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domingo, 12 de enero de 2025

Lo caliente está a gusto de todo el mundo.

Traigo hoy una frase que no es un refrán ni una expresión de uso común, y que siempre que la he oí fue en boca de mi madre y en el mismo contexto. He intentado encontrar otros en los que encuadrarla con un uso que tuviera otro sentido, otra lógica y no me ha sido posible, me parece que son inexistentes. Por lo que podría decir que ésta sí que es un auténtico “decía mi madre”.
El contexto en que siempre se la escuché fue con un servidor de protagonista, cómo no: Plato de comida en la mesa, sopa, por ejemplo, o la leche en el desayuno, todo ello muy caliente, seguido de mi inmediata queja por no poder tomármelo al instante. A lo cual ella me hacía poco caso y se limitaba a contestar un «pues te esperas, que

lo caliente está a gusto de todo el mundo»

Y entonces yo esperaba, y trataba de ganar tiempo soplando —pfff, ¡buaj!— o moviendo con la cuchara el elemento que fuera para que se aireara.

Cuando me hice mayor y comencé a consumir regularmente, sobre todo café, en establecimientos públicos, observé que algunos clientes, al poco de que el camarero les sirviera su bebida, pedían un vaso vacío para enfriar, y dedicaban unos instantes a trasvasar el líquido de un vaso a otro para que aquel se aireara y así adquiriera una menor temperatura. Otros optaban por pedir también otro vaso, pero esta vez con agua fría, la cual bebían y a continuación procedían con el ritual del trasvase, ahora con un vaso que ya estaba frío por el agua que había contenido, con lo que el proceso de enfriamiento se aceleraba. Pero casi nadie esperaba tranquilamente a que el café se enfriara de manera natural.
Cada vez que veía todo aquello recordaba la frase de mi madre, sobre la que hace tiempo deduje su significado y le adjudiqué su justo valor, que no es otro que el uso de un corto e insignificante espacio de tiempo, o de espera, para atemperar la comida. Apenas unos gramos de paciencia.
Sin embargo, no creo que mi madre la utilizara, la frase, como lección para inculcarme virtud tan elevada como la paciencia, ¿o sí?. Bueno, no sé, no creo. Lo suyo era mucho más práctico: si te gusta caliente y puedes soportar la temperatura alta, pues te lo tomas; y si lo quieres algo más frío pues esperas un par de minutos y ya está.
Conclusión: a todo el mundo se le puede servir la comida caliente o muy caliente. Pero jamás deberá suceder al contrario, pues en este caso el cliente optará por quejarse, «oiga, el café está frío», pondrá mala cara y el camarero, de mejor o peor gana, se llevará la bebida y la tendrá que recalentar.

domingo, 10 de julio de 2022

Potaje de lentejas


Un servidor salió al mundo exterior sabiendo hacer —hablamos en materia de cocina— una tostada, calentar un vaso de leche y freír huevos; esto último,  a la vez que me salpicaba de aceite caliente. En definitiva, nulo, cero redondo. La responsable de aquello fue mi madre, sin duda, que nunca me dejó hacer nada en la cocina. Pero no la culpo, los tiempos eran los que eran y quien no sea capaz de contextualizar, allá él con sus prejuicios.
Yo, por el contrario, sí sé hacerlo: contextualizar, digo. Así que me voy a finales de los setenta, piso de estudiante, poco dinero, algún menú a mediodía en bares cercanos a la Escuela y casi todos los días comiendo en casa de lo que uno u otros íbamos aprendiendo a cocinar, que a la postre resultó ser, al menos en mi caso —¿quién lo diría? — un auténtico triunfo. No tengo ni conocí abuela, así que me lo digo todo.
De aquellos años recuerdo cosillas simples, filetes vuelta y vuelta, pasta, muchos huevos, latas de conserva y sobre todo platos de cuchara. Y acerca de estos últimos voy ahora, que me lo ha traído a la memoria unas lentejas de hace unos días que estuvieron cum laude.

Inicialmente la receta está en las nociones básicas que, por aquellos tiempos, mi señora me apuntaba, y que con el devenir de los años he ido perfeccionando, añadiendo algún ingrediente, depurando la técnica y sobre todo tomándomelo con paciencia. Ella, sin embargo, sigue cocinándolas como en el origen: reduciendo al mínimo los ingredientes y con ello el tiempo y el coste.
Una de las primeras decisiones que tomé, y que quedan como definitivas en mi receta, está la elección del tipo de lenteja, que ya siempre es la pardina, desterrando la castellana que fue la que de manera invariable se consumió en mi casa. Aquella, más pequeña y oscura, me resulta más sabrosa, menos seca y, por qué no decirlo, con una apariencia más atractiva. Que los ojos también cuentan en la cocina.
También terminé optando por no echar el producto en remojo toda la noche, con hacerlo a primera hora de la mañana bastaba, pues fui comprobando que el tiempo de cocción de la lenteja es corto y que apenas cuatro o cinco horas bastan para que se hidraten y no se despellejen durante la cochura.
Y en tercer lugar dispuse que nunca las cocinaría en olla exprés, pues necesita poco tiempo para su ejecución. ¿Para qué tanta rapidez si uno de los fundamentos de la cocina debe de ser la paciencia?
En lo que a ingredientes se refiere suelo ser espléndido: un buen sofrito a base de cebolla y pimiento, en cantidad generosa; dientes de ajo sin pelar, simplemente rajados o golpeados con el cuchillo de plano; una pizca de sal para que la cebolla llore; un par de zanahorias cortadas como se me antoje en el momento; y cuando aquella haya derramado todas sus lágrimas, tomate rayado o muy troceado. Por último, algo de morcilla y chorizo adecuados que, aunque mi señora no es amiga de ello, me permito añadir por conseguir así sabores más elevados. Pero a veces condesciendo y sustituyo estos últimos por una o dos cucharaditas de pulpa de pimiento choricero, que no hace otra cosa que engañar al paladar, pero sin enfadar a mi compañera.
Y cocinarlo todo durante un buen rato, que se reduzca y condense, hasta que poco más o menos entren ganas de mojar pan. Entonces conviene retirar la morcilla y el chorizo evitando así que añadan demasiada grasa al producto.
Es el momento de incorporar una patata mediana o grande cortada en cachelos, las lentejas escurridas, agua hasta cubrir, un puñadillo de sal gorda y un golpe de pimienta negra. Lo llevamos a ebullición e inmediatamente después se reduce el fuego.
Vamos a estar atentos al tema, o sea, que no nos alejaremos de la cocina, pues habrá que recoger los chismes que haya de por medio, limpiar lo que se ha acumulado en el fregadero, etcétera, etcétera, así que echamos de vez en cuando una ojeada, por si hubiera que añadir un poco de agua, o probamos el punto de sal y rectificamos si es necesario.

Una vez asegurados de que el asunto está correcto lo dejamos reposar, nos servimos una copa de vino, la bebemos, ponemos la mesa, nos ponemos otra copa y llamamos a los convidados. Al repartir no olvidemos incorporar la morcilla y el chorizo cortados en rodajas, pero sólo a quien lo requiera; no ofenderse si algún comensal lo rechaza, no pasa nada, que con toda seguridad no irá a la basura.
Y como por naturaleza somos previsores, habremos cocinado más cantidad de la que vamos a consumir, con lo que mañana o pasado repetiremos una comida a la que el tiempo habrá añadido densidad y sabor. 
Buen provecho.

De hace muchos años me queda el recuerdo, la imagen de mi madre acodada sobre la encimera de la cocina de mi casa, observándome mientras yo cocinaba no sé qué, con soltura y agrado, interesándose por la receta y mi proceder. En cierto momento, quizás admirada por mi buen manejo en la labor, me preguntó «¿y a ti quién te ha enseñado esto?, porque yo, desde luego, no he sido». Pues algunos años viviendo solo, mamá, ¿qué si no?

domingo, 8 de febrero de 2015

El ferrobús

Hace unos días tuve que desplazarme desde mi ciudad a otra y, por razones que no vienen al caso, vi oportuno hacerlo en tren. Hacía mucho tiempo que no utilizaba este transporte, unos treinta años, allá por mi primera juventud; aunque a lo largo de estos últimos lo haya usado esporádicamente, pero ya en el bueno, en el AVE.
Ha sido éste último un viaje corto, apenas una hora y cuarto, ida y vuelta en el día. Pero con la suficiente intensidad como para haber estado ocupado  todo el tiempo: lectura de algunas páginas de una novela, contemplación tranquila del paisaje, pensamientos varios y ni una cabezada. Lo dicho, el tiempo muy bien aprovechado. Y de los pensamientos varios que hubo, destacó sobre todos ellos el que me llevó hasta finales de los setenta para volver a montarme en un ferrobús.
Acabo de leer algo sobre este tren, actualmente hay medios que te acercan todo y te lo acerca muy rápido, y me entero que existió en prácticamente todo el mundo, que los primeros se fabricaron durante la Primera Guerra Mundial y que su uso, con muy pocos avances técnicos, pervivió hasta la década de los ochenta. A España llegaron un par de años antes de que yo naciera, y RENFE los llamó Serie 591. Menos mal que ese nombre no se popularizó, porque entonces este artículo carecería de romanticismo, si es que llega a tenerlo. Casi desde el principio se le conoció con el nombre de ferrobús ya que compartía muchos aspectos técnicos y sobre todo estéticos, con los más conocidos autobuses.
Esto era un ferrobús.

Normalmente estaban formados por dos unidades simétricas (a veces también incluían otro vagón central), cajones de aluminio con ventanas sobre cuatro rueda de hierro empujadas por un motor diésel y en uno de sus extremos, la cabina para el conductor, que no era tal porque no estaba separada de los viajeros; o sea, que disponía el maquinista de un reducido espacio para realizar su trabajo, abierto al resto del coche, y por lo tanto los viajeros le veíamos a él y también el paisaje que se nos venía por delante. Pero si el buen hombre necesitaba privacidad para realizar su labor, porque en ese momento se pusiera nervioso a causa de algún apuro que estuviera pasando, echaba una cortinilla y nos privaba, si íbamos en los primeros asientos, de contemplar cómo el tren se comía las vías y cómo se resolvía y en qué quedaba el aprieto del muchacho.
Desde ahí se conducía el tren, a la izquierda el asiento del "revisor", un extintor por si acaso, y a la derecha la puerta de entrada de los viajeros.

El ferrobús: el ferrobús era un tren destinado a cortas distancias, a pararse en todas las estaciones, en todos los pueblos; creo que paraba hasta en lugares que no tenían estación. Sí, una vez lo hizo, cerca de Cazalla de la Sierra y ya de noche; hubo que esperar a que llegara otro y lo remolcara. Pero su uso se extendió a otras distancias mayores, seguramente promovido por una necesidad política de cubrir todas las capas sociales y económicas. También estaba el TER, pero ese era más caro y más rápido, y mucho más cómodo, pero yo nunca lo "cogí".
Me serví de él en numerosas ocasiones, pero sobre todo para desplazarme entre Villanueva y Sevilla durante mi primer año de carrera. Venía al pueblo con relativa frecuencia, más para cumplir con los pecados veniales de la carne (ni la época ni los actores dábamos para más) que a otra cosa; ni siquiera para llenar la fiambrera, que aún estaban por inventar los tapergüers y sus abusos. En mi maleta poca ropa, un puñado de folios por estudiar y algún libro que no se abría durante el fin de semana; casi siempre un juego de sábanas sucio, que esas telas nunca fui capaz de lavar a mano. A veces ni eso, sólo cuatro cosas en la vieja bolsa roja de coca-cola que la multinacional me regaló en premio a mi buen hacer en un concurso de redacción.
Como esta era mi bolsa, la historia la cuento otro día.

La vuelta, el domingo por la tarde muy temprano, casi recién comido. Primero, autobús de AutoRes hasta Mérida, o seguramente también en ferrobús; luego, un tiempo de espera que se iba en el corto trayecto a pié entre las dos estaciones, la de autobuses y la del tren; una bolsa de pipas para el camino y arriba, al ferrobús. Me quedaban, en el mejor de los casos, cuatro horas de viaje y un constante traqueteo, un rápido ir de lado a lado, un “penduleo”  inacabable, un temor a que todo ello se desencajara en cualquier momento, en una brusca frenada, en medio de una curva oscura, en alguna estación sin nombre. Porque ese tren se movía, me parece, incluso estando parado; sí, parado te transmitía una extraña vibración que, si te cogía dormido al detenerse en alguna estación y estando con la cabeza apoyada en el cristal, despertabas rápidamente por el constante golpeteo cabeza-cristal.
Era incomodísimo: una doble fila de bancos forrados de escai (¿cómo se escribe correctamente escai?) con respaldo casi vertical del mismo material; este respaldo tenía la particularidad de poderse abatir, con lo que el asiento se transformaba y el pasajero podía optar por viajar de cara al sentido de avance del tren o de espaldas. En esas condiciones sólo te quedaba la elección de ver pasar el mundo por la ventanilla mientras era de día, y más tarde, ya de noche, dejar fija la mirada en cualquier punto, menos en una revista o un libro, porque leer era de todo punto imposible entre el movimiento y la escasa luz artificial.
Si coincidías con algún conocido, el viaje podía ser más ameno, algo de conversación y el tiempo se acortaba; pero si ibas solo, el aburrimiento era total y el tiempo se alargaba, se alargaba y se alargaba. Si hacía calor, pues a bajar el cristal de la ventanilla y a tragar el aire caliente del Sur; y si hacía frío, bueno, si hacía frío y estábamos de suerte, pues seguías pasando frío en el mejor de los casos; pero como funcionara la calefacción, entonces  el calor volvía a ser de verano y había que abrir una rendija a la ventanilla. Nunca hubo un término medio.
El ferrobús por dentro, a la izquierda el aseo para casos de necesidad.

En esas condiciones, diecinueve estaciones entre las dos ciudades: Calamonte,  Almendralejo, Villafranca, Los Santos y una parada algo más prolongada en Zafra; después Llerena, Fuente del Arco y cruzar Sierra Morena: Guadalcanal, Alanís, Cazalla, Constantina, El Pedroso y Villanueva del Río; unas cuantas más y Sevilla. Qué pesadez de viaje.

Sin embargo, qué corto y qué cómodo se me ha hecho el que realicé hace unos días. En aquella juventud nunca se me hubiera ocurrido (no soy Julio Verne) que algún día, en un tren también considerado de cortas y medias distancias, reposaría mis pies en unos apoyos regulables, un monitor me indicaría la próxima parada y las que me quedan y en algunos momentos hasta me mostraría la velocidad a la que voy viajando; que podría fijar mi vista en un libro y leerlo sin fatiga. Y que no sería menester abrir ventanillas porque la temperatura interior iba a ser constante e idónea. Incluso no me hubiera importado que el viaje durara más.


domingo, 12 de enero de 2014

Índice

C.V. Profesional

C.V. Bueno

Al principio

Apenas leo poesía

Caminos del deseo

«Ayn Rand (Alisa Zinovievna Rosenbaum)»

Cincuenta aniversario

Confianza

Crear contenido

Decirle tonto sin decir tonto

Dejar de leer un libro

De postre, fruta

De Pulgarcito a El Padrino

De regreso a casa

Desayuno en el parque

El beso que nunca fue

El petricor y el ozono

El sueño que he tenido

El teléfono, 150 años.

«El tiempo no existe»

Escabeche en Jueves Santo

Estado actual de Arturo Gallego Mendoza

«Esto también es memoria histórica»

Fue un Viernes Santo

Genealogía

Hoy ha tocado cortarme el pelo

Insultando, que es gerundio

Insultando suavemente

La convivencia sobre una vieja pista deportiva

«La Laureada de Alcántara»

La palabra más bella

La perra gorda

«La poesía es un arma cargada de futuro»

«Las mejores cosas de la vida»

«Leonard Cohen, premio Príncipe de Asturias 2011»

Lo que tú digas

Mala reputación

Maneras de tomar café

Manías

«Nada se ha hecho más sagrado que las fotos obsesivas... »

Ni el tiempo ni la ausencia

Nochevieja

No ha sido un déjà vu

No me gustan los mercadillos...

Nuevas palabras

Nunca sabes cuándo será la última vez que haces algo

Oiga, perdone

Que no sea nada…

Razón o emoción

Salvar la reputación

Se corre mal con  un niño en brazos

«Siento que tengo la edad...»

Sí, y tú ¿qué?

Salirse del camino

Un sobrecito de azúcar

Y la vida siguió


CRÓNICAS DESDE EL DOBLAO

A mí me enseñó a leer…

Cerro Muriano

Como tú, ninguno

Dos días de enero

El Día de las Juncias

El día más feliz de mi vida

El ferrobús

El Portal de Belén

El viejo barbero

En el Pedro de Valdivia

La bici del Badén

La Casa de los Cuesta

La Escuela del Cristo

La pedrada

La primera multa

La Selectividad

Mi primera moto

Nidos de golondrinas

Tres mentiras

Voy por churros

 

INSTANTÁNEAS

1958, febrero

1959, febrero

1960, mayo

1961, abril

1962, otoño

1963, abril

1963, mayo

1964, enero

1964, 27 de mayo (1)

1964, 27 de mayo (2)

1964, 27 de mayo (3)

1964, 27 de mayo (4)

1964, agosto

1965, febrero

1965, diciembre

1966, verano, calle Santiago

1967, febrero o marzo

1968, julio, Chipiona

1969, mayo

1970, verano

1972, agosto

1973, verano, El Badén

1974, mayo

1977, julio o agosto

1978, 27 de octubre

1979, Argel 27, Cuartel de San Fernando

2021, 4 de abril


DECÍA MI MADRE

Váyase usted a la mierda y va muy bien servido

Cada vez que meas te da una idea

Culo veo, culo quiero

Dímelo andando

El 'no' se lleva siempre consigo

En mi casa mi culo descansa

Ese garbancito no se ha cocido en esta olla

Estar al cabo de la calle

Hay que ver, lo tienes todo al retortero

Hijo, ni la purga Benito

Lo caliente está a gusto de todo el mundo

Lo tienes todo manga por hombro

Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos

Melón y tajá en mano

Mientras voy vengo, vida tengo

Míralo, como si oyera llover

¿No pensarás salir así, a cuerpo gentil?

Para qué hacer caso a medios días habiendo días enteros

Por un oído te entra y por el otro te sale

Préstame un pan y tráemelo a casa

¿Qué, mirando a las musarañas?

Quien evita la tentación evita el pecado

Te vas a enterar de lo que vale un peine

Te voy a dar más palos que a una estera vieja

Un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio


COSAS DE COMER

Arroz en Islantilla

Sobre el gazpacho

En invierno, migas

Potaje de Lentejas

Chiquillos con chaleco

Los macarrones de Encarna


CITAS

De Borges

De Cortázar


DE OTROS

Benito y la purga

Declaraciones miserables para ocultar los errores del Gobierno.

Carta a Javier Bardem

El cansino lloriqueo de los milenial

En España aún hay censura

Esto también es memoria histórica




ulo)

domingo, 14 de junio de 2026

Desayuno en el parque.

Mi nueva vida, la de ausencias de obligaciones laborales, me lleva muchas mañanas, y antes de que el sol caliente más de lo admisible, a caminar por un par de calles del entorno de mi vivienda hasta alguno de los parques —casi bosques— próximos en los que ocupo el tiempo con una caminata hasta justo el momento en que el cuerpo me dice «venga, Mánuel, siéntate un ratillo, luego sigues».
Es durante ese recorrido hasta llegar al parque que toque, donde voy dejando en las aceras no sé cuantas terrazas de bares con casi todas sus mesas ocupadas a pesar de tan temprana hora. Y da lo mismo la estación del año, el tiempo o el horario, que para ello han inventado un entoldado envolvente que cobija de las agresiones exteriores. Ahí están, los veo a diario, tipos y tipas de variado aspecto, condición y edad que no dudan en realizar esta actividad en medio del pequeño caos que supone estar rodeados de otras sillas ocupadas, ruido de cláxones, humo de motores y conversaciones elevadas de decibelios, cuando no de monólogos a través de un pinganillo. Ahí están: obreros en su tiempo de desayuno; jubilados, con o sin pareja, pero con el perrito atado a la pata de la mesa; grupos de señoras ataviadas con llamativas ropas deportivas, mochila y alfombrilla enrollada de invariable color chillón; abuelos con el nieto de cortísima edad adormilado en su cochecito; personas a las que sólo acompaña su primer cigarrillo cuando aún no les han servido el café; y muchos otros que no consigo encajar en categoría alguna, pero que me obligan a preguntarme por qué están ahí.
Sin embargo, la gran pregunta que me hago, para todos los grupos anteriores, excepto el primero, es ¿por qué no desayunan en sus casas?, y también ¿es que no saben prepararse un café, hacerse una tostada, untársela de fuagrás? —esto último sí saben hacerlo, que el bar no sirve las tostadas ya untadas—.
Pues eso, que estaba un servidor un día más plateándome estas incógnitas al pasar junto a ellos, sin comprender —y sigo sin comprenderlo— esa costumbre que en poco tiempo ha arraigado tan sólidamente por estas tierras, hasta tal punto que, incluso se habla de una cultura al hecho de desayunar en la calle, que cualquier novedad es ya cultura, oiga. E invariablemente, como cada día, sin encontrar respuesta, cuando al cabo de más de una hora, que es lo que vengo tardando en dar una vuelta por los senderos del parque, me detengo a descansar antes de iniciar el regreso a casa, en una zona habilitada no sólo para el reposo, sino también para reuniones y comidas grupales. Veo llegar a una pareja, mayores ambos, lo que hoy viene a llamarse tercera edad —menuda bobada el eufemismo—, portando dos sillas de playa y una bolsa grande de supermercado. Se posicionan no muy lejos de mí, pero lo suficientemente cerca como para poder observarlos con precisión: abren sus sillas, se sientan y comienzan a sacar cosas de la bolsa; veo que en la mesa dejan tapergüeres, servilletas y cubiertos; después tazas y un gran termo del que sirven a las tazas. Minutos después están los dos plácidamente desayunando bajo la agradecida sombra del pinar, que junio ha venido calentito y el sol comienza a animarse más arriba de las copas de los árboles. Me quedo allí más tiempo del habitualmente empleado en mi descanso. Y es que estoy disfrutando con la demostración de sosiego que los dos personajes me están ofreciendo, tan lejos de la innecesaria vorágine que es la terraza de la calle, tan cerca de la calma que esas edades necesitan y a la que con todas mis fuerzas aspiro. Otra escena más de esas de las que decimos que nos reconcilian con la vida.
Vuelvo a casa, pero ahora por otra calle más tranquila, apenas si me cruzo con gente y no paso por ninguna terraza de bar que pueda alterar la idea del momento. Imagino al viejo matrimonio recién levantados esa mañana, después de la cálida noche que, tal vez, no les haya dejado dormir, decidiendo que durante las dos horas siguientes no quieren más calor: «Mira, Juan, hago café, preparo algo y nos vamos al parque a desayunar», «como tú quieras, Reme, estupendo».


domingo, 18 de agosto de 2019

De "El asesinato de Roger Ackroyd"

Dicen que es la mejor novela de suspense que se ha escrito. Posiblemente sea verdad.
Lo que sí es cierto, que es la que más me ha gustado de todas las que he leído.

 


«¿Se habría suicidado? Si lo había hecho, lo más seguro es que hubiese dejado alguna nota sobre el paso que iba a dar. Sé por experiencia que las mujeres que deciden suicidarse desean, por regla general, revelar el estado de ánimo que las lleva a cometer ese acto final».
«Pero, ¿cree usted posible, Monsieur, que un hombre trabaje y sude para lograr cierta clase de bienestar y una vida según sus ambiciones para descubrir que, después de todo, echa de menos los días de trabajo ingrato y la antigua tarea que creyó que le hacía tan feliz dejar».
«—Todo el mundo tiene algo que esconder —dije, sonriendo.
—Eso mismo.
—¿Sigue creyéndolo?
—Más que nunca, amigo mío. Pero no es nada fácil ocultarle cosas a Hércules Poirot. Tiene la especialidad de descubrirlas».
«Dicen que los que escuchan a los demás no oyen nada bueno de ellos».
«A veces las secuelas tardan en manifestarse. Las personas no son responsables de sus actos, pierden el dominio sobre ellas mismas y no permiten que nadie les ayude».
«Después de todo, muchos crímenes se han cometido por menos de quinientas libras. Todo depende de la cantidad de dinero que hace falta para corromper a un hombre. Es una cuestión de relatividad. ¿No es cierto?».
«—No sé mucho sobre crímenes —señaló miss Gannett con el tono de quien no ignora nada—, pero puedo decirle una cosa. La primera pregunta que hacen siempre es: ¿quién ha sido el último en ver al muerto? Y se sospecha de persona en cuestión…».
«…Es posible presionar a un hombre tanto como se quiera, pero con una mujer no hay que rebasar ciertos límites, pues una mujer tiene en el fondo de su corazón un gran deseo de decir la verdad».
«¡Cuántos esposos han engañado a sus esposas y bajan tranquilamente a la tumba, llevando su secreto consigo! ¡Cuántas esposas que han engañado a sus esposos arruinan sus vidas confesándolo todo! En un momento de atrevimiento, que les pesa haber tenido después, desprecian toda cautela y proclaman la verdad con gran satisfacción momentánea».
«Poirot me recibió con mucha cordialidad. Había una botella de whisky irlandés —que detestoؙ— en una mesita, junto con un sifón y un vaso. Él bebía chocolate caliente. Más tarde descubrí que se trataba de su bebida favorita».

De  "El asesinato de Roger Ackroyd", de Agatha Christie ( Agatha Mary Clarissa Miller, Torquay, Inglaterra, 15 de septiembre de 1890 —Wallingford, Inglaterra, 12 de enero de 1976, escritora y dramaturga británica, especializada en el género policial.