A ver, de entrada: esto lo decía mucho mi madre, pero no es de su cosecha. Es todo un refrán español, un dicho antiguo, de los de sabiduría popular, que con frecuencia me decía o se lo auto decía, para obligarme a mantenerme activo, no como indicación expresa y literal de que no perdiera el tiempo, no, sino de que lo empleara siempre en cualquier cosa; que entre una actividad y otra siempre podía haber algo que nos mantuviera en movimiento el cuerpo o la mente, que la quietud no tenía por qué ser sinónimo de descanso ni ocio.
Así que, si en ocasiones ella me enviaba a hacer algún recado, y el lugar se encontraba algo lejos y eso suponía queja por mi parte, «qué aburrimiento, hasta que llegue, y luego de vuelta…», entonces me hacía ver que el tiempo empleado no tenía por qué ser desaprovechado, bastaba con utilizarlo pensando, mirando alrededor, observando a las personas con las que me cruzara, cualquier cosa con tal de sentirse vivo, saludable y válido. Para ello, su frase era:
«Mientras voy y vengo, vida tengo»
Que era su adaptación del refrán «Mientras voy y vengo, por el camino me entretengo». Y que viene a ser lo mismo, idéntica idea, pero un poco más filosófica: la de que la actividad debe de estar por encima de la inmovilidad. La realización de una tarea no debe de estar enfocada exclusivamente en su resultado final y en la satisfacción que éste nos reporte una vez concluido el trabajo. Durante todo el proceso habrá que buscar el placer que acompañará nuestro progreso en la labor, el escrito, el dibujo, el arreglo de las ocho macetas del balcón, el arroz con almejas para la comida con los amigos. Después vendrán las felicitaciones, o no, por el buen resultado, que serán por parte de los demás, y que, claro está, engordarán nuestro ego. Un ego que ya debe de venir gordito por todo el placer que no ha dado todo el desarrollo del trabajo.
E igualmente debe de ocurrir durante un viaje: el destino final no es el objetivo del viaje. También son motivos para viajar los lugares por donde se pasa, los paisajes que dejamos a cada lado del camino, los lugares donde paramos para descansar, las personas que nos acompañan o las que, siéndonos ajenas, ocupan parte de nuestro camino.
Y quizás vaya más allá el refrán, este decía mi madre de hoy. Quizás también esté referido a que debemos de dar al presente más importancia de la que habitualmente le damos, y pensar en el futuro sólo lo justo y necesario. Que debemos de vivir con más intensidad el día a día para demostrarnos que estamos aquí, activos y vivos.

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