
domingo, 13 de julio de 2025
Ese garbancito no se ha cocido en esta olla

domingo, 15 de junio de 2025
Préstame un pan y tráemelo a casa.
¿Os ha sucedido que alguien os haya pedido un favor, realizar algo en su nombre o ayudar en determinada tarea, y que la concesión del mismo llevara incorporada un cometido auxiliar? Es decir, que al peticionario no le baste la concesión del favor, sino que quiere ir más allá, aprovechar la circunstancia y conseguir la ayuda con un punto de rédito más. ¿A que sí?
Creo que esos casos se debían, y se deben, dar con frecuencia, tanto que no he olvidado el aforismo que tantas veces le escuché:«Préstame un pan y tráemelo a casa»
Bueno, pues ahí se resume —qué pocas palabras
para decir tanto— la filosofía del que, necesitando algo, y pidiéndoselo a otro,
le obliga a más simplemente por su comodidad o, incluso, por creer estar en una
posición superior o distinta que le da derecho a ciertas exigencias.
No va este decía mi madre de hoy de
justificar el no hacer ciertos favores, no, válgame Dios. Que hacer favores es
algo excelente, es una gran oportunidad para mostrarte cómo de verdad se es
ante el otro, ante el que pide. Pero ojo, que hacer favores no es tener
obligaciones, esto como premisa de lo que sigue.
Este decía mi madre va de aquellas
personas que, al pedir el favor y cuando ya se les ha dicho que sí, que se
lo hacen, cuente con ello, aumentan la petición con una ampliación del
mismo, apenas insignificante en apariencia, porque, total, si sólo será un
pequeño esfuerzo más por parte del benefactor, y así serán complacidos por
completo. La persona favorecedora se sentirá en tal tesitura que no será capaz
de romper el compromiso que antes había adquirido, viéndose en la obligación de
cumplir con la segunda parte del favor. Pero a partir de entonces se estará ojo
avizor ante futuras ocasiones para no volver a caer en las garras del
aprovechado. Cuidado con este último: interesado, ventajista, abusador,
egoísta.
Sin embargo, puede suceder que, con todo el
agrado del mundo, el hacedor del favor se sienta encantado de hacerlo, ése y
todo lo que en el momento le pida el solicitante. Y es así porque el primero
sentirá que se está implicando en el segundo, y lo hará porque le importa esa
persona y los favores se hacen precisamente por eso, porque nos importan las
personas. Bueno, algunas personas.
Y viceversa, que también pedir favores —según a
quién, cuándo, cómo, etc.— es una buena manera de estrechar lazos con el otro.
Porque en este caso también estás mostrando una manera de involucrarse, de
aceptar una responsabilidad. Le estás diciendo que le importas, hasta tal punto
que es a él a quien le pides el favor y no a otro, que «sólo tú puedes
hacerlo, por favor». En este caso, si el favor es concedido, uno estará en
la obligación de contestar con un sincero «te debo una…»
Así que ya sabes, si pides que te traigan algo,
no exijas que te lo traigan a casa, ve tú a recogerlo a la de quien te
hace el favor. A no ser que tu casa le coja de camino a la suya.
domingo, 27 de abril de 2025
Estar al cabo de la calle
domingo, 13 de abril de 2025
Por un oído te entra y por el otro te sale
domingo, 2 de febrero de 2025
Dímelo andando.
«Dímelo andando»
Que no era nada más que seguir hablando, pero permitiendo que ella pudiera continuar con lo que se trajera entre manos.
No
cabe duda que llegó un momento en que me interesé por el origen de la acertada y
siempre resuelta orden. Me contó, y es la única versión que conozco —la red
de redes no me da ningún resultado al respecto—, que allá por la posguerra
hubo un alcalde en la ciudad de Toledo al que le incomodaba que sus convecinos
se pararan a charlar cuando se encontraban por las estrechas calles de aquel
lugar, provocando tapones que impedían el paso de otros. Y es que realmente las
calles de esa ciudad, en su casco más céntrico, son bastantes angostas y
cualquier aglomeración humana, por muy pequeña que sea, tres o cuatro personas,
debe fastidiar al viandante. Así que el regidor
de la ciudad, en su afán de aliviar el tránsito peatonal de las calles, ordenó
a sus municipales que “disolvieran” los grupitos de tertulianos que vieran parados
en ellas. Los funcionarios, prestos a su labor, no dudaban en separarlos,
pacíficamente eso sí, con la frase recomendatoria que años después me diría mi
madre.
Dicen que tal
éxito tuvo aquella expresión que el alcalde terminó siendo apodado como
don Dímelo Andando, lo cual, estoy seguro, no desagradaría al buen señor.
Pero
a saber de la verosimilitud de aquello, que como anécdota queda muy bien, y como recomendación de mi madre es una auténtica joya.
domingo, 12 de enero de 2025
Lo caliente está a gusto de todo el mundo.
domingo, 1 de diciembre de 2024
Hijo, ni la purga Benito
domingo, 10 de noviembre de 2024
«El ‘no’ se lleva siempre consigo»
domingo, 14 de abril de 2024
Melón y tajá en mano
Cuando alguien quiere que otro, que de alguna manera depende del primero, le haga algo que le ha pedido, y se lo haga casi en el momento de la petición, e incluso para antes o, en el mejor de los casos en un plazo corto de tiempo, más corto de lo que normalmente llevaría tal actividad, es entonces que estamos hablando de una persona a la que se la puede y debe tildar de impaciente.
Impaciente:
que no tiene paciencia para esperar;
intranquilo o nerviosos, especialmente debido a
una espera o una falta de información;
que espera o desea algo con desasosiego o con
mucha impaciencia.
Y me pregunto: ¿fui un niño impaciente?,
¿seguí siéndolo a medida que crecí? Voy a más, ¿lo soy ahora? Me temo que a las
tres preguntas he de responder que no, al menos ese es el recuerdo y la
impresión que de entonces y de hoy tengo.
Sin embargo, como el decía mi madre que
ahora escribo va de impaciencia, me temo que tendré que reconocer que un poco
sí, pues si no ¿a santo de qué tengo grabada la frase que sigue más abajo?, la
cual siempre entendí que me la dirigiera como un simpático reproche cada vez
que yo mostraba signos de impaciencia.
Así que admitámoslo, tuve que ser impaciente y es por ello que escuché en muchas ocasiones lo de:
«Melón y tajá en mano»
No obstante, si lo fui y aún lo fuera, lo soy poco, que conste.
En una de aquellas ocasiones, coincidente con
una de las espaciadas visitas de mis padres a nuestra ciudad, mi padre detectó
en mí la agitación y nerviosismo que por aquellos días me dominaba. Al interés
que mostró por ello le respondí con algunas banalidades, sin entrar en el fondo
del asunto. A lo que él siguió con un simple pero consolador: «no pienses
ahora en ello, termina el día y verás como mañana amanece otra vez, como
siempre». Y así fue, amaneció nuevamente y el tema, aunque se desarrolló
mal, como yo esperaba, no lo fue con el desasosiego, por mi parte, que aquella
circunstancia requería.
Parece que me he alejado de la cuestión cuando,
lo esencial, lo importante es la simple recriminación que mi madre, de vez en
cuando, me dispensaba si me impacientaba por algo que le hubiera pedido o que yo
deseaba me hiciera, y ella tardaba en dármelo o en hacerlo. La cosa no pasaba a
mayores, yo siempre supe esperar, o aguantar, que por entonces venía a ser lo mismo.
Pedir melón y antes de terminar la petición ya
debes tener la tajada en la mano: ¡Cuántas veces me viene a la cabeza la
frasecita!, muchas, y casi siempre sin venir a cuento, que suele ser cuando
corto en casa las tajadas de melón. Aunque no me resisto a soltársela a quien,
estando a mi lado, se haga merecedora de ella.
domingo, 17 de marzo de 2024
Te vas a enterar de lo que vale un peine
«Te
vas a enterar de lo que vale un peine»
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| Mujeres torturadas con un peine |
domingo, 11 de febrero de 2024
Míralo, como si oyera llover
domingo, 14 de enero de 2024
En mi casa, mi culo descansa
domingo, 17 de diciembre de 2023
Hay que ver, lo tienes todo al retortero
miércoles, 8 de noviembre de 2023
¿No pensarás salir así, a cuerpo gentil?
jueves, 21 de septiembre de 2023
Para qué hacer caso a medios días habiendo días enteros
jueves, 7 de septiembre de 2023
Te voy a dar más palos que a una estera vieja.
jueves, 31 de agosto de 2023
Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos.
jueves, 20 de julio de 2023
¿Qué, mirando a las musarañas?
«¿Qué, mirando a las musarañas?»
Apartándome de aquel estado y devolviéndome a la tierra y al quehacer abandonado.
Recuerdo que me tuvo, durante algún tiempo, un poco preocupado la preguntita, la cual tenía una variante con el verbo pensar: «¿Qué, pensando en las musarañas?». Y me preocupó porque no entendía, por desconocimiento, lo de las musarañas. Porque volvía a suceder y yo no había visto ni pensado en nada, la mente había estado vacía, ningún pensamiento; y la vista, la vista menos, todo había sido borroso, sin definición, como una fotografía muy desenfocada, si acaso unas manchitas que se movían. ¿Serían esas las musarañas?
Había que salir de dudas, en demasiadas ocasiones me había perdido con esas musarañas y yo no sabía qué o quienes eran. Tenía que averiguarlo.
«fig, y fam. Especie de nubecilla que suele poner delante de los ojos».
Eso era lo que me pasaba y a lo que se refería mi madre, yo me quedaba viendo unas nubecillas sin forma ni color. Pues ya está, eso era, eso era mirar las musarañas.
Sin embargo, como mi madre también se refería a mis pensamientos, porque me preguntaba sobre ellos y los relacionaba con las dichosas musarañas, pensé que debía haber algo más y seguí leyendo. Supe entonces que existían unos animalillos así llamados, parecidos a los ratones, pero que no tenían nada que ver con mi asunto.
Llegado al quinto significado lo encuentro:
«Mirar uno a las musarañas. fr. fig. y fam. Mirar a parte distinta de la que se debe por estar distraído».
Y en el sexto:
«Pensar uno en las musarañas. fr. fig, y fam. No poner atención en lo que hace o dice uno mismo u otra persona».
He de admitir que, a pesar de que entendí perfectamente el significado de aquella expresión, no le puse remedio, y mi madre debió de seguir despertándome en muchas ocasiones de mis embelesamientos, sacándome a veces de estados placenteros o retornándome a la realidad de la que me había apartado.
Con el tiempo ya no he tenido esos trances en blanco, creo que no, mi mente y mi sentido de la distracción actúan de otra manera, han madurado: cuando momentáneamente eludo una tarea, cuando la mente se me va, cuando me despisto, es como si me fuera a otro asunto, a otro tema que me preocupe o en el que me apetezca pensar y entonces incluso lo desarrollo, lo escribo, lo dibujo, lo sueño, Pero siempre hay alguien que me retorna, o un ruido o yo mismo. Qué faena.
En definitiva, que mirar musarañas ya no miro, y cuando pienso en ellas no las veo parecidas a los ratones, porque no son roedores.
jueves, 22 de junio de 2023
Culo veo, culo quiero
Al hilo
del anterior «decía mi madre» en el que hablé de aquellos mis
continuos cambios de opinión, he recordado un refrán que veo muy unido a
aquella frase —«cada vez que meas te da una idea»—, cuyo origen
bien pudo estar en mi propia madre dada la pureza, claridad y poca suspicacia
que la expresión tiene. No así, sin embargo, en el dicho que hoy trato, que es
un conocido del refranero popular español y que alude directamente a la
envidia, esa pasión eterna del ser humano, la sexta en la lista de los siete pecados
capitales que tiene la iglesia católica fijados como grandes faltas a
evitar, y que concretamente en el individuo español dicen que es la primera.
El DRAE la define, a la envidia, como «Tristeza
o pesar del bien ajeno»; lo que parece una consideración suave, casi
tierna. Más adelante, en su segunda acepción dice «… deseo de algo que no se
posee.» Esto entra más en el concepto que todos solemos manejar, que es el
que me trae hoy aquí, y que cualquiera que lea esto podría pensar que si de la
envidia escribo es porque soy o fui envidioso. Sobre la actualidad decir que
no, rotundamente no, pero —¡ay los peros! — con matices. Sin embargo, en el
pasado lo debí de ser, que es lo que siempre he pensado pues recuerdo con
claridad que no menos de en muchas ocasiones mi madre me espetaba:
«Culo veo, culo quiero»
Expresión antigua que, según leo, aparecía en el Diccionario enciclopédico hispano-americano de 1890, donde se la define como «Refrán con se moteja de sumamente antojadiza a una persona», y que incluso tiene variante en el idioma francés «Qui cuir voit tailler courroie demande», que puede traducirse como «quien ve cortar cuero, cinturón pide».
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Nota:
El uso de la palabra culo en el refrán alude
directamente a la parte del cuerpo humano, bien en el hombre o en la mujer, que
desde los dos sexos puede ser objeto de admiración y deseo, sobre todo en el
caso de que el culo mirado sea bello y atractivo.
Sin duda, el refrán tiene una gran carga de
intención sexual que queda reprimida, y totalmente velada, por su significado,
que no es otro que la irrebatible condición de superioridad de la envidia sobre
cualquier otro pecado.
Otra nota:
Leo algunas variantes, tales como «culo veo,
culo deseo», «culo vi, culo quisí» y «si culo veo, de culo me da deseo».
Supongo que algunas más habrá.
Decía que debí de ser envidioso, si no ¿a qué se debe la frasecita de hoy?, porque
afirmarlo con precisión no puedo. No recuerdo actitudes en mí en las que
reclamara caprichos de manera incesante que produjeran en mi madre berrinches,
que era la palabra que ella utilizaba cuando a los enfados se refería; pero
haberlos, los antojos, tuvo que haberlos. Para qué negarlo. Pero ojo, estamos
hablando de cuestiones materiales, no vayamos más allá.
En mi infancia tuve los caprichos, y cumplidos
los deseos, que mis padres pudieron permitirme, y que no debieron de ser
excesivos, pues previo a la decisión que tomaran, muchas serían las cuentas que
se echarían, en especial la señora Consuelo que, sabiendo como sabía de lo que
disponía, era perfecta conocedora de hasta dónde podía llegar. En la mayoría de
los casos la cuestión quedaba zanjada con el rotundo refrán.
Y durante los muchos años que siguieron a
aquella infancia, he tenido lo que he podido tener, y me he permitido los
caprichos a los que he podido acceder. Siempre movido por un deseo propio,
interno e íntimo, quizás hasta por una necesidad que a la postre resultó no ser
tan necesaria. Pocas veces me movió el deseo de poseer algo por vérselo a un amigo, un
vecino, un compañero e incluso un rival en el campo que fuera. Nunca, por el
hecho de que otros tuvieran eso o aquello, era necesario que yo también lo
poseyera, y así poder sentirme igual a ellos o estar a su altura.
Quede claro, no he sentido celos por
situaciones vividas por otros, ni malestar hacia el que ha conseguido aquello
por lo que yo también pugnaba. Siempre me he conformado con lo que, con los
medios que he contado, he obtenido en mejor o peor lid; y si con alguien hubo
que enojarse ante el fracaso o la no consecución del objetivo, siempre fue
conmigo.
Con el paso del tiempo, no me he visto
reflejado en el refrán, no he necesitado querer lo que en otros veo, ni
siquiera empujado por la publicidad y las modas: si lo quise y gasté en ello,
siempre fue por decisión y cuenta propia, sin ningún tipo de obligación, y
menos por impulsos consumistas.
Pero, ¡ay!, volvemos a los peros. ¿Qué decir de
cuando a la envidia la suavizan, perdonan y ensalzan calificándola de sana?
Envidia sana, que no sabemos si es envidia o admiración. Yo, que de esa sí he
sentido y siento mucha, me quedo con lo segundo, con la fascinación que me
produce lo que otros consiguen o hacen gracias a su valía y sus cualidades, y
que, claro está, yo quisiera conseguir o hacer.
Llegados a ese punto no me queda otra que concluir, reconociendo sin complejos, que cuando he carecido de las virtudes necesarias para igualar al otro, la posible envidia quedaba, siempre, totalmente disipada.















