«Antes de discutir con alguien, pregúntate, ¿es esa persona lo suficientemente madura mentalmente como para entender el concepto de una perspectiva diferente? Porque si no, no tiene sentido.
No todos los argumentos valen tu energía. A veces, no importa lo claramente que te expreses, la otra persona no está escuchando para entender—están escuchando para reaccionar. Están atrapados en su propia perspectiva, no están dispuestos a considerar otro punto de vista, y comprometerse con ellos solo te agota.
Hay una diferencia entre una discusión saludable y un debate sin sentido. Una conversación con alguien que es de mente abierta, que valora el crecimiento y la comprensión, puede ser esclarecedora, incluso si no estás de acuerdo. ¿Pero tratando de razonar con alguien que se niega a ver más allá de sus propias creencias? Eso es como hablar con una pared. No importa cuánta lógica o verdad presentes, retorcerán, desviarán o descartarán tus palabras, no porque estés equivocado, sino porque no están dispuestos a ver otro lado.
La madurez no se trata de quién gana una discusión, sino de saber cuándo una discusión no vale la pena tener. Es darse cuenta de que tu paz es más valiosa que demostrarle un punto a alguien que ya ha decidido que no va a cambiar de opinión. No todas las batallas necesitan ser peleadas. No toda persona merece tu explicación.
A veces, lo más fuerte que puedes hacer es alejarte, no porque no tengas nada que decir, sino porque reconoces que algunas personas no están listas para escuchar. Y esa no es tu carga para llevar».
Me llega este texto
atribuido, parece ser, a Helen Mirren y no puedo impedir verme reflejado o, al
menos, sentir esas palabras como mías y recordar momentos y personas con las que he mantenido
conversaciones en las que los buenos modos verbales se perdían, de tal manera
que notabas cómo se llegaba a un punto tan elevado del que, para volver a las
trece inspiraciones por minuto, se tenían sólo una opción: cortar de raíz,
hasta ahí he llegado, me da lo mismo en qué punto esté la discusión, qué grado
de razón tengo o cuánta he perdido; porque, a ver, si tu opinión, no la mía, sino
la de mi interlocutor, la tuya, chaval, me importa un comino e incluso menos; elijo
cortar con un silencio, un mirar a otro lado, incluso marcharme con cualquier
excusa, que me estoy orinando, que tengo podólogo.
Y es que Helen Mirren,
buena actriz donde las haya, sabe lo que dice: mejor un hasta luego sin conocer
a ciencia cierta hasta cuándo será ese luego, que perder unos átomos de energía
en disputas por gustos o ideas más o menos razonables, útiles o morales. Que es
preferible ceder, dar la razón, sí, darla entera y envuelta en papel de regalo
y lazo de color, evitando el debate cansino sobre un asunto al que no se ve la
salida, dejando al otro convencido del triunfo, ufano ante una victoria
inexistente, dar la razón, pero sin darla.
Esa es la madurez de la
que el texto habla, el saber cuándo una discusión no vale la pena tener, es
nuestro «para ti la perra gorda», que en el fondo no es más que el fin
de la discusión, la confirmación de la falta de crédito del otro, el escaso
valor de sus argumentos.
Tanto y tan poco valor
como el de la propia perra gorda, aquella que fue emitida en España, en 1870,
acuñada en bronce y cuyo valor era de 10 céntimos. En el anverso Hispania, una
figura femenina, sentada sobre una roca, y en el reverso un león apoyado o
sujetando el escudo de España. Pues resulta que el diseño del león, que más que
un león parecía otro animal, bien por mofa o por verdadera confusión, hizo que
la moneda fuera rebautizada por el pueblo como “perra gorda”. Y fue
precisamente su diseño, y su escaso valor, el origen de la frase.
También se emitió otra
moneda, exactamente igual, pero de menor tamaño y la mitad de valor, a la que
se llamó “perra chica”.
En 1941 fueron
sustituidas por otras monedas del mismo valor, pero utilizando aluminio y con
un cambio de diseño: en el anverso un jinete íbero con lanza, y en el reverso
el escudo de España con el águila de San Juan. Un servidor conoció y usó estas
últimas monedas.
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