Dicen, o decían, que «en la mili se hacen los mejores amigos de la vida y no se vuelven a ver en la vida». En mi caso ocurrió con dos personas: la primera está en la instantánea anterior —ahí ya dejé referido el aforismo—, y en donde me lamento de no haber tomado las medidas imprescindibles para no perder el contacto con aquel amigo.
Pues si no tuve bastante con la primera, si no querías caldo, Mánuel, venga, toma dos tazas. La segunda fue en el desaparecido cuartel de San Fernando, en Sevilla. Se llamaba —o se llama, que no sé nada de su vida— Ángel Sevillano Abad, aragonés de Egea de los Caballeros, y no está en la foto porque es quien la tomó. Que recuerdo que no quería salir en ella, así que se adjudicó la autoría.
Ángel era un tipo culto, educado y muy amable; compartí con él litera y despacho de trabajo durante doce meses; y también mesa en el comedor, biblioteca cuartelera, banco al atardecer en la plaza del cuartel y tranquilas conversaciones que apenas alcanzaron intimidades de primer grado. Pero no quiso salir en la foto, prefirió hacerla. Cuando nos despedimos, ya fuera del cuartel, me regaló una novela que, por supuesto, conservo, y yo a él, prosaico de mí, unas cervezas y un par de platos de gambas y langostinos. Después, a ninguno de los dos, como me sucedió en Cerro Muriano con Mahugo, se nos pasó por la cabeza darnos nuestras señas o algún teléfono; ni siquiera hubo el pensamiento de ello, ni la más mínima intención.
Pero vayamos a la foto. Los tipos de la Instantánea son mis compañeros de mili de aquel momento, unos se iban y otros venían, según reemplazos; unas semanas antes serían otros y unos meses después volvería a cambiar el personal. De ellos —de los de la foto y de los demás que a lo largo del año pasaron por aquellas oficinas cuarteleras en las que estuve—, decía que de ellos no recuerdo sus nombres, de ninguno, ni de los de antes ni de los de después; pero sí sus circunstancias, aunque no las de todos. A ver, espero no equivocarme en el relato:
A la derecha dos barbudos: el primero era canario, de Tacoronte, un tipo alegre y simpático, a diferencia de otro canario que no está en la foto que era todo lo contrario, antipático y chulesco; como buen canario, lo suyo era el gofio, y por eso era lo único que desayunaba. El otro barbudo era castellano, de Tordesillas, tenía una fuerza física desmesurada, una risa recurrente y hablaba con entusiasmo del Toro de la Vega de su pueblo; con los años, he de suponer que perdería la pasión por esa fiesta.
Detrás, apoyado en el vehículo, un chaval que era catalán y del que únicamente recuerdo que nos leía la palma de las manos y nos hablaba de cuestiones exotéricas. A su lado, uno mira hacia abajo entretenido con algo; no tengo en el recuerdo ningún dato suyo. Como tampoco lo tengo del que está delante en cuclillas.
Sí, en cambio, del que está sentado en el suelo, que provenía de Bargas, Toledo, tenía asignada la conducción del viejo Land Rover que está ahí detrás y nos hablaba mucho de su pasión que era el motocross. Por encima de él, otro también procedente de Canarias, pero a diferencia del de la barba, era una persona intratable, por culpa de un mal hábito que, nada más llegar al cuartel mostró —todo en exceso es malo, y el alcohol más—; recuerdo que no llegó a terminar su período de servicio, un día desapareció, nos dijeron que lo ingresaron en el Hospital Militar, nunca volvimos a saber nada de él.
El del centro de la foto y apoyado en el Land Rover era de Rociana del Condado; y hasta ahí mis datos sobre él. Los mismos datos que los del tipo más alto, sólo cambia que era catalán; ah, y que apenas le entendía un servidor cuando hablaba. Ídem para el chiquitillo del bigote, era originario de Béjar, Salamanca, y ya está.
Sólo falta el muchacho que asoma la cabeza entre estos últimos y cuya identidad confundo en este momento con otro de su mismo reemplazo y origen; me aventuro por el aficionado a la fotografía que se ganó un buen permiso por un reportaje que hizo de las imágenes de una cofradía de la que por entonces era Hermano Mayor, o algo así, uno de los comandantes; su profesión era tapicero y tuvo el detallazo de tapizar un taburete para mi mesa de dibujo, que me acompañó durante toda la carrera.
Y el de la izquierda soy yo y, como podéis apreciar, luzco una imagen bastante informal —al igual que el resto de los compañeros— para tratarse de unos miembros del Ejército Español: ancha camisa mal remetida en los pantalones —algunos ni siquiera la llevan abotonada—, talones por fuera de las botas y, en general, adoptando posturas demasiado relajadas. Y es que las circunstancias particulares del destino que tuve durante mi mili hacían que nuestro comportamiento y apariencia fueran perfectamente compatibles con el distendido rigor militar que allí se vivía.
