miércoles, 24 de noviembre de 2021

Tres mentiras.


Dice el octavo mandamiento de la Ley de Dios: «No darás falso testimonio ni mentirás». O sea, que si mentimos estamos ante una ofensa grave, un pecado mortal, una violación de la ley, la de Dios. Casi nada. Y a pesar de estar en el octavo lugar de los diez que conforman los Mandamientos, hemos de considerar que ése fue el primero de los pecados que se tiene noticia, porque, ¿no engañó la serpiente a Eva al asegurar que no morirían, tal como les había dicho Dios, si comían del fruto prohibido?
Y todo este preámbulo para terminar reconociendo que un servidor ha mentido en ocasiones a lo largo de esta vida. Una manera de abrir boca, de entrar en calor.
Como no me acuerdo de todas, ni tan siquiera de las más recientes — y tampoco he de considerar las mentirijillas, las mentiras piadosas, esas que sin dejar de ser mentiras tienen un talante benévolo —, tiro de disco duro mental, hurgo en la memoria y me sorprendo al encontrar tres, nada menos que tres, y para la época de cada una de ellas podríamos decir que fueron gordas. 
A saber:
Primera mentira, cinco años de edad, y me acuerdo como si fuera anteayer por la noche: invierno, la familia sentada alrededor de la mesa camilla al calor del brasero de carbonilla y picón, charlando porque no hay televisión a la que mirar, mi hermano y yo correteando por la casa, él me persigue no sé con qué intenciones, debía de ser un juego, qué si no, me empuja o yo tropiezo, y mi pequeño cuerpo va a caer entre dos mayores sobre la tarima de la mesa, intento evitar de alguna manera darme de bruces y adelanto mi mano para apoyarme, para amortiguar la caída, y me apoyo, pero en el brasero. ¿Cuánto tiempo estuvo mi mano entre las brasas?, no fueron más de dos o tres segundos, enseguida alguien tiró de mí, pero fue suficiente para quemarme la mano, para llenarme de dolor, de inconsolable llanto, de nervios míos y de todos, después la calma, disminuye el dolor, porque la mano se enfriaba en una mezcla de agua y vinagre, creo. Un día sin ir al colegio, pero al siguiente sí fui. Mi madre me aplicó una crema que olía horrible y me vendó la mano. Conté el hecho a mi monja y a los compañeros, todo bien, o no, el olor me era insoportable, tanto lo era que pensé que molestaba no sólo a mí sino también a los demás; no, no sólo eso, era peor, sentía vergüenza por el hedor que mi mano desprendía. Al siguiente día mi madre volvió a poner la misma crema y vendar la mano; bajando por mi calle pensé que lo de ayer no iba a volver a suceder, el recuerdo me hizo tener arcadas. A mitad de camino al colegio vomité en el quicio de un corralón, llorando arranqué la venda y limpié la mano, y así con la mano desnuda me presenté en el colegio, donde dije que «es que mi madre me lo ha puesto muy flojito y se me ha caído». La monja me volvió a vendar y a la vuelta a casa le conté a mi madre que, simplemente, me habían cambiado la venda. Esta operación se repitió durante días, hasta que la mano por fin sanó: a nadie conté que yo me desprendía de la venda y quitaba la pomada; a mi madre le decía que era la monja quien me curaba de nuevo cada día, y yo pensaba que me creía, al fin y al cabo, veía la mano limpia y la venda nueva, no tenía por qué entender nada extraño.

La segunda mentira es más grave, porque llevaba aparejado otro pecado, y además también mortal: atentaba contra el tercer mandamiento, «Santificarás las fiestas», lo que viene a ser ir a misa los domingos y fiestas de guardar. Y es que después de años acompañando a mis padres a misa, llegó el momento que consideraron conveniente que el niño ya podía ir solo. ¿Cuándo fue?, no tengo el dato exacto. Sé que comencé a ir a misa de doce para así, a la salida, quedarme un rato en el parque con algún amigo que encontrara o que también hubiera estado en iglesia. Opté desde el principio por sentarme en uno de los bancos junto a la puerta de la sacristía, algo escondido, pues una de las enormes columnas de la iglesia oculta parcialmente esa puerta de la nave central, con lo que, llegado el momento de la homilía me iba a la sacristía y allí, con algún conocido que estuviera en mi misma circunstancia, pasaba los diez minutos del sermón; terminado aquel, vuelta al banco y continuaba atendiendo al oficio religioso. Pero con el tiempo, seguramente fue poco tiempo, las ausencias durante la prédica del sacerdote se fueron alargando, porque la puerta trasera de la sacristía da de manera tentadora, como todos sabemos, al parque, con lo que una vez en la calle, y vencida la tentación, ya no había vuelta atrás. Fue por tanto una acción progresiva, no de la noche a la mañana, ni de un domingo a otro, no, fue en varias fases. La última de esas fases fue, supongo, irme directamente desde casa al parque. Recuerdo cuando le planteé a mi madre mi opción de no volver obligatoriamente a misa cada domingo —por supuesto sin confesar jamás todas mis faltas anteriores, lo que yo entendía como que ocultar también era mentir—, que cuando volviera a hacerlo sería un acto voluntario, o sea, cuando el cuerpo o alguna circunstancia social me lo pidieran. No encuentro palabras para describir el disgustazo que se llevó la pobre mía, de tal calibre fue que, me consta, le duró toda su vida, aunque hice esfuerzos por atenuar la pena y la acompañé en numerosas ocasiones cuando las situaciones se presentaron a mi gusto o el deber social así lo exigió.

Y la tercera, como la segunda, también se alargó en el tiempo. Resulta que mi madre —nuevamente ella está de por medio— tomó la costumbre de llamarnos a mi hermano y a mí todos los días lectivos, muy muy temprano, durante todo el bachiller, evidentemente para estudiar. Sobre las seis y media de la mañana, otoño, invierno, daba lo mismo, ella, desde su cama, susurraba nuestros nombres —lo haría así para no despertar a mi padre— apenas nada, con una vocecilla desde su habitación, sin necesidad de venir hasta nuestras camas y zarandearnos, ni ponernos un despertador; y nosotros como un resorte, hala, para arriba. Entonces nosotros nos levantábamos y sin quitarnos el pijama, un lavadillo de cara y removíamos el poco brasero que quedara de la noche anterior, repasábamos las lecciones del día, terminábamos los deberes y cuando mi padre se marchaba era el momento de desayunar nosotros, arreglarnos e irnos al instituto. Así transcurrió la vida hasta que mi hermano asentó sus reales en Córdoba y los madrugones sólo fueron para mí. Mi madre, por supuesto, siguió con la misma rutina y yo con el estudio matinal de manera más o menos formal. Cada día menos formal, o sea menos estudio. Poco a poco fui cambiando los libros de texto por otros, encontré viejas novelillas de mi padre, me asocié a Círculo de Lectores con el beneplácito y el dinero de mis progenitores y gasté mi escaso sueldo semanal en novelas juveniles del momento. Todo lo leía en aquellas primeras horas del día, el estudio y los deberes quedaban resueltos la tarde anterior, y aún pudiendo haberlo hecho, nunca tuve interés por confesarle a ella que aquellas dos horas me eran totalmente prescindibles —excepto en días concretos, exámenes o retraso con algún trabajo—, y mantuve el engaño hasta el final del COU, y hasta hoy que aquí queda escrito. Lo de leer en vez de estudiar comenzó, simplemente, por mantenerme despierto, para no quedarme dormido sobre la mesa camilla, que mi madre acostumbraba a volver a susurrar mi nombre para verificar si estaba despierto. Yo le contestaba y ella quedaba tranquila, segura de que su hijo estaba cumpliendo con el deber impuesto.

Llegados a esta altura del relato, que ya es el final, caigo en la cuenta de que, si entramos en matices, se podría considerar que la mentira es distinta al engaño, pero por muy poco:
Mentira: Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente.
Engaño: Falta de verdad en lo que se dice, hace, cree, piensa o discurre.
Eso es el DRAE de manera literal, donde apenas si encuentro diferencias. Sin embargo, hay matices: si escarbamos un poco veremos que la mentira es un acto verbal o escrito, una comunicación que pretende hacer pasar por verdadero algo que es falso. Mientras que el engaño va más allá, requiere el uso de acciones, incluida la propia mentira, precisa de gestos, distracciones, negligencias, a fin de que el aspirante a engañado acepte la falsedad como verdad.
¿Y entonces qué?, ¿mentí o engañé? Entonces qué más da, llegado a la hoja del calendario en la que vivo he de decir que poco importa que fueran mentiras o engaños si, al fin y al cabo…, bueno, hoy creo que tú ya no mientes, Mánuel. ¿Seguro?

sábado, 13 de noviembre de 2021

1977, julio o agosto

Por primera vez traigo a estas Instantáneas una fotografía en la que no apareces, Mánuel, cuando la pretensión siempre ha sido que tu presencia sería imprescindible, pero como eres tú quien escribes, pues sé tú quien cambies las normas si así lo consideras.
Pero hoy recurro a esta foto porque se trata del año que se trata, 1977, y porque está ahí, siempre en el estante de la derecha, invariable, basta girar ligeramente la cabeza y verla. Es parte inalterable del decorado de mi vida. Su sola existencia merece que dedique no sólo una instantánea sino toda una tarde de solano para ella sola. Tiempo al tiempo.
Dieciocho años tenía por entonces la muchacha y lucía así de bien.

Esta es una de las primeras fotografías que Mª del Carmen me hizo llegar. Una de esas primeras fotos que acostumbraban a intercambiar quienes comenzaban a ser amigos, o algo más que amigos.
De aquellas primeras fotografías, esta no fue a ningún álbum. Fabriqué un portarretrato en la carpintería de Lolín, que seguramente fabricó él, y en ese portarretrato ha permanecido desde entonces: lleva ahí cuarenta y tres años y sólo la he sacado para escanearla ahora y dejarla aquí. Me ha acompañado desde entonces y siempre ha estado en un lugar preferente: presidió mi habitación en mi piso de estudiante y después la zona de estudio que siempre he querido tener, y he tenido, en las dos casas en las que hemos vivido —en la segunda seguimos viviendo—.
En la fotografía, Mª del Carmen está en Torremolinos, de vacaciones con sus padres y seguramente con algunos de sus hermanos. Es verano, julio o agosto, por la tarde, a esa hora en que acostumbraban a arreglarse y pasear por el lugar, un refresco, café, merendar o lo que se terciara.
La calle la reconozco, y es que con el tiempo y a la vez que avanzaban nuestras relaciones y éstas se consolidaron, acostumbré a acompañarlos unos días, primero de novios y más tarde ya casados, al lugar adónde veraneaban, que siempre fue el mismo: Costa del Sol, Benalmádena, Arroyo de la Miel, punto.
Decía que la calle la reconozco, la pisé en varias ocasiones en aquellas salidas vespertinas. Edificios de apartamentos, hoteles, bares, restaurantes, tiendas y dificultades para aparcar. Siguiendo al fondo y a la izquierda se llega a la calle San Miguel, que la primera vez que la vi me llamó mucho la atención —la calle de los Baldosines de mi pueblo, pero más intensa—; muchísima gente, extranjeros de todos los colores y unos almacenes que se llamaban casi como yo: MANFERGA o algo así. Y casi al final de la calle, la torre que da nombre al lugar: la torre de los Molinos.
La fotografía la debió hacer uno de sus hermanos, supongo, y el resultado fue altamente satisfactorio. Ella está tal y como yo, de aquella época y desde la distancia, hoy la recuerdo: dulce, suave, como la voz que por entonces tenía, y que la sigue teniendo (pero es que ya me he acostumbrado a ella, a la voz quiero decir, y presto menos atención). La voz que tanto le gustaba a mi madre cuando la oía por teléfono preguntando por mí —«¿está Manuel Fernando?»—; y la sonrisa, la sonrisa para la foto, creo; y la mirada también. Para una foto perfecta, una foto que fue para mí una llamada, que lo dicen ahí su boca y sus ojos: ven, voy, espérame. Y también un juramento, que si voy me quedo, lo prometo. Fui y me quedé, y aquí estoy escribiendo todo aquello.
Y el gesto frágil de sus manos sosteniendo sutilmente la flor. ¿Qué, qué te parece?, una flor común, ya sé que esa flor está por todos sitios. Pero esa circunstancia ha hecho que a lo largo de mi vida haya sido un acto recurrente el recordar la foto cada vez que veo esas flores en cualquier lugar, invariablemente, siempre.
Y la medallita que lleva colgada de su cuello, y que ahí estuvo muchos años, al cabo del tiempo desapareció. No sé cuándo fue ni desde cuándo la echo de menos. He preguntado por ella, cuál ha sido su destino, dónde se halla, no he recibido respuesta. Ha debido perderla, lástima, porque ahora que la vuelves a mirar, Mánuel, te llega el agradabilísimo recuerdo de esa medalla como única prenda sobre su cuerpo, ¿verdad?