En más de una ocasión he dejado de leer un libro. A las pocas páginas, pasadas cuarenta o cincuenta, e incluso más, muchas más. Me pregunto ahora si existe alguna norma —y es que me dejo llevar por mi mentalidad, más inclinada por mi profesión a los tecnicismos— que regule esa actitud, y busco la respuesta en mi experiencia, claro, dónde si no. Así que hago memoria e intento recordar aquellos que he dejado, que han sido pocos, y el primero que me viene es, por su título, «La insoportable levedad del ser», de Milan Kundera, con el que llegué justo a la página 100 —está marcada con una X, como señal de derrota, hasta aquí llegaste— pero que hube de abandonar, aburrido de tanto conflicto amoroso-existencial-sexual; la clave para el abandono me la dio la siguiente cita:
«Esto
es un círculo vicioso. La gente se vuelve sorda porque pone la música cada vez
más alto. Y como se vuelve sorda, no le queda más remedio que ponerla aún más
alto».
Si
se me estaba haciendo la lectura insoportable —apropiadísimo el título, ya lo
he dicho—, el seguir leyendo aumentaba la insoportabilidad, era muy posible que
me viera en el círculo vicioso de la cita. Abandona Mánuel, me dije, y
abandoné.
Lo que me lleva a pensar que el principal motivo para dejar de leer un libro es el aburrimiento, la indiferencia por lo que suceda en su interior; el que no esté cumpliendo con nuestras expectativas que, seguramente, al iniciar su lectura eran altas; que cada párrafo sea un punto más de desilusión, cada página un poco más de inclinación en la cuesta arriba; que lo que esperabas iba a ser un gozo camina hacia el tedio. Y eso puede suceder en cualquier momento. O sea, que no hay una norma que marque el número de páginas mínimas o máximas. Se llega hasta donde se aguante, y ya está. No pasa nada, a otra cosa, mariposa.
La
mayoría de los libros que he abandonado lo fueron allá por época muy pasada y,
en general, no he retomado con el tiempo su lectura, han quedado durmiendo el sueño de los justos. Lógico, aún no debía de
estar pulido el gusto por éste o aquel estilo, preferencias temáticas, autores,
etc. Con el tiempo he ido abandonado menos libros, pero no por madurar mis
prioridades he dejado de hacerlo: «El jinete polaco» está desde hace más
de tres años en un estante a mi espalda con el marcapáginas en el inicio de la
tercera parte, cumplidos más de dos tercios de su volumen: y habiendo leído
varios títulos más de Muñoz Molina, lo que indica que no es una cuestión de autores. Y el abultado «El puente de Alcántara», de Frank
Baer, ha sido iniciado en dos ocasiones y abandonado también en la segunda.
Hablando
de este tema con uno de los libreros cuya tienda frecuento, y aludiendo a ese último título, me hizo una observación bastante acertada de mi proceder: «No
has encontrado todavía el momento para leer ese libro, apárcalo, llegará la
ocasión en que el libro te llame, y entonces lo leerás de un tirón». Vale,
pues entonces sé que habrá una tercera oportunidad, y será la definitiva.
Y finalmente existe una situación que me parece bastante especial y que se ha dado en mi vida en varias ocasiones: leer el libro a intervalos de tiempo más o menos cortos, o largos; disponiéndome a su lectura en un sitio y condición concreta, sin importar el alcanzar la última página. Como ahora me sucede con «El cuaderno gris» de Josep Pla, que reposa junto al mar y sobre el que avanzo despacio en su lectura —releyendo incluso, de vez en cuando, párrafos completos y, lápiz en mano, subrayándolos— durante las más tranquilas tardes veraniegas.

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