domingo, 26 de octubre de 2025

Decepción

Tomábamos, un amigo y yo, café en una terraza a mitad de una de esas mañanas cálidas y luminosas que la primavera regala a esta ciudad, en un silencio sólo roto por el rumor de conversaciones vecinas. Apenas apurada su taza, que mi amigo acariciaba con indisimulado nerviosismo, me espetó sin preámbulos la pregunta:
 — ¿Tú crees que una madre puede decepcionarte diez años después de su muerte?
Forcé un silencio que duró más de lo que mi amigo esperaba mientras concluía mi café. Así que volvió a formularme la pregunta, pero ahora con un tono acuciante; aunque sin alzar la voz se notaba que me exigía una respuesta y en cualquier caso con urgencia. Sin tener preparada mi contestación no me quedó otro remedio que responderle con otras preguntas.
— ¿Qué ha pasado?, ¿qué sucede para que me hagas una pregunta así?
Durante breves segundos pensé que para que alguien se planteara una pregunta como la que acababa de hacerme debería de haber ocurrido alguna situación sorpresiva, como el descubrimiento de un documento del pasado cuyo contenido, a saber qué, hubiera llevado a mi amigo a considerarlo la causa de la decepción; o la revelación por parte de un tercero de algún hecho, hasta ahora oculto, en el que la madre de mi amigo hubiera sido parte, y cuya actuación no hubiera sido legal o ni siquiera honesta.
Sin respuesta a mis preguntas le hago saber mi doble argumentación a fin de que me indique dónde está el origen del desencanto. Nuevo silencio, la conversación no avanza, mejor pido otro café, mi amigo un vaso de agua. El camarero nos trae lo pedido y al marcharse, mi amigo se arranca, por fin:
— Verás, hace unos días nos reunimos unos familiares y algunos más que sin serlo sí he de decir que me son cercanos, aunque mi relación con ellos sea poco o nada intensa. Se trataba de una comida. Después unas copas y la conversación que iba de un tema a otro, casi todo intranscendente. Luego un giro más a lo personal y alguien que trae a colación el buen recuerdo que tiene de mi madre. Hasta ahí todo bien, había cariño y afectividad en sus palabras. Por un momento incluso me emocioné.
Siguió su monólogo en el que incluyó alguna anécdota vivida con ella y recordó retazos de cierta conversación. Pues resulta que, en esa conversación, de la que fui yo el tema central, mi madre le habló de mis virtudes y valías, lo cual no está mal hacerlo cuando de un hijo se trata. Pero también habló de lo contrario, de los defectos que me han acompañado en mi vida desde el principio de mis tiempos, faltas e incapacidades de las que siempre he sido consciente, y que ella me hacía saber y, con toda seguridad, intentó corregir.
No me molestó que dijera todo aquello de mí, no me molestó que lo supiera, ni siquiera que lo estuviera exponiendo ante otros, no, no me molestó. Me enfadó que lo hubiera sabido porque mi madre se lo había dicho. Mi madre no tenia derecho a compartir con nadie las opiniones negativas que tuviera de mí, mi madre no tenía que hablar mal de mí con nadie, mi madre debió de darse cuenta que comunicando a otro sus juicios sobre mí, podría perjudicarme.
Me sentí avergonzado escuchando lo que aquella persona estuvo contando. Menos mal que en el local había poca luz y nadie notó mi sonrojo. Apenas comenté aquello, sólo un «no sé, no creo que mi madre dijera eso de mí», pero lo hice con tan poco volumen que nadie debió de enterarse.

Poco o nada pude contestar a su relato, le hice saber cuánto lo lamentaba y afeé la conducta de la persona que le hizo la revelación. Por cierto, la conozco y estoy seguro que su pretensión al confesar aquella conversación estaba exenta de maldad. Mi amigo, ya con algo de desahogo en el cuerpo y en agradecimiento al tiempo que dediqué en escucharlo, quiso pagar los cafés. Me negué, por supuesto —«no hombre, pago yo, que he tomado dos»—.



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