domingo, 20 de diciembre de 2020

Cerro Muriano

Para que alguien me hiciera esta fotografía tuve que levantarme muy temprano un 4 de octubre de 1978 y montarme en el ferrobús que desde Cabeza del Buey llegaba hasta Badajoz pasando por mi pueblo a primera hora de la mañana. Mi padre me acompañó hasta la estación y nos despedimos, digamos con normalidad, sin drama, pues a pesar de que me iba a la mili, ésta se desarrollaría prácticamente ahí al lado. Supongo que la despedida de mi madre, en casa, fue más o menos igual, «ten cuidadito, hijo, sé bueno», cosas así. Pero sin lágrimas, que al fin y al cabo uno ya había tenido algunas ausencias del nido.
En Badajoz debía de presentarme en el Cuartel Menacho, y así lo hice, no estaba en mis planes la deserción. Era la primera vez, evidentemente, que visitaba un lugar así y en tales circunstancias, ignorante del futuro más inmediato, asustado, para qué negarlo, perdido entre una multitud de muchachos tan ignorantes y asustados como yo.
Allí, en un patio inmenso debió trascurrir el resto del día, juro que no lo recuerdo, como por ensalmo olvidé al poco lo ocurrido en aquellas mis primeras horas de vida militar forzosa y, desde que pisé ese cuartel hasta que, ya entrada la noche, volví a pasar por mi pueblo montado en otro tren que me llevaba, a mí y a muchos otros, hasta la sierra de Córdoba, un vacío se había adueñado de mi mente y de mi recuerdo, y como si de un acto hipnótico se tratara está en blanco. Ya de madrugada, el tren se detuvo en la estación de Cerro Muriano y desde allí caminamos —¿una hora, dos? — a oscuras hasta el Campamento donde seríamos recibidos con las primeras órdenes de las muchas, infinitas, que oiría durante los dos próximos meses.
A partir de entonces todo cambió, nada volvió a ser como antes, ni los actos, los tiempos, los objetos, las conversaciones, las miradas, las imágenes, los sentimientos. Nada. Todo ya tuvo otra perspectiva, otro ritmo, otros colores y sabores, incluso otros dolores y, para qué negarlo, otros placeres. Todo distinto, todo: el tiempo perfectamente tasado, el pensamiento limitado, las opiniones cegadas, las posturas obligadas, las costumbres ignoradas, las caras desconocidas, luego aceptadas y al cabo del tiempo olvidadas. Y la disciplina como primer mandamiento.
Una vez que me proporcionaron el uniforme y lo vestí, y arrinconé en el fondo de la taquilla la ropa de civil, fue cuando de verdad sentí en la que me habían metido. Yo dejaba de ser yo para ser igual a los demás, daba lo mismo la procedencia, clase social, conocimientos, gustos o ideas. Lo único que nos distinguía a unos de otros, lo único en qué éramos diferentes, qué cosa más simple, quién lo iba a pensar, era nuestra estatura. Mis 1’73 metros de altura determinaron mi lugar en la formación: de mayor a menor en la columna y más o menos iguales en las filas, una coordenada. Una vez asignado el sitio no debías olvidarlo, ni las caras de quienes te rodeaban, ni ellos la mía. Yo ya no era yo, yo era una posición, el mensaje era claro, y lo capté. Ah, y también fui dos números que tampoco debía olvidar, uno como persona, bueno, como recluta, que es como se denominaba a los aprendices de soldado, y otro el del fusil que me asignaron y con el que cargué durante horas y horas de instrucción de orden cerrado. Por supuesto el fusil siempre estuvo descargado, faltaría más, ¡anda que hubiera estado bueno lo contario! A ver, un par de veces estuvo cargado, para prácticas de tiro, relatar la primera de ellas llenaría un folio, mejor lo dejo para otra ocasión.
Lo de la instrucción de orden cerrado tiene su ciencia y enseguida comprendí la filosofía del asunto: el grupo humano alineado, en su sentido geométrico, derivado de línea, aunque también un poco de la acepción haber tomado partido por algo, en este caso a la fuerza. Y todos respondiendo a una misma voz, firmes ar, derecha ar, al hombro ar, todo el día, todos los días, uno tras otro, hasta que el conjunto se llegó a mover como si de un solo individuo se tratara, que ése era el propósito. Y así para cualquier actividad: toque de diana, en formación; a comer, en fila y ocupando el mismo lugar en el comedor —la salida ya era a discreción—; vacunación masiva, en fila; toque de retreta, en formación, hala, vamos a la cama. Duchas, dos en dos meses, agua fría, también en fila.
De vez en cuando, no todos los días, quedabas asignado para realizar durante la jornada algún servicio, con lo que te excluían de las eternas horas de instrucción. Aquellos servicios eran, que recuerde, básicamente dos: cocina (*) y limpieza cuartelera. Y también una noche hice, con otro compañero, lo que llaman refuerzo de guardia, que no fue otra cosa que recorrer de madrugada las inmediaciones del edificio de mi compañía durante unas horas, protegidos con un capote para el frío y armados con una bayoneta —el recuerdo me resulta cómico porque cómico nos pareció en aquel momento, «¿crees que si atacan podremos hacer algo con ésto?».
Los sábados a primera hora, después del desayuno, ¿te has portado bien durante la semana?, sí, pues permiso de fin de semana: a la cercana Córdoba o a Sevilla para ir apuntalando el futuro que empezabas a soñar. Que mira por dónde esto último resultó satisfactoriamente, el tema fue para adelante. Y todo o en parte por el empujoncillo que dio a la cuestión del destino que me asignarían el cura que me dio la Primera Comunión 14 años antes y que, oportunamente, ejercía de capellán en el campamento.
Dos meses después de la fecha que encabeza esta Crónicas desde el doblao, el 3 de diciembre de 1978, un servidor y algunos cientos de reclutas más, bajo la atenta mirada de incontables mandos militares y la, sin duda emocionada, de madres y allegados, juré, juramos bandera —acción que no produjo en mí ningún tipo de emoción, si acaso impasibilidad— en un acto que se me hizo eterno pero llevadero, pues en días previos los ensayos fueron muchos y el cuerpo ya se había hecho a ello. De aquel acto no conservo fotografía alguna, no hay, que yo sepa, documento gráfico que atestigüe que yo he jurado fidelidad a la bandera, pero ni falta que hace, que aquí queda escrito que sí, que yo lo hice.

(*) De uno de los días de cocina, tal vez sólo hubo uno, recuerdo un sucedido que terminó con una frase que me espetó el sargento de cocina al ver la manera en que yo procedía con la misión que se me había asignado. Resulta que, después de recoger y limpiar las mesas del comedor, cacharros de cocina y los útiles en general, fui designado para ir depositando cuidadosamente en unas estanterías toda la vajilla limpia, bandejas de aluminio, vasos, etc., conforme el resto de los compañeros iba trayendo el material recién limpiado. Cuando llevaba bastante avanzado el trabajo, ordenados y apilados los elementos según mi lógica, se presentó el antedicho sargento de cocina, de los que llamaban de complemento, o sea, con carrera, aunque fuera de grado medio, estableciéndose entre él y yo, más o menos, el siguiente diálogo:
— ¿Qué está haciendo?
— Coloco las bandejas que me van trayendo, mi sargento (coletilla obligatoria).
— ¿Y por qué las está colocando así?
— Pues porque pienso que…
— ¿Qué ha dicho?
— Que pienso que…
— Usted no está aquí para pensar, somos nosotros quienes pensamos por usted —muy educadamente, eso sí, sin levantar la voz.
Volvió hacia la puerta y gritó:
— ¡Cabo!
— A sus órdenes, mi sargento —contestó un cabo a los dos segundos, que parecía que estaba escuchando tras la puerta.
— Dígale al recluta cómo ha de colocar las cosas.
— A sus órdenes, mi sargento.
No debería ser necesario decir, pero lo digo, que quité todo aquello y volví a ponerlo tal y como el cabo me indicó, de manera distinta a como yo lo había hecho, sin preguntas ni debates, y lo mejor, sin enfado por mi parte. Aquel «…somos nosotros quienes pensamos por usted…», fue altamente revelador, un antes y un después, una máxima que recordé y seguí al pie de la letra durante los doce meses siguientes.

domingo, 29 de noviembre de 2020

1965, diciembre

Pongamos día exacto a esta instantánea: 25 de diciembre de 1965, día de Navidad. Es el bautizo de mi primo Fernando y al que, pasados más de cincuenta años, sigo llamando Fernandito y no le molesta. Y eso a pesar de que me saca, por arriba, algo más de una cuarta.

Me es fácil adivinar que la ceremonia se celebra en la iglesia de La Asunción, en la capilla donde se encuentra la imagen del Cristo de la Pobreza, y también la de la virgen de Guadalupe. La ofició don José Vargas, un sacerdote natural del pueblo que vivía en los altos del bar Centro de las Pasaderas: siempre iba con gafas oscuras, incluso cuando ceremoniaba —como se le puede ver en la fotografía—, y fumaba en público, lo que resultaba de todo punto insólito en un pueblo como el mío y en una época como aquella; era primo de nuestra vecina Pepa, y murió joven, seguramente poco después de esta foto. A su entierro fue todo el pueblo, llena estaba la parroquia y buena parte de la plaza, que lo recuerdo porque mi madre nos llevó a la misa de funeral, en la que el féretro estuvo destapado y yo pude ver el primer muerto en mi vida.

Pero bueno, aquí aún vivía y está bautizando, decía, a mi primo Fernando, al que tiene en brazos mi tía Isidora, que ejerció de madrina —como también lo hizo en mi bautizo, me parece que también en el de Ino, y juraría que en algunos más también—, y que a falta de hijos acumuló sobrinos amadrinados. El neófito recibió el nombre de Fernando, que supongo fue impuesto por mi tía y que no debió tener ninguna oposición por parte de los padres, como no lo tuvo en otros casos; en el mío, ya lo he contado, tampoco hubo desacuerdo o al menos, éste fue a medias.

El padrino es mi tío José que ya lo vimos en la instantánea anterior ejerciendo de lo mismo, pero en aquella ocasión de boda, en el enlace de los padres del recién bautizado. Mi tío también fue padrino mío, y de algún sobrino suyo más, y como tal siempre lo sentí muy cercano, no dudando nunca en tener pequeñas atenciones para conmigo, por lo que yo, en multitud de ocasiones paraba un instante, de vuelta del instituto a casa, en la herrería que tenía en una de las esquinas del Cruce de Fajardo, simplemente a saludarlo, un hola y un adiós, y él me premiaba con una moneda o un caramelo de menta, a los que era aficionado y con los que, tal vez e ingenuamente, trataba de contrarrestar su adicción al tabaco. De paso, yo cogía alguna escoria de pequeño tamaño que durante el camino a casa acariciaba y luego conservaba para colocarla apilada con otras en el Portal de Belén, en Navidades, semejando rocas. Delante de mi tío está su hija, Ino, a la que apenas reconozco, pero consultado con ella me asegura que sí, que se trata de su persona. Pues aclarado, eres tú, prima.

Mi madre a la izquierda, mi padre en el centro, ambos atentos al ritual que, en ese instante es el acto directo del bautismo, “yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, sin pérdida de detalle. No como mi hermano, que en cada foto tiene querencia a la cámara y siempre la mira recreándose como si de un actor se tratara.

¿Y yo?, ¿no estoy?, no sé, tal vez sea mía la cabecilla que se intuye detrás del guion que sostiene el sacerdote, ¿quién, si no puede ser ahí junto a mi madre?

Al fondo, y como ajeno al asunto, un señor que no sé quién es, a lo mejor sólo pasaba por allí.

Nota final: la fotografía, no hay que dudarlo, es de Francisco “el Sacristán”, que no creo que allí nadie más pudiera hacer fotos, pues para eso era su parroquia. Aún puedo verlo dando educadas órdenes, buscando la posición deseada, bolsa al hombro, cámara a la cara y destello del flash que obligaba a cerrar los ojos en el último milisegundo y siempre me dejaba con la preocupación de que en el resultado final apareciese con los ojos cerrados.

 


domingo, 8 de noviembre de 2020

1965, Febrero

 Seguramente ésta fue la primera boda a la que asistí en mi vida. Y la recuerdo, primero por esta foto que lleva con nosotros desde hace siglos y que estaba en uno de los amarillentos álbumes que, con rigor y algo de previsión para con lo que serían mis gustos, conservó mi madre durante toda su vida. Y segundo porque tengo gravado, como dos destellos permanentes, un par de escenas de la posterior celebración.


Estoy hablando de la boda de mi tío Alfonso y la que iba a ser su mujer, mi tía Petra. Fue el 8 de febrero de 1965, y por el edificio que se ve al fondo de la foto, estamos en la Plaza de España de Villanueva: es la esquina que da al parque, que todavía era el original, y a la izquierda de la foto, no se ve, pero está la iglesia.

La instantánea recoge el momento exacto en el que la novia y el padrino acaban de llegar a la entrada principal de la iglesia de la Asunción. Apenas se han bajado del coche —supongo que alguno de los taxis que permanecían aparcados en la misma plaza a la espera de ser alquilados—, la puerta aún permanece abierta, a la novia ni le ha dado tiempo a situar cómodamente los pies en el suelo, aprecio cierta inestabilidad en ellos, y el impaciente fotógrafo ya ha disparado su cámara sin esperar a que ella se acomode. En cambio, todos los demás, que tampoco somos muchos, estamos perfectamente colocados.

La novia está del brazo de quien fue su padrino y que, contrariamente a lo que la costumbre establecía, no se trató de su padre que, por entonces, estoy seguro, aún vivía, sino que por alguna razón que desconozco ejerció como tal mi tío José. Éste era el hermano mayor del novio, y por lo tanto también de mi madre. Ahí donde lo veis, tan elegante, serio, guapo incluso, no es la imagen que de él me ha quedado. Mi tío José será siempre esa dualidad entre la energía de sus gestos y el moderado pero sincero cariño que transmitía: enfundado en su mono de trabajo, trajinando ante la fragua de la herrería donde debió moldear toneladas de hierro candente, martillo pilón incansable, pum, pum, pum, manos enormes que no renunciaban a una caricia, a un gesto amable, a una gracieta. Todo ello muy lejos a como lo veis en la instantánea, que aquí está el tío, mi tío José, altivo y formal, fija la vista en la cámara, sin esquivar en ningún momento, ni entonces ni nunca, la infantil tragedia que dejó su mirada a la mitad. Pero es que la situación lo requería, había que estar serio y trascendental, como deben comportarse todos los padrinos.

¡Vaya!, la novia, que era la protagonista, la he dejado a un lado. Voy con ella.

La mujer va elegante, como seguramente iban las novias entonces: vestido recatado, color superblanco pureza absoluta, rostro claro tras un inútil velo, peinado alto, flores en la mano y una medallita al cuello que, me juego una de las manos con las que tecleo ésto, representaba a la Virgen de Guadalupe.

En primer plano dos niñas que sostienen, una las arras y la otra no sé, ¿los anillos? La de la izquierda es una sobrina de la novia, Esperanzi, la he tratado poco en mi vida así que poco puedo hablar de ella. La otra es Ino, hija del padrino, ya ha aparecido por aquí en un par de ocasiones. Ambas lucen unos vestiditos poco recatados, el de mi prima menos recatado aún, iniciando en ella una línea que continuaría, a Dios gracias, mucho tiempo.

El de la izquierda es mi padre al que, como en tantas ocasiones, no consigo adivinar el gesto; él está mirando y ya está. En cambio, la señora de atrás, a la que creo recordar, pero ni pongo nombre ni relación clara con alguien conocido, sí parece tener una mirada clara, llena de curiosidad, como para no perder detalle que luego tengo que contarlo. Más atrás un señor mayor tocado con gorra, reconocible: era un tío segundo de mi madre, al que llamaba el tío José Redondo, y no porque fuera su apellido sino porque estaba emparentado con un antiguo cantante de zarzuela, llamado Marcos Redondo, muy reconocido allá por la primera mitad del siglo pasado. Lo contaba ella, cosas que no se olvidan.

Lo de las dos escenas que de la celebración tengo gravadas, y que adelantaba al principio, las viví en Casablanca, un local de la calle Nueva donde se festejaban acontecimientos como éste; creo que era grande, algo estrecho, pero alargado. Al fondo un pequeño escenario, y detrás un cuarto grande, como un almacén. El convite de aquellas bodas consistía en una sucesión de platos de embutidos, conservas y dulces de hornos caseros que algunas mujeres, familiares y amigas de los novios, se encargaban de repartir entre los invitados, tras haberlos preparado en aquel cuarto trasero. Yo me colé a aquella sala de operaciones y quedé fascinado ante tanta comida: con precisión quedó en mi cabeza la imagen de la mayor lata de mejillones en escabeche que he visto en toda mi vida.

La segunda escena la protagonizó la que a partir de esa mañana ya era mi tía, mi tía Petra. Un servidor está en el salón, sentado en una silla, observando todo lo que allí se desarrolla, hombres y mujeres que parecen felices, bailan, se ríen. Y va mi tía y se me acerca, se inclina y me ofrece un trozo de tarta. Sólo eso, qué sencillo gesto, pero tan grande como para no haberlo olvidado nunca.

Son esas pequeñas cosas de la canción, esas que hacen que recordemos y queramos eternamente a algunas personas, aunque haga casi media vida que se fueron.

 

Posdata: el niño de la izquierda soy yo, que si no estoy en la foto, la foto no estaría aquí.

domingo, 11 de octubre de 2020

1964, agosto

Pues estamos ante otra fotografía grupal, que éramos muy dados a este tipo de fotos por entonces. Las que te hacían eran generalmente así, aprovechando el negativo, el papel y el instante para que saliera mucha gente, para una foto que te ibas a hacer en no sé cuánto tiempo, pues que quepa el mayor número de personas posible. Y se utilizaban para ello los acontecimientos especiales —evento es un sinónimo más actual—, que era cuando se reunían amigos y familiares, como el caso de la instantánea de hoy que, como debéis de suponer, es un bautizo.Nos situamos en una de las puertas laterales de la Parroquia de la Asunción, concretamente la orientada al sur, hacia el parque. Por entonces el acceso estaba algo más elevado que en la actualidad, por lo que había que salvar algunos escalones, pocos. Y éstos se solían utilizar para hacer estas fotografías y así colocar a los personajes en distintos niveles, y que se les viera mejor.

La protagonista del suceso, porque es una niña, fue la última en llegar a la familia, hasta entonces. Había nacido, creo, el día uno de ese mes de agosto, y como por entonces era costumbre bautizar lo antes posible a las criaturas, he de suponer que debe tratarse del siguiente fin de semana, día ocho o nueve, sábado o domingo. Que era verano, seguro, ahí está el vestuario de cada uno para dar fe.

Se trata de Margui, Margarita López Gallego, que ocupa el undécimo puesto en el ordinal de la lista de primos por la parte de mi padre. Está casi en el centro de la foto, es fácil encontrarla, vestida para el momento con las ropitas de rigor que seguramente eran de un bautizado anterior, y plácidamente en brazos de una persona que, curiosamente, no es de la familia.

Decía que Margui es la número once, y los diez anteriores estamos ahí todos, pantaloncitos y faldas cortas, y canillas al aire. Os los detallo de izquierda a derecha:

Eduardo, Edu, ya lo visteis subido en el remolque, de pie en el centro, en la foto de 1962 otoño. Aquí sigue igual de serio, aunque parece amagar una sonrisa que no llega a iniciarse. Hay que ver cómo fue cambiando esta criatura con el tiempo, y cómo ha sabido combinar, alternar o solapar, qué sé yo, su gracia e ingenio con un natural y continuo gesto reservado.

A su lado estoy yo, canijino y cabezoncete, y sonriente; debía estar feliz con la llegada de otra prima. A mi lado, mi hermano, vestido igual que yo: unos niquis azul oscuro que tenían unas imperceptibles rayitas negras —anda Manuel Fernando, cómo te vas a acordar de eso, pues sí, me acuerdo, de eso y de mucho más—. Y a continuación Manolo, que es algo mayor que mi hermano, cuando aún no tenía el pelo largo, ni todavía se había quedado calvo y la barba no le tapaba la nuez. Unos años después, y durante algunos, fue mi amigo de domingos, a quien le debo los mejores momentos de los días del Badén, acaso las jornadas más especiales de una adolescencia que se negaba a abandonar la infancia.

Seguimos, y quien sigue es María Eugenia, hermana de Manolo, que ya la conocéis de 1964 día de Reyes, y mira qué casualidad, a su lado, al igual que en la instantánea referida, está María José, que aquí ya se sostiene, aunque con dificultad, sobre unas piernecitas arqueadas que aún hoy nos provocan una sonrisa, y a ella la primera.

La parejita de la derecha son dos primos hermanos, pero primo mío sólo es el niño, Manolito. Os lo presenté en 1961 abril, y es hermano de la que ese día cristianizaban. La niña es su prima Matilde que, siguiendo la moda imperante, luce falda cortísima. Cubriendo sus espaldas, está quien todavía era Arturín, porque aún era el más pequeño de los arturos. A su lado, y recatada bajo un normalizado velo negro de la época, su madre, mi tía María Ángeles.

Flanquean a la protagonista sus padrinos, que no son otros que sus primos mayores: Arturo el Mayor y May, hipocorístico también de Margarita —las dos así nombradas en honor a la abuela que ninguno conocimos—. Ambos jovencísimos para el cargo que estrenaban. Tenía aquí la madrina once añitos y ya adquiría la responsabilidad de asistir a la pequeña y contraer en su nombre los compromisos que el cargo y la religión requerían. El padrino era algo mayor que su colega, no mucho más, y por los recuerdos que de por entonces tengo, no creo que estuviera más comprometido en el asunto que la madrina.

Los dos chavalines que quedan por nombrar, situados a la derecha, ya los conocéis, estaban subidos al remolque en 1961 abril; son los Mellis y como entonces dije, el tratamiento para con ellos era de primos hermanos. Si en aquella instantánea no me atrevía a identificar/distinguir por su nombre, ahora tampoco.

Vamos con los mayores, los hermanos Gallego: Mi tío Rufino, alto, firme, rostro moreno y marcado; aquí ya se va pareciendo a mi recuerdo, el que tengo mirándolo mientras rellena cuadrículas en el crucigrama del ABC: yunque de platero TAS, gorro militar ROS, mono platirrino CAI.. Luego mi tío Vito, joder, mi tío Vito; como por ahí tengo escrito «como tú ninguno», que si alguna vez he llorado la ausencia de alguien, la suya más. Casi en el centro, mi padre, al lado de May, no os engañéis, está subido a un escalón. Y detrás de uno de los mellis, casi escondido, se asoma el tío Pablo, el mayor de los hermanos y padre de tres de los presentes: Arturo el Mayor, Manolo y María Eugenia. Un hombre al que siempre vi serio y lejano, pero paradójicamente amable; en algunas ocasiones, pocas, lo vi interesado por mis asuntos, más por familiaridad que por afecto. Debes ampliar sobre ellos en otras entregas, no lo olvides, Mánuel.

En el centro de la fotografía, arriba, están los padres de la nueva cristiana, se trata de mi tía Geli y su marido, Manolo, —ver 1961 abril— que siempre vivieron fuera de Villanueva y ahora estaban en el pueblo porque le tocaba parir a mi tía y también celebrar el posterior bautizo. Por esa época residirían en el Valle de la Serena o más probablemente en Valencia del Ventoso.

Al lado de ellos y a continuación de mi tío Vito una pareja, matrimonio: él es Paco y ella su mujer Loren, los padres de la niña que está junto a mi primo Manolito. Paco, al que conocíamos como Pacolópez, todo seguido, era practicante como el marido de mi tía Geli, hombre campechano y afable, de fácil trato. Con mi padre siempre se llevó muy bien —Loren, al igual, fue muy amiga de mi madre—, seguramente porque le hizo numerosas faenas de albañilería, incluso les construyó la última casa en la que vivieron, en la calle Conde de Cartagena.

Faltan algunos en la foto, mejor dicho, algunas. Concretamente mis tías Márgara, Amelia y Eugenia, y mi madre. Es de suponer que ellas se encontraran en casa de mi abuelo, estarían preparando el ágape con el que se festejaría el acontecimiento. Mi abuelo también falta en la foto; él salía poco de casa, pasaba todo el día en el almacén, en su despacho, o sentado en la puerta viendo pasar a la gente o, como mucho, se llegaba hasta el cruce de Fajardo paseando con un amigo, el Sr. Ventura; los domingos sí iba al Badén, por supuesto.

 

Nota final:

La señora que sostiene en brazos a la recién cristianizada se llamaba Francisca, pero todos la conocíamos como Frasca. Esta mujer acudía periódicamente, o cuando se le reclamase, a asistir a mi tía Márgara en lo que hiciera falta: faenas de la casa, recados, etc. Y en esos días, en los que se alojaba en casa de mi abuelo la familia de mi tía Geli, debía de haber más trabajo de lo normal, por lo que Frasca, andaba por allí, y parece ser que le debieron asignar la tarea de llevar en brazos a la niña, que la madre no debía estar muy allá de fuerzas.

Se coló detrás de mi primo el mayor, una prima de padre, Maruja Pineda Mendoza, a la que sólo recuerdo de esta foto. Supongo que, si la viera por la calle, aunque ya anciana, la reconocería porque tenía toda la cara de los Pineda.  

domingo, 27 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (4)

Termino ya con el día de mi Primera Comunión, que parece prolongarse en exceso. Debió de ser un día muy intenso, porque ha dado nada menos que para cuatro ratos en estas Tardes de Solano.

De ese día conservo, no sólo las instantáneas, también un librito típico de aquellos acontecimientos, de grandes espacios en blanco que se llenaban con fotos, estampitas, textos con datos sobre la jornada y firmas de los asistentes.




 A excepción de éstas últimas —los autógrafos—, el resto está escrito por mi padre, con su reconocible caligrafía cursiva, perfectas todas las letras y una inclinación exacta y equidistante. El pasaje más curioso de todos es en el que se relacionan los regalos que los invitados tuvieron a bien obsequiarme, y que en el librito queda así redactado:



Llama la atención a los ojos de hoy la cantidad total de dinero recibida —1300 pesetas—, y las parciales, que no están todas, y que van desde los 10 duros de mis tías —ojo, no hace mención a mis tíos, sus maridos—, a las 200 pesetas de mi tío Luis. Lo del bizcocho de la tía Márgara ya comenzaba a ser una tradición que se ha perpetuado, creo, que hasta nuestros días. 

Remato la faena por hoy con el que, probablemente sea el primer documento escrito de mi puño y letra que se conserva. Se trata de una corta redacción sobre mis impresiones de aquel día que, mire usted por dónde, no me atrevo a comentar. Bien podía haberla escrito en una cuartilla con rayitas, así hubiera evitado la ausencia de equidistancia en los renglones, si bien no la de las numerosas tildes.


domingo, 20 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (3)

Seguimos en el 27 de mayo de 1964, que el día debió de ser largo, comenzando por la ceremonia que, como ya dije, tuvo numerosos aderezos en forma de oraciones recitadas por un servidor y algún cántico por parte de las monjitas. Luego las felicitaciones de la congregación y vuelta a casa que, imagino debió de ser andando —por entonces aún no teníamos coche en mi casa, se tardó años en disponer de uno, y este fue comunitario/familiar, ya lo contaré—, y el camino no es largo.
Desconozco dónde fue realizada la foto que acompaña el relato de hoy. He de pensar que se trata del lugar en el que se celebró el ágape, que no debió pasar de un chocolate con perrunillas para todo el mundo y algún licor, anís para las señoras y coñac para los caballeros. Después, tertulias entre los mayores y juegos para los pequeños que, con toda probabilidad terminarían, para el marinerito, con el traje manchado y posterior reprimenda materna. En esa ocasión algo más suave que otras, la reprimenda, que, al fin y al cabo, se trataba del día de su Primera Comunión.

Prosigamos con la instantánea.
Es el patio de una casa que no fue la mía. La mía tenía, o mejor, aún tiene, porque aún tengo la casa de mi pueblo y se conserva tal cual, un patio pequeño, poco más que uno de luces, casi minúsculo comparado con otros patios de la vecindad que eran amplios y en los que se podía jugar a divertimentos que requerían más espacio. Así que mi madre debió de pedir a alguna vecina el favor de cedérnoslo para el evento y allí que fuimos a echar el día, o sólo la mañana, que tampoco debió de alargarse mucho el festejo.
Se ve que era un lugar agradable, suelo empedrado y bien dispuesto, paredes encaladas, arriates con flores y una enredadera o quizás una buganvilla, no lo aprecio bien; al fondo lo que parece el brocal de un pozo sobre el que hay unas macetas. Por más que cierro los ojos e intento llegar allí, no consigo recordar qué casa de la vecindad podría ser, ¿la de algún familiar?, tampoco. Y la de mi abuelo no, seguro.

A los niños de la primera fila ya los conocéis. A la izquierda mi prima Ino, no la llaméis Inocencia que se rebota, que continúa con faldita corta, rebequita y pañuelo al cuello; de la mano cuelga un bolso que parece de grueso mimbre, poco propicio para el momento y más para una merendita en el campo. A su lado mi hermano, con pantalón corto y niqui, que así llamaban a lo que hoy son polos —deriva del alemán Nicki, y dicen que los introdujeron en nuestro país, a nivel popular y con ese nombre, los emigrantes españoles en aquel país—. Es ya apreciable la barriguita que se pronunciaría con el tiempo.
El niño que queda vestido de civil es el Guingui, mi primo Arturo, que luce trajecito oscuro en cuya chaqueta destaca el pañuelo en el bolsillo y dos hermosos botones que garantizaban que la criatura no se la quitaría durante todo el festejo. Me llama la atención su expresión, brazos caídos, cabeza inclinada y una declarada tristeza en el rostro. Parece cansado, o más bien derrotado. Miro ahora, detenidamente su rostro y creo verlo similar pasado unos años y en algunas ocasiones durante el tiempo que nuestras vidas coincidieron.

Seguimos con los mayores, y empiezo con mi tía Mª Ángeles, la madre del Guingui, a la derecha, con velo negro y vestido también negro, por lo que me atrevo a decir que estaba de luto por la muerte de su madre. Delante de ella la tía Antonia, tía de mi madre, la que estaba posicionada justo detrás de mí durante la ceremonia, y que bien mirado compruebo que guardaba un gran parecido con mi abuela. De ésta última sólo existe una fotografía —tengo una copia— en la que se ve a una mujer muy mayor para la edad que tenía cuando se la tomaron, con una enorme pena en la mirada y un semblante plagado de decepciones; de vez en cuando la veo y me provoca una enorme tristeza, más por la infancia que vivieron mi madre y sus hermanos que por ella misma.
Al lado de la tía Antonia, y ajena a la cámara y a la pose general de los presentes, la tía Petra, la mujer de mi tío Luis. Una señora a la que recuerdo seria, muy bien vestida y con una presencia de continuo respetabilísima. Mi trato con ella, y ella para conmigo, fue siempre distante pero amable; nunca la sentí cercana ni le profesé el cariño que sí tuve a su marido, quizás porque ella nunca se me mostró como él sí lo hizo.
En el centro está mi madre que, para qué repetirlo, pero bueno lo repito, presenta una sonrisa abierta, feliz en este día. En contraposición mi padre, serio, que tal vez también estuviera feliz, pero ¡qué incapaz fue toda su vida para demostrarlo!, y cuando lo hizo siempre vi en él un gesto forzado, aunque, y así le aligero algo su actitud, no creo que fuera declaradamente fingido.
Junto a mi padre está su hermana, la tía Márgara, aquí en otra de sus poses más reconocibles: el gesto adusto y la boca apretada, poco cercana a la simpatía. Pienso que, si bien lo fue, realmente no ejerció nunca de hermana de sus hermanos, sino de la madre que pronto se les fue, y eso tal vez debió marcarla, y creo que no para bien precisamente, dado el talante que siempre mostró. Luego quiso ser abuela de todos sus sobrinos y apenas si lo consiguió, tuvo que esperar muchos años para verse con ese título. Mientras tanto vivió, y vive, en la casa que fue común, controló todo lo que le dejaron controlar y terminó obteniendo más que ninguno sin aportar apenas nada; pero tampoco es para dejar aquí reproches, o sí, no sé. Muchos años después de esta foto llegué a la conclusión anterior, y fue entonces cuando me sentí con el derecho de juzgar y mirarla con otros ojos. Pero entretanto, y soy sincero, fue pasando por mi vida con cierta indiferencia y un afecto del que se encargaba mi madre de forzar.
En tercer plano y a la izquierda, mi tío Luis, a quien ya os presenté en la capilla del colegio, y del que mucho me gustaría hablar y así he de hacerlo en otras instantáneas en las que es indudable que aparecerá. Aunque sólo se ve su cabeza y poco más, se adivina su cuerpo recto, erguido, en posición de firmes, como no podía ser menos en el militar que fue. Las cartas que me enviaba y que yo seguramente respondía con infantiles frases y anécdotas triviales; sus relatos, historias, cuentos, su compañía y los paseos que con él compartí en Villanueva y en algunas de mis visitas a Madrid, hicieron que un servidor terminara elevando su figura a la categoría del héroe que realmente fue en una etapa de su vida. Imagen limpia que todavía permanece en mi cabeza y mi corazón.
Sobre mi madre, mi tía Isidora, otra vez, como casi siempre. Curioso paralelismo, una vida semejante a la de la hermana mayor de mi padre y, a la vez tan distante y distinta. No es necesario que me deis a elegir, que de antemano sabéis mi preferencia.
Y por último está Pepa, la chica que aparenta ser la más alta del grupo, pero es que me parece que se empina sobre el bordillo del arriate, ¿no? Bueno, algo ayuda también el peinado, un hermoso y abombado cardado, muy propio de señoras de la época y por lo que veo, también de jovencitas de dieciocho años, que era la edad que ella tenía por entonces. Pepa era en aquel tiempo vecina nuestra, y desde que mis padres, recién casados, se trasladaran a vivir a la que ya siempre sería su casa, tuvo con mi madre una relación sólida y permanente —juraría que toda su vida se sintieron hermanas— que sin duda continuó, lo sé, más allá de la muerte de ésta. En lo que a mí respecta, decir que fue muchísimo más que una vecina, y nunca supe dónde estaba su sitio en mi organigrama vital. He de crear otro nivel, un casillero aparte en una posición especial para ella y los suyos, que también son los míos.

domingo, 13 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (2)

Creía terminada la entrada anterior, la referida a la ceremonia, cuando entre las viejas fotografías vi la que acompaña a esta instantánea y que por un motivo muy especial merece estar aquí. En ella destaca sobremanera la sacada de lengua de un servidor —técnicamente se llama glosectomía, y en este caso es casi total, sólo apuntarlo, sin comentarios—. Pero no es ése el motivo al que antes aludía, sino la identidad del oficiante, a quien me siento obligado recordar.

Se trata del mismo sacerdote que ofició la boda de mis padres y que también dio la primera comunión a mi hermano. Creo que lo habré visto durante mi vida, en dos ocasiones: la primera en este día que hoy narro, y la segunda, ojo a la historia, catorce años después en el campamento militar de Cerro Muriano, Mi madre me informó que don José Luis Casillas, que así se llamaba, era capitán castrense en el campamento, y que con toda la confianza del mundo lo buscara, y que con su mediación me enviarían a donde yo le dijera. Así que me informé de dónde estaba y fui a buscarle.

Lo reconocí nada más verlo, tenía gravada en mi mente la fotografía y él había cambiado poco: era un tipo alto, corpulento, muy moreno, no agraciado de facciones, y afectuoso durante la corta conversación que mantuve con él aquella tarde de noviembre de 1978. Le saludé y me identifiqué: “Me llamo Manuel Fernando, soy de Villanueva y…”. Cortó, con una sonrisa, mis palabras, y ante mi sorpresa, “anda, tú eres hijo de Consuelo, ¿cómo están tus padres?”, “bien, bien, verá yo…”, “no me digas, tú quieres que te den un buen destino”, “bueno, sí”. La conversación, no muy larga, siguió por caminos de trámite, cortesías, recuerdos a la familia y “no te preocupes, que yo me ocupo de lo tuyo”.

Cuántas veces habré dicho que mi vida, mi familia, mi profesión, prácticamente todo, ha resultado como es porque hice el servicio militar en Sevilla. Y esto fue así, simplemente, porque aquella tarde de noviembre, en Cerro Muriano, fui a hablar con el sacerdote que me había dado la primera comunión catorce años antes.

 

 

domingo, 6 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (1)

Dejo aquí tres fotografías que, como es fácil de interpretar, tratan de la ceremonia de una Primera Comunión: la de un servidor.

Antes de nada, una puntualización. La primera instantánea no pertenece a ese día, aunque esté vestido para la acción. Esa es una fotografía-recordatorio, que se solía hacer días antes y en la que se imprimían los datos del protagonista y del acto en cuestión, para ser entregada a los invitados a la ceremonia y al posterior ágape. Recordatorio que, imagino, guardarían en algún lugar que pronto no recordarían. Menos mi madre, que sí guardó esta foto.

En ella ya estoy vestido con el uniforme de marinerito con el que tomaría la sagrada forma o, mejor dicho, medio vestido, porque sólo llevaba la chaquetilla y el cordón con la cruz al cuello. Y es que, lo recuerdo como si fuera hoy, mi madre y yo fuimos a la iglesia de la Asunción y en la sacristía me puso el medio uniforme recién planchado mientras Francisco el Sacristán preparaba cámara y atrezo. No sé quién oficiaría de falso sacerdote, o de verdadero, que tal vez alguno anduviera por allí y se prestara a ello. La cuestión es que puse en escena mis siempre ocultas dotes de actor y adopté cara de la circunstancia que se viviría días después. Los ojos como siempre, grandes y redondillos, ofreciendo una mirada de preocupación, a ver qué resulta de todo esto, pero tú tranquilo que todavía no es de verdad, la hostia auténtica vendrá dentro de unos días.

Al pie de la foto están los datos relativos al evento, mi nombre, lugar donde se celebraría —Colegio de R.R. (reverendísimas) Hijas de San José— y fecha. Digna de resaltar la frase que dice “En día tan feliz recordé con especial amor a mis queridos padres”; como para no recordarlos si estuvieron todo el día a mi lado.

Pero vayamos al día exacto, el 27 de mayo de 1964. Tenía yo seis añitos, que era ésa la edad a la que por entonces se hacía la Primera Comunión, no como ahora que los chiquillos andan metidos en los diez o doce años y las niñas parecen casi novias. Miro un calendario de aquel año y veo que el día 27 cayó en miércoles, y te preguntarás que cómo estaba sucediendo eso entre semana, y no un sábado o domingo como sería procedente. Pues resulta que mi madre pidió en el colegio el favor, y se lo concedieron, que la ceremonia se celebrara ese día pues era aniversario de su boda. Mismo favor que también le fue concedido tres años antes, para la de mi hermano.

Previo a ese día, quien esto escribe había llevado una ardua preparación a fin de recibir a Jesús con el alma blanquísima, la conciencia limpia y la memoria llena de no sé cuántas oraciones aprendidas, que durante el rito declamé más plegarias que el propio sacerdote que oficiaba: unas de rodillas, otras de pie, alguna sentado, pero todas emocionado y orgulloso de mi buena memoria, que no me equivoqué en nada —mi madre lo recordaría toda la vida, le gustó mucho, y es que ella, como buena católica practicante, era muy entusiasta de estos ceremoniales—. Al término fui felicitado por quien había supervisado todo aquel aprendizaje, la hermana López, que así por el apellido no sonaba bien como nombre de monja. Realmente se llamaba Vicenta, eso lo supe años después, lo que suena aún peor. En mi recuerdo queda una mujer de ojos grandes que destacaban en el hueco del escapulario por el que asomaba su rostro ovalado y moreno; alta de talla, tanto, que parecía andar sin gracia para ser religiosa, balanceándose al caminar entre los pupitres del aula, abanicándonos con el vuelo del hábito. Por entonces yo ya sabía leer y escribir, que me enseñó la hermana Marina uno o dos años antes, pero fue ella, la hermana López, la que con plumilla y tinta adiestró pacientemente mi caligrafía, redondeando unas letras que el tiempo, mucho tiempo después, trocaría en el galimatías que a veces parecen mis escritos.

Para aquel día, las monjas habían adornado como sólo ellas sabían hacer esas cosas, la pequeña capilla del colegio, una estancia poco más grande que un aula, situada a la derecha justo al entrar, iluminada por una ventana a la calle de La Palma. Un detalle que ahora veo en la segunda instantánea, entonces ciertamente no, porque hoy me puede la deformación profesional: dibujos geométricos, regulares, coloreados en una foto que es en blanco y negro, solería antigua que aventuro sigue estando en la misma sala.

Como se puede ver, para mí dispusieron un reclinatorio pomposamente forrado de gasa, tul o algo parecido, punteado de adornillos que debían ser flores; para mi madre y mi padre, los reclinatorios a pelo, sin aderezo alguno; para sentarnos, los tres, unas simples sillas.

Observo la foto y vuelve a llamarme la atención esa mirada de asombro, de curiosidad ante el descubrimiento de algo, con interés en el detalle. Mi madre, vestida de oscuro y velo negro acorde con la época, parece contener una emoción que apenas si se le escapa en la mirada; supongo que lo estaba, emocionada quiero decir, que ya apunté más arriba su predilección por estos actos. Mi padre, serio como casi toda su vida, e impecablemente vestido como pocas veces; es de agradecer.

El resto de los personajes son, a saber, de izquierda a derecha:

Mi tío Luis, bueno, tío de mi madre, que en realidad se llamaba Ángel y al que, a pesar de haberlo visto poco en mi vida —durante mi infancia pasaba días de sus vacaciones veraniegas en su pueblo—, fue suficiente tiempo para que dejara en mí marcada una huella que aún perdura. Recordarle es esbozar una sonrisa por la frase con la que resumía cómo fue el momento y la situación de mi llegada a este mundo, de la que él fue testigo, y que podéis leer en mi CV bueno:

 …él relató en numerosas ocasiones mi nacimiento y, como todo lo que contaba, con pasión y desmesura; pero en resumen fue algo así:yo estaba haciendo café en una hornilla y, mientras, tu madre fue a por churros; cuando volvió, ya habías nacido tú”

Al lado de mi tío está su hermana Antonia, ambos eran hermanos de la madre de mi madre; no digo abuela a la madre de mi madre, aunque lo fue, simplemente porque no la conocí, y nunca vi procedente llamarla así —hablando con mi madre siempre me refería a ella como “tu madre”. Con la tía Antonia no tuve relación, también vivía en Madrid.

Detrás de ella veo a mi tía Isidora, de la que ya hemos hablado en estas instantáneas. Ahí está en actitud severa, cabeza cubierta con velo, como no podía ser de otra manera en un acto tan serio como éste. Y a su lado, la tía Márgara, mi tía Márgara, hermana mayor de mi padre. Menudo tándem.

Creo que hablar sobre mi tía Márgara, que sería largo y extendido, va a ser cosa de otras instantáneas, que tiempo habrá. Aquí sólo dejar un detalle, el velo que lleva puesto: largo, le cae sobre el pecho, muy calado, seguramente destacando sobre los del resto de mujeres. Y su cabeza alta, quizás demasiado, en un gesto que mantuvo toda su vida, o al menos así lo vi siempre. Orgullo rancio del que nunca participé.

Termino con, mi hermano, al que veo aburrido y que sólo parece entretenerle el fotógrafo; y éste se da cuenta de ello y le hace centro de la fotografía. Así y todo, no consigue sacarle de su abulia; apoyado en los brazos está a punto de dormirse, me lo dicen sus ojos.

domingo, 9 de agosto de 2020

1964, enero, día de Reyes

Acaba de empezar el año, el 64 del siglo pasado; es el día de Reyes y algunos familiares nos hemos reunido para festejarlo. La celebración consistió, y no es que me acuerde con exactitud, que lo que sí recuerdo son nuestras costumbres de entonces, en un paseo por el parque. Los más pequeños nos dedicamos a disfrutar de los juguetes recién estrenados y los mayores a charlar. E imagino que también hubo algún ligero refrigerio, tal vez una Mirinda y poco más.


En la instantánea estamos cinco primos y todos portamos los regalos que los Reyes tuvieron a bien dejarnos la noche anterior en casa de nuestro abuelo. De siempre y durante años, hubo un regalo en ese día; regalo que recogíamos la noche anterior una vez que había pasado por la calle la modesta cabalgata que solía iniciarse en la Jabonera y terminaba en el Ayuntamiento. En ese espacio de tiempo en que todos los niños bajábamos a ver pasar los Reyes Magos, los mayores colocaban los juguetes por distintos lugares, más o menos disimulados, de la casa. Terminado el paso del cortejo subíamos raudos a buscar cada uno nuestro obsequio —recuerdo en una ocasión un balón mío sobre la lámpara de la habitación de mi abuelo—.
A los avanzados ojos de hoy, o a los de cualquier mente dispuesta a rechazar todo lo pasado que choque con su renovadora ideología, se podría decir que menudos regalitos trajeron los señores Magos a estos niños tan encantadores. Regalos que como no podía ser de otra manera, fueron muy bien recibidos y disfrutados durante mucho tiempo, al menos en lo que a mí corresponde.
Un servidor es el de la izquierda, y ahí pueden verme armado con una escopeta que lanzaba dardos con ventosa y que, si la untabas con saliva y disparabas a los cristales de las ventanas, se quedaban pegadas; y si el blanco era algún amigo, pues no se le hacía daño. Más inofensivo, imposible, violento a más no poder. Voy protegido con una coraza, sólo el peto, y una espada y una porra como armas ofensivas, todo ello de plástico, en clara discordancia con la escopeta.

En el lado opuesto está mi hermano, también armado y en actitud ofensiva, algo más gordito —ya apuntaba maneras—. Él, igualmente, va de medieval, pero sólo de arquero que lanzaba inofensivas flechas con ventositas adhesivas; a la espalda el correspondiente carcaj con munición de recambio. Detrás suyo mi primo Arturo, compañía recurrente en mi vida, creo haberlo dicho ya, que también está de la misma guisa que nosotros, con peto, escudo y espada, y en disposición amenazadora, pero con poca credibilidad en el rostro, por lo que he de pensar que, en ese instante, el fotógrafo debió decirle algo así como «más brío niño, más brío», y entonces él levantó el brazo tímidamente con toda la energía que la fotografía muestra, o sea, poca.
Junto a mi primo, su hermana Mª José, que apenas tenía un año de vida. Su regalo debió de ser una de las dos muñecas que están sobre el cochecito, me decanto por la más pequeña, que en correspondencia ella era la más pequeña de la familia por entonces; tardaría poco en dejar de serlo, pues en escasos meses la llegada de una nueva prima ocuparía ese último lugar.
La otra muñeca debió de corresponder a la otra niña de la foto, también de la familia, claro. Es mi prima Mª Eugenia, hija del tío Pablo. Poco mayor que yo —ella me antecede en edad—, durante algunos años me sentí con cierta proximidad a ella, tal vez por la edad, y me atrevería a decir que incluso hubo correspondencia. Si bien cómo negar que ese afecto fue sentido hacia todos mis primos, de ninguna manera. Y de aquello mucho queda, tampoco lo puedo negar.
Veo que poco a poco se van incorporando a estas instantáneas personajes de mi historia, instantes y también lugares. En el que estamos en la foto, al que llamábamos el parque, ya no existe, pues fue demolido a principios de los años 70 del pasado siglo para levantar algo más moderno, más acorde con los tiempos que corrían. Este segundo parque, que más que parque era una gran plaza abierta dura y muy blanca, fue obra de un por entonces joven arquitecto, Manuel Briñas Coronado, que desarrollaría toda su carrera profesional en nuestra tierra. La plaza, el parque, lo que fuera, fue polémico hasta el agotamiento, creo que nunca cesaron las críticas sobre él, incluso una vez demolido. Que lo fue, —¡ah!, pues no recuerdo cuándo, pero no creo que haga más de quince o veinte años— para volver a ejecutar otro, en este caso, una copia más o menos fiel al original de 1926, aunque con ligeras diferencias.
En ese tiempo, el de mi instantánea de hoy, aún faltaban algunos años para que desaparecieran los azulejos que recordaban la fecha de su inauguración, y el quiosco de la música, que es el fondo de la fotografía, más grande y recargado en su decoración que el actual; y los otros pequeños quioscos, reproducidos casi exactamente hoy; y la espesa vegetación y la casita de las palomas, cuya autoría siempre atribuimos a mi abuelo, y hasta la fecha nadie lo ha negado. De ésta última, afortunadamente, también se ha colocado una copia.
He vuelto en varias ocasiones a pisar este nuevo parque y, como en tantas ocasiones y lugares a los que retornas y tratas de situarte en ellos, pero en otro tiempo pasado, ya me parece muy distinto, y no sólo su fisonomía sino sobre todo su tamaño. Sus dimensiones parecen haberse reducido, o es mi vista que con el paso de los años quiere abarcar más; o son los recuerdos que, con certera precisión, quieren obligarme a no aceptar que algo o mucho ha cambiado.
Quiosco de la música; la instantánea de hoy está hecha justo ahí.

domingo, 26 de julio de 2020

1963, mayo

Estoy ante una fotografía que representa una estampa muy peculiar de la época: grupo de mujeres, señoras y señoritas, que acompañan a un sacerdote, seguramente a un acto religioso, en da lo mismo qué lugar.
Son los años sesenta y el catolicismo militante impera, sobre todo en el lado femenino de la sociedad: no hay más que ver la foto, en la que de las diecinueve personas que ahí aparecen sólo dos son del sexo masculino.

Me aventuro a situar la escena en Cáceres, parece que es el arco de la Estrella de la muralla, aunque el escalón en el que algunas señoras están sentadas hoy no existe, y por las ropas que visten, mangas cortas algunas de ellas, debemos estar en primavera. La fecha creo que también la sé, pero la descubriré más tarde.
De todo el grupo solamente reconozco a tres personas, a saber:

El sacerdote, es don Juan, al que siempre conocí como párroco de la iglesia de la Asunción de mi pueblo. Durante muchos años, y una vez hecha por mi parte la Primera Comunión, fue el cura con el que me confesaba antes o durante la misa dominical de diez, que era a la que asistía, casi siempre con mis padres y mi hermano. Mis confesiones, no me avergüenza revelarlo ahora, siempre fueron pueriles, pecadillos repetidos semana tras semana:

que no me hago caso de mi madre, que le echo mentirijillas, que me peleo con mi hermano, que digo palabras feas, que a veces no atiendo en misa.

Y es que me parece que por entonces un servidor no tenía muy claro el concepto de pecado, y si lo tenía, no alcanzaba a cometerlos. Cuando ya supe, o casi, en qué consistía pecar, y por lo tanto pecaba, dejé de confesarme. Y así hasta hoy.
De aquellas confesiones es innegable que aquel hombre guardó, como era su deber, secreto. Sin embargo no he olvidado la ocasión en que yendo por la calle de la mano de mi madre vimos venir de frente al sacerdote, nos paramos, se saludaron, y de la corta y cortés conversación que mantuvieron recuerdo con precisión unas palabras que vinieron a ser así:

por sus confesiones puedo asegurarte, Consuelo, que es un niño estupendo.

Tendría yo ocho o nueve añitos.

La señora de la izquierda, gafas oscuras y collar de perlas, como no podía ser menos, es mi tía Isidora, la de la instantánea anterior. A su lado estoy yo —la tercera persona que reconozco—, que si te fijas bien verás que llevo la misma ropa, valga la redundancia, de la instantánea anterior, cosas de las estrecheces del momento. Por lo que he de suponer que debe tratarse de fechas muy cercana entre ambas fotografías. También debe de ser primavera, del mismo año, tal vez mayo..
Mi tía, católica practicante, como en aquella época era debido, participaba de estas actividades eclesiales: viajes y excursiones, actos religiosos en lugares y fechas destacados para la Iglesia, Guadalupe, Fátima, etc., siempre acompañadas las participantes por un sacerdote y casi nunca por maridos. En ocasiones iba también mi madre y en otras, como en ésta, un servidor, que no sé qué acompañamiento podía hacer yo, pero que sin embargo iba, y ahí estoy entre tanta señora peripuesta, alguna más que otra, que miradas con detenimiento me dan un retrato de la mujer de los cincuenta y sesenta: guapas, menos guapas, jóvenes, mayores, distinción, tosquedad, posturas, decoro, pocas sonrisas. No reconozco a ninguna, seguramente mi tía, o mi madre, recordarían a casi todas, me darían datos de ellas y yo me interesaría por algunas. Así al pronto me llaman la atención tres:
La primera de pie, bolso colgando del brazo, y cabeza con pañuelo inclinada paralelamente a su pierna derecha; muy estudiada la pose, como buscando una atención eterna que, en mi caso, ha conseguido.
La siguiente, sentada, piernas juntas y ocultas totalmente por la falda; la cabeza también escorada, pero ésta en actitud de cariñosa espera.
Y la tercera tumbada, o casi, recatadísima también a pesar de la informalidad, gafas negras y un sombrero que se me antoja está fuera de aquel momento; y sin embargo ahí está la buena mujer, orgullosa, lejos de algunos prejuicios.

Pero mi tía no sólo era católica. Por razones de supervivencia, y un poco también por ideología, ella fue nacional-católica, con todo lo que ésto implicó. Terminada la Guerra Civil su familia quedó adscrita al bando ganador —al fin y al cabo su padre había muerto a manos, o a tiros, de los perdedores—, lo que les ayudó a mitigar el hambre, que era lo más importante en aquellas circunstancias, y eso estaba por encima de ideas e ideales. Los próceres locales les proporcionaron casa, comida, y a ella trabajo. De vez en cuando, según fechas a festejar por el Régimen, mi tía se desplazaba, más por devoción que por obligación, en viajes organizados a los lugares en los que se celebrara el acontecimiento. Y yo, como no, me dejaba llevar.
La acompañé en varias ocasiones, durante un período de mi vida que pudo ir entre los cinco y los nueve o diez años. Eran largos viajes en las lentas viajeras de Domínguez, que comenzaban a primera hora de la mañana, primerísima si el destino estaba lejos, sentado sobre mi tía —nunca tuve asiento propio en aquellos trayectos, supongo que por economía—, dormitando a ratos, o embelesado viendo pasar campos y pueblos, para volver a Villanueva bien entrada la madrugada.
Me viene ahora a la memoria una de aquellas viajeras que en el respaldo de cada uno de sus asientos tenía una fotografía de un paisaje o una vista de alguna ciudad: me fascinó ver una y otra vez, durante uno de esas excursiones, aquellas imágenes, soñando con poder verlas algún día al natural y, en el peor de los casos, que la misma viajera nos llevara la próxima vez y así repetir el sueño.
Y más vueltas a la memoria y los viajes, ahora una imagen y una anécdota.

La imagen:
día uno de mayo de mediados de los sesenta, estadio Santiago Bernabeú, uno de aquellos eventos que venían a llamar “Demostración sindical”, lleno hasta la bandera, y yo en medio de tantísima gente, casi cegado por la intensa luz, que nunca me había visto en algo igual, agarrado a la mano de mi tía, que si me soltaba, era seguro me perdería, himno nacional, la gente aplaude, se ponen de pie, ¡Franco, Franco, Franco!, pero yo no veía nada.

La anécdota:
día veinte de noviembre de mediados de los sesenta, explanada del Valle de los Caídos, otra vez de la mano de mi tía Isidora y en primera fila de uno de los dos numerosos grupos de personas que formaban un ancho pasillo por donde desfilarían las autoridades que han venido al acto con el que conmemoran la fecha de ese día. Pasa delante de nosotros el mismísimo Franco vestido de militar con un abrigo casi hasta los pies, rodeado de militares, detrás de él otras muchas personas, civiles y más militares; mi tía levanta la mano y la voz, y llama a uno de los integrantes del cortejo, don Adolfo, don Adolfo, un señor se sale de la comitiva, viene hacia nosotros y saluda a mi tía, hola Isidora, cuánto me alegro verte, ¿qué tal la familia?, era Adolfo Díaz Ambrona, por entonces Ministro de Agricultura.



 

domingo, 12 de julio de 2020

La pedrada.

Hoy me ha venido a la cabeza —quizá no sea la frase más adecuada— un hecho de mi infancia del que me atrevería a decir que también es un primer recuerdo. Realmente uno de los primeros, que el número uno es el de mi madre de la mano y mi padre en una obra; digamos pues el segundo.

Tenía mi madre la costumbre de arreglarnos, poco más o menos de domingo, a mi hermano y a mí a última hora de cada tarde y marchar los tres a casa de mi abuelo, a donde también se dirigía siempre mi padre una vez finalizada su jornada laboral, para pasar allí un par de horas con toda la familia y regresar a casa, ya de noche, los cuatro juntos.

Tiempo después, cuando ella consideró que a mi hermano, por edad y tamaño, se le podía ir dando responsabilidades, optó por enviarnos cada día a los dos solos, «no os entretengáis, os vais derechitos», yo agarrado de su mano y él con el compromiso de que llegáramos en perfecto estado a casa de mi abuelo. Ella se incorporaría más tarde, una vez dejara resueltos sus quehaceres en casa.

Pues resulta que una de aquellas tardes en que los dos íbamos, supongo que obedientemente agarrados de la mano, camino de la acostumbrada reunión familiar, y tras cruzar Las Pasaderas y encaminarnos por la calle San Francisco, vimos, al pasar por la calle Viriato, a un numeroso grupo de  niños que, aparentemente jugaban sobre los montones de tierra que ocupaban casi toda la calle —seguramente se trataba de las obras de alcantarillado que por aquella época se adueñaron de todas las calles del pueblo—, y a lo mejor fue, aunque realmente fue a lo peor, que nos paramos a mirar, pero sólo fue un ratito, mamá, y ya no me acuerdo de más, ni siquiera del golpe ni del dolor, ni de los momentos de después, de nada, que lo que en ese instante pasó me lo contaron más tarde y nunca lo he olvidado: que aquellos niños no estaban jugando, que se trataba de una pelea, y que una piedra mal dirigida me llegó a mí y abrió una brecha en mi cabeza.

A partir de aquel momento la luz pasó a negro, o a rojo, que todo fue sangre, y la mente cambió a blanco. La luz se hizo en la cercana Casa de Socorro de la Cruz Roja, que fue adonde me llevó mi hermano —seis añitos mal contados tendría por entonces el muchacho—, y allí me veo ahora, sentado sobre una mesa, llorando a moco tendido, hipando entre ahogos, mientras una monja regordeta, de blanco impoluto, me limpia la cara de sangre y mocos.

Lo siguiente es estar sentado sobre las piernas de mi tío Vito, la monjita cosiendo mi herida y yo quejándome más que nunca. Mi madre que llega, nerviosísima, oigo que habla, pregunta, pero yo no la contesto, no sé si alguien lo hace; yo sólo miro a la monja, le digo que me duele, que se esté quieta por favor, pero no me hace caso, solamente tiene ojos y oídos para su trabajo, así que muevo la cabeza para zafarme, pero mi tío me sujeta para que no mueva mis brazos, ni la cabeza, «estate quieto, hijo». Y en sus brazos seguí hasta la casa de mi abuelo que recordándolo me pregunto: ¿cómo no iba yo a querer a ese hombre durante toda mi vida? 

La vuelta a la nuestra no la recuerdo, seguramente la hice andando, que no era mi padre de cogerme en brazos, ni siquiera para subir la cuesta de nuestra calle. Sin embargo, casi me atrevo a decir que aquella noche sí lo hizo.


Un par de apuntes antes de concluir:

— Uno: nunca he llegado a explicarme cómo mi hermano me llevó hasta el la Cruz  Roja, me dejó allí y corrió a avisar a mi tío —su casa estaba muy cerca— y después fue a  la nuestra a comunicárselo a nuestra madre. ¿Qué se le pasó por la cabeza para actuar así? Cada vez que he pensado en ello llego a la conclusión que lo más conveniente que pudo suceder fue que yo recibiera la pedrada, porque si la víctima hubiera sido él, juro que no habría sabido qué hacer, ni hubiéramos llegado a la Casa de Socorro, ni buscado a mi tío, ni a mi madre, ni nada de nada. Me habría quedado en la calle llorando y Dios sabe quién se hubiera ocupado del asunto.

— Dos: no por aquello no he tirado piedras durante mi vida, que sí lo he hecho y en numerosas ocasiones, sobre todo en los ríos, en aguas remansadas y con cantos planos, haciéndolos saltar sobre el agua, pugnando con otros a ver quien hacía más “ranas”. Nunca lo he hecho en condiciones en las que intuyera algún peligro, que aquello aún lo he olvidado y ha quedado impreso en mi memoria de manera imborrable. Y por supuesto, nada de tirachinas, nunca, nunca he tenido uno, y mis hijos tampoco.

Otro apunte, este ya es final: llegué a saber quién fue el que lanzó la piedra, su filiación y domicilio, lo conocí y nos vimos en numerosas ocasiones a lo largo de su vida —alguien me dijo, hace mucho tiempo, que había fallecido—, pero nunca le dije nada, ni él a mí tampoco, a pesar de que los dos conocíamos perfectamente esta historia.