domingo, 12 de julio de 2026

Insultando suavemente.

¿Has insultado alguna vez a alguien? Me respondo a la pregunta y digo que sí, y muchas veces. Seguramente, la mayoría de ellas y a mi entender, de manera merecida, pero a la vez, y también la mayoría de ellas, de forma incorrecta, sin duda alguna. Y es que me parece que hemos reducido el insulto, quiero decir las formas de insultar. Y eso es quizá por ignorancia, por escasez de vocabulario o por premura en la respuesta durante el altercado que terminó, o continuó, con el insulto.
Creo que actualmente se insulta poco, de pocas maneras quiero decir, que en tono y volumen vamos muy bien servidos. Al menos en mi entorno observo que nos basta con un gilipollas o un capullo, y poco más. E igual ocurrirá en otros lugares donde predomine un insulto más localista. Se ha reducido a pocos modelos, nos estamos conformando con apenas nada, y lo que es peor, no se insulta con corrección, no se dispara con el dardo adecuado, ya que cada situación y cada insultado deben de tener, y de hecho tienen, su insulto propio. Se abusa de algunas ofensas que, en la mayoría de las ocasiones no tienen cabida en el contexto de la discusión o la pelea que se trate, aprovechando, por parte del insultador, lo soez del término para así creer que se denigra más al insultado.
Y no por tratarse de improperios necesitan ser malsonantes, no, por Dios, que los hay incluso algo agradables, como BOBO, que es una persona falta de entendimiento o de razón; esta expresión, de suave pronunciación, posee una gran cantidad de sinónimos, algunos de los cuales hacen aún más encantador el vocablo, como candoroso, simplón o abombado. Son los bobos personas que al hablar no coordinan el pensamiento con la velocidad de emisión de sus palabras, por lo que terminan diciendo cosas que no pueden defender por falta de argumentos ciertos. Y a pesar de ello lo harán con gran confianza en sí mismos, ése es su mayor talento.
Muy semejante al bobo es el NECIO, que es el ignorante, que no sabe lo que podía o debía saber, el falto de inteligencia o de razón, y también el terco y porfiado en lo que hace o dice. Y es con esta última con la que me quedo para encuadrar al necio, al individuo que se aferra a sus ideas, aunque los hechos le demuestren que está equivocado; los consejos que escucha los ignorará y confundirá la terquedad con la inteligencia que realmente no posee.
Parecido a los dos anteriores es el TARADO, pero en el sentido correspondiente al tema que tratamos —que no estamos hablando de defectos físicos o psíquicos—, sino en la del individuo que, de manera alocada y haciendo gala de poco juicio, tiene la habilidad excepcional para complicar lo sencillo, ignorar lo evidente y sorprender al mundo con razones carentes de lógica.
Tres maneras no groseras de ofender; tres insultos que se resumen en uno, tal vez el más común y simple del castellano: el TONTO de toda la vida, la persona falta o escasa de entendimiento o razón, en la primera acepción del DRAE, que es acompañada con más de treinta sinónimos —a eso se le llama riqueza del lenguaje—. Pero me quedo con algo que leo por ahí, en la red, que viene a decir que un tonto es quien tiene la extraordinaria habilidad de ignorar lo evidente y convertir las decisiones más simples en un espectáculo de malas elecciones, sin aprender casi nunca de sus errores porque primero tendría que admitir que los cometió.
Remato el tema: los cuatro anteriores tienen una acepción malsonante y españolísima que es GILIPOLLAS, utilizada para referirse a una persona boba, necia, tarada y sobre todo tonta. Es una palabra curiosa, pues tanto en singular como en plural termina en ese (s) y gramaticalmente es un sustantivo y también un calificativo. Además, tiene una variante simpática, como menos hiriente, que es gilipuertas. Aunque yo siempre he pensado que un gilipollas es un tonto, sin duda, pero con mala leche.