domingo, 6 de diciembre de 2020

1966, calle Santiago

Una foto no, dos, casi la misma, un personaje repite, los otros no. Han debido de pasar cincuenta y cuatro años, más o menos, y todo parece indicar que es verano —como lo es ahora cuando escribo— a tenor de la ropa que visten los fotografiados y el radiante sol que ilumina y calienta una calle que aún no estaba pavimentada. La fecha no la tengo cierta, el envés de ambas fotos está en blanco, la letra de mi madre no fechó ninguna de las dos, y sin embargo me atrevo a hacerlo yo: comparo y recomparo estas fotos con otras en las que aparecen algunos de los personajes, miro detenidamente sus rostros, y llego a la conclusión de que están a principios del verano de 1966. Y si no fuera así tampoco importaría mucho, que lo que hago no es un trabajo científico, ni una profunda investigación; si acaso una entretenida aproximación a mi historia familiar, más sentimental que rigurosa.
En ambas instantáneas repite mi hermano, que ya ha pasado algunas veces por aquí, y las que le deben de quedar, por lo que no escribiré nada de él; si acaso una observación que dejaré para el final.
Vayamos al tema de hoy. Ambas fotografías están tomadas en la calle Santiago de mi pueblo, junto a la puerta de la casa de mi tío José, quien en febrero de 1965 apadrinó a su hermano Alfonso en su boda como dejé dicho en otra instantánea anterior. Vaya por delante que no recuerdo nada de aquel día, el de las fotos de hoy —ocho eran los años que por entonces contabilizaba un servidor, como para acordarse—, ni siquiera pongo en pie si estuve allí, que debí de estar, dónde si no me habrían dejado mi madre. Pero me surgen dudas, ¿por qué mi hermano repite foto y de mí no hay ninguna?, ¿a qué se debe mi no aparición?, ¿es que nadie quiso posar conmigo?
Bueno, decía que la calle y la puerta de la izquierda corresponden al que por entonces era el domicilio de mi tío José. A esa casa solíamos ir, puntualmente todos los inviernos, a compartir con él y mucha gente más, un par de días de matanza. Pero no recuerdo otras visitas en otras épocas del año, ni la memoria tiene que tener tanta precisión. La cuestión es que esa es su casa y ahí estamos nosotros. Y la duda es, repito, que no sé si yo estaba. Démoslo por hecho: sí estaba, pero debía de andar por el corral jugueteando o mirando al cerdo que engordaban para el próximo invierno.

En la primera instantánea, mi hermano está flanqueado por mi madre y mi tío Alfonso, hermanos ambos. Ella está tal y como es mi recuerdo de infancia, corta estatura, pelo abundante y muy rizado, leve sonrisa, generoso volumen de cuerpo que sólo disminuiría ya muy tarde, muy tarde, obligado por la edad y los achaques. Lleva puesto un vestido que, como casi toda su ropa, le duró prácticamente más de media vida —algunos se los conocí desde mi juventud y hasta siempre—; éste, concretamente lo tengo fiel en mi memoria: fondo blanco y manchas irregulares verdes. Si fuera invierno diría que, para hacerse la foto, ha dejado momentáneamente alguna de las faenas de la matanza que solían hacer las mujeres. Ahora no sé, se la ve relajada, quizá sólo estábamos compartiendo un tranquilo día de convivencia familiar.
El señor alto de la derecha es mi tío Alfonso, al que mi evocación me lleva sin dudarlo a la imagen de dos bicicletas. Primero a la suya, sobre la que pedaleó necesariamente y a diario, ida y vuelta, hasta el alejado cortijo que fue su puesto de trabajo durante años. Herrero de profesión, como su hermano José, compartieron no sólo la pericia en el oficio, también carácter y virtudes: sencillez, honradez y bondad; y un afecto por los suyos que, como sólo las buenas personas saben hacer, derramaban con poca conversación mientras compartían unos vasos de vino.
Por aquella época, la de la foto, mi tío Alfonso me regaló una bicicleta que había rehecho de una vieja que encontraría Dios sabría dónde. Aquella fue mi primera bicicleta, escuálida y simple, sin frenos ni guardabarros, y repintada de un llamativo color azul. Como único accesorio, un timbre que, lógicamente, no era a estrenar.
En la segunda foto mi hermano es acompañado por mi tía Isidora, a la derecha, y por la mujer de mi tío Alfonso, mi tía Petra. Qué jóvenes ambas; me detengo un rato, las miro sin prisas, cuánto tiempo ha pasado desde la foto y también desde que se fueron. Cuánto siento no haber dicho tantas cosas en su momento, a ellas y a otras personas, pero sobre todo a ellas. Sentimientos que sé que estaban pero que no supe aflorarlos, me limité a estar, a recibir sus atenciones y cariños, que fueron abundantes y sinceros.
Unos afectos más sobrios, Isidora era así, por haber sido más castigada fue impenetrable, fuerte, dominadora por obligación y dominada por el afecto que nos profesaba; nunca supe el porqué de su soltería, pero hoy imagino que fue así por devoción, o debo imaginarlo, que ni pensar quiero en desaires amorosos de juventud, que de haber sido así, menuda mujer perdió alguno.
Petra era alta, poco callada pero correcta, de gestos calmos y sonrisa fácil. Yo la quería, y mucho, todos la queríamos, mi madre la primera, a la que siempre oí hablar bien de ella; mi tía Petra era su Cuñada con mayúsculas, después venían las demás, ya sin orden, aunque yo creo que sí había un orden, y coincidente con el mío. Para ella, mi madre, la tía Petra era la bondad personificada, y para mí la mejor cocinera del mundo, en un tiempo en que un niño apreciaba antes y mejor un plato de comida que las virtudes internas del prójimo. Ya de mayor, aquella mujer no sólo siguió cegándome con su cocina, también con su generosidad y ese aire sosegado que le perduraría hasta sus últimos días. He de confesar, lo digo con gusto y sin vergüenza, que en momentos apurados la he invocado porque creo que ella debe de tener mano con quien dispone de nosotros y nuestro destino. Que me perdone el nos dirige desde las alturas por tal atrevimiento.
Termino, que esto se ha alargado, y lo hago con la observación prometida al principio sobre mi hermano. Ya debía de estar él en el Instituto, entonces se ingresaba en el bachillerato a los diez años o así, pero aún no le había retirado mi madre los pantalones cortos ni había desechado el niqui que dos años antes estrenó en el bautizo de Margui. Pero no era sobre la indumentaria la observación a la que me refería, sino que, a la vez que me preguntaba por mi ausencia en las fotografías, han despertado mi interés los gestos de protección hacia él: mi madre lo tiene bien agarradito, mi tío también, e Isidora no sólo sujeta su hombro, además le mira en actitud vigilante. ¿Y yo, dónde estaba yo?, supongo que echando de comer al cerdo o enredando con Ino. Seguramente lo segundo.