domingo, 29 de diciembre de 2019

Una casa cuartel con 16 guardias y sus familias en el País Vasco

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo hecho yo.


Una casa cuartel con 16 guardias y sus familias en el País Vasco.
Arturo Pérez-Reverte
Pueblo, 29 de enero de 1983

“A veces estoy de humor para encontrarle un lado gracioso a todo esto, y me acuerdo de una película que vi una vez. Era un fuerte de la caballería norteamericana, en territorio indio. Los soldados vivían allí dentro completamente aislados, sin ningún contacto con el exterior, aguantando ataques de los indios, cercados y tensos, sobre las armas. ¿Sabe a qué película me refiero? Creo que salía John Wayne. Se llamaba 'Fort Apache'... Bueno, pues, a veces, uno se siente aquí como en Fort Apache.

El sargento F. se pasa el dedo índice por las guías del poblado mostacho y sonríe. Al otro lado de la ventana de cristales empañados, donde golpea la lluvia, el cielo y los campos tienen el color de la ceniza. En este húmedo atardecer de enero, la pequeña casa cuartel de la Guardia Civil de B. es una mancha blanca y verde en el paisaje gris de Vizcaya.

Cuatro o cinco críos están sentados junto a una estufa de butano, en torno a una mesa de camilla. Tienen los libros de texto entre los codos y escuchan con aire concentrado las explicaciones que les da el cabo S., que hace las veces de maestro para los ocho niños que viven en la casa-cuartel. En la escuela de B. no hay sitio para los hijos de los guardias civiles.

—Los chiquillos son los que más sufren. Si van al colegio, en cuanto allí se enteran los otros de que son hijos de guardias civiles, les hacen faena tras faena. Te vienen llorando, contando que les han llamado “chakurras” (perros) y que les hacen la vida imposible. “Tu padre es un tal y un cual”, les dicen. O les pegan una paliza los propios compañeros. También hay algún maestro que se las trae. Así que no hay otro remedio que tenerlos aquí. A veces, cuando en un puesto, o en una ciudad o pueblo grande, hay muchos críos, entonces es posible buscarles profesores que les den clase a todos juntos. Pero en sitios pequeños, como éste, donde sólo hay cuatro o cinco, y no de las mismas edades, tenemos que apañárnoslas como podemos. En B. tenemos la suerte de contar con el cabo S., que siempre que tiene un rato libre se ocupa de ellos. Otras veces nos turnamos los que podemos, y las madres también se encargan. Así, a trancas y barrancas, entre todos, los vamos sacando adelante.

En B. hay un sargento y quince guardias, de los que ocho están casados y siete de ellos viven aquí con las familias. La casa cuartel es un edificio viejo, sin calefacción, de poco más de un centenar de metros cuadrados. Hoy es un día más de rutina, una jornada técnica en la vida de “Fort Apache”, como lo llama el sargento F., con su cerrado acento extremeño. Varios de los guardias se encuentran en el campo, de servicio, rastreando unas mugas y bordas próximas. Las esposas de los que han salido están sentadas juntas frente al televisor, acompañadas por las otras mujeres y algunos de los guardias, que se quedarán con ellas hasta que regresen sus hombres. De vez en cuando, una de ellas deja la labor sobre el regazo y, ajena a la conversación, sorda y ciega ante las imágenes y las voces que brotan del viejo televisor en blanco y negro, mira furtivamente a través de la ventana hacia la lluvia, que, en este momento, en alguna parte no lejos de aquí, empapa a su hombre, que camina sobre el barro, con el capote hasta las orejas y el agua chorreándole sobre el brillante charol del tricornio.

—Aquí, como ve, nuestra fuerza es el compañerismo. Los guardias que no están de servicio se reúnen con las mujeres de los que están fuera, les hacen compañía, procuran distraerlas y aliviar su temor y su incertidumbre. Y es que si los niños lo pasan mal, las mujeres figúrese. ¿Sabe usted lo que es ir a la compra ahí abajo, al pueblo, y llegar por ejemplo a la carnicería y ver que a todas las demás mujeres las atienden antes que a una? Les dan lo peor, les hablan en euskera para que no entiendan nada, las insultan… A veces, cuando uno está aquí y las ve llegar, sofocadas y a lágrima viva, negándose a contarnos lo que les ha pasado para que no nos enfurezcamos o apenemos, a uno se le pone una congoja muy grande aquí dentro, oiga, y en ese momento sería capaz de hacer una barbaridad. Claro que, en seguida, uno se resigna. ¿Qué le vamos a hacer? Así son las cosas. Y quiero que anote algo, señor periodista. Yo y todos los guardias de este puesto, como el resto de los compañeros que estamos en el País Vasco, estamos orgullosos de nuestras mujeres. Cuando andamos muy jodidos y las vemos a ellas apretar los dientes y aguantar, eso nos da unos ánimos y una moral que no se puede imaginar. Estas mujeres tienen casta, se lo dice a usted el sargento F.

En la garita de la puerta, charol y capote verde, un guardia observa la carretera con el subfusil en posición de tiro. Ocho horas diarias de servicio para cada uno de los dieciséis hombres, más los trabajos de seguridad reforzada del cuartel. En otros puntos de España menos conflictivos hay un guardia de vigilancia durante la jornada. Aquí hay que patrullar, vigilar en diversos lugares de la casa-cuartel durante el día y la noche, hacer servicios exteriores. Las ocho horas se convierten a menudo en diez, en quince, a veces en veinticuatro. Y el tiempo libre, cuando lo hay, transcurre entre los cuatro muros de “Fort Apache”.

—Cada día nos juntamos casi todas las familias en un solo pabellón, de forma casi rotatoria, y la señora de la casa invita a los demás. El problema es el espacio. Ya ve usted que, en este puesto, cada vivienda tiene sólo dos o tres habitaciones. Algunas casas-cuartel ni siquiera tienen baño individual, sino que todas las familias, o parte de ellas, deben utilizar uno común. No suele haber calefacción en las casas-cuartel viejas como la nuestra, y cada familia se compra una estufa de butano o un radiador para pasar el invierno. Los gastos corren a cuenta de cada uno, a excepción de los comunitarios, como luz de escalera, agua y demás, que se pagan entre todos.

En “Fort Apache” salir al pueblo a divertirse es inimaginable. La televisión constituye la única distracción, a menudo el único nexo de unión con el resto del país. A veces, cuando ya no pueden más, los guardias cogen a sus esposas y se van en coche a algún lugar lejos de aquí, a un pueblo o ciudad en los que nadie los conozca, nadie los señale con el dedo, para poder ir al cine o tomarse unas cervezas o un café.

—Los vascos nos huyen como si tuviéramos la peste. No quieren saber absolutamente nada de nosotros, y en cuanto nos conocen nos desprecian e insultan. Incluso quienes nos ven con buenos ojos no se atreven a dirigirnos la palabra, por miedo. Aquí al que habla con un guardia lo consideran ya un delator o algo por el estilo, y arriesga la piel. A algunos han matado ya. Todavía, en muy raras ocasiones, hay alguna casa de campo en la que, cuando llegas de servicio, te atienden, te ofrecen un vaso de leche, un café... Pero es raro. En la mayor parte están recelosos, hostiles. Antes no era así. Llegabas a un caserío y te trataban de maravilla, eran muy amables, pero esa hospitalidad tan tradicional en los vascos se ha extinguido. Ahora todos tienen miedo. Todo eso nos crea un ambiente de vivir constantemente en autodefensa, un ambiente de cerco. Es duro no poder responder a las agresiones, a los insultos. Aquí te sientes como si no tuvieras otra cosa en el mundo que a los compañeros, la mujer y los críos. Es muy duro, de verdad. Pero no hay más remedio que apretar los dientes y tirar “p’adelante”.

Una mesa y una botella de vino. Un parchís y cuatro rostros curtidos por la intemperie que se inclinan moviendo las fichas con absoluta concentración, como si estuviesen haciendo lo más importante del mundo. Es curiosa la importancia que en este lugar se da a detalles que en otros lugares pueden parecer monótonos o banales. En la casa-cuartel de B. jugar una partida de parchís o de dominó se convierte en todo un rito que se saborea lentamente, disfrutando al máximo de todas las posibilidades que ofrece la situación, convirtiéndola en algo importante.

—Sí, señor. Aquí echar un cigarro con los compañeros o charlando con la mujer, jugar una partida, ver una película en la tele, son cosas que cuando se hacen se procura disfrutar al máximo. No son muchas las distracciones que tenemos; por eso hay que sacarles todo el jugo, saborearlas a fondo, ¿me entiende? Quienes están en otros lugares, ustedes que llevan una vida normal, que pueden salir a la calle cuando lo desean, ir al cine o a un restaurante, que pueden pasear sin estar volviendo constantemente la cabeza esperando de un momento a otro ver llegar al que te va a pegar un tiro, no saben lo que tienen. De verdad que no lo saben.

Dos guardias jóvenes, vestidos con ropas de paisano, se disponen a marcharse en un viejo Seat 1430. Están libres de servicio y van a darse una vuelta, a tomar unas cervezas. Bajo los chaquetones llevan las pistolas con una bala en la recámara listas para disparar.

—Mire usted. Hay que salir de vez en cuando, obligarse a sí mismo a hacer ciertas cosas, porque si no, puede terminar uno mal de la cabeza, viendo asesinos por todas partes. Los jóvenes, como esos dos, solteros, salen más que nosotros los casados. Es normal, porque ellos se aburren mucho aquí dentro. En las ciudades grandes es más fácil salir y camuflarse entre la gente, yendo a donde nadie lo conoce a uno. En sitios pequeños, como éste, lo mejor es irse a otros pueblos, donde tu cara no le suene a nadie. No ya sólo por el riesgo que puedan correr los guardias, sino porque vas a menudo a un mismo sitio, a un restaurante o a un bar en el que el dueño no te demuestra hostilidad y terminas por comprometerle. En otros sitios, donde los puestos son pequeños y no caben todos, los solteros lo pasan mal, porque tienen que buscar pisos de alquiler, y nadie quiere alquilarle nada a un guardia civil o a un policía nacional. Así que cuando encuentran una casa se meten dentro cuatro o cinco, se preparan ellos las comidas y viven así, ayudándose los unos a los otros. ¿Novias vascas? Bueno, a veces. Pero las chicas que salen con guardias solteros corren riesgos, desde luego. Los vecinos las miran mal, y ha habido incidentes, muchos. No es que las chicas tengan nada, por lo general, contra uno por ser guardia, pero allí en donde las conocen se andan con mucho ojo. En las grandes ciudades es diferente. Vas a una discoteca, nadie te conoce, nadie pregunta nada. Y si se enteran de que eres guardia civil, a menudo les da igual. Pero en sitios como B. la cosa es distinta. No bailan contigo ni amarradas. Sin embargo, eso no es obstáculo para que muchos de nuestros chicos se echen novia en el País Vasco e incluso se casen.

En la pared un viejo reloj desgrana los minutos con monotonía. La lluvia sigue golpeando en la ventana, y el centinela sigue inmóvil en la puerta, observando el camino. Junto a la estufa de butano, los niños recitan los nombres de los cabos y golfos de Europa, corregidos de vez en cuando por la voz paciente del cabo S. Frente al televisor, las mujeres de los que están fuera miran la pantalla sin prestar atención a las imágenes, atentas a los pasos que señale el regreso de sus hombres. Es un día como cualquier otro, como lo fue ayer, como lo será mañana. El sargento F. moja los bigotes en el vaso de vino y guiña un ojo.

—Se lo digo yo, señor periodista. Como en aquello de John Wayne, pero con más moral que el Alcoyano.

http://www.icorso.com/hemeroteca/PUEBLO/PDF/UNO%20SE%20SIENTE%20AQUI%20COMO%20EN%20FORT%20APACHE.pdf

domingo, 27 de octubre de 2019

Historia de La Calleja de la Amapola

Leído por ahí:
Cosas que pasan, o lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo.
Lo leí durante una visita a Potes, mientras bebía un par de cervezas. Me gustó y decidí dejarlo aquí.

HISTORIA DE «LA CALLEJA DE LA AMAPOLA»

Resumen del relato original de Ildefonso Llorente Fernández.
Fue redactado en varios capítulos, el primero publicado el día 10 de Enero de 1902 en el periódico Madrileño «Gente Vieja» en su número 39, 40 y 41.

 Por JAVIER FRANCO

 

La Calleja de la Amapola es un paso sombrío y estrecho que actualmente comunica La Plaza de Potes con la Calle del Obispo y años há, servía para comunicar la torre de los Señores de Liébana con el barrio de San Pedro a través de una tortuosa pendiente.
En la actualidad es una calle perfectamente transitable aunque, eso si, húmeda y sombría, pero en el tiempo en que acontece esta historia, allá por el siglo XII, esta calleja era un estrecho camino de una insufrible pendiente rodeada de zarzas y bardales, y donde aconteció el desafortunado episodio que vamos a narrarles.
Esta torre fue testigo silencioso de un desagradable suceso acaecido allá por el siglo XIV en sus inmediaciones y que dio nombre a "La Calleja de la Amapola".
En este lugar, hacia el año 1285, existía una torre, La Torre deSan Pedro, que reformada aún se conserva. En aquellas fechas habitada por Don Pedro Roiz de Lamadrid Señor de Potes y de otros pueblos de Liébana, quien era Merino Mayor del Rey. Muy cerca de esta torre, en el barrio de San Pedro, en una pequeña y modesta casa vivía un vasallo de aquel señor que era viudo y tenía una hija llamada Frunilda de diez y siete años de edad.
Frunilda era una moza de enormes cualidades morales y una belleza sin igual en la zona. Cada día con los primeros rayos del sol, acompañaba a su padre hasta la pequeña ermita de San Pedro la cual daba nombre al barrio, y tras compartir unos minutos de oración, regresaban a su humilde morada a tejer los «Sayales» que vendían para sustentarse. El Sayal era una tela rústica de lana que se fabricaba en la época medieval y con la que se confeccionaban entre otras prendas los Sayos, que eran unas túnicas holgadas y poco ceñidas que utilizaban los aldeanos en aquella época.
Los días festivos, tras la Misa, Frunilda visitaba a los enfermos pobres del barrio y a quienes todas las noches llevaba en una cesta alimentos que ella y su padre reservaban para ellos, razón esta , por la que ambos eran admirados y muy apreciados por todos los vecinos del pueblo.
Para bajar al rio desde la casa de Frunilda había un maltrecho camino entre prados y fincas propiedad todas de Don Pedro y donde la única señal de existencia humana era la torre del Merino Mayor del Rey.
Cuando la joven terminaba todas las labores domésticas del día, cogía un ánfora y se dirigía al rio a por agua atravesando aquella tortuosa calleja, donde cada día, un joven que era hortelano en las tierras del señor, esperaba a la hermosa joven de quien estaba enamorado y quien le correspondía con igual sentimiento.
Incluso Don Pedro que era un hombre muy recio y severo, para gratificar la lealtad que el joven había demostrado siempre hacia su señor, pensaba regalarles una finca con ganado para que pudieran vivir holgadamente.
En un pueblo de Pernía, comarca también propiedad de Don Pedro, varios años atrás, había tenido éste un hijo bastardo a quien trajo a Potes a vivir con él. De carácter depravado, disfrutaba haciendo el mal y tantas fueron sus tropelías que su propio padre lo expulsó de Líébana.
Años más tarde y tras escuchar Don Pedro extraordinarias historias de la valentía demostrada por su hijo en la lucha con los moros, le dio permiso para habitar junto a él por un tiempo hasta comprobar si verdaderamente había cambiado.
Cierta tarde asomado el bastardo a la ventana vio a Frunilda que por la empedrada calleja se dirigía al rio a llenar el ánfora de agua y de cuya belleza quedó prendado gritándola frases que no gustaron a la joven quien le respondió despreciando al rufián sin siquiera mirarlo, lo que le produjo un enorme cólera jurando vengarse de su desdén, mas aun cuando vio acercarse al joven hortelano a quien ella miraba embelesada.
Tal era su enfado que bajó enfurecido las escaleras de la torre con sabe Dios qué intención, pero cuál fue su sorpresa, que al llegar al quicio de la puerta, se dio de bruces con Don Pedro, su padre, que regresaba de su Casa-Torre de Buyezo y al ver a su hijo tan agitado le preguntó cuál era la causa de su estado, a lo cual el joven truhan contestó que era debido a la prisa por bajar las escaleras para llegar a tiempo de recibirle y besar su mano.
En esos instantes Don Pedro vio cómo se despedían la bella Frunilda y su joven enamorado y aprovechando esa estampa le explicó a su hijo que la pareja de enamorados eran dos de sus vasallos más fieles y que había decidido protegerles ante cualquier amenaza.
Ese mismo día al anochecer, un pastor alertó a Don Pedro que una enorme osa había atacado al ganado que pastaba en Tolibes, a lo cual el Señor respondió que al amanecer junto a todos los vasallos útiles que pudieran unirse, procedería a dar muerte a la osa.
Al siguiente día, cuando aparecían los primeros rayos de sol, Don Pedro partía junto a sus vasallos en busca de la osa para darle muerte y que no volviera a molestar a su ganado. Cuál fue su sorpresa al enterarse que su hijo no podía acompañarle por encontrarse supuestamente enfermo. Tras casi un día de montería, la osa cayo muerta por uno de los valientes vasallos que al abrazarle la osa para matarlo, clavó su afilado cuchillo en el pecho del animal cayendo gravemente herido.

Mientras, el malvado bastardo, cuando empezaba a caer la noche, se agazapó en un recodo del camino esperando a que la bella Frunilda pasase como cada día en dirección a rio para llenar su ánfora de agua.

A los pocos minutos apareció la joven camino arriba tras coger agua en el rio y al levantar la cabeza, cuál fue su sorpresa que avistó al bastardo que cortándola el paso comenzó a decirle frases obscenas y libidinosas a lo cual la joven con semblante firme le respondió con una fuerte bofetada, instante que él aprovechó para ceñir el talle de la joven quién al intentar huir cayó al suelo con tal mala suerte que su cabeza impactó violentamente contra una enorme piedra que la dejó inconsciente. En ese instante apareció de entre los bardales y de un salto el joven hortelano lo cual hizo huir presuroso y en dirección a la Torre al cruel atacante.

A la par de este episodio, aparece en el lugar del suceso Don Pedro con su séquito de vasallos que volvían de dar caza a la osa. Al verlo llegar, el joven pide justicia a su señor por el ataque sufrido por Frunilda.

Don Pedro, pide explicaciones al joven desesperado preguntándole quien había atacado a su amada contestando el zagal que el culpable era su hijo lo que hizo entrar en cólera a Don Pedro alegando que su hijo se encontraba enfermo en sus aposentos, en ese momento el joven se dio cuenta de que el caballo de su Señor estaba pisando una joya quien al verla gritó enfurecido al descubrir que era una Amapola de oro que él mismo había regalado a su hijo bastardo.

Don Pedro ordenó a varios de sus vasallos más fuertes recoger a la joven y llevarla a casa de su padre, y él a lomos de su caballo se dirigió hacia la torre, pero cuál fue su sorpresa que a lo lejos vio a su hijo corriendo desesperadamente por la calleja y tras varios traspiés y tumbos propiciados por la enorme prisa que llevaba, caer de bruces sobre unos espinos que se clavaron en sus ojos y ensangrentaron su rostro.

Al llegar a él, Don Pedro juró que no tendría piedad, lo cual cumplió y cuando el joven curó sus heridas por las cuales quedó ciego de por vida, le expulsó de sus tierras y para que no se olvidara aquel cruel suceso puso de nombre al camino testigo del episodio con el nombre de Calleja de la Amapola.

Y para resarcir a los jóvenes por el cobarde ataque de su hijo a la bella doncella, al siguiente día ordenó construir una casa junto a la calleja que donaría a la pareja de enamorados, que tras darles su bendición, se casarían y vivirían felices en la primera casa que hubo en la Calleja de la Amapola.

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