domingo, 14 de abril de 2024

2021, 4 de abril

Tiene esta fotografía una fecha exacta, 4 de abril de 2021, pues los modernos sistemas se ocupan de recordárnoslas, o al menos ésa es la que me informa cuando se lo pregunto. Aquel 4 de abril de 2021 fue Domingo de Pascua, o lo que es lo mismo Domingo de Resurrección, que en mi pueblo es el Día de La Carrerita.
Para ser un día tan destacado en el calendario de mi vida, un servidor no había visto esa mañana a la Virgen de la Aurora correr en la plaza, ni me había deleitado, como es costumbre, desayunando los mejores churros del mundo; o casi los mejores. No, ese Día de La Carrerita no estuve en Villanueva. Aquella mañana Mª Carmen y yo paseábamos por un parque próximo a nuestra casa, un parque grande, casi un bosque, de esos que ahora, por su ubicación, vienen a llamarse periurbanos. Y aunque el clima no acompañaba aun tratándose de primavera —el cielo nublado, pero con aceptable temperatura—, habíamos decidido, ella había decidido, que ya era hora de salir a tomar el aire. Y como de lo que se trataba era un paseo, pues ropa cómoda, deportiva, casual, o como se llame ahora, y a la calle sin prisas.
Habían transcurrido 47 días desde que la habían operado y un mes más desde que le dieron la noticia que, por teléfono y entre lágrimas, me comunicó. Y como todo iba bien y había que volver al orden de nuestras vidas, qué mejor que un paseo para retomar el equilibrio que parecía habíamos perdido.
Al lado del camino, al final de una leve pendiente, vi el formidable eucalipto —siempre me han gustado los eucaliptos, a pesar de ser tan denigrados, enorme aquel que tanta sombra nos dio en el Badén—, altísimo, corpulento, anclado a la tierra con raíces como garras. Apenas lo pensé, «Mari Carmen, siéntate ahí», «¿?», «sí, ahí, sobre la raíz más grande».
Y lo hizo, pero sin el ánimo con que suele aceptar estas peticiones, y sin la frescura y la sonrisa que en situaciones así ella despliega. A pesar de ello hice la foto, porque, aunque no tenía el gesto acostumbrado, la instantánea la vi perfecta: ella relajada, tranquila, apoyada en la gruesa raíz que se hinca segura y firme en el terreno; al abrigo del árbol fuerte y poderoso, protegida por un invisible abrazo que atenúa el pesar que desde hacía semanas le dominaba.
Vi que en ese momento vivíamos un punto de inflexión, la curva se había suavizado en su descenso e iniciaría un cambio en ese momento. La reconquista del Sol, de su vida. Y no me equivoqué.
Después, inmediatamente, le enseñé la foto —desde que la digitalización de la fotografía se ha impuesto a la analógica, el fotografiado exige ver el resultado al instante— y no le gustó. Se veía seria, impropia, lejos de su normalidad. No vio lo que yo sí vi, y creo que aún sigue sin verlo; tanto, que se ha negado a que, la que para mí es tan trascendental foto, sea expuesta en un marco y luzca en la mejor pared de la casa.
Seguimos paseando, el parque invitaba a ello. Hicimos más fotografías, al paisaje, a nosotros, pero en ninguna encontré las sensaciones que en ésta percibí. En ésta vi que detrás de ella había algo que la iba a proteger, que desde ese ahora el mal iba a ser menos hasta llegar a ser nada. Y que muy pronto, cuando le pidiera una pose para una foto, la sonrisa estaría presta en su cara, como siempre lo ha estado.
Y lo de ponerla en un marco, eso al tiempo, todo se andará. Porque, repito, es una foto impecable.


No hay comentarios:

Publicar un comentario