domingo, 13 de agosto de 2023

Una vez pesqué un pez.

Al atardecer, e indiferentes al estado de la mar, en calma o marejadilla, pleamar o bajamar, puntean a irregulares intervalos la orilla de la playa pescadores con caña, aficionados al relajo, amantes del sosiego. Los veo desde mi butaca playera cuando la luz comienza a debilitarse y no he tenido otro remedio que guardar en la mochila el libro de turno; son esos personajes, en esos momentos y entre otros varios, objeto de mi observación. 

Lanzan la caña y permanecen enhiestos, mirando al mar, aunque no creo que vean hasta dónde ha llegado su lanzamiento; se mueven caminando lentamente, sin dejar de mirar el final del sedal, como buscando el lugar donde está el pez que van a pescar; recogen hilo, vuelven a lanzar —intentando una mejor puntería, supongo—, y así una y otra vez. Al cabo de un rato, y sin darme cuenta, los dos pescadores que tenía delante de mí han desparecido; han sido sustituidos por otro, éste solitario, que repite como los anteriores los mismos y periódicos movimientos.

Los miro con idéntica parsimonia a la que ellos parecen aplicar a su entretenimiento, porque yo también busco la placidez que a esta hora me proporciona la playa: el sol descendiendo lentamente a mi derecha, una ligerísima bruma que no ocultará el horizonte, y numerosos playistas que, como yo, se resisten a abandonar el lugar. Y de pronto, sin querer y como el no quiere la cosa, voy y recuerdo —yo, que siempre he presumido de no haber pescado nunca— que una vez pesqué un pez. Sólo uno, en toda mi vida.

Fue allá por los setenta, tendría un servidor trece o catorce años: un tiempo en que los domingos se empleaban en apurar cada minuto del día en despreocuparnos con la más mínima ocupación que se nos ocurriera. Y cuando hablo en plural hablo en nombre propio y en el de mi primo Manolo, quién si no, incansables ambos en la búsqueda de quehaceres dominicales en aquel gran parque de juegos que fue el Badén del Zújar.

Era por entonces Manolo aficionado a la pesca, en la que se había iniciado con una caña elegida entre las más rectas y cortada de algún cañaveral; los nudos bien raspados y suavizados a corte de navaja, y atado en la punta un sedal de nailon con una boya de color rojo y un anzuelo en el otro extremo. Yo, que simplemente le acompañaba, portaba un pequeño zacho y una latita para los cebos, pobres lombrices recién desenterradas junto a la orilla del Molar. Así de esa manera, caminábamos hasta el lugar elegido, nos sentábamos en alguna de las orillas del Zújar, o buscábamos la frescura de los árboles que sombreaban las pozas del Molar cerca del bar de Guille. Y pasaba el tiempo sin que nos diéramos cuenta —lo de no darnos cuenta que pasaba el tiempo es cierto, real, no es metáfora—, él atento al movimiento de la boya, a sus levísimos movimientos, y yo, supongo, al de las nubes. Y pescaba, sí señor, el tío pescaba bogas y picones, que es el pescado que por allí se acostumbraba a pescar; eso sí, casi todos eran pequeños, a veces muy pequeños, pero ideales para más de un ajo de peces que luego nos guisaban en casa.

Pero no era sólo la pesca con caña artesanal la técnica practicada. En verano, cuando la temperatura lo requería y las aguas del Zújar bajaban pausadamente, andábamos sobre el pedregoso lecho del río tanteando las alargadas matas de algas. A horcajadas sobre ellas rebuscábamos despacio, muy lentamente, hasta oprimir algún pez —estos sí solían ser de buen tamaño— que, en cuánto lo sentíamos entre las manos era, en el mejor de los casos, lanzado a la orilla; aunque casi siempre, como si de una buena oportunidad perdida se tratara, se escurría entre las manos. Calculo que el porcentaje de éxito no superaba el diez por ciento de los intentos en el caso de Manolo; en el mío, y siendo optimistas —qué más me da farolear a esta altura de mi vida— apenas superaría el uno, que ya es decir. Si la tarde se había dado bien, volvíamos satisfechos a casa con nuestra captura colgada de un par de juncias, y en cuanto la familia nos veía ocultábamos todo signo de humildad para, al unísono, dar paso a nuestro mejor gesto de orgullo.

Pasado un tiempo, no mucho, Manolo adquirió una caña de pescar como es debido. Una caña de pequeñas dimensiones, flexible y con carrete, además de los accesorios necesarios, que le convirtió en casi un profesional. Yo seguí acompañándolo y sentándome a su lado en la orilla del río, a veces me quedaba dormido sobre las juncias, no por aburrimiento, más bien por sueño y costumbre, que nunca he perdonado una siesta y sigo sin hacerlo. En una de aquellas tardes, yo porté una de aquellas cañas primeras y la lancé al río, con tan buena suerte que picó un pececillo que se revolvía activísimo colgado del anzuelo. No me lo podía creer. Por un momento sentí pena por la criatura, pena que duró apenas tres segundos, pues cuando aún estaba decidiendo si devolverlo al agua o no, va Manolo, resuelve mi dilema, se adelanta a mi decisión, desengancha el pescadito del anzuelo y lo deposita en la red plegable que, metida en el agua, conservaba su pesca, mezclando así mi modesta captura con la suya, e imposibilitando que yo pudiera reconocer mi trofeo, ponerle cara, retener su imagen para el recuerdo.

Así que sólo puedo decir que yo pesqué un pez, el único en mi vida, pero que prácticamente no llegué a conocer, ni quedó constancia de ello, solo mi palabra. Incluso creo, estoy seguro, que Manolo no se acuerda de ello.


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