuando ella dejó de lanzármela, seguramente porque no le di más oportunidades.
En cierta ocasión le pregunté si conocía su significado, me dijo que no. Así que indagué y descubrí que, si bien no hay certeza clara sobre el origen, sí existen diversas teorías, algunas de las cuales bastantes singulares, como la de situarlo en la Posada del Peine —considerado el hotel más antiguo de Madrid, pues su fundación fue allá por 1610—, el cual dicen que contaba con un peine, sujeto mediante una cadenilla a la pared, en cada habitación para uso de los clientes; lo que hace suponer que aquellos peines debían ser objetos muy preciados, carísimos.
Otra historia, ocurrida siete siglos antes en Francia durante el reinado de Carlos II, conocido como el Calvo, nos cuenta como tras ganar éste una batalla a los normandos, un emisario de los vencidos le entregó un cofre. El rey lo abrió y vio que contenía un peine, lo que tomó como un agravio; irritado por la burla exclamó: “se van a enterar lo que vale un peine”, y mandó ejecutar al normando. Pero suena más a leyenda que a verdad.

Mujeres torturadas con un peine

Más próxima a la realidad me parece que el origen debe de estar en un utensilio de tortura utilizado en la Edad Media llamado también peine, por su semejanza, pero de púas de acero y de mayor tamaño, que servía para desollar al desgraciado del que se pretendía obtener algún tipo de confesión; si el pobre infeliz no tenía nada que decir, o no quería, pues terminaba muriendo entre indescriptibles dolores.
Llegados a este punto me atrevo a decir que ninguna de los tres supuestos anteriores tiene visos de certeza, e incluso el objeto que se utiliza para desenredar y componer el cabello no es el elemento protagonista de la frase. La verdad me parece que está —esto también me lo ha chivado el internet— en la palabra francesa peine que se traduce por pena, en su acepción de castigo, pero con sufrimiento. Su empleo en la frase española es su transcripción literal y no su significado. De ahí el extraño sentido que yo nunca entendí.

domingo, 11 de febrero de 2024

Míralo, como si oyera llover

La frase de hoy posiblemente sea la que más me gusta de todas las que llevo desarrolladas en estos decía mi madre, y también de las que restan por hacerlo.
Si de todo lo escrito en anteriores entradas se podría deducir que quien esto suscribe era algo gamberro, desordenado, respondón e incluso rebelde, de la de hoy espero que ayude a que la idea sobre mí derive hacia lo que era un carácter apacible, reflexivo y tierno; pero sin llegar a la sensiblería, por Dios.
Pensar sobre esta expresión es cerrar los ojos y permanecer embelesado con imágenes borrosas apenas identificables, o mantenerlos abiertos mirando fijamente un objeto cualquiera que termina pareciéndose a la nada, porque da lo mismo que sea ése o cualquier otro si lo que se consigue es recogerse mentalmente en aquello, en la nada.
Pues así debí de encontrarme en tantas y tantas ocasiones en las que mi madre se dirigiera a mí, qué más da con qué: una orden, una pregunta, una reprimenda; que ante mi silencio o mi reacción ausente hacía que despertara de mi ensimismamiento tras un:
«Míralo, como si oyera llover»
Y entonces yo me despabilaba, ¿qué, dime?, y ella repetía aquello que hubiera dicho, y un servidor, vuelta a la realidad.
Como si oyera de llover es el entrañable recuerdo, o «como quien oye llover», que dice la RAE. En su exposición, los señores académicos son algo menos delicados y se inclinan por precisar que la coloquial expresión se usa «para denotar el poco aprecio que se hace de lo que se escucha o sucede», acusando al oyente, o mejor, al no oyente, de menospreciar las palabras de quien habla, no dándole importancia ni mostrando interés alguno.
Nota intermedia:
Aquí convendría hacer una alto y dar una colleja al DRAE, pues utiliza la palabra escucha en vez de oye, que vienen a ser distintas: escuchar es prestar atención a lo que se oye, y oir es percibir con el oído los sonidos. Como se ve tienen significados diferentes.

Temo que el rapapolvo continúa. Todos sabemos, yo lo sé, que necesariamente la frase no conlleva menosprecio. En aquellas ocasiones, cuando mi madre la pronunciaba, yo no había escuchado, y con toda seguridad tampoco había oído, lo que antes me había dicho, pero no por desprecio sino llanamente porque no estaba prestando atención, no hacía caso porque mi concentración estaba en otro lugar o en ninguno, lo más probable. La evidencia más clara de que eso era así es que, una vez llamada mi atención, yo volvía a la realidad, atendía a la pretensión materna y aquí paz y luego gloria.
Me intereso ahora por el origen de la expresión y recurro a la red de redes, que en un teclazo te lleva a ello y te enteras, atónito, que la fuente no está en mi madre, cosa que era de esperar, sino nada más y nada menos que en el tiempo de la conquista del actual Méjico por el paisano Hernán Cortés. Lo resumo:

Llegan los conquistadores españoles a América, corría el año 1519 cuando Hernán Cortés se reúne con Moctezuma, el emperador azteca se presenta con todo su séquito, en el que se incluía un joven que ocupaba el cargo de Quiahuitlacapoc —quiahuitl, lluvia, y acapoc, escuchar, sentir—, algo así como sacerdote de Tlaloc, dios de la lluvia; tenía la función de escuchar e interpretar el sonido de la lluvia, ya que los aztecas creían que Tlaloc les enviaba mensajes a través de cada aguacero, que podían ser proféticos o de orientación para la vida y la sociedad. Este Quiahuitlacapoc llamó poderosamente la atención de los soldados españoles, que lo veían presente en los encuentros entre Moctezuma y Cortés, siempre ensimismado, ajeno a las conversaciones y escuchando la lluvia. Tanto les sorprendió su abstracción que acabó siendo el centro de sus burlas, «el que oye llover» le apodaron. Lo que pasó a tener tanto un significado que ha trascendido hasta la actualidad: el de alguien que, presente en una conversación, está perdido en sus propios pensamientos.

Termino, y no quiero hacerlo sin recordar una anécdota sucedida con mi hija una tarde de lluvia cuando, con casi dos años de vida y en esa época en que se debatía entre las ganas de aprender y pronunciar correctamente palabras nuevas, y la dificultad que ello le acarreaba, desde el asiento de atrás del coche me llama y me dice: «papá papá, mira, lluvia», vocalizando despacio la palabra, recreándose en su pequeño triunfo.

Nota final:
Dejo aquí enlace a otro decía mi madre que está muy relacionado con éste de hoy: «Qué, ¿mirando las musarañas?».

domingo, 14 de enero de 2024

En mi casa, mi culo descansa

Esta es una frase que escuché en numerosas ocasiones a mi madre, claro ¿a quién si no?, y por eso está aquí, que estas son entradas dedicadas a ella y a su recuerdo. Paradójicamente, la de hoy no la siento que hubiera estado destinada a mí, ni tiene el sentido de reproche que sí parecen tener casi todas las que incluyo en esta sección, si bien, a esta altura de mi vida me niego a tomármelas como tal.
No termino de encuadrarla en situaciones concretas, ni recuerdo en su vida muchas ocasiones que viviera y que justificaran el que pudiera argumentarla. Me limito a estar seguro de que, llegado el caso, la decía sin que necesariamente estuviera justificado.
La que ella pronunciaba no concuerda con exactitud con la que se prodiga por la red en numerosas listas de refranes. La suya era más personal y contundente, auto adaptada, marca de la casa sin el copyright que ahora yo le concedo. La frase era:

«En mi casa, mi culo descansa»

Que difiere ligeramente de la que parece ser más conocida, y tal vez única, «En su casa, hasta el culo descansa», más amplia y genérica, pero sin personalidad, pensada en el gran público. Ambas poseen el mismo sentido familiar y cercano, el de la tranquilidad de tu casa o de otro lugar querido o conocido en el caso de estar ausente o lejos del hogar.
El refrán nos viene a decir que como en la casa de uno, en ninguna parte; y que a pesar de que nos encontráramos en lugares y entornos amables, incluso durante un corto período de tiempo, siempre llegará el momento en que echaremos en falta nuestro sillón ante la televisión, la silla de la cocina o la taza de nuestro inodoro.
Y ahí es donde dudo y me pregunto cuáles serían las ocasiones que mi madre viviera para así pronunciarla. Pues no recuerdo que viajara mucho, ni pasara con frecuencia días y noches fuera como para echar de menos su casa.
A lo sumo señalar los numerosos pero cortos, muy cortos, períodos de tiempo que vivieron en la mía —que se prolongaron algo más durante los últimos meses de su vida—, y que siempre fueron breves porque en su interior palpitaba siempre el deseo de asentar el culo en su casa.
He de reconocer que idéntico sentimiento tenía un servidor cada vez que me trasladaba a la casa de ellos; y lo sigo teniendo cuando realizo algún viaje, unas vacaciones, cuatro, seis, diez días, enseguida añoro mis zapatillas, mi frigorífico, la luz de la ventana y los bares habituales. Lo dicho, y es que como en casa de uno, en ninguna parte.
Encuentro una segunda interpretación al refrán, pero me parece que se aleja bastante de la primera, que es más certera. Aquella dice que «indica que no hay que meterse en los asuntos de casas ajenas, sólo en la propia», lo que entiendo casi como una alegoría de la primera. Y lo que sí tengo claro es que no era ése el sentido que daba mi madre.

domingo, 17 de diciembre de 2023

Hay que ver, lo tienes todo al retortero

Cuando he recordado la frase que hoy traigo aquí, me he dado cuenta que será la tercera que va sobre el mismo tema. Porque a ver, si “lo tienes todo manga por hombro” y “un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio” hablaban sobre el relativo desorden que un servidor debió de tener para con sus cosas, ésta de ahora es análoga a las dos anteriores, viene a decir lo mismo. A pesar de ello no me resisto a dejarla en el olvido, porque es otro de esos Decía mi madre, recurrentes en mi vida, que me han perseguido siempre, en el mejor de los sentidos, cada vez que en casa o en el trabajo desaparecía el orden físico de las cosas y la mesa se transformaba en un montón de papeles que pedían mechero como única solución para restablecer la armonía.
Era entonces cuando mi madre, oportuna siempre, entraba en la salita chica y me espetaba un amenazante:

«Hay que ver, lo tienes todo al retortero»

Retortero, menuda palabreja de la que nunca me preocupó su significado exacto. Bastaba con recordar la frase para entenderla perfectamente y asociarla con el orden de las cosas, o mejor, con su ausencia. Cuántas veces, al verme invadido por libros, carpetas, revistas que se mezclaban con materiales y útiles profesionales o relacionados con alguno de mis entretenimientos, he pronunciado mentalmente o apenas bisbiseando la frasecita, para inmediatamente reordenar el campo y restablecer un orden que terminaría por desaparecer tarde o temprano; y así una y otra vez, hasta hoy. Bueno, hoy en día la cosa ha mejorado sustancialmente, que un ordenador hace mucho, y por eso lo llamamos ordenador.
Pero hoy me ha preocupado su verdadero significado, entre otras razones porque me apetece darle a la tecla, y no he encontrado mejor expresión asociada a mi madre y dirigida a mí —y tengo muchas— que la de retortero que, por cierto, tiene más alcances que el que creía conocido. Basta con entrar en el DRAE y leemos varios que, por cierto, nada tienen que ver con el que hoy trato. Esa ha sido mi gran sorpresa: los señores académicos obvian a la Sra. Consuelo y se van por los cerros de Úbeda definiéndola como «Vuelta alrededor» o «Cerco o mancha que rodea algo». Y continúan con expresiones coloquiales del tipo: andar sin sosiego de acá para allá, traerlo a vueltas de un lado a otro, y unas cuantas más que no vienen al caso. ¡Por Dios!, qué tendrá que ver una cosa con la otra.
Menos mal que hay otros que, entre sus variadas ocupaciones, también se dedican a lo mismo —significar palabras—, como es el caso de la Fundación BBVA que, a la vez que da la razón a la RAE, amplía y dice: «al retortero: en desorden o en forma revuelta». Ya está, ésta es en la que me reconozco, ni dar vueltas desasosegadamente, ni otras que leo por la red, como engañar con falsas promesas o fingidos halagos, o dar continuas y apremiantes ocupaciones a alguien para no dejarlo parar.
En definitiva, la palabra Retortero, si va precedida de la contracción al significa que yo lo tenía todo desordenado, desperdigado, desparramado por la mesa, mal colocada la ropa en el armario, amontonadas las cosas en los cajones y que de esa manera no había dios que encontrara nada.

En este instante, giro mi cabeza hacia la puerta de mi cuarto de estudio e intento imaginar a mi madre entrando y no diciéndome que lo tengo todo al retortero, porque, efectivamente, no lo tengo, que el tiempo y sus años me han reconducido a mejores costumbres y, en general, mi ropa cuelga ordenadamente en el armario, los cajones saben lo que contienen y el espacio sobre mi mesa permanece bastante más cuidado y despejado a como siempre estuvo.

 

miércoles, 8 de noviembre de 2023

¿No pensarás salir así, a cuerpo gentil?

Hubo ocasiones, y debieron de ser muchas, en las que la vestimenta que portara no debía de ir acorde con el tiempo que hacía cuando me disponía a salir a la calle. Ya habría entrado el otoño y la temperatura exterior requería ir más abrigado, o incluso sería invierno y un servidor se atrevía a afrontar un paseo con sólo un jersey sobre la camisa.
Con toda seguridad era algo que hacía inconscientemente, cosas de la edad, sin pensar momentáneamente que aquellas estaciones eran de temperaturas extremas, a la baja, y si además venían acompañadas de viento, aunque sólo fuera ligero, más aún.
Pero para eso estaba mi madre, para evitarlo, impedir que me enfrentara de esa manera a los elementos. Y como si de un guardia de tráfico fuera, me daba el alto en mitad del caño de casa y, a modo de pregunta, me soltaba la recomendación:

«¿No pensarás salir así, a cuerpo gentil?»


Pues sí, lo pensaba, pero no salía, que inmediatamente daba media vuelta y buscaba una prenda de abrigo. Pero la verdad es que lo pensaba a medias, porque la idea era salir de esa manera, escaso de ropa, mas ¿a cuerpo gentil?, ¿cómo que a cuerpo gentil? Porque no tenía ni idea qué significaba aquella expresión.
Sabía lo que era un cuerpo, sin duda, y conocía el significado de la palabra gentil, o como mínimo lo intuía. No con la seguridad que ahora tengo, que soy capaz de mencionar lo menos diez sinónimos: agradable, amable, apuesto, atento, correcto, cortés, donoso, educado, elegante, gallardo, garboso, galán, generoso, hermoso y también gracioso, pero no de chistoso, divertido o jocoso, sino de agraciado, afable y simpático, o sea, tener gracia.
Es ahora y no veo la relación entre ir escaso de ropa cuando las condiciones meteorológicas aconsejan lo contrario y el cuerpo gentil. Ni idea, pero la expresión está ahí y desde luego lleva mucho tiempo, mucho antes de que mi madre me la repitiera tantas veces.
Y ya sé que significa lo que vengo diciendo, que es salir a la calle con poca ropa y poca temperatura, e incluso «sin llevar ropa de abrigo» como nos dice el DRAE. Lo que me lleva a dejar algunos sinónimos más de la frasecita, como pueden ser: desabrigado, despechugado, con poca ropa y desnudo, que es lo más de este tipo de gentileza.
Pero como la cuestión no podía quedarse sólo en lo meteorológico, en mi afán por documentarme para este decía mi madre he encontrado otro significado a la frase, y que me ha parecido acertado incluirlo aquí a modo, una vez más, de sinónimo, y que alude a quien asiste a una reunión, evento, viaje y no lleva ni aporta nada para compartir, mientras que el resto del grupo contribuyen con bebidas, comida u otros obsequios. En este caso estaríamos hablando de gorrones, caraduras y aprovechados. Más sinónimos.
Por último, y termino, descubro un pequeño giro al modismo, que no es más que eliminar la palabra gentil, quedando la frase en un «no salgas a cuerpo», lo que encuentro totalmente válido, con todo su significado y, lo más importante, la entiendo mejor.

jueves, 21 de septiembre de 2023

Para qué hacer caso a medios días habiendo días enteros

No tengo claro en qué circunstancias me decía mi madre la frasecita que ahora traigo. Pero sí recuerdo que bien bien, nunca la entendí; o no la entendí por entonces. Quizás hoy tampoco, porque leo por ahí versiones distintas sobre su significado. Trataré de aclararme a lo largo del presente escrito.
Tampoco tengo claro cómo era exactamente el aforismo. Aunque básicamente dudo entre dos y la diferencia es casi nada. Una es «déjate de medios días habiendo días enteros», y la otra es la que más se aproxima al recuerdo, y que está en el gesto de indiferencia de mi madre hacia mí, girando la cabeza y dejando de mirarme. Gesto que venía tras oírme alguna ocurrencia sin sentido, una respuesta poco acertada, una explicación confusa, yo que sé. Porque nunca llegué a asociar la situación que fuera con la frase en cuestión. Vamos, que nunca la entendí.
Bueno, la frase, la segunda de las dos es:

«Para qué hacer caso a medios días habiendo días enteros»

En mi ignorancia siempre he pensado que era cosecha de ella, al igual que casi todos estos decía mi madre, y que durante media vida me han servido para engordar algo mi vanidad, pues aun creyendo que estaban dedicados a mí, apenas si me han molestado, al contrario. Así que siempre los vi de manera positiva, de recuerdo agradable, con una leve sonrisa.
Hace unos momentos, cuando me disponía a escribir esto, di un paseo por la red y busqué significados del refrán, a fin de poder asegurar el concepto y reflexionar lo más acertadamente posible. Cuál no sería mi sorpresa al observar la variedad de interpretaciones que parecen existir.
Una de ellas encuentra en el refrán un consejo: “no perder el tiempo en actividades que dejamos incompletas, sino que debemos abordar proyectos o tareas con plena dedicación y completarlos en su totalidad”. Para lo que habrá que estar seguros, al iniciarlos, que seremos capaces de darles fin de manera efectiva. Y eso no suele ser fácil: ¿cuántas veces nos hemos rendido ante algo por falta de medios, de pericia o, y eso es lo peor, de voluntad? Y entonces es cuando nos quedamos en los medios días.
La siguiente también interpreta el refrán como un consejo: “que no debemos hacer caso ni perder tiempo con rumores o habladurías”. O lo que es lo mismo, no entretenernos en aquello que no es importante o que nos vaya a aportar poco, o incluso nada, al tratarse de cuestiones que seguramente sean meras patrañas.
La anterior parece enlazar con la siguiente: “Ignorar los consejos de personas que no nos importan”. Que, aunque sean conocidos, compañeros de trabajo o vecinos, no pertenecen a ese círculo más pequeño, más íntimo. Son gente con la que podemos tener afable trato, pero hasta ahí, no más. Y esos no son quienes, o no deben serlo, para darnos recomendaciones ni a las que debemos permitir opiniones sobre nosotros o nuestras acciones. Esos son los medios días del refrán.
Esta última me parece acertadísima, tal vez la que más. Dice: “no voy a discutir con un tío que no tiene conocimiento ni para pasar el día”. Que viene a sugerir que hay personas que no merecen la más mínima conversación, ni una explicación, ni una respuesta. Y las conozco, y algunas de ellas no llegan ni al medio día.

Todo lo anterior me da a entender que la frase de hoy es aplicable en variados contextos, y seguramente es así cuando la empleo. No con la asiduidad que el recuerdo me hace asignársela a mi madre, que parece ahora que se la estoy escuchando. Aunque sin saber en qué contexto estábamos cada vez que me la decía.
Vaya, he terminado casi con la misma frase que comencé. «Pero te falta el casi», que decía mi madre.

Nota final: Estoy pensando, ¿y si para ella era yo el medio día? Dios mío, qué fracaso de vida la mía.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Te voy a dar más palos que a una estera vieja.


Definitivamente he de reconocer que tuve que ser un niño gamberro, o que mis gamberradas, por suaves e inocentes que fueran, hubieron de sacar de quicio a mi madre en incontables ocasiones. O tal vez no eran gamberradas, a lo mejor fueron simples salidas de tono, algunas desobediencias, mentiras —que si eran pequeñas se llamaban mentirijillas—, cosas de chiquillos que no dabas importancia, hasta que estabas delante de ella y comprobabas que sí, que aquello iba a tener trascendencia. Y que durante algunos días no ibas a olvidar la bronca, el castigo y su motivo.
La secuencia de los hechos siempre venía a ser la misma: me había cogido en un renuncio, se había enterado de alguna cosilla fea mía o cualquier asunto no incluido en su Tratado de moralidad y manual de usos y costumbres; me pedía explicaciones y yo las daba como buenamente podía —aquí entraban las mentirijillas—, ella no me creía, o en el mejor de los casos sólo a medias. Entonces llegaba el momento, yo lo veía venir, no me equivocaba, era predecible porque siempre lo precedía la frasecita:

«Te voy a dar más palos que a una estera vieja».

Y en más de una ocasión me los dio, aunque a Dios gracias, no tantos como la frase refiere ni con la intensidad que en ella se supone. A ver, que nadie se llame a escándalo ni engaño, ni dramatice. Hagan el favor de trasladarse por un instante a los años sesenta del pasado siglo y verán como lo entienden.
Pues sí, hubo palos, la verdad no muchos, los suficientes como para recordarlos, reflejarlos aquí y reconocer que, aunque no están olvidados, tampoco están perdonados porque no necesita perdón algo o alguien que no ofendió.
Y no hubo muchos porque casi todos los esquivé, que a la primera voz más alta que las anteriores echaba a correr escalera del doblao arriba, adonde mi madre no solía llegar. Eso implicaba mi permanencia en el lugar —¿hasta cuándo? —, a la espera de que el berrinche se le pasara pronto, lo cual era difícil, que siempre tuvo buena memoria para sus cosas y esas situaciones requerían tiempo. Menos mal que allí había asuntos de entretenimiento para los que el tiempo se detenía y mi abstracción llegaba a ser total.

Con el paso de los años entendí que el refrán era una pura metáfora, una expresión coloquial: que los palos no eran sólo con la alpargata de mi madre, que el sacudidor de mimbre podía estar, a lo largo de la vida, en manos de muchos, y que la mayoría de esos golpes que te han ido dando no han dejado nunca marcas en la piel de afuera. Que en la vida las guantás te las soltaban con más frecuencia con la boca, con críticas y reproches, respuestas cortantes y ofensivas, con problemas, con olvidos y deslealtades. Y en ocasiones como esas sí te has sentido una estera vieja.
En las vividas con mi madre, no. En aquellas yo era el insumiso y ella la encargada de pararme los pies, de moderar comportamientos utilizando su pericia y sus medios, que en ocasiones comportaba algún exceso físico y que, en la mayoría, ya lo he dicho, yo eludía.

Recuerdo ahora una de aquellas situaciones, en el salón de mi casa, bueno, recuerdo a partir de lo de los palos a la estera vieja, y veo a mi madre junto a la mesa camilla, zapatilla en mano, y yo enfrente, en la otra banda; ella que da un paso al lado para buscarme, y yo que doy otro huyendo; y así un rato, retándonos, dando alguna vuelta; ella sigue con la alpargata enarbolada, amenazante, y yo sin encontrar el momento de huir; y otra vuelta, y otra. Y como en casos parecidos me decía otra de sus frases ya legendarias con las que trataba de controlar la situación: «no me hagas barreritas que te enteras».
Ésta última he de desarrollarla en otra ocasión.

jueves, 31 de agosto de 2023

Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos.

Debió ella de verme en numerosas ocasiones angustiado, casi siempre por motivos escolares, exámenes, algún trabajo y poco más. Que otras razones no creo que inquietasen mi infancia y adolescencia, pero no porque no afectaran a mi ánimo, sino más bien porque no existieron, y si las hubo, pasaron de refilón. Que me hiciera perder totalmente el sosiego, tal vez una, pero esa merecería varios folios para ser contada.
Volvamos al principio. Situaciones de ansiedad sólo las relaciono con el instituto y fueron pocas: días previos a exámenes, falta de tiempo, inseguridades, necesidad de no fallar, cosas así. Otras cuestiones ajenas al estudio que me inquietaran no recuerdo, ni de relaciones con amigos y compañeros, ni problemas en la calle con conocidos o extraños. Así que circunscribo el tema de este día al ámbito doméstico y más próximo, a cuando no sé qué hora sería, que ya no podías más, la cabeza estaba embotada y ese examen será dentro de dos días —que siempre yo preparaba esas cosas con tiempo—, y mi madre lo detectaba con el radar de madre y me animaba a dejarlo y descansar con un:

«Mañana será otro día…, y verá el tuerto los espárragos».

Con lo que me venía a decir que al día siguiente todo se vería con mayor claridad, y los conceptos se asimilarían fácilmente, y no habría malestar, al contrario.

Yo seguía su consejo y comprobaba que aquello siempre funcionaba, que por la mañana la mente estaba despejaba, dispuesta a recibir con fluidez el conocimiento que hacía unas horas rechazó. Y continué utilizando aquella recomendación que he repetido como un mantra a lo largo de mi vida.
Y ha sido ahora, cuando me he puesto a teclear sobre este dicho, para incluirlo en mis decía mi madre, cuando me doy cuenta de cómo el refranero se contradice una y otra vez —y cuenta nos damos en muchas ocasiones—. Porque, ¿dónde queda el no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy?; pero no te equivoques Mánuel, que este último está referido más al ámbito de la pereza y no a la falta de aptitud momentánea.
Voy más allá al descubrir que el refrán, cuya autoría, dentro de mi más infantil ingenuidad, yo siempre quise atribuir a mi madre, lo encuentro en el Centro Virtual Cervantes —en su Fundamento y sentido de la expresión…— donde cuenta que ya lo recogió Francisco Rodríguez Marín (1855-1943), que fue académico de la lengua, en su obra Dos mil quinientas voces castizas y bien autorizadas que piden lugar en nuestro léxico (1922), y relata la anécdota que dio lugar a la frase:

…el tuerto del dicho salió a recoger espárragos en la oscuridad de la noche. Sumemos la tiniebla nocturna a su defecto ocular, y entenderemos por qué, al no acertar en la furtiva recolección, dijo el tuerto aquello de mañana será otro día.

Y entiendo el curioso remate del aforismo: y verá el tuerto los espárragos, en el que nunca me había parado a pensar y ahora sí lo hago. Y veo la correspondencia existente entre la dificultad visual que entraña la búsqueda de la plantita de marras y el escaso trabajo físico o mental cuando los músculos o la mente no acompañan. En deshonor mío diré que sólo he intentado en dos ocasiones encontrar espárragos, una vez con un amigo y otra, precisamente, con mi madre, y en ambas obtuve cero resultados, mientras mis acompañantes sí conseguían localizarlos.
Y ahí está la moraleja del asunto, que con el cuerpo descansado y la mente despejada, las posibilidades de conseguir resultados positivos son muy altas, tanto que hasta un tuerto sería capaz de ver los espárragos que muchos, con dos ojos sanos, no advertimos ni aunque nos lo señalaran con la navaja:

— Pero Manuel Fernando, ¿no lo ves?, si está ahí.
— No, mamá, que no lo veo.

jueves, 20 de julio de 2023

¿Qué, mirando a las musarañas?

No sé si fui un niño despistado o si me distraía con cualquier cosa, perdiendo la concentración de lo que estuviera haciendo. O si puntualmente no atendía a una llamada y me quedaba absorto mirando al infinito con la barbilla apoyada en el puño. O tal vez fuera que no tenía nada nada que hacer y la mente se quedaba en blanco.
No, no lo sé.
Lo que sí sé, porque lo recuerdo perfectamente, es que en momentos como aquellos mi madre me sacaba de mi ensimismamiento con un:


«¿Qué, mirando a las musarañas?»

 

Apartándome de aquel estado y devolviéndome a la tierra y al quehacer abandonado.

Recuerdo que me tuvo, durante algún tiempo, un poco preocupado la preguntita, la cual tenía una variante con el verbo pensar: «¿Qué, pensando en las musarañas?». Y me preocupó porque no entendía, por desconocimiento, lo de las musarañas. Porque volvía a suceder y yo no había visto ni pensado en nada, la mente había estado vacía, ningún pensamiento; y la vista, la vista menos, todo había sido borroso, sin definición, como una fotografía muy desenfocada, si acaso unas manchitas que se movían. ¿Serían esas las musarañas?

Había que salir de dudas, en demasiadas ocasiones me había perdido con esas musarañas y yo no sabía qué o quienes eran. Tenía que averiguarlo.


Así que tiré de enciclopedia, de la Espasa Calpe, diccionario enciclopédico abreviado de siete tomos más dos apéndices, edición de 1957 que mi padre había adquirido, según me dijo, recién nacido un servidor. Y en el tomo V, página 1078 aparece el término: 
Musaraña, con su traducción a algunos idiomas, su etimología, y seis acepciones, de las cuales identifiqué al instante la tercera:

«fig, y fam. Especie de nubecilla que suele poner delante de los ojos».


Eso era lo que me pasaba y a lo que se refería mi madre, yo me quedaba viendo unas nubecillas sin forma ni color. Pues ya está, eso era, eso era mirar las musarañas.

Sin embargo, como mi madre también se refería a mis pensamientos, porque me preguntaba sobre ellos y los relacionaba con las dichosas musarañas, pensé que debía haber algo más y seguí leyendo. Supe entonces que existían unos animalillos así llamados, parecidos a los ratones, pero que no tenían nada que ver con mi asunto.

Llegado al quinto significado lo encuentro:


«Mirar uno a las musarañas. fr. fig. y fam. Mirar a parte distinta de la que se debe por estar distraído».

Y en el sexto:

«Pensar uno en las musarañas. fr. fig, y fam. No poner atención en lo que hace o dice uno mismo u otra persona».


He de admitir que, a pesar de que entendí perfectamente el significado de aquella expresión, no le puse remedio, y mi madre debió de seguir despertándome en muchas ocasiones de mis embelesamientos, sacándome a veces de estados placenteros o retornándome a la realidad de la que me había apartado.

Con el tiempo ya no he tenido esos trances en blanco, creo que no, mi mente y mi sentido de la distracción actúan de otra manera, han madurado: cuando momentáneamente eludo una tarea, cuando la mente se me va, cuando me despisto, es como si me fuera a otro asunto, a otro tema que me preocupe o en el que me apetezca pensar y entonces incluso lo desarrollo, lo escribo, lo dibujo, lo sueño, Pero siempre hay alguien que me retorna, o un ruido o yo mismo. Qué faena.

En definitiva, que mirar musarañas ya no miro, y cuando pienso en ellas no las veo parecidas a los ratones, porque no son roedores.

jueves, 22 de junio de 2023

Culo veo, culo quiero

Al hilo del anterior «decía mi madre» en el que hablé de aquellos mis continuos cambios de opinión, he recordado un refrán que veo muy unido a aquella frase —«cada vez que meas te da una idea»—, cuyo origen bien pudo estar en mi propia madre dada la pureza, claridad y poca suspicacia que la expresión tiene. No así, sin embargo, en el dicho que hoy trato, que es un conocido del refranero popular español y que alude directamente a la envidia, esa pasión eterna del ser humano, la sexta en la lista de los siete pecados capitales que tiene la iglesia católica fijados como grandes faltas a evitar, y que concretamente en el individuo español dicen que es la primera.

El DRAE la define, a la envidia, como «Tristeza o pesar del bien ajeno»; lo que parece una consideración suave, casi tierna. Más adelante, en su segunda acepción dice «… deseo de algo que no se posee.» Esto entra más en el concepto que todos solemos manejar, que es el que me trae hoy aquí, y que cualquiera que lea esto podría pensar que si de la envidia escribo es porque soy o fui envidioso. Sobre la actualidad decir que no, rotundamente no, pero —¡ay los peros! — con matices. Sin embargo, en el pasado lo debí de ser, que es lo que siempre he pensado pues recuerdo con claridad que no menos de en muchas ocasiones mi madre me espetaba:


«Culo veo, culo quiero»


Expresión antigua que, según leo, aparecía en el Diccionario enciclopédico hispano-americano de 1890, donde se la define como «Refrán con se moteja de sumamente antojadiza a una persona», y que incluso tiene variante en el idioma francés «Qui cuir voit tailler courroie demande», que puede traducirse como «quien ve cortar cuero, cinturón pide».

Nota:

El uso de la palabra culo en el refrán alude directamente a la parte del cuerpo humano, bien en el hombre o en la mujer, que desde los dos sexos puede ser objeto de admiración y deseo, sobre todo en el caso de que el culo mirado sea bello y atractivo.

Sin duda, el refrán tiene una gran carga de intención sexual que queda reprimida, y totalmente velada, por su significado, que no es otro que la irrebatible condición de superioridad de la envidia sobre cualquier otro pecado. En este caso, sobre el sexo, perdón, sexto mandamiento.

 

Otra nota:

Leo algunas variantes, tales como «culo veo, culo deseo», «culo vi, culo quisí» y «si culo veo, de culo me da deseo».

Supongo que algunas más habrá.

 

Decía que debí de ser envidioso, si no ¿a qué se debe la frasecita de hoy?, porque afirmarlo con precisión no puedo. No recuerdo actitudes en mí en las que reclamara caprichos de manera incesante que produjeran en mi madre berrinches, que era la palabra que ella utilizaba cuando a los enfados se refería; pero haberlos, los antojos, tuvo que haberlos. Para qué negarlo. Pero ojo, estamos hablando de cuestiones materiales, no vayamos más allá.

En mi infancia tuve los caprichos, y cumplidos los deseos, que mis padres pudieron permitirme, y que no debieron de ser excesivos, pues previo a la decisión que tomaran, muchas serían las cuentas que se echarían, en especial la señora Consuelo que, sabiendo como sabía de lo que disponía, era perfecta conocedora de hasta dónde podía llegar. En la mayoría de los casos la cuestión quedaba zanjada con el rotundo refrán.

Y durante los muchos años que siguieron a aquella infancia, he tenido lo que he podido tener, y me he permitido los caprichos a los que he podido acceder. Siempre movido por un deseo propio, interno e íntimo, quizás hasta por una necesidad que a la postre resultó no ser tan necesaria. Pocas veces me movió el deseo de poseer algo por vérselo a un amigo, un vecino, un compañero e incluso un rival en el campo que fuera. Nunca, por el hecho de que otros tuvieran eso o aquello, era necesario que yo también lo poseyera, y así poder sentirme igual a ellos o estar a su altura.

Quede claro, no he sentido celos por situaciones vividas por otros, ni malestar hacia el que ha conseguido aquello por lo que yo también pugnaba. Siempre me he conformado con lo que, con los medios que he contado, he obtenido en mejor o peor lid; y si con alguien hubo que enojarse ante el fracaso o la no consecución del objetivo, siempre fue conmigo.

Con el paso del tiempo, no me he visto reflejado en el refrán, no he necesitado querer lo que en otros veo, ni siquiera empujado por la publicidad y las modas: si lo quise y gasté en ello, siempre fue por decisión y cuenta propia, sin ningún tipo de obligación, y menos por impulsos consumistas.

Pero, ¡ay!, volvemos a los peros. ¿Qué decir de cuando a la envidia la suavizan, perdonan y ensalzan calificándola de sana? Envidia sana, que no sabemos si es envidia o admiración. Yo, que de esa sí he sentido y siento mucha, me quedo con lo segundo, con la fascinación que me produce lo que otros consiguen o hacen gracias a su valía y sus cualidades, y que, claro está, yo quisiera conseguir o hacer.

Llegados a ese punto no me queda otra que concluir, reconociendo sin complejos, que cuando he carecido de las virtudes necesarias para igualar al otro, la posible envidia quedaba, siempre, totalmente disipada.