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lunes, 13 de octubre de 2014

Al principio

 No sé de dónde me viene, ni cuándo fue la primera vez que sentí interés por ellos. Sé que uno de los primeros recuerdos de mi vida es verme dibujando desproporcionadas almenas sobre unas, aún más, desproporcionadas murallas. Y lo más hermoso era que no existía el conocimiento, porque, ¿cuántos castillos había visto yo en mi corta vida?, tal vez sólo Magacela, y desde lejos claro. Sí, seguro, sólo Magacela. Bueno, tal vez alguno más: desde algunos puntos de mi pueblo se ve no sólo el de Magacela, también La Encomienda y Medellín. Y desde el puente de la vía, los tres. Pero todos ellos sin detalle, lejanos, puntos en el paisaje, casi difuminados. Así y todo esa visión tan distante debía ser suficiente para despertar la pasión en mí; y a pesar de esa distancia física que impedía el conocimiento, sin haberlos visto ni tocado, yo ya los dibujaba.

Después, a mediados de los sesenta, mi padre compró por fascículos la Historia de España del Marqués de Lozoya, editada por Salvat. Cada fascículo llevaba en su contraportada una fotografía de un castillo de España y una muy breve reseña histórica y descriptiva. Cada vez que se encuadernaba un tomo yo guardaba esas contraportadas que, en multitud de ocasiones, sacaba de una vieja carpeta marrón de gomillas para extenderlas por el suelo del comedor y fotografiar mentalmente cada uno de aquellos castillos, para imaginármelos desde otros puntos, para buscar referencias que me dieran medidas y, por supuesto, para inventarme historias. Así fue como me enamoré un poco de casi todos ellos y a la vez de los que no estaban allí. Y por algunos de ellos perdí el norte, que perdido sigue.
Pero volvamos al principio, aunque no sé bien donde está. Creo que el principio debe estar en Magacela. Sí, seguro que el primer castillo que pisé en mi vida, hacia los diez o doce años, fue Magacela y ya entonces me estremecí; a pesar de su estado, de su abandono, no me decepcionó. Aún recuerdo el agradable escalofrío, el mismo que se repite cada vez que subo y atravieso su puerta: agradable, emotivo, puro placer.
Igual que todas las veces que he vuelto a subir, a fotografiarlo, a dibujarlo, a amarlo, a ser allí amado, a no olvidarlo, a descubrirlo de nuevo, otra vez y otra, y otra más. Y ese aletear de mariposas en el estómago, signo del amor en su primer estadio, se me repite cada vez que veo y piso por primera vez un castillo, en cualquiera; en unos más que en otros, sea cual sea su estado, pero no falla nunca. Bueno, sí falla, porque cuando vi por primera vez el de Coca, lejos y desde un coche, no había mariposas ni nada por el estilo, aquello fue un caos, ciertas vísceras parecían salírseme, hube de frenar en seco para así poder admirar, en el paisaje, durante un prolongado momento tanta belleza. Cuando me despertaron de mi ensimismamiento bajé del coche y caminé solo hasta él durante un largo trecho, alargando así el tiempo que dediqué a admirar el conjunto. Luego, reducida ya la emoción, entramos en él para gozar de una mañana inolvidable.
Como inolvidable fue la mañana que, despreciando inmejorables compañías, me encaminé, solo, hasta la fortaleza de Gormaz, para vivir tal vez los momentos más emocionantes que hasta entonces había vivido en un castillo; y permanecí durante un par de horas, solo, que el frío de noviembre no invitaba a ningún visitante más. A la vuelta, parada en el misterio de Ucero y la vista que se perdía en el cercano Cañón del río Lobos.
Creo que he vuelto a perder el hilo del tema. Iba porque Magacela era el principio, y sé que será el final. Para eso ha ayudado la proximidad, porque al estar cerca, cualquier momento es bueno para acercarse allí, no necesito excusas para pasearlo y sentarme sobre una piedra y mirar La Serena desde cada una de las cuatro estaciones del año: allí Villanueva, a la derecha La Coronada y Campanario, y si el día es de un azul inmenso, a lo lejos, muy lejos, el castillo de La Puebla.
Ya para siempre he convertido en una obsesión este asunto: mis excursiones, mis viajes, mis vacaciones suelen girar en torno a lugares donde haya un castillo; porque a lo largo de mi vida he comprobado que no hay paisaje más bello que el que contenga un castillo recortado en el cielo, ni un pueblo más altanero que el que se descuelga por la falda de una montaña coronada por un castillo. Da lo mismo su estado, su ruina, su tamaño o su estilo. Verlo, tocarlo, me es suficiente. Mis sensaciones son siempre iguales, da lo mismo estar ante la soberbia insultante de Calatrava, la altiva decrepitud de Benquerencia, la dura belleza de Belvís, el vergonzoso olvido de Mayoralgo y de tantos, o la coquetería de Cortegana.
Y es llegado a este punto del escrito y de mi vida, que me he dado cuenta que visitar tantos castillos (seguramente no han sido tantos) sólo me ha servido para llenar mis ojos y mi cámara de fotos, mi mente de recuerdos y mi piel de escalofríos. Pero en ningún sitio ha quedado reflejado todo eso, de manera que pudiera explicarlo, compartirlo con quien le pudiera interesar. Y me he estado planteando la manera de hacerlo, barajando medios, posibilidades; hasta que tomé la decisión de crear otro blog, con ese tema monográfico.
Trataré en él de reflejar no sólo las impresiones que mis visitas a ellos me produzcan; también añadir datos que las complementen, fotografías que las ilustren, y cualquier cuestión que sea relacional con el mundo de la castellogía. Que hoy hay medios para acceder a todo eso y sin moverse de casa. 


domingo, 13 de julio de 2025

Ese garbancito no se ha cocido en esta olla

Me ha traído mi hermano una frase de mi madre que un servidor tenía totalmente olvidada, no estaba en la lista de ellas que aún quedan por ser recogidas en este blog. La pronuncio ahora mentalmente, una vez y otra, sin conseguir ponerme en situación, no logro visualizar el instante en que ella la dijera, o los instantes, porque debieron ser más de uno. Y alguno, o algunos, hubieron de tener testigos, si no ¿a qué viene mi hermano recordándomela?, ¿o es que también a él se la dirigió?
Vayamos a la frase en cuestión. Que es más que una simple frase, es una perfecta metáfora. Y que en honor a la verdad casi le concedo la autoría a mi madre, porque la escribo en el buscador de la red de redes y no aparece nada que me lleve a ella, absolutamente nada. Aunque la debió escuchar, de alguien la aprendería, ¿de su madre?, ¿o fue de su propia cosecha?, a saber. Bueno, déjate de rodeos y vamos a ello.
Hago un esfuerzo, me pongo en situación: yo debía de ser pequeño, menos de diez años, carácter inquieto —ya presentaba maneras—, algo informal y protestón; a la vez que correcto en el trato para con los demás, sociable, graciosillo y ocurrente. Y hacia estas dos últimas virtudes de mi naturaleza se dirigía el dicho de hoy, que era:
«Ese garbancito no se ha cocido en esta olla»
Para que ella dijera eso, quien esto escribe debió, previamente, de dar una respuesta acertada a una pregunta, exponer un comentario razonado o hacer un chistecillo simpático; en definitiva, tener una idea aguda y oportuna a la situación de aquel instante, o a lo que en ese momento apareciera en la televisión, o a mi parte de la conversación que entre los dos tuviéramos. A mi madre, entonces, le parecerían atractivas mis palabras, sonreiría mostrando satisfacción por el ingenio de su hijo, a la vez que dudaría de que yo fuera el autor de las mismas.
A ver, aclaro este galimatías: la ocurrencia era el garbancito, y la olla mi cabeza. Al decir mi madre aquello, ponía en duda que tan acertadas palabras las pudiera haber fraguado yo. Eso me lo decía con una sonrisa mientras golpeaba levemente con su dedo índice en mi frente. Yo repetía mis palabras tratando de convencerla, y seguro que convencida se quedaba, si no lo estaba ya desde el principio, porque desde el principio sonreía como gesto de aceptación, confirmando mi autoría.

Pues sí, aquellos garbancitos se cocían en esta olla, aquellos y muchos más que se fueron cociendo a lo largo de los años. Pero como suelo decir a estas alturas del calendario: ¿tanto, para qué?


domingo, 6 de diciembre de 2015

El Portal de Belén

Desde hace muchos años y siguiendo la tradición familiar, en esta casa se pone el Portal de Belén. Daba mi hija sus primeros pasos cuando decidí, y en atención a su corta edad, adquirir pequeñas figuras de plástico y colores llamativos que representaban personajes del Nacimiento: el Misterio, los Reyes Magos, la Anunciación a los pastores, ganado variado, y algunos objetos de atrezzo y decoración. Su diseño inocente y sencillo ayudó a que mi hija, y después también mi hijo, encontraran en ello motivo de juego y entretenimiento, por lo que era normal verlos desbaratar aquel teatrillo: los Reyes avanzaban en su camino, cambiaban su orden, las ovejas pacían en lugares distintos cada día y por las noches, invariablemente, todos los actores se iban a dormir. Con el tiempo fue creciendo el número de figuritas y adornos, pero sin desmesura y nunca superando el espacio adjudicado la primera vez, para así poder convivir armoniosamente con otros ornamentos también navideños.
El Portal de mis hijos

Hasta que hace tres años, en que removido por el empuje de nuevos sentimientos, decidí sustituirlos por una cantidad muy reducida de piezas, a la vez que aumentaba notablemente su calidad. Son estas figuras unos Reyes Magos que pertenecieron al Portal de mi madre y que tuvo a bien regalarme la última vez que ella estuvo en su casa cuando, al pretender dividir en dos su Nacimiento, yo decidí extraer del viejo cajón de madera  sólo esas piezas únicas y dejé dentro el resto de aquel tesoro. Y es que esos Reyes Magos me fascinaron desde el principio de mi conocimiento, grandes, de colores suaves, naturales, y con unos rasgos y apariencia tan especiales que su imagen se ha convertido en la referencia con la que siempre me he identificado la noche del 5 de enero. Para colmo, mis tres Reyes Magos van a caballo, que no hay Portal de Belén en que se les vea montados a caballo, siempre en camellos, con lo que su singularidad les hace aún más especiales, únicos, más míos aún.

Son quizás, los objetos que más y mejor me trasladan a la Navidad, a la de entonces, no a la de ahora, artificial, fingida y prostituida por quienes la han hecho esclava de un consumismo sin fin; y quien quiera ver lo contrario o es uno de los que cooperan a ello, a uno u otro lado del mostrador, o es un necio.

Recuerdo las Navidades de mi infancia frías y húmedas. Frías por la época del año, claro, que en mi pueblo hacía frío y mucho: tejados que amanecían blanquecinos, gruesa escarcha en los charcos de las calles y una  casa de altas bóvedas que nunca llegaba a calentarse. Y húmedas por la invariable ocurrencia de mi madre de limpiar toda, toda la casa, al ritmo del sonsonete de los niños de San Ildefonso. Una vez realizado este zafarrancho general y a tenor del clima de diciembre, la casa quedaba helada durante días, pero muy limpia, eso sí.
Previo a todo eso, ella ya había instalado su Nacimiento. Mi hermano y yo le ayudábamos a levantar un entarimado con mesas y borriquetas sobre las que colocábamos unos tableros que normalmente se utilizaban para tensar y secar, tras su limpieza, los pañitos de ganchillo que tan hábil y fácilmente realizaba.

Casi siempre lo instaló en el pasillo de la casa, donde éste se abre antes de llegar al salón, aunque alguna vez lo hizo en la salita chica, o cuando lo puso en la sala más grande, la de la derecha, ocupando toda su superficie, que hasta hubo que quitar las puertas para poder disfrutarlo mejor.

Luego unas cajas de zapatos hacia el fondo, contra la pared, y ocultas con toneladas de guata gris, conformarían la orografía de lejanas montañas. A continuación un paseo por el campo más cercano a buscar musgos frescos y otras plantas que, junto al serrín, grandes piezas de corcho y también menudas, gravilla y no sé cuántas cosas más, decorarían el escenario. Bajo todo ello quedaba desplegada una madeja de viejos cables trenzados con decenas de bombillitas, que hacían intuir cuál sería la distribución final de toda la escena: había que saber desde el principio qué lugar ocuparía el Portal, el castillo, la posada, el chozo y cada casa, para así asignarles previamente su luz de celofán.
Mi madre, segura de la firmeza del entablado, desplazaba todo su volumen  por él con soltura y decisión, disponiendo a lo largo y ancho figuras y figuritas; construyendo casas, puente y molino; plantando praderas y árboles, dibujando caminos y encauzando ríos; para terminar espolvoreaba harina por el corcho de las montañas y colocaba sobre los arbustos y el campo verde motas de nieve de algodón. Al final, se llegaba a un resultado equilibrado en el que nada quedaba ajeno ni fuera de lugar, daba lo mismo la variedad de medidas, niveles o de estilos, su antigüedad o su estado, la correspondencia con la época o su ausencia. Nunca nos preocupó nada de eso, porque nunca de eso se trataba.

Me es fácil ahora pasear por aquellos Belenes de mi casa de Villanueva. Me basta entornar los ojos para ver arriba, en lo más alto de la montaña, el castillo con un soldado en la torre y Herodes en la puerta sentado en su trono y escoltado por otro soldado.
Descendiendo por la montaña, mis Reyes Magos van camino del Portal; tendrán que atravesar un pequeño puente sobre un río con patitos, que al estar lejos de su escala les obligará a quedarse toda la Navidad en la ladera de la montaña.
Junto al río, un chozo de paja y unos pastores alrededor del fuego; un ángel desde un árbol les comunica el acontecimiento. Y el recuerdo ahora vuela hasta un anuncio de televisión, quizás de un café, blanco y negro y en casa de mi abuelo, en el que el mensaje era una felicitación navideña con las imágenes de un Belén que tenía unos pastores idénticos a los nuestros. A su alrededor ovejas, gallinas y alguna vaca, ajenas y relajadas.
En el pueblo la posada, tres o cuatro casas y unos cuantos paisanos deambulando por él: un carnicero y su puesto de venta en la calle, una mujer sobre un burro con aguaderas, algunos caminan a cualquier lugar y otros, claramente, van hacia el Portal; todos con algo en las manos, una cesta, unos pollos.
Y en el Portal las cinco figuras, las más grandes de todo el conjunto, tal vez excesivas, sobre todo el Niño, pero el Niño siempre va sobrado en todos los Nacimientos. No obstante repito que eso no importaba, y tan poco importaba que hasta su bombilla era la mayor de todas, blanca y sin celofán.

Y cuando ya estaba terminado, mi madre le daba el visto bueno colocando unos antiguos muñequitos, vestidos de pastores, cerca del Portal. Decía que eran de su madre.

Sevilla, 8 de diciembre, 2015


sábado, 6 de febrero de 2016

Hoy ha tocado cortarme el pelo

Hoy ha tocado cortarme el pelo. Como vengo haciendo desde hace tiempo, prácticamente desde que abrió frente a mi casa, asisto a la peluquería donde oficia Jorge. Tan cerca está que, en más de una ocasión y desde mi balcón, cuando lo he visto en la puerta fumando el cigarro que la ley le impide quemar dentro, le he dado una voz y le he pedido fecha y hora para el siguiente “arreglo”:
—¿Te viene bien a la seis?
— Vale.
En Jorge destacan de entrada dos cosas: su tipo delgado, menudo, y una permanente media sonrisa. Al pronto aparenta nervios, pero cuando coge en sus manos sus útiles de trabajo trasmite más calma que viveza; es sosegado en sus gestos profesionales, sin importarle la demora en su trabajo, al menos conmigo. Inmediatamente después de envolverme en el ligero mantelón azul y precintarme el cuello con una especie de cinta elástica de papel, surge alguna pregunta, casi siempre la misma:
— Bueno, ¿cómo va eso?
— Pues nada, ya ves.
Y ya ha comenzado la conversación: actualidad política, algo de deportes, referencias al nivel comercial que está adquiriendo nuestra calle y la invariable pregunta de todos mis cortes de pelo, “qué cómo anda tu hijo”. Este muchacho me pregunta siempre por él: qué hace ahora, hace tiempo que no le veo, en qué equipo anda. Y eso que no es cliente suyo.
Pero como buen profesional que es, me parece evidente que se interese por cuestiones de sus clientes. De esta manera se hace más cercano, más confidencial, mejor vecino. O sea, que eso se lo hará a todos.
Sigue la conversación y en un momento me fijo en el espejo y me veo con barba de un par de días.
—Oye Jorge, ¿tú afeitas?
Me dice que muy poco, casi nada, que apenas hay clientes para ese servicio. Ni siquiera él se afeita, a navaja quiere decir. Le propongo que otro día me afeite, cuando no haya nadie esperando su turno y pueda hacerlo con tranquilidad.
Me cuenta que su padre siempre afeitó mucho y bien (Jorge ha heredado la profesión, aunque no la sección afeitados), y que incluso aún, a su edad, sigue haciéndolo. Pero no me dice la edad, de su padre.
También le propongo que afeite semanalmente a un cliente, de manera gratuita, para no perder la práctica ni el pulso, que en el afeitado debería de estar su primera habilidad, pues la barbería creo que es el origen y no la peluquería. Sonríe ligeramente, pero me temo que no lo hará.
Le cuento que me han afeitado dos veces en mi vida. La primera en la mili, donde me dejé hacer por uno de los compañeros de la peluquería del cuartel una tarde de escasa clientela.
La segunda fue la mañana del día que me casé. En vez de estar en casa, en capilla, hasta la hora de caminar para la Capilla Real, decidí salir a dar un paseo por el centro y pasando por la Puerta del Arenal me animé a entrar en la barbería que aún hoy existe al principio de la calle Harinas. Sólo me afeité, ya me había “arreglado” el pelo días antes.
Así que con toda seguridad va a haber una tercera vez en la próxima ocasión que visite el local de Jorge. Se lo recordaré cuando para ello pase a pedirle hora.

Nota:
No corresponde la fecha de redacción de este texto con ésta de su publicación. Lo acabo de encontrar perdido en un surco del disco duro.

domingo, 27 de julio de 2025

No me gustan los mercadillos...

No me gustan los mercadillos, al menos en el sentido más popular y extendido en la actualidad.

Pues menudo comienzo has tenido. Intentemos arreglarlo.

De pequeño acompañé en numerosas ocasiones a mi madre al que todos los sábados —ubicación temporal que le daba nombre— se instalaba en la plaza de España de mi pueblo, bajo los soportales. El tiempo y el aumento de vendedores hizo que se trasladara a todo lo largo de la calle Ramón y Cajal, e incluso llegara hasta el Parque. Ahí lo dejé yo, que ya me ausenté y mis retornos fuero de tarde en tarde, o peor, de higos a brevas.

En una de aquellas venidas lo vi trasladado La Laguna y tiempo después, tanto había crecido, que lo empujaron más allá, cerca de las afueras del pueblo. Hoy lo instalan aún más lejos, en una zona de “reciente construcción”, verdaderamente a las afueras.

Actualmente ese mercadillo, como casi todos los que se levantan por los pueblos de esta tierra, no tienen nada que ver con aquel de mi infancia. Mientras en el de mi recuerdo infantil se mezclaban puestos con mercancías variadas, ropas, zapatos, cacharrería, alimentación y un no muy largo, pero sí diverso, catálogo de productos, en los actuales la oferta de género es muy limitada: ropa, ropa y ropa, incluidos zapatos; pero prácticamente todo para mujer, para nosotros muy poco, pero no me importa, hago poco gasto. También, algo de tejidos para el hogar, cortinas y cosas así, y puestos puntuales de otras cosillas. Bah, cosas sin interés que no aparecen en la lista de la compra de quien esto escribe.

A lo que iba al principio, repito, no me gustan los mercadillos. Pues a la monótona y escasa oferta de productos a la venta hay que añadir dos componentes más por los que siento un irrenunciable rechazo: hay muchísima gente, mucha, apenas se puede caminar, no es agradable el continuo roce, el choque involuntario, perdón señora, disculpe, una y otra vez. A lo que hay que añadir el calor, que, aunque se trate de fecha invernales siempre lo hará —en verano ni os cuento—; la proximidad de los cuerpos, el roce que decía antes, el ambiente opresivo, todo ello sumado hará que mi estancia allí me resulte agobiante. Un fastidio de situación.

Pero queda un último elemento que añadir al asunto, que tres son tres los motivos que suelo esgrimir para eludir las visitas a esos lugares, y es el ruido, mucho ruido, un murmullo constante, general, de decenas de decibelios, alterado a ratos por alguna voz estridente que a veces habla por teléfono —ni que me importara algo su conversación, pues hable bajo, criatura—. Y de vez en cuando, antes incluso, en el tránsito entre un puesto y otro, una voz destaca sobre todo el colectivo de visitantes, es la del vendedor o la vendedora, que ofrecen su mercancía a voz en grito, de manera repetida, estridente, a intervalos cortos de tiempo, molestísimamente.

Sin embargo, un martes de este mes, que es cuando se monta el mercadillo en el lugar donde temporalmente resido, y cuando todo transcurría con la incomodidad que esos lugares me producen, vi alterada la normalidad con la voz de un tendero que ofrecía exclusivamente vestidos de mujer, coloridos, frescos, amplios, aptos para el verano y el calor. El buen hombre voceaba a su público frases ocurrentes, originales, destinadas a todas sus potenciales clientas pero que a veces parecía dirigir a alguna señora en concreto al otro lado del tenderete. Capté dos que me gustaron, y mucho:

   ¡Venga, venga, que mis blusones os hacen guapas!

Y la mejor:

   Anda, pruébatelo, que a ti te resalta.

Pues nada, que el tipo me reconcilió con los mercadillos, pero sólo el rato que permanecí por allí, que ya fue bastante.

domingo, 26 de octubre de 2025

Decepción

Tomábamos, un amigo y yo, café en una terraza a mitad de una de esas mañanas cálidas y luminosas que la primavera regala a esta ciudad, en un silencio sólo roto por el rumor de conversaciones vecinas. Apenas apurada su taza, que mi amigo acariciaba con indisimulado nerviosismo, me espetó sin preámbulos la pregunta:
 — ¿Tú crees que una madre puede decepcionarte diez años después de su muerte?
Forcé un silencio que duró más de lo que mi amigo esperaba mientras concluía mi café. Así que volvió a formularme la pregunta, pero ahora con un tono acuciante; aunque sin alzar la voz se notaba que me exigía una respuesta y en cualquier caso con urgencia. Sin tener preparada mi contestación no me quedó otro remedio que responderle con otras preguntas.
— ¿Qué ha pasado?, ¿qué sucede para que me hagas una pregunta así?
Durante breves segundos pensé que para que alguien se planteara una pregunta como la que acababa de hacerme debería de haber ocurrido alguna situación sorpresiva, como el descubrimiento de un documento del pasado cuyo contenido, a saber qué, hubiera llevado a mi amigo a considerarlo la causa de la decepción; o la revelación por parte de un tercero de algún hecho, hasta ahora oculto, en el que la madre de mi amigo hubiera sido parte, y cuya actuación no hubiera sido legal o ni siquiera honesta.
Sin respuesta a mis preguntas le hago saber mi doble argumentación a fin de que me indique dónde está el origen del desencanto. Nuevo silencio, la conversación no avanza, mejor pido otro café, mi amigo un vaso de agua. El camarero nos trae lo pedido y al marcharse, mi amigo se arranca, por fin:
— Verás, hace unos días nos reunimos unos familiares y algunos más que sin serlo sí he de decir que me son cercanos, aunque mi relación con ellos sea poco o nada intensa. Se trataba de una comida. Después unas copas, la conversación iba de un tema a otro, casi todo intranscendente. Luego un giro más a lo personal y alguien que trae a colación el buen recuerdo que tiene de mi madre. Hasta ahí todo bien, había cariño y afectividad en sus palabras. Por un momento incluso me emocioné.
Siguió su monólogo en el que incluyó alguna anécdota vivida con ella y recordó retazos de cierta conversación. Pues resulta que, en esa conversación, de la que fui yo el tema central, mi madre le habló de mis virtudes y valías, lo cual no está mal hacerlo cuando de un hijo se trata. Pero también habló de lo contrario, de los defectos que me han acompañado en mi vida desde el principio de mis tiempos, faltas e incapacidades de las que siempre he sido consciente, y que ella me hacía saber y que, con toda seguridad, intentó corregir.
No me molestó que dijera todo aquello de mí, no me molestó que lo supiera, ni siquiera que lo estuviera exponiendo ante otros, no, no me molestó. Me enfadó que lo hubiera sabido porque mi madre se lo había dicho. Mi madre no tenia derecho a compartir con nadie las opiniones negativas que tuviera de mí, mi madre no tenía que hablar mal de mí con nadie, mi madre debió de darse cuenta que comunicando a otro sus juicios sobre mí, podría perjudicarme.
Me sentí avergonzado escuchando lo que aquella persona estuvo contando. Menos mal que en el local había poca luz y nadie notó mi sonrojo. Apenas comenté aquello, sólo un «no sé, no creo que mi madre dijera eso de mí», pero lo hice con tan poco volumen que nadie debió de enterarse.

Poco o nada pude contestar a su relato, le hice saber cuánto lo lamentaba y afeé la conducta de la persona que le hizo la revelación. Por cierto, la conozco y estoy seguro que su pretensión al confesar aquella conversación estaba exenta de maldad. Mi amigo, ya con algo de desahogo en el cuerpo y en agradecimiento al tiempo que dediqué en escucharlo, quiso pagar los cafés. Me negué, por supuesto —«no hombre, pago yo, que he tomado dos»—.




miércoles, 24 de noviembre de 2021

Tres mentiras.


Dice el octavo mandamiento de la Ley de Dios: «No darás falso testimonio ni mentirás». O sea, que si mentimos estamos ante una ofensa grave, un pecado mortal, una violación de la ley, la de Dios. Casi nada. Y a pesar de estar en el octavo lugar de los diez que conforman los Mandamientos, hemos de considerar que ése fue el primero de los pecados que se tiene noticia, porque, ¿no engañó la serpiente a Eva al asegurar que no morirían, tal como les había dicho Dios, si comían del fruto prohibido?
Y todo este preámbulo para terminar reconociendo que un servidor ha mentido en ocasiones a lo largo de esta vida. Una manera de abrir boca, de entrar en calor.
Como no me acuerdo de todas, ni tan siquiera de las más recientes — y tampoco he de considerar las mentirijillas, las mentiras piadosas, esas que sin dejar de ser mentiras tienen un talante benévolo —, tiro de disco duro mental, hurgo en la memoria y me sorprendo al encontrar tres, nada menos que tres, y para la época de cada una de ellas podríamos decir que fueron gordas. 
A saber:
Primera mentira, cinco años de edad, y me acuerdo como si fuera anteayer por la noche: invierno, la familia sentada alrededor de la mesa camilla al calor del brasero de carbonilla y picón, charlando porque no hay televisión a la que mirar, mi hermano y yo correteando por la casa, él me persigue no sé con qué intenciones, debía de ser un juego, qué si no, me empuja o yo tropiezo, y mi pequeño cuerpo va a caer entre dos mayores sobre la tarima de la mesa, intento evitar de alguna manera darme de bruces y adelanto mi mano para apoyarme, para amortiguar la caída, y me apoyo, pero en el brasero. ¿Cuánto tiempo estuvo mi mano entre las brasas?, no fueron más de dos o tres segundos, enseguida alguien tiró de mí, pero fue suficiente para quemarme la mano, para llenarme de dolor, de inconsolable llanto, de nervios míos y de todos, después la calma, disminuye el dolor, porque la mano se enfriaba en una mezcla de agua y vinagre, creo. Un día sin ir al colegio, pero al siguiente sí fui. Mi madre me aplicó una crema que olía horrible y me vendó la mano. Conté el hecho a mi monja y a los compañeros, todo bien, o no, el olor me era insoportable, tanto lo era que pensé que molestaba no sólo a mí sino también a los demás; no, no sólo eso, era peor, sentía vergüenza por el hedor que mi mano desprendía. Al siguiente día mi madre volvió a poner la misma crema y vendar la mano; bajando por mi calle pensé que lo de ayer no iba a volver a suceder, el recuerdo me hizo tener arcadas. A mitad de camino al colegio vomité en el quicio de un corralón, llorando arranqué la venda y limpié la mano, y así con la mano desnuda me presenté en el colegio, donde dije que «es que mi madre me lo ha puesto muy flojito y se me ha caído». La monja me volvió a vendar y a la vuelta a casa le conté a mi madre que, simplemente, me habían cambiado la venda. Esta operación se repitió durante días, hasta que la mano por fin sanó: a nadie conté que yo me desprendía de la venda y quitaba la pomada; a mi madre le decía que era la monja quien me curaba de nuevo cada día, y yo pensaba que me creía, al fin y al cabo, veía la mano limpia y la venda nueva, no tenía por qué entender nada extraño.

La segunda mentira es más grave, porque llevaba aparejado otro pecado, y además también mortal: atentaba contra el tercer mandamiento, «Santificarás las fiestas», lo que viene a ser ir a misa los domingos y fiestas de guardar. Y es que después de años acompañando a mis padres a misa, llegó el momento que consideraron conveniente que el niño ya podía ir solo. ¿Cuándo fue?, no tengo el dato exacto. Sé que comencé a ir a misa de doce para así, a la salida, quedarme un rato en el parque con algún amigo que encontrara o que también hubiera estado en iglesia. Opté desde el principio por sentarme en uno de los bancos junto a la puerta de la sacristía, algo escondido, pues una de las enormes columnas de la iglesia oculta parcialmente esa puerta de la nave central, con lo que, llegado el momento de la homilía me iba a la sacristía y allí, con algún conocido que estuviera en mi misma circunstancia, pasaba los diez minutos del sermón; terminado aquel, vuelta al banco y continuaba atendiendo al oficio religioso. Pero con el tiempo, seguramente fue poco tiempo, las ausencias durante la prédica del sacerdote se fueron alargando, porque la puerta trasera de la sacristía da de manera tentadora, como todos sabemos, al parque, con lo que una vez en la calle, y vencida la tentación, ya no había vuelta atrás. Fue por tanto una acción progresiva, no de la noche a la mañana, ni de un domingo a otro, no, fue en varias fases. La última de esas fases fue, supongo, irme directamente desde casa al parque. Recuerdo cuando le planteé a mi madre mi opción de no volver obligatoriamente a misa cada domingo —por supuesto sin confesar jamás todas mis faltas anteriores, lo que yo entendía como que ocultar también era mentir—, que cuando volviera a hacerlo sería un acto voluntario, o sea, cuando el cuerpo o alguna circunstancia social me lo pidieran. No encuentro palabras para describir el disgustazo que se llevó la pobre mía, de tal calibre fue que, me consta, le duró toda su vida, aunque hice esfuerzos por atenuar la pena y la acompañé en numerosas ocasiones cuando las situaciones se presentaron a mi gusto o el deber social así lo exigió.

Y la tercera, como la segunda, también se alargó en el tiempo. Resulta que mi madre —nuevamente ella está de por medio— tomó la costumbre de llamarnos a mi hermano y a mí todos los días lectivos, muy muy temprano, durante todo el bachiller, evidentemente para estudiar. Sobre las seis y media de la mañana, otoño, invierno, daba lo mismo, ella, desde su cama, susurraba nuestros nombres —lo haría así para no despertar a mi padre— apenas nada, con una vocecilla desde su habitación, sin necesidad de venir hasta nuestras camas y zarandearnos, ni ponernos un despertador; y nosotros como un resorte, hala, para arriba. Entonces nosotros nos levantábamos y sin quitarnos el pijama, un lavadillo de cara y removíamos el poco brasero que quedara de la noche anterior, repasábamos las lecciones del día, terminábamos los deberes y cuando mi padre se marchaba era el momento de desayunar nosotros, arreglarnos e irnos al instituto. Así transcurrió la vida hasta que mi hermano asentó sus reales de manera definitiva en la ciudad a donde marchó a estudiar su carrera, y los madrugones sólo fueron para mí. Mi madre, por supuesto, siguió con la misma rutina y yo con el estudio matinal de manera más o menos formal. Cada día menos formal, o sea menos estudio. Poco a poco fui cambiando los libros de texto por otros, encontré viejas novelillas de mi padre, me asocié a Círculo de Lectores con el beneplácito y el dinero de mis progenitores y gasté mi escaso sueldo semanal en novelas juveniles del momento. Todo lo leía en aquellas primeras horas del día, el estudio y los deberes quedaban resueltos la tarde anterior, y aún pudiendo haberlo hecho, nunca tuve interés por confesarle a ella que aquellas dos horas me eran totalmente prescindibles —excepto en días concretos, exámenes o retraso con algún trabajo—, y mantuve el engaño hasta el final del COU, y hasta hoy que aquí queda escrito. Lo de leer en vez de estudiar comenzó, simplemente, por mantenerme despierto, para no quedarme dormido sobre la mesa camilla, que mi madre acostumbraba a volver a susurrar mi nombre para verificar si estaba despierto. Yo le contestaba y ella quedaba tranquila, segura de que su hijo estaba cumpliendo con el deber impuesto.

Llegados a esta altura del relato, que ya es el final, caigo en la cuenta de que, si entramos en matices, se podría considerar que la mentira es distinta al engaño, pero por muy poco:
Mentira: Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente.
Engaño: Falta de verdad en lo que se dice, hace, cree, piensa o discurre.
Eso es el DRAE de manera literal, donde apenas si encuentro diferencias. Sin embargo, hay matices: si escarbamos un poco veremos que la mentira es un acto verbal o escrito, una comunicación que pretende hacer pasar por verdadero algo que es falso. Mientras que el engaño va más allá, requiere el uso de acciones, incluida la propia mentira, precisa de gestos, distracciones, negligencias, a fin de que el aspirante a engañado acepte la falsedad como verdad.
¿Y entonces qué?, ¿mentí o engañé? Entonces qué más da, llegado a la hoja del calendario en la que vivo he de decir que poco importa que fueran mentiras o engaños si, al fin y al cabo…, bueno, hoy creo que tú ya no mientes, Mánuel. ¿Seguro?

domingo, 28 de marzo de 2021

1969, mayo

No consigo datar la fotografía, a pesar de haberlo consultado con alguno de los que ahí posan y de otros que debían andar por los alrededores en ese día o en aquella época. Por la poca y confusa información que consigo, llego, seguramente, a la errónea conclusión que debe ser hacia 1969.


El lugar es el Badén, no tengo dudas; como tampoco las tengo sobre los personajes que ahí aparecen. En ese momento, en el de la foto, todo ya está consolidado, la casa —la primera— está construida y aquel terreno es ya el destino obligado de todos los domingos y fiestas de guardar de nuestras vidas de entonces.
Los habituales éramos mi tío Vito y familia, Pablo y familia, y nosotros. Y por supuesto mi abuelo Arturo y la tía Márgara. El tío Rufino y familia también acudían a esas citas dominicales, pero lo hacían de tarde en tarde y, casi siempre, después de comer, pasada la siesta.
Además siempre había gente que se pasaba por allí, generalmente por las tardes, si el tiempo acompañaba. Quienes de estos últimos más acostumbraban era Rufino Pineda, primo de mi padre, y su familia. Tantos domingos pasados allí me dejaron una buena amistad con su hijo mayor, Antonio, que duró lo que duraron todas mis amistades del pueblo, justo hasta la universidad y el servicio militar; y desde aquí punto y aparte, para él y para casi todos.
No olvidar, no hay motivos para ello, a Paco López y Loren, su mujer. Él era cuñado de mi tía Geli, y aunque ésta y su familia vivían fuera de Villanueva, Paco tenía la suficiente amistad y confianza como para dejarse caer por el Badén cada vez que quisiera —creo que ya ha aparecido en alguna instantánea anterior, en 1964 agosto—. De esta familia conservo gratos recuerdos, y de aquella época en particular, las primeras miradas de soslayo a su hija, Matilde, cuando aún me faltaba algún tiempo para la adolescencia. 
Solíamos llegar no más tarde de las doce, y en seguida cada uno a lo suyo: los más pequeños a jugar y los mayores a trajinar por la casa, limpiar el pequeño jardín, un paseo antes de la comida; que siempre solía venir preparada de casa, platos fríos: tortillas, croquetas, cosas de esas. Cada familia lo suyo, que terminaba compartiéndose todo con todos. Sin descartar, a veces, comidas en común, arroces, migas, calderetas y gazpachos. Llegado el verano no faltaba el mejor de los postres: sandías, que las traía la tía Eugenia, ¡qué sandías! Nunca he vuelto a comerlas tan buenas como aquellas, y aunque las haya comido, ninguna ha borrado su sabor y su olor, sobre todo su olor.
Pero vayamos a la instantánea de hoy. Decía al principio que la fecha en que se hizo esta fotografía puede ser 1968; un servidor debe de tener ahí unos diez años. Es mayo, seguro, por la ropa y las mangas largas de algunos, y por la luz suave de un sol que calienta tímidamente la tarde. Es primavera, no hay error, las florecillas de la esquina lo confirman.
De derecha a izquierda, mi hermano sentado en el suelo, y sobre él, Mª José juega a golpearle en la cabeza con una raqueta de tenis. A continuación la tía Mª Ángeles, esposa de mi tío Vito que es quien seguramente hace la foto; Mª José es hija de ambos. Sentada junto a mi tía está Mª Eugenia, hija de Pablo, hermano mayor de mi padre, y de la tía Eugenia, la de las sandías; se atusa el pelo al igual a como lo siguen haciendo las chicas casi cincuenta años después. Gestos de coquetería que no han cambiado.
A Mª Eugenia le sigue mi madre, reconocible ahí por su rizado pelo negro, que tiene en brazos a Vivi —hoy ya Victoria—, también hija de mi tío Vito, y a la que sacaron de pila, como siempre se ha dicho, mis padres. O sea, que eran sus padrinos.
Más a la izquierda, en la foto, mi padre lee el periódico totalmente ajeno a la escena, concretamente el ABC de Madrid al que en casa de mi abuelo estaban suscritos. Lectura diaria y obligada por parte de muchos, un solo periódico para todos.
A mi padre le siguen dos señoras, la primera cómodamente sentada y atenta a la cámara. Es María, a la que en casa llamábamos la de Suiza, pues durante años estuvo en aquel país junto a su marido Miguel —María era una antigua amiga de mi madre, amistad que les venía de su vecindad durante los primeros años de casados de mis padres—. Decía, que estuvieron una larga temporada en aquel país, desde donde venían, periódicamente como buenos emigrantes, en un Volkswagen Escarabajo que, por su singularidad, llamaba la atención entre la gente del pueblo; y a ellos les identificaba, sobre todo por la banderita suiza que, como si de un coche oficial se tratara, lucía sobre la aleta delantera izquierda —si os fijáis detrás de mi padre, veréis aparcado el coche de Miguel. Por cierto, a Miguel me gustaría dedicarle un texto más largo en mi blog, a ver si me pongo a ello, porque tengo algunas razones que le hacen merecedor de ello.
La segunda señora no sé quién es, el límite de la fotografía la casi oculta. Me aventuraría a decir que es la tía Márgara, pero no me atrevo. No recuerdo a esta mujer, mi tía, haciendo punto, porque creo que la señora de la foto anda con esa faena. Resulta curioso que el fotógrafo recortó su imagen; hubiera bastado retroceder medio paso y habría cabido completa en la foto, y ahora no habría dudas.
Vamos terminando, el chaval sentado en el suelo delante de mi padre es mi primo Arturo, ya lo conoceis, y al que desde pequeñito se le apodó Guingui para ir distinguiendo a los Arturos de la familia —él era el quinto—. Hijo mayor de mis tíos Vito y Mª Ángeles, compartí con él toda mi vida familiar y escolar durante la infancia y la adolescencia, por lo que su presencia en estas instantáneas es un acto recurrente.
Y el del centro, medio arrodillado y con la mano sobre un balón, soy yo. No me había dado cuenta nunca, ha sido ahora, al mirar y remirar la fotografía a fin de redactar ésto, cuando me he dado cuenta de la posición que ocupo y la postura adoptada: en el centro del conjunto y con una actitud algo orgullosa, aparentando lo que en aquel espacio y en aquel tiempo creía ser yo. Pero ojo, repito, en aquel espacio y sólo en aquellos años, en los que creía que la fortuna me sonreía, tal vez porque era ajeno a todo lo que había más allá de los límites del Badén del Zújar.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Benito y la purga


Benito y la purga
En el Manual de atosigamiento al que manda, se indica que hay siete maneras de hacerlo:

1. Decir que, dadas las circunstancias, no podemos darle ni los 100 días de cortesía.
2. Decir que a ver cuándo hace eso.
3. Cuando lo haya hecho, decir que lo tenía que haber hecho antes.
4. Cuando lo haya hecho, decir al día siguiente que no se ven lo resultados.
5. De ahí, deducir que no sabe por dónde anda.
6. Hacer una encuesta en la que se pregunte a quién elegiríamos ahora, porque el que elegimos hace 6 meses ya no nos gusta.
7. Y, por tanto, que mejor sería que se fuera y dejase paso a otro, que ese otro sí que sabe lo que hay que hacer, sí que lo hará a tiempo y sí que los resultados se verán al día siguiente. (No se sabe muy bien quién es el otro, pero es lo mismo. No se trata de arreglar nada. Se trata de atosigar.)

Todo esto está basado en un principio científico que en Aragón se llama “la purga de Benito”. Mi padre le quitaba el “de” y le llamaba simplemente “la purga Benito”. Consiste en que todo lo que se ha estropeado a conciencia durante unos cuantos años, se arregla en el acto poniendo a otro. Si el que lo estropeó tiene la cara suficientemente dura, dice que se arregla poniéndole a él.

Una de las características del gobernante es marcar los tiempos. O sea, que hoy hago esto y hablo de esto y dentro de quince días, hago lo otro y hablo de lo otro. Y aunque todo sea urgente, como hay que hacerlo todo, hay que poner orden. Y lo tengo que poner yo, que para algo soy el que manda, y no me lo tienen que poner esos entes que se llaman a sí mismos “agentes sociales” como se podían haber llamado “gente que habla”. Porque si pierdo el tiempo metiéndome en todos los huertos en los que esos señores me quieren meter, ellos me acusan de “estar siempre a la defensiva” y yo pierdo el oremus, frase que también se dice en mi tierra cuando, a fuerza de distracciones, no sabes dónde estás.

https://blogs.elconfidencial.com/espana/desde-san-quirico/2012-06-29/benito-y-la-purga_405300/

domingo, 23 de agosto de 2015

De «Territorio Comanche»

 Fue lo primero que leí de Pérez-Reverte, llegó a mis manos por error, Círculo de Lectores me lo hizo llegar en lugar del que había solicitado y del que no recuerdo su título. Lo he releído en tres o cuatro ocasiones. Ya durante su primera lectura me prometí que leería todo lo que escribiera este hombre; y hasta la fecha he cumplido mi promesa. Bueno, todo todo, no; muchos de sus artículos, no.

«Siempre que podía, Márquez tomaba foco en cosas quietas antes de hacer un plano, y aquel muerto estaba perfectamente quieto. En realidad no hay nada tan quieto como los muertos».

«Porque los muertos además de quietos están solos, y no hay nada tan solo como un muerto».

..soldados exhaustos con la mirada distante, perdida, de aquellos a quienes ya da igual ir hacia delante que hacia atrás».

« Era lo que ellos llamaban territorio comanche en jerga del oficio. Para un reportero en una guerra, ése es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta».

«Por Bosnia pasaban de todo pelaje y procedencia: parlamentarios, intelectuales, ministros, presidentes del Gobierno, periodistas con mucha prisa y sopladores de vidrio en general, que a su regreso a la civilización organizaban conciertos de solidaridad, daban conferencias de prensa e incluso escribían libros para explicarles al mundo las claves profundas del conflicto».

«Como dijo Manuel —Manuel Ortiz, fotógrafo argentino— cuando le dieron la noticia mientras bebía de gorra en el bar del Explanade, más vale no hacer ninguna foto que hacer la última foto ».

«Pero lo eficaz de verdad es que el enemigo tenga, más que muertos, muchos heridos graves, mutilados y cosas así: requieren esfuerzos de evacuación, cura y hospitales, complican la logística del adversario y le revientan la organización y la moral, Matar al enemigo ya no se lleva. Ahora lo moderno es hacerle muchos cojos y mancos y tetrapléjicos y dejar que se las arregle como pueda ».

«Menuda suerte —decía Herman, fumando sentado en el bidet—. Llegas a tu primera guerra, te hieren, sales en todos los periódicos y además firmas en primera página... a otros nos cuesta años hacernos esa reputación».

«Al principio siempre fingía rodar, para que se acostumbrasen y cobraran confianza, naturalidad. A eso lo llamaba trabajar con película inglesa. Pero aquel día no hizo falta. Al caer las primeras bombas, algunos sacaron rotuladores y bolígrafos para apuntarse, mientras caminaban, el grupo sanguíneo en el dorso de manos y antebrazos».

«Barlés y Márquez conocían a Alessandro y sobre todo a Marco, que les mostró una vez la foto de sus dos hijos en el hotel Anna María de Medugorje; el mismo desde el que salieron aquella madrugada para cruzar las líneas y no volver, dejando los equipajes en las habitaciones y la cuenta sin pagar. Porque todos los reporteros, cuando los matan, dejan en el hotel la cuenta sin pagar, camisas sucias en el armario, un mapa clavado con chinchetas en la pared y una botella de whisky sobre la mesilla de noche».

«Barlés recordaría siempre el siniestro fuselaje mimetizado, el reflejo del sol en la carlinga y la silueta del piloto mientras se inclinaba a mirarlo. Después, el Mig se fue a soltar las bombas más lejos, en la parte vieja de la ciudad, sobre otro objetivo que valiera más la pena».

«Conocía de sobra a Márquez para saber que cuando algo le entraba en la cabeza no había más que hablar. Su leyenda estaba llena de historias, apócrifas o verdaderas. Se contaba de él que una vez, en Vietnam, insistió para que un Vietcong condenado a muerte, vestido con ropas negras, lo fusilaran sobre una pared de color claro, a fin de que la imagen no empastara al filmarlo. Si se lo van a cargar de todas formas, decía, más vale que sirva de algo. Le preguntaron al Vietcong y dijo que le daba igual, que pasaba mucho. Así que lo cambiaron de pared».

«Nos pasamos la vida creyendo que nuestros esfuerzos, nuestro trabajo, lo que conseguimos a cambio de todo eso, son definitivos, estables. Creemos que van a durar, que nosotros vamos a durar. Y un día el cielo nos cae sobre la cabeza. Nada es tan frágil como lo que atienes, se dijo. Y lo más frágil que tienes es la vida».

«Tengo que cambiar las pilas del Sony, recordó. Y lavar las dos camisas que tengo en el hotel. Miró a Márquez, preguntándose en qué pensaba él cuando se disponía a cruzar una zona batida. Quizá veía la cara de sus hijas, o lamentaba los polvos que no había echado en su vida, Quizá pensaba en los cincuenta mil duros que cobraba al mes, o quizá no pensaba en nada»

jueves, 31 de agosto de 2023

Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos.

Debió ella de verme en numerosas ocasiones angustiado, casi siempre por motivos escolares, exámenes, algún trabajo y poco más. Que otras razones no creo que inquietasen mi infancia y adolescencia, pero no porque no afectaran a mi ánimo, sino más bien porque no existieron, y si las hubo, pasaron de refilón. Que me hiciera perder totalmente el sosiego, tal vez una, pero esa merecería varios folios para ser contada.
Volvamos al principio. Situaciones de ansiedad sólo las relaciono con el instituto y fueron pocas: días previos a exámenes, falta de tiempo, inseguridades, necesidad de no fallar, cosas así. Otras cuestiones ajenas al estudio que me inquietaran no recuerdo, ni de relaciones con amigos y compañeros, ni problemas en la calle con conocidos o extraños. Así que circunscribo el tema de este día al ámbito doméstico y más próximo, a cuando no sé qué hora sería, que ya no podías más, la cabeza estaba embotada y ese examen será dentro de dos días —que siempre yo preparaba esas cosas con tiempo—, y mi madre lo detectaba con el radar de madre y me animaba a dejarlo y descansar con un:

«Mañana será otro día…, y verá el tuerto los espárragos».

Con lo que me venía a decir que al día siguiente todo se vería con mayor claridad, y los conceptos se asimilarían fácilmente, y no habría malestar, al contrario.

Yo seguía su consejo y comprobaba que aquello siempre funcionaba, que por la mañana la mente estaba despejaba, dispuesta a recibir con fluidez el conocimiento que hacía unas horas rechazó. Y continué utilizando aquella recomendación que he repetido como un mantra a lo largo de mi vida.
Y ha sido ahora, cuando me he puesto a teclear sobre este dicho, para incluirlo en mis decía mi madre, cuando me doy cuenta de cómo el refranero se contradice una y otra vez —y cuenta nos damos en muchas ocasiones—. Porque, ¿dónde queda el no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy?; pero no te equivoques Mánuel, que este último está referido más al ámbito de la pereza y no a la falta de aptitud momentánea.
Voy más allá al descubrir que el refrán, cuya autoría, dentro de mi más infantil ingenuidad, yo siempre quise atribuir a mi madre, lo encuentro en el Centro Virtual Cervantes —en su Fundamento y sentido de la expresión…— donde cuenta que ya lo recogió Francisco Rodríguez Marín (1855-1943), que fue académico de la lengua, en su obra Dos mil quinientas voces castizas y bien autorizadas que piden lugar en nuestro léxico (1922), y relata la anécdota que dio lugar a la frase:

…el tuerto del dicho salió a recoger espárragos en la oscuridad de la noche. Sumemos la tiniebla nocturna a su defecto ocular, y entenderemos por qué, al no acertar en la furtiva recolección, dijo el tuerto aquello de mañana será otro día.

Y entiendo el curioso remate del aforismo: y verá el tuerto los espárragos, en el que nunca me había parado a pensar y ahora sí lo hago. Y veo la correspondencia existente entre la dificultad visual que entraña la búsqueda de la plantita de marras y el escaso trabajo físico o mental cuando los músculos o la mente no acompañan. En deshonor mío diré que sólo he intentado en dos ocasiones encontrar espárragos, una vez con un amigo y otra, precisamente, con mi madre, y en ambas obtuve cero resultados, mientras mis acompañantes sí conseguían localizarlos.
Y ahí está la moraleja del asunto, que con el cuerpo descansado y la mente despejada, las posibilidades de conseguir resultados positivos son muy altas, tanto que hasta un tuerto sería capaz de ver los espárragos que muchos, con dos ojos sanos, no advertimos ni aunque nos lo señalaran con la navaja:

Pero Manuel Fernando, ¿no lo ves?, si está ahí.
— No, mamá, que no lo veo.

domingo, 4 de agosto de 2024

Sobre una vieja pista deportiva y la convivencia.

Estaba un servidor en una reunión de amigos, tertuliando tras una agradable comida cuando, no sé a cuento de qué, la conversación abandonó los elogios dirigidos a los anfitriones y su buen hacer en la cocina, y caminó hacia términos como convivencia, tolerancia y sus sinónimos, todos de muy actualidad, aunque no se puede negar que desde hace algún tiempo lo están, a pesar del mal uso que se les da. Y más concretamente se hablaba de esas acciones en el mundo escolar, pues de llegar hasta ese punto se encargaron un par de personas que habían desarrollado su vida profesional entre chavales, exámenes y guardias en los recreos.
Nos hablaban de que en un principio estaría el respeto y desde él se construirá la convivencia, aceptando las diferencias y las distintas opiniones, todo ello desde la igualdad, con lo que se favorecería la resolución de manera pacífica, entre otras cuestiones, de los conflictos, desacuerdos y disputas. Para ello, el centro educativo se debe responsabilizar de que la población estudiantil adquiera las habilidades y competencias precisas para alcanzar un positivo grado de convivencia, no sólo en el ámbito escolar, sino también en su posterior desarrollo como ciudadanos.
Y en esos términos continuaba la conversación, prácticamente acaparada por los dos profesionales, cuando no pude evitar traer de un lugar de mi memoria, de hace casi cincuenta años o más, el recuerdo de los juegos infantiles durante el recreo del instituto que, de pronto, me pareció el más claro ejemplo de convivencia y entendimiento que pudiera imaginar.
Les conté que el instituto en el que estudié aquel largo bachiller de los sesenta y setenta, disponía de unos amplios espacios para disfrutar del tiempo del recreo. Sin embargo, sólo tenía una pista deportiva de pavimento de hormigón que con el paso de los años presentaba un deterioro que nunca vi reparado. Sus dimensiones eran algo mayores a un campo de balonmano; también tenía dos porterías para ese deporte y dos canastas de baloncesto que permanecían en un fondo de la pista mientras no hubiera necesidad de usarlas.
En esa pista, llegado el recreo, podían disputarse fácilmente tres o cuatro partidos de fútbol a la vez. Cada curso jugaba su partido, con un indeterminado número de participanes, los que ese día quisieran jugar. Es fácil imaginar el lío que aquello suponía en un espacio tan pequeño, pero al que no quedaba otro remedio que acostumbrarse, sin molestarnos los de un partido a los de otro, sin obstaculizarnos, sin tocar el balón que no fuera nuestro. El nivel de entendimiento llegaba a su máxima cota cuando jugadores de uno de los equipos, el que fuera, llegaba hasta la portería contraria, de la que se retiraban los porteros de los otros partidos para no incordiar al que correspondía defender en ese momento.
Y les seguí contando que mi recuerdo llegaba aún más lejos. Les dije que estaba seguro que nadie nos había aleccionado para hacer las cosas así, que todo debió haber sido un acuerdo no escrito al que nos había llevado la necesidad de compartir un pequeño espacio entre muchos en un tiempo y una edad en la que, estoy convencido, no conocíamos el verdadero significado de la palabra tolerancia.

domingo, 14 de diciembre de 2014

El beso que nunca fue

Nunca ha sabido, o mejor, no recuerda exactamente  cuándo la vio por primera vez. Incluso hoy, al mirar atrás en esas tardes únicas de ligeras nubes de alcohol en las que los recuerdos parecen más veraces  y queridos, no acierta a divisar con precisión el momento. Y como lo que siempre pretende es hacer las evocaciones placenteras, el hombre  piensa que fue una tarde de otoño, recién comenzado el curso escolar, mientras caminaba calle abajo, cuando el muchacho la contempló asomada a un postigo entreabierto y le pareció como un premio enmarcado que estuviera esperando ser recogido. Sin dejar de caminar y sin dejar de mirarla continuó su ruta, sintiéndose de repente dichoso por creer ser él el agraciado, a la vez que, por primera vez, a su estómago le atenazaba un desconocido y luego eterno pellizco de feliz melancolía.
Y como si de una verdad revelada, a la que hubiera que seguir ciegamente, se tratase, decidió que tenía que sentirla cercana. Para ello inventó un nuevo horario, frecuentó otros amigos y alteró algún camino. Se aproximó a ella, caminaron juntos e intercambiaron  sólo intrascendencias; en ningún momento el muchacho se atrevió a más, no sea que no supiera decirlo, que sus palabras fueran insuficientes, o equívocas, o inadecuadas, que ella no lo entendiese, que le ahogara el ridículo.  Así que mejor no pasar de ahí, mejor sólo mirarla e ir alimentando la idea de que era,  sencillamente,  la niña más bonita del mundo. Eso le bastaba, le satisfacía sólo saber que lo era, por lo que se dedicó a perfeccionar la idea, a hacerla creíble. No debía decírselo a otros, ni siquiera a sus más próximos; todo antes de que la decepción le arruinara su recién nacida felicidad.
Como no podía conocer el mundo entero, era preciso reducir la creencia a su propio espacio, a su pequeño mundo, a su calle, a su instituto.  Durante días llevó a cabo su plan, mientras caminaba en procesión, calle de San Francisco adelante, con decenas de compañeros hacia el centro escolar: miraría a todas, las conocidas y las ignoradas, las observaría, registraría mentalmente perfiles, talles y estaturas; y les asignaría puntos y valores, para así poder decidir si la ilusión primera era cierta.
Y de esa manera una tarde, soleada como no, andando tras ella, se vio nítidamente reflejado en sus largos cabellos, rubios como el oro nuevo, y comprobó, después de mirar una y otra vez durante un largo trecho a su alrededor, que no había ninguna como ella. Definitivamente era la niña más bonita del instituto. Y probablemente fuera también la más bonita del mundo. Pero a pesar de refrendar y haber elevado a definitiva aquella primera percepción, a pesar de su total convencimiento, siguió siendo incapaz de revelarle su más íntimo secreto. Aunque no por ello dejó de frecuentar la casa y acompañarla, todos los días, hasta el final de curso.
Un día, cuando el sol ya calentaba desde las primeras horas de la mañana, y los horarios y rutinas eran otros a causa del curso escolar concluido, el muchacho advirtió que el postigo del principio de su historia estaba cerrado; y también que no se abrió en los días posteriores, ni en todo el verano, ni tampoco al comienzo del curso siguiente. Entonces, aquel pellizco le apretó con más fuerza aún, ahogándolo por la tristeza y la rabia que le producía su propia cobardía: no había sido capaz de decirle en tantos meses que ella era la más bonita; y vio claramente que ya no habría oportunidades, ni para decírselo ni para ofrecer un beso, siquiera de despedida.

Tiempo después, el muchacho escuchó por primera vez una canción que hablaba de

          palabras de amor sencillas y tiernas
          que echamos al vuelo por primera vez
y sin esperarlo se le vino de golpe su alta silueta, su espalda, su pelo infinito, y le embargó el lamento de no haber oído antes la canción, que si así hubiera sido habría encontrado entonces la oportunidad de hacer la letra suya y cantársela. Se quedó inmóvil, oculto en las sombras del local,
          atravesando nostalgias del pasado,
sintiendo profundamente que
          apenas tuvo tiempo de aprenderlas,
que
          a los quince años no se saben más.
El aire lo siguió llenando la
          vieja música que acuna, viejas palabras de amor,
y el recuerdo, el recuerdo tardó en irse el tiempo que sonó la canción,
          ella, dónde andará, tal vez me recuerda, 
          un día se marchó y jamás volví a verla.
Unas manos le bajaron al suelo, la luz volvió al local y. al poco, con el aire fresco de la calle, otra voz le comenzó a contar una historia nueva.

Muchos años más tarde, cuando el mundo ya es una red por la que resulta fácil recorrer todos los caminos y mirar todos los paisajes, el hombre acertó a leer en su pantalla aquel nombre nunca olvidado y un escueto mensaje, mitad anuncio mitad grito, que tardó en contestar lo que se tarda en poner los dedos sobre el teclado. Y otra vez, también sin esperarlo, le vinieron recuerdos pasados, dormidos pero no ausentes: su mirada clara, que siempre le pareció triste, su falda corta, su estatura, sus piernas, su piel tan blanca, sus pícaros dientes, la palmera muerta, la desangelada sala, el amplio pasillo plagado de ausencias, las paredes desnudas, la pulcritud del suelo, del aire sereno.


          Pero, cuando oscurece,

          lejos, se escucha una canción,
          vieja música que acuna,
          viejas palabras de amor...


domingo, 12 de enero de 2014

Índice

C.V. Profesional

C.V. Bueno

Al principio

Apenas leo poesía

Caminos del deseo

«Ayn Rand (Alisa Zinovievna Rosenbaum)»

Cincuenta aniversario

Confianza

Crear contenido

Decirle tonto sin decir tonto

Dejar de leer un libro

De postre, fruta

De Pulgarcito a El Padrino

De regreso a casa

Desayuno en el parque

El beso que nunca fue

El petricor y el ozono

El sueño que he tenido

El teléfono, 150 años.

«El tiempo no existe»

Escabeche en Jueves Santo

Estado actual de Arturo Gallego Mendoza

«Esto también es memoria histórica»

Fue un Viernes Santo

Genealogía

Hoy ha tocado cortarme el pelo

Insultando, que es gerundio

Insultando suavemente

La convivencia sobre una vieja pista deportiva

«La Laureada de Alcántara»

La palabra más bella

La perra gorda

«La poesía es un arma cargada de futuro»

«Las mejores cosas de la vida»

«Leonard Cohen, premio Príncipe de Asturias 2011»

Lo que tú digas

Mala reputación

Maneras de tomar café

Manías

«Nada se ha hecho más sagrado que las fotos obsesivas... »

Ni el tiempo ni la ausencia

Nochevieja

No ha sido un déjà vu

No me gustan los mercadillos...

Nuevas palabras

Nunca sabes cuándo será la última vez que haces algo

Oiga, perdone

Que no sea nada…

Razón o emoción

Salvar la reputación

Se corre mal con  un niño en brazos

«Siento que tengo la edad...»

Sí, y tú ¿qué?

Salirse del camino

Un sobrecito de azúcar

Y la vida siguió


CRÓNICAS DESDE EL DOBLAO

A mí me enseñó a leer…

Cerro Muriano

Como tú, ninguno

Dos días de enero

El Día de las Juncias

El día más feliz de mi vida

El ferrobús

El Portal de Belén

El viejo barbero

En el Pedro de Valdivia

La bici del Badén

La Casa de los Cuesta

La Escuela del Cristo

La pedrada

La primera multa

La Selectividad

Mi primera moto

Nidos de golondrinas

Tres mentiras

Voy por churros

 

INSTANTÁNEAS

1958, febrero

1959, febrero

1960, mayo

1961, abril

1962, otoño

1963, abril

1963, mayo

1964, enero

1964, 27 de mayo (1)

1964, 27 de mayo (2)

1964, 27 de mayo (3)

1964, 27 de mayo (4)

1964, agosto

1965, febrero

1965, diciembre

1966, verano, calle Santiago

1967, febrero o marzo

1968, julio, Chipiona

1969, mayo

1970, verano

1972, agosto

1973, verano, El Badén

1974, mayo

1977, julio o agosto

1978, 27 de octubre

1979, Argel 27, Cuartel de San Fernando

2021, 4 de abril


DECÍA MI MADRE

Váyase usted a la mierda y va muy bien servido

Cada vez que meas te da una idea

Culo veo, culo quiero

Dímelo andando

El 'no' se lleva siempre consigo

En mi casa mi culo descansa

Ese garbancito no se ha cocido en esta olla

Estar al cabo de la calle

Hay que ver, lo tienes todo al retortero

Hijo, ni la purga Benito

Lo caliente está a gusto de todo el mundo

Lo tienes todo manga por hombro

Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos

Melón y tajá en mano

Mientras voy vengo, vida tengo

Míralo, como si oyera llover

¿No pensarás salir así, a cuerpo gentil?

Para qué hacer caso a medios días habiendo días enteros

Por un oído te entra y por el otro te sale

Préstame un pan y tráemelo a casa

¿Qué, mirando a las musarañas?

Quien evita la tentación evita el pecado

Te vas a enterar de lo que vale un peine

Te voy a dar más palos que a una estera vieja

Un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio


COSAS DE COMER

Arroz en Islantilla

Sobre el gazpacho

En invierno, migas

Potaje de Lentejas

Chiquillos con chaleco

Los macarrones de Encarna


CITAS

De Borges

De Cortázar


DE OTROS

Benito y la purga

Declaraciones miserables para ocultar los errores del Gobierno.

Carta a Javier Bardem

El cansino lloriqueo de los milenial

En España aún hay censura

Esto también es memoria histórica




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