Oigo programas de radio, de esos denominados fórmula, que incluyen en su parrilla, además de música, espacios en los que los oyentes llaman a la emisora para dar sus respuestas a una pregunta que hace el locutor, y así éste llena el tiempo entre canción y canción, que no sólo la música va a ser lo bueno y suficiente. También hay que dar relevancia al que escucha, hacerle sentir que el protagonista es él, y que por un momento hay miles de escuchantes más que están atentos a lo que diga.
Hace unos días el locutor de uno de esos programas lanzaba una pregunta nada original, una cuestión bastante frecuente que es propia de tranquilas reuniones y conversaciones de amigos, y que seguramente nos han hecho alguna vez: ¿Cuál ha sido el día más feliz de tu vida?
Quienes participaron en la encuesta no fueron, al igual que la pregunta, muy originales, pues respondieron clásicos esperables, independientemente de su sexo: «’el día que conocí a la que hoy es mi mujer’, ‘el día que me casé’, ‘fueron dos días porque dos son los hijos que tengo’, ‘cuando aprobé la oposición’, ‘el concierto de no sé qué grupo’, ‘fueron varios días, una semana…’», pues debió, éste último, de tratarse de un viaje. Hubo uno que lo asoció al del primer día de su primer trabajo, en el que decía seguir después de no recuerdo cuántos años; quizá esa perdurabilidad en su empleo, que debía satisfacerle, era lo que realmente le hacía feliz.
Es obvio que yo también participé en la encuesta, pero sin llamar a la emisora. Me limité a pensarlo mientras tomaba el segundo café de la mañana. He de reconocer que me costó trabajo llegar a una decisión, pero llegué. Pasé por alto los lejanos años de la infancia, la sosegada adolescencia, la licencia de la mili, los aprobados de la carrera y el día que me casé —vivido como en una nube y en una nube sigue, aquel día, no la vida de casado, entendedme—; también evité pensar en el nacimiento de mis hijos, con los que he tenido y tengo días que empatan en felicidad con otros muchos días, por lo que me es difícil elegir alguno de ellos. Estuve a punto de quedarme con muchos días de la larga temporada que duró mi permanencia en un trabajo que me llenó como ninguno otro, pero lo deseché porque el componente laboral pesaba igual que el emocional y eso le restaba valor a esto último. Buscaba algo que hubiera tocado de manera trascendente mi ánimo, que me hubiera impresionado como hasta entonces nada en la vida. Porque haberlo tuvo que haberlo, y efectivamente lo hubo.
Corría el año… —joder, ahora no me acuerdo—, debió de ser hacia el 2002 o así, primeros días de noviembre, puente de Todos los Santos, cuando fuimos invitados por unos familiares a pasar esos días en un pueblo de Soria con el fin, no sólo de reunirnos en feliz convivencia, sino para aprovechar la época que se trataba y dedicarnos a la búsqueda de setas en los inigualables pinares sorianos. Y eso hicimos, hasta allí fuimos, y buscamos y cogimos setas. Yo lo hice el primer día, acompañar al grupo digo, que coger setas debí de coger pocas; fue un día divertido y entretenido para los mayores y los niños, distinto o quizás único, por la actividad nunca realizada y por el intenso paisaje que nos rodeó. Y la meteorología, a pesar del frío, ayudó a la bondad de la jornada.
El segundo día se presentaba igual que el anterior, sin novedad: salida al monte a seguir buscando setas. Quien esto escribe planteó otro programa que fue absoluta y mayoritariamente rechazado; a la vez fui animado por todos a que, aunque fuera en solitario, llevara a cabo mi plan. Y eso hice, lo llevé a cabo, en soledad.
La ruta a seguir la tenía nítida en mi cabeza, pero no estaba de más confirmarla en el mapa, uno de aquellos mapas de múltiples dobleces e infinidad de topónimos en minúsculas letras: hacia el sur, el día ha amanecido con una niebla que va diluyéndose conforme me acerco a El Burgo de Osma; parada para desayunar, paseo por el meollo arquitectónico del lugar, catedral, murallas, sus calles, y nueva parada poco más adelante para mirar desde el puente de Osma su castillo. Diez o doce minutos después ya divisé el objetivo de mi escapada, levemente oculta por la niebla que por allí aún permanecía. Casi sin darme cuenta, un cómodo camino me llevó hasta los pies de la muralla de uno de los castillos que más había deseado visitar en mi vida. Y allí estaba yo, a las puertas de la fortaleza de Gormaz, la más grande de Europa a finales del primer milenio, dispuesto a pasear en solitario sus más de mil metros de perímetro, absolutamente solo, sin ningún alma a la vista, y durante el tiempo que se me antojara, sin prisas, pasando la vista con estudiada lentitud de una piedra a otra, imaginándola mil años atrás, reconociendo lo desaparecido, saludando a sus invisibles pobladores, contando sus casi treinta torreones, mirando el Duero a través de su puerta califal y no encontrando el momento de irme de ella.
Luego, desde el llano, una mirada atrás para ver una imagen que de impresionante parece irreal; y una inspiración profunda, un gesto de satisfacción, la alegría y la calma que produce el deber cumplido. Bueno, tampoco era una obligación, más bien un antojo pasional, uno más de los muchos que esta querencia mía tiene por esos edificios, y que he ido satisfaciendo a lo largo de mi vida. Y los que me quedan por cumplir todavía.
Sin embargo, al escribir ahora este recuerdo y titularlo como el día más feliz de mi vida, caigo en la cuenta de que, tal vez, esto ha sido adelantar acontecimientos, porque ¿y si el día más feliz de mi vida está aún por llegar? Si así fuera, a ver si me acuerdo de corregir este escrito.
