domingo, 26 de julio de 2020

1963, mayo

Estoy ante una fotografía que representa una estampa muy peculiar de la época: grupo de mujeres, señoras y señoritas, que acompañan a un sacerdote, seguramente a un acto religioso, en da lo mismo qué lugar.
Son los años sesenta y el catolicismo militante impera, sobre todo en el lado femenino de la sociedad: no hay más que ver la foto, en la que de las diecinueve personas que ahí aparecen sólo dos son del sexo masculino.

Me aventuro a situar la escena en Cáceres, parece que es el arco de la Estrella de la muralla, aunque el escalón en el que algunas señoras están sentadas hoy no existe, y por las ropas que visten, mangas cortas algunas de ellas, debemos estar en primavera. La fecha creo que también la sé, pero la descubriré más tarde.
De todo el grupo solamente reconozco a tres personas, a saber:

El sacerdote, es don Juan, al que siempre conocí como párroco de la iglesia de la Asunción de mi pueblo. Durante muchos años, y una vez hecha por mi parte la Primera Comunión, fue el cura con el que me confesaba antes o durante la misa dominical de diez, que era a la que asistía, casi siempre con mis padres y mi hermano. Mis confesiones, no me avergüenza revelarlo ahora, siempre fueron pueriles, pecadillos repetidos semana tras semana:

que no me hago caso de mi madre, que le echo mentirijillas, que me peleo con mi hermano, que digo palabras feas, que a veces no atiendo en misa.

Y es que me parece que por entonces un servidor no tenía muy claro el concepto de pecado, y si lo tenía, no alcanzaba a cometerlos. Cuando ya supe, o casi, en qué consistía pecar, y por lo tanto pecaba, dejé de confesarme. Y así hasta hoy.
De aquellas confesiones es innegable que aquel hombre guardó, como era su deber, secreto. Sin embargo no he olvidado la ocasión en que yendo por la calle de la mano de mi madre vimos venir de frente al sacerdote, nos paramos, se saludaron, y de la corta y cortés conversación que mantuvieron recuerdo con precisión unas palabras que vinieron a ser así:

por sus confesiones puedo asegurarte, Consuelo, que es un niño estupendo.

Tendría yo ocho o nueve añitos.

La señora de la izquierda, gafas oscuras y collar de perlas, como no podía ser menos, es mi tía Isidora, la de la instantánea anterior. A su lado estoy yo —la tercera persona que reconozco—, que si te fijas bien verás que llevo la misma ropa, valga la redundancia, de la instantánea anterior, cosas de las estrecheces del momento. Por lo que he de suponer que debe tratarse de fechas muy cercana entre ambas fotografías. También debe de ser primavera, del mismo año, tal vez mayo..
Mi tía, católica practicante, como en aquella época era debido, participaba de estas actividades eclesiales: viajes y excursiones, actos religiosos en lugares y fechas destacados para la Iglesia, Guadalupe, Fátima, etc., siempre acompañadas las participantes por un sacerdote y casi nunca por maridos. En ocasiones iba también mi madre y en otras, como en ésta, un servidor, que no sé qué acompañamiento podía hacer yo, pero que sin embargo iba, y ahí estoy entre tanta señora peripuesta, alguna más que otra, que miradas con detenimiento me dan un retrato de la mujer de los cincuenta y sesenta: guapas, menos guapas, jóvenes, mayores, distinción, tosquedad, posturas, decoro, pocas sonrisas. No reconozco a ninguna, seguramente mi tía, o mi madre, recordarían a casi todas, me darían datos de ellas y yo me interesaría por algunas. Así al pronto me llaman la atención tres:
La primera de pie, bolso colgando del brazo, y cabeza con pañuelo inclinada paralelamente a su pierna derecha; muy estudiada la pose, como buscando una atención eterna que, en mi caso, ha conseguido.
La siguiente, sentada, piernas juntas y ocultas totalmente por la falda; la cabeza también escorada, pero ésta en actitud de cariñosa espera.
Y la tercera tumbada, o casi, recatadísima también a pesar de la informalidad, gafas negras y un sombrero que se me antoja está fuera de aquel momento; y sin embargo ahí está la buena mujer, orgullosa, lejos de algunos prejuicios.

Pero mi tía no sólo era católica. Por razones de supervivencia, y un poco también por ideología, ella fue nacional-católica, con todo lo que ésto implicó. Terminada la Guerra Civil su familia quedó adscrita al bando ganador —al fin y al cabo su padre había muerto a manos, o a tiros, de los perdedores—, lo que les ayudó a mitigar el hambre, que era lo más importante en aquellas circunstancias, y eso estaba por encima de ideas e ideales. Los próceres locales les proporcionaron casa, comida, y a ella trabajo. De vez en cuando, según fechas a festejar por el Régimen, mi tía se desplazaba, más por devoción que por obligación, en viajes organizados a los lugares en los que se celebrara el acontecimiento. Y yo, como no, me dejaba llevar.
La acompañé en varias ocasiones, durante un período de mi vida que pudo ir entre los cinco y los nueve o diez años. Eran largos viajes en las lentas viajeras de Domínguez, que comenzaban a primera hora de la mañana, primerísima si el destino estaba lejos, sentado sobre mi tía —nunca tuve asiento propio en aquellos trayectos, supongo que por economía—, dormitando a ratos, o embelesado viendo pasar campos y pueblos, para volver a Villanueva bien entrada la madrugada.
Me viene ahora a la memoria una de aquellas viajeras que en el respaldo de cada uno de sus asientos tenía una fotografía de un paisaje o una vista de alguna ciudad: me fascinó ver una y otra vez, durante uno de esas excursiones, aquellas imágenes, soñando con poder verlas algún día al natural y, en el peor de los casos, que la misma viajera nos llevara la próxima vez y así repetir el sueño.
Y más vueltas a la memoria y los viajes, ahora una imagen y una anécdota.

La imagen:
día uno de mayo de mediados de los sesenta, estadio Santiago Bernabeú, uno de aquellos eventos que venían a llamar “Demostración sindical”, lleno hasta la bandera, y yo en medio de tantísima gente, casi cegado por la intensa luz, que nunca me había visto en algo igual, agarrado a la mano de mi tía, que si me soltaba, era seguro me perdería, himno nacional, la gente aplaude, se ponen de pie, ¡Franco, Franco, Franco!, pero yo no veía nada.

La anécdota:
día veinte de noviembre de mediados de los sesenta, explanada del Valle de los Caídos, otra vez de la mano de mi tía Isidora y en primera fila de uno de los dos numerosos grupos de personas que formaban un ancho pasillo por donde desfilarían las autoridades que han venido al acto con el que conmemoran la fecha de ese día. Pasa delante de nosotros el mismísimo Franco vestido de militar con un abrigo casi hasta los pies, rodeado de militares, detrás de él otras muchas personas, civiles y más militares; mi tía levanta la mano y la voz, y llama a uno de los integrantes del cortejo, don Adolfo, don Adolfo, un señor se sale de la comitiva, viene hacia nosotros y saluda a mi tía, hola Isidora, cuánto me alegro verte, ¿qué tal la familia?, era Adolfo Díaz Ambrona, por entonces Ministro de Agricultura.



 

domingo, 12 de julio de 2020

La pedrada.

Hoy me ha venido a la cabeza —quizá no sea la frase más adecuada— un hecho de mi infancia del que me atrevería a decir que también es un primer recuerdo. Realmente uno de los primeros, que el número uno es el de mi madre de la mano y mi padre en una obra; digamos pues el segundo.

Tenía mi madre la costumbre de arreglarnos, poco más o menos de domingo, a mi hermano y a mí a última hora de cada tarde y marchar los tres a casa de mi abuelo, a donde también se dirigía siempre mi padre una vez finalizada su jornada laboral, para pasar allí un par de horas con toda la familia y regresar a casa, ya de noche, los cuatro juntos.

Tiempo después, cuando ella consideró que a mi hermano, por edad y tamaño, se le podía ir dando responsabilidades, optó por enviarnos cada día a los dos solos, «no os entretengáis, os vais derechitos», yo agarrado de su mano y él con el compromiso de que llegáramos en perfecto estado a casa de mi abuelo. Ella se incorporaría más tarde, una vez dejara resueltos sus quehaceres en casa.

Pues resulta que una de aquellas tardes en que los dos íbamos, supongo que obedientemente agarrados de la mano, camino de la acostumbrada reunión familiar, y tras cruzar Las Pasaderas y encaminarnos por la calle San Francisco, vimos, al pasar por la calle Viriato, a un numeroso grupo de  niños que, aparentemente jugaban sobre los montones de tierra que ocupaban casi toda la calle —seguramente se trataba de las obras de alcantarillado que por aquella época se adueñaron de todas las calles del pueblo—, y a lo mejor fue, aunque realmente fue a lo peor, que nos paramos a mirar, pero sólo fue un ratito, mamá, y ya no me acuerdo de más, ni siquiera del golpe ni del dolor, ni de los momentos de después, de nada, que lo que en ese instante pasó me lo contaron más tarde y nunca lo he olvidado: que aquellos niños no estaban jugando, que se trataba de una pelea, y que una piedra mal dirigida me llegó a mí y abrió una brecha en mi cabeza.

A partir de aquel momento la luz pasó a negro, o a rojo, que todo fue sangre, y la mente cambió a blanco. La luz se hizo en la cercana Casa de Socorro de la Cruz Roja, que fue adonde me llevó mi hermano —seis añitos mal contados tendría por entonces el muchacho—, y allí me veo ahora, sentado sobre una mesa, llorando a moco tendido, hipando entre ahogos, mientras una monja regordeta, de blanco impoluto, me limpia la cara de sangre y mocos.

Lo siguiente es estar sentado sobre las piernas de mi tío Vito, la monjita cosiendo mi herida y yo quejándome más que nunca. Mi madre que llega, nerviosísima, oigo que habla, pregunta, pero yo no la contesto, no sé si alguien lo hace; yo sólo miro a la monja, le digo que me duele, que se esté quieta por favor, pero no me hace caso, solamente tiene ojos y oídos para su trabajo, así que muevo la cabeza para zafarme, pero mi tío me sujeta para que no mueva mis brazos, ni la cabeza, «estate quieto, hijo». Y en sus brazos seguí hasta la casa de mi abuelo que recordándolo me pregunto: ¿cómo no iba yo a querer a ese hombre durante toda mi vida? 

La vuelta a la nuestra no la recuerdo, seguramente la hice andando, que no era mi padre de cogerme en brazos, ni siquiera para subir la cuesta de nuestra calle. Sin embargo, casi me atrevo a decir que aquella noche sí lo hizo.


Un par de apuntes antes de concluir:

— Uno: nunca he llegado a explicarme cómo mi hermano me llevó hasta el la Cruz  Roja, me dejó allí y corrió a avisar a mi tío —su casa estaba muy cerca— y después fue a  la nuestra a comunicárselo a nuestra madre. ¿Qué se le pasó por la cabeza para actuar así? Cada vez que he pensado en ello llego a la conclusión que lo más conveniente que pudo suceder fue que yo recibiera la pedrada, porque si la víctima hubiera sido él, juro que no habría sabido qué hacer, ni hubiéramos llegado a la Casa de Socorro, ni buscado a mi tío, ni a mi madre, ni nada de nada. Me habría quedado en la calle llorando y Dios sabe quién se hubiera ocupado del asunto.

— Dos: no por aquello no he tirado piedras durante mi vida, que sí lo he hecho y en numerosas ocasiones, sobre todo en los ríos, en aguas remansadas y con cantos planos, haciéndolos saltar sobre el agua, pugnando con otros a ver quien hacía más “ranas”. Nunca lo he hecho en condiciones en las que intuyera algún peligro, que aquello aún lo he olvidado y ha quedado impreso en mi memoria de manera imborrable. Y por supuesto, nada de tirachinas, nunca, nunca he tenido uno, y mis hijos tampoco.

Otro apunte, este ya es final: llegué a saber quién fue el que lanzó la piedra, su filiación y domicilio, lo conocí y nos vimos en numerosas ocasiones a lo largo de su vida —alguien me dijo, hace mucho tiempo, que había fallecido—, pero nunca le dije nada, ni él a mí tampoco, a pesar de que los dos conocíamos perfectamente esta historia.