domingo, 28 de septiembre de 2025

El petricor y el ozono.

Debía de tener un servidor siete u ochos años cuando andaba cursando mis primeros estudios en la vieja Escuela de El Cristo, en la clase de D. José María Gil, en aquel aula en el que se mezclaban viejos pupitres con otros de más reciente adquisición, alumnos de distintas edades, clases y niveles, en un desbarajuste perfectamente controlado por aquel excelente maestro digno del mejor de mis recuerdos. Porque son muchos los que tengo de él, y eso que no fue mucho el tiempo en que fui su discípulo, apenas dos años. Pero eso ya lo dejé en una de las entradas de mis Crónicas desde el doblao, así que no me extiendo más sobre ello.
Traigo aquí, a D. José María, porque leyendo algo por ahí me entero de que el olor a tierra mojada, el aroma fresco y especial que surge cuando la lluvia moja la tierra seca, después de mucho tiempo sin llover, se llama petricor. A mis sesenta y tantos años me entero—voy tarde, voy tarde ya en muchas cosas— de la existencia de la palabra de marras y de su significado. Y no es que me sorprenda aprender palabras nuevas, que eso lo tengo a la orden del día; lo que me ha dejado pasmado —más que pasmo ha sido decepción— es que mi maestro no me contó la verdad. O quisiera entender que sus conocimientos, entonces, no llegaban a la verdad que hoy conocemos. Dicho así, cualquiera entenderá que el maestro me engañó, pero no, que no llegue la sangre al rio. Está perdonado, mil aciertos compensan un error.
Resulta que un día de finales del verano, recién estrenado el curso, comenzó a llover repentinamente y el aire del aula se llenó del olor a tierra mojada. D. José María, que en ocasiones estaba a todas, a setas y a rolex, como se suele decir, cortó repentinamente la explicación que en ese momento estaba dando y nos preguntó sobre el fenómeno, «¿sabéis qué es?» Todos a coro contestamos lo mismo, olor a tierra mojada, unos, olor a lluvia, otros. «Efectivamente, huele a eso, pero ¿sabéis por qué huele a eso?».
Entonces nos habló de que ese aroma estaba relacionado con el ozono, que es un gas que forma parte de la atmósfera, y que es la lluvia la que hace descender el olor, no el gas, hasta la tierra. Seguramente se extendió algo más, pero no lo recuerdo.
Hasta ahí su conocimiento sobre el tema, y así nos lo transmitió.
Juro que ese concepto ha permanecido en mi mente inalterable, hasta ahora. Y en más de una ocasión lo he expuesto en alguna conversación coincidente con el momento previo al inicio de una lluvia, y nadie me lo ha rebatido; supongo que, por desconocimiento, porque cuando no se sabe algo y llega uno y te lo cuenta de manera convincente, tú terminas creyéndolo, eso es seguro.
Pues nada, que una vez aprendida la palabra petricor, voy yo y abundo en el tema, y me entero que el aroma, el olor a tierra mojada, es el resultado de la combinación de unas sustancias liberadas por las plantas tras un periodo de sequía, en combinación con una molécula producida por ciertas bacterias llamada geosmina, que al ser golpeadas por las gotas de lluvia se pulverizan, liberándose en el aire. Nosotros, los humanos, somos sensibles a esa molécula, y la detectamos con facilidad mediante el olfato.
Este asunto fue enunciado por dos geólogos australianos, Isabel Joy Bear y Richard Thomas, y en 1964 crearon la palabra, que proviene de la unión de dos palabras griegas: de Pétros, piedra y de Ikhor el fluido etéreo que corría por las venas de los dioses.
Hasta aquí la realidad del olor a tierra mojada que me parece poco tiene que ver con lo que nos contó mi maestro, pero cuya idea mantuve siempre y expuse cuando fue oportuna. A partir de ahora cambiaré, como no puede ser de otra manera, y cuando proceda, la interpretación del fenómeno olfativo. Sin embargo, no olvidaré, no tengo por qué hacerlo, la versión de D. José María, que aún hoy me parece tan creíble como la auténtica.