Cuántas veces tras una comida, o tomando un café, o cerveceando con un grupo de amigos, o durante una charla en un tiempo muerto en el trabajo con compañeros, no es necesario que sean muchos los participantes, te das cuenta que uno de ellos, o dos, pues no tiene por qué ser un ejemplo solitario, suelta una tontería, un comentario fuera de lugar, sin venir a cuento; o las encadena una detrás de otra como si ese fuera su gusto, y vuelve a hacer lo mismo en otras ocasiones, repitiéndose como si eso le fuera una necesidad, el aire a respirar, su profesión frustrada, su sueño por fin cumplido. ¿Te ha ocurrido, ¿verdad?, pues a mí también.
Y es a veces, o siempre, en medio de esa tertulia en la que el memo de turno se hace ver con machacona frecuencia, cuando a un servidor le entran ganas de hacérselo ver, entérate bobo, que lo eres y todavía nadie te lo ha dicho. Pero, ¿cómo se lo digo sin que se entere que se lo digo?, que lo último que quiero es hacerle daño, que bastante tiene con lo suyo. Y tampoco quiero que los demás, porque seguramente habrá alguno que todavía no sabe que el tipo es estúpido, lo descubran, que cada uno haga su esfuerzo, y lo valore, y lo juzgue y le diga tonto si así también lo considera.
Pues sí, me ha ocurrido en varias situaciones, no diré que muchas, sí las suficientes para hacerme meditar sobre el asunto, como ahora estoy haciendo. Pero de cuándo me ha sucedido, lo recuerdo, al tipo o a los tipos quiero decir, y de alguna ocasión, incluso recuerdo la ocasión. Es en esas circunstancias cuando he pensado lo de decirle al necio de turno que lo es, pero educadamente, sin ofenderle, que escuche mi opinión y no se altere ni siquiera momentos después cuando su cerebro ya la haya procesado, si es que su cerebro ha podido realizar tal maniobra. He de estar preparado para futuras ocasiones, debo anotar frasecillas oportunas para soltar en esos momentos, tratar de memorizarlas —esto es lo peor a estas alturas de mi vida—, la red de redes debe de estar llena de ellas. Buscaré ayuda.
La red de redes me ha ayudado y me ofrece un hasta el infinito y más allá. Dejémoslo sólo en unos pocos ejemplos:
Eres un inteligente asintomático.
Te faltan un par de veranos, o de inviernos, o de hervores, o de mareas.
Da la impresión de que el ascensor no llega al ático.
Admiro tu capacidad de opinar sin que el conocimiento interfiera.
¿Sabías que gracias a ti en los productos de limpieza pone ‘no ingerir’?
Me parece que te falta una papa para el kilo.
Aprecio cómo conviertes cada conversación en un ejercicio de paciencia.
Es admirable cómo la falta de información nunca frena tus ganas de opinar.
El mundo aún no está preparado para tus ideas.
A ti te mandan a espiar y tocas el timbre.
No eres el cuchillo más afilado del cajón.
Admiro cómo eres capaz de decir tanto sin aportar nada.
Tú eres de los que aplaudes cuando aterriza el avión, ¿verdad?
Es fascinante el sonido de tu voz cuando estas callado.
¿A qué no levantabas la mano en clase?
Siento envidia de la gente que no te conoce.
¿Practicas ayuno de neuronas intermitente?
Y las tres siguientes, quizás, sean las que más me gustan:
Existes porque debe de haber de todo en este mundo.
Me encantaría estar de acuerdo contigo, pero entonces estaríamos los equivocados.
Este muchacho no está terminado por el Señor (de mi amigo el Pollo).

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