domingo, 28 de junio de 2026

Desayuno en el parque.

Mi nueva vida, la de ausencias de obligaciones laborales, me lleva muchas mañanas, y antes de que el sol caliente más de lo admisible, a caminar por un par de calles del entorno de mi vivienda hasta alguno de los parques —casi bosques— próximos en los que ocupo el tiempo con una caminata hasta justo el momento en que el cuerpo me dice «venga, Mánuel, siéntate un ratillo, luego sigues».
Es durante ese recorrido hasta llegar al parque que toque, donde voy dejando en las aceras no sé cuantas terrazas de bares con casi todas sus mesas ocupadas a pesar de tan temprana hora. Y da lo mismo la estación del año, el tiempo o el horario, que para ello han inventado un entoldado envolvente que cobija de las agresiones exteriores. Ahí están, los veo a diario, tipos y tipas de variado aspecto, condición y edad que no dudan en realizar esta actividad en medio del pequeño caos que supone estar rodeados de otras sillas ocupadas, ruido de cláxones, humo de motores y conversaciones elevadas de decibelios, cuando no de monólogos a través de un pinganillo. Ahí están: obreros en su tiempo de desayuno; jubilados, con o sin pareja, pero con el perrito atado a la pata de la mesa; grupos de señoras ataviadas con llamativas ropas deportivas, mochila y alfombrilla enrollada de invariable color chillón; abuelos con el nieto de cortísima edad adormilado en su cochecito; personas a las que sólo acompaña su primer cigarrillo cuando aún no les han servido el café; y muchos otros que no consigo encajar en categoría alguna, pero que me obligan a preguntarme por qué están ahí.
Sin embargo, la gran pregunta que me hago, para todos los grupos anteriores, excepto el primero, es ¿por qué no desayunan en sus casas?, y también ¿es que no saben prepararse un café, hacerse una tostada, untársela de fuagrás? —esto último sí saben hacerlo, que el bar no sirve las tostadas ya untadas—.
Pues eso, que estaba un servidor un día más plateándome estas incógnitas al pasar junto a ellos, sin comprender —y sigo sin comprenderlo— esa costumbre que en poco tiempo ha arraigado tan sólidamente por estas tierras, hasta tal punto que, incluso se habla de una cultura al hecho de desayunar en la calle, que cualquier novedad es ya cultura, oiga. E invariablemente, como cada día, sin encontrar respuesta, cuando al cabo de más de una hora, que es lo que vengo tardando en dar una vuelta por los senderos del parque, me detengo a descansar antes de iniciar el regreso a casa, en una zona habilitada no sólo para el reposo, sino también para reuniones y comidas grupales. Veo llegar a una pareja, mayores ambos, lo que hoy viene a llamarse tercera edad —menuda bobada el eufemismo—, portando dos sillas de playa y una bolsa grande de supermercado. Se posicionan no muy lejos de mí, pero lo suficientemente cerca como para poder observarlos con precisión: abren sus sillas, se sientan y comienzan a sacar cosas de la bolsa; veo que en la mesa dejan tapergüeres, servilletas y cubiertos; después tazas y un gran termo del que sirven a las tazas. Minutos después están los dos plácidamente desayunando bajo la agradecida sombra del pinar, que junio ha venido calentito y el sol comienza a animarse más arriba de las copas de los árboles. Me quedo allí más tiempo del habitualmente empleado en mi descanso. Y es que estoy disfrutando con la demostración de sosiego que los dos personajes me están ofreciendo, tan lejos de la innecesaria vorágine que es la terraza de la calle, tan cerca de la calma que esas edades necesitan y a la que con todas mis fuerzas aspiro. Otra escena más de esas de las que decimos que nos reconcilian con la vida.
Vuelvo a casa, pero ahora por otra calle más tranquila, apenas si me cruzo con gente y no paso por ninguna terraza de bar que pueda alterar la idea del momento. Imagino al viejo matrimonio recién levantados esa mañana, después de la cálida noche que, tal vez, no les haya dejado dormir, decidiendo que durante las dos horas siguientes no quieren más calor: «Mira, Juan, hago café, preparo algo y nos vamos al parque a desayunar», «como tú quieras, Reme, estupendo».


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