jueves, 12 de marzo de 2026

El teléfono, 150 años ya.

El 10 de marzo de 1876 Alexander Graham Bell pronunció nueve palabras, en inglés, por supuesto, “Mr Watson, come here. I want to see you”, que traducidas al español quieren decir “Señor Watson, venga aquí, quiero verle”. Lo hacía a través de un artilugio que había inventado mediante el cual pretendía, y lo consiguió, mantener conversaciones entre personas que estuvieran separadas en la distancia. El otro protagonista del experimento, su ayudante Thomas Watson, no estaba muy lejos, apenas a unos metros en una habitación contigua. La prueba fue un éxito, el ayudante escuchó nítidamente al señor Bell y acudió presto a la habitación cumpliendo su orden.


Se han cumplido hace un par de días 150 años de tal acontecimiento y los noticieros se han hecho eco de ello, no podía ser para menos. Ciento cincuenta años ya desde aquello y cómo ha avanzado el aparato en cuestión: de aquel rudimentario aparato que trasladó la voz a escasos o poco más de diez metros, a estar un servidor escribiendo esto en un modernísimo artilugio que, además de comunicarme con cualquier persona o entidad de cualquier lugar de la Tierra y por variados sistemas, hace fotografías, las guarda en su memoria (¿?), mide las calorías que consumo, los kilómetros que camino, sabe el camino que siguen ahora mismo todos los aviones en el cielo, me lleva a cualquier lugar del mundo y al instante, conoce al completo la historia del hombre, dispone de todos los datos, hasta los más inimaginables, nos entretiene con incontables pasatiempos, música, cine, crucigramas, televisión, prensa, y así hasta el infinito y más allá, mucho más allá. 
Pues estaba yo viendo-escuchando en un telediario la reseña sobre el 150 aniversario de la primera conversación telefónica de la historia, que era acompañada por una sucesión de fotografías que mostraban la evolución del aparatito a lo largo de estos últimos 150 años —desde aquel de Graham Bell a este que tengo en mis manos—, cuando como un flash me golpeó la frente un recuerdo, como casi todos los míos, bastante lejano.
Me vi en mi calle dando pelotazos a la fachada de una casa, frente a la mía, deshabitada durante mucho tiempo y que por esa razón era utilizada para tal juego. También vi a mi padre conversando con nuestro vecino el señor Gregorio, aquel viejo barbero cascarrabias y bonachón, a cuya conversación yo no prestaba atención. Debían de estar hablando de cómo cambiaban los tiempos, las gentes, las ideas, el progreso y cosas así. Seguramente todo ello le molestaba, no era amigo de novedades, más bien al contrario, y lo demostraba con sus comentarios en mi casa viendo la televisión cada noche que se dejaba caer con su mujer, la buena de la señora Cándida, que bien hacía honor a su nombre.
Decía que estábamos los tres en la puerta de mi casa, yo con el balón y mi padre y el viejo barbero charlando, cuando a este último le escucho una frase que no he olvidado jamás: «Pues me parece que a este paso va a habé teléfono tan chico que lo vamo a llevá en el bolsillo de la camisa como un boli».
Coño, resulta que el gruñón del Sr. Gregorio predijo el futuro. Quién lo iba a decir.