Leo, creo que es una cita de Bertrand Russell, que:
«Si una opinión contraria a la tuya te hace enfadar, es señal de que inconscientemente eres consciente de que no tienes ninguna buena razón para pensar cómo lo haces…
Así que, siempre que te encuentres enfadado por una diferencia de opinión, permanece alerta; probablemente descubras que tu creencia va más allá de lo que justifica la evidencia».
No quito ni una letra de lo anterior.
Sin embargo, qué difícil es no irritar a quien no ve en nuestra opinión un reflejo de la suya, o cuando ante la petición de un consejo recibe una respuesta no esperada, porque para él la pregunta llevaba implícita una respuesta que espera colmará sus deseos.
Debemos entender y aceptar que cuando las respuestas que obtenemos no coinciden con las que esperamos, sólo significa que hay discrepancias entre lo que se desea y lo que se obtiene, no es porque ninguno de los dos no estemos dispuestos a ceder porciones de razón, ni a apropiarnos de la del otro.
Tampoco a dejarnos llevar por las emociones, por muy cercana o fuerte que sea la relación entre ambos, por mucho o poco que sea el afecto que nos una. En este caso es importante evitar el sentimiento de culpa por una de las partes y, por supuesto, no consentir el chantaje por la otra.
domingo, 26 de enero de 2025
El sueño que he tenido
Me levanto, son las 8’00 de la mañana, ligero aseo y un café, descafeinado y edulcorante —así es siempre en casa, en la calle con cafeína y azúcar, sin motivo aparente por esta dicotomía— y toma de contacto con la actualidad. Me visto con ropa informal, pocas veces de chándal, en verano pantalón corto y camiseta, y a la calle para una larga caminata, a un paso no muy rápido, pero nada lento, no se trata de pasear. Hasta las 10’30 horas, poco más o menos.
Vuelta a casa, pongo orden en el dormitorio y en donde vea el más mínimo caos. Una ducha, un par de tostadas y otro café. Me siento a escribir, pintar, leer, enredar, lo que las ganas me pidan en el momento.
A las 13’00 horas, vuelta a la calle por si necesitara algo: tomar el sol, comprar víveres o saludar a algún amigo. Una hora después, en la cocina preparando la vianda del día, que estará ingerida hacia las 15’30 horas; limpieza y nuevo ordenamiento.
Sin más dilación, SIESTA, con mayúsculas.
17’00 horas, café y vuelta a enredar, y si es época en que el sol calienta la terraza, pues ahí que me sentaré a calentarme. Y si el cuerpo pide calle, me voy a la calle, pero esta vez de paseo, nada de zancadas veloces. Sea lo que sea, haga lo que haga, a las 21’00 horas una frugal cena. Las siguientes dos horas, televisión; y ya en la cama lectura de lo que esté sobre la mesilla. A medianoche, apago la luz, cierre de ojos y un buen pensamiento que me ayude a conciliar el sueño.
Me acabo de despertar y, por una vez, recuerdo punto por punto, y aquí dejo palabra por palabra, el sueño que esta noche he tenido.
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