No sé de dónde me viene, ni cuándo fue la primera vez que sentí interés por ellos. Sé que uno de los primeros recuerdos de mi vida es verme dibujando desproporcionadas almenas sobre unas, aún más, desproporcionadas murallas. Y lo más hermoso era que no existía el conocimiento, porque, ¿cuántos castillos había visto yo en mi corta vida?, tal vez sólo Magacela, y desde lejos claro. Sí, seguro, sólo Magacela. Bueno, tal vez alguno más: desde algunos puntos de mi pueblo se ve no sólo el de Magacela, también La Encomienda y Medellín. Y desde el puente de la vía, los tres. Pero todos ellos sin detalle, lejanos, puntos en el paisaje, casi difuminados. Así y todo esa visión tan distante debía ser suficiente para despertar la pasión en mí; y a pesar de esa distancia física que impedía el conocimiento, sin haberlos visto ni tocado, yo ya los dibujaba.
lunes, 13 de octubre de 2014
Al principio
domingo, 13 de julio de 2025
Ese garbancito no se ha cocido en esta olla

domingo, 6 de diciembre de 2015
El Portal de Belén
| El Portal de mis hijos |

Sevilla, 8 de diciembre, 2015
sábado, 6 de febrero de 2016
Hoy ha tocado cortarme el pelo
domingo, 27 de julio de 2025
No me gustan los mercadillos...
No me gustan los mercadillos, al menos en el sentido más popular y extendido en la actualidad.
Pues menudo comienzo has tenido. Intentemos
arreglarlo.
De pequeño acompañé en numerosas ocasiones a mi
madre al que todos los sábados —ubicación temporal que le daba nombre— se
instalaba en la plaza de España de mi pueblo, bajo los soportales. El tiempo y
el aumento de vendedores hizo que se trasladara a todo lo largo de la calle
Ramón y Cajal, e incluso llegara hasta el Parque. Ahí lo dejé yo, que ya me
ausenté y mis retornos fuero de tarde en tarde, o peor, de higos a brevas.
En una de aquellas venidas lo vi trasladado La
Laguna y tiempo después, tanto había crecido, que lo empujaron más allá, cerca
de las afueras del pueblo. Hoy lo instalan aún más lejos, en una zona de “reciente
construcción”, verdaderamente a las afueras.
Actualmente ese mercadillo, como casi todos los
que se levantan por los pueblos de esta tierra, no tienen nada que ver con
aquel de mi infancia. Mientras en el de mi recuerdo infantil se mezclaban
puestos con mercancías variadas, ropas, zapatos, cacharrería, alimentación y un
no muy largo, pero sí diverso, catálogo de productos, en los actuales la oferta
de género es muy limitada: ropa, ropa y ropa, incluidos zapatos; pero prácticamente
todo para mujer, para nosotros muy poco, pero no me importa, hago poco gasto. También,
algo de tejidos para el hogar, cortinas y cosas así, y puestos puntuales de
otras cosillas. Bah, cosas sin interés que no aparecen en la lista de la compra
de quien esto escribe.
A lo que iba al principio, repito, no me gustan
los mercadillos. Pues a la monótona y escasa oferta de productos a la venta hay
que añadir dos componentes más por los que siento un irrenunciable rechazo: hay
muchísima gente, mucha, apenas se puede caminar, no es agradable el continuo
roce, el choque involuntario, perdón señora, disculpe, una y otra vez. A lo que
hay que añadir el calor, que, aunque se trate de fecha invernales siempre lo hará
—en verano ni os cuento—; la proximidad de los cuerpos, el roce que decía
antes, el ambiente opresivo, todo ello sumado hará que mi estancia allí me resulte
agobiante. Un fastidio de situación.
Pero queda un último elemento que añadir al
asunto, que tres son tres los motivos que suelo esgrimir para eludir las
visitas a esos lugares, y es el ruido, mucho ruido, un murmullo constante,
general, de decenas de decibelios, alterado a ratos por alguna voz estridente
que a veces habla por teléfono —ni que me importara algo su conversación, pues
hable bajo, criatura—. Y de vez en cuando, antes incluso, en el tránsito entre
un puesto y otro, una voz destaca sobre todo el colectivo de visitantes, es la
del vendedor o la vendedora, que ofrecen su mercancía a voz en grito, de manera
repetida, estridente, a intervalos cortos de tiempo, molestísimamente.
Sin embargo, un martes
de este mes, que es cuando se monta el mercadillo en el lugar donde temporalmente
resido, y cuando todo transcurría con la incomodidad que esos lugares me
producen, vi alterada la normalidad con la voz de un tendero que ofrecía
exclusivamente vestidos de mujer, coloridos, frescos, amplios, aptos para el
verano y el calor. El buen hombre voceaba a su público frases ocurrentes,
originales, destinadas a todas sus potenciales clientas pero que a veces parecía
dirigir a alguna señora en concreto al otro lado del tenderete. Capté dos que
me gustaron, y mucho:
—
¡Venga, venga, que mis blusones os hacen guapas!
Y la mejor:
— Anda, pruébatelo, que a
ti te resalta.
Pues
nada, que el tipo me reconcilió con los mercadillos, pero sólo el rato que
permanecí por allí, que ya fue bastante.
domingo, 26 de octubre de 2025
Decepción
Siguió su monólogo en el que incluyó alguna anécdota vivida con ella y recordó retazos de cierta conversación. Pues resulta que, en esa conversación, de la que fui yo el tema central, mi madre le habló de mis virtudes y valías, lo cual no está mal hacerlo cuando de un hijo se trata. Pero también habló de lo contrario, de los defectos que me han acompañado en mi vida desde el principio de mis tiempos, faltas e incapacidades de las que siempre he sido consciente, y que ella me hacía saber y que, con toda seguridad, intentó corregir.
No me molestó que dijera todo aquello de mí, no me molestó que lo supiera, ni siquiera que lo estuviera exponiendo ante otros, no, no me molestó. Me enfadó que lo hubiera sabido porque mi madre se lo había dicho. Mi madre no tenia derecho a compartir con nadie las opiniones negativas que tuviera de mí, mi madre no tenía que hablar mal de mí con nadie, mi madre debió de darse cuenta que comunicando a otro sus juicios sobre mí, podría perjudicarme.
Me sentí avergonzado escuchando lo que aquella persona estuvo contando. Menos mal que en el local había poca luz y nadie notó mi sonrojo. Apenas comenté aquello, sólo un «no sé, no creo que mi madre dijera eso de mí», pero lo hice con tan poco volumen que nadie debió de enterarse.
Poco o nada pude contestar a su relato,
le hice saber cuánto lo lamentaba y afeé la conducta de la persona que le hizo
la revelación. Por cierto, la conozco y estoy seguro que su pretensión al confesar
aquella conversación estaba exenta de maldad. Mi amigo, ya con algo de desahogo
en el cuerpo y en agradecimiento al tiempo que dediqué en escucharlo, quiso
pagar los cafés. Me negué, por supuesto —«no hombre, pago yo, que he tomado
dos»—.
miércoles, 24 de noviembre de 2021
Tres mentiras.
domingo, 28 de marzo de 2021
1969, mayo
No consigo datar la fotografía, a pesar de haberlo consultado con alguno de los que ahí posan y de otros que debían andar por los alrededores en ese día o en aquella época. Por la poca y confusa información que consigo, llego, seguramente, a la errónea conclusión que debe ser hacia 1969.
domingo, 15 de diciembre de 2024
Benito y la purga
domingo, 23 de agosto de 2015
De «Territorio Comanche»
Fue lo primero que leí de Pérez-Reverte, llegó a mis manos por error, Círculo de Lectores me lo hizo llegar en lugar del que había solicitado y del que no recuerdo su título. Lo he releído en tres o cuatro ocasiones. Ya durante su primera lectura me prometí que leería todo lo que escribiera este hombre; y hasta la fecha he cumplido mi promesa. Bueno, todo todo, no; muchos de sus artículos, no.
«Siempre que podía, Márquez tomaba foco en cosas quietas antes de hacer un plano, y aquel muerto estaba perfectamente quieto. En realidad no hay nada tan quieto como los muertos».
«Porque los muertos además de quietos están solos, y no hay nada tan solo como un muerto».
..soldados exhaustos con la mirada distante, perdida, de aquellos a quienes ya da igual ir hacia delante que hacia atrás».
« Era lo que ellos llamaban territorio comanche en jerga del oficio. Para un reportero en una guerra, ése es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta».
«Por Bosnia pasaban de todo pelaje y procedencia: parlamentarios, intelectuales, ministros, presidentes del Gobierno, periodistas con mucha prisa y sopladores de vidrio en general, que a su regreso a la civilización organizaban conciertos de solidaridad, daban conferencias de prensa e incluso escribían libros para explicarles al mundo las claves profundas del conflicto».
«Como dijo Manuel —Manuel Ortiz, fotógrafo argentino— cuando le dieron la noticia mientras bebía de gorra en el bar del Explanade, más vale no hacer ninguna foto que hacer la última foto ».
«Pero lo eficaz de verdad es que el enemigo tenga, más que muertos, muchos heridos graves, mutilados y cosas así: requieren esfuerzos de evacuación, cura y hospitales, complican la logística del adversario y le revientan la organización y la moral, Matar al enemigo ya no se lleva. Ahora lo moderno es hacerle muchos cojos y mancos y tetrapléjicos y dejar que se las arregle como pueda ».
«Menuda suerte —decía Herman, fumando sentado en el bidet—. Llegas a tu primera guerra, te hieren, sales en todos los periódicos y además firmas en primera página... a otros nos cuesta años hacernos esa reputación».
«Al principio siempre fingía rodar, para que se acostumbrasen y cobraran confianza, naturalidad. A eso lo llamaba trabajar con película inglesa. Pero aquel día no hizo falta. Al caer las primeras bombas, algunos sacaron rotuladores y bolígrafos para apuntarse, mientras caminaban, el grupo sanguíneo en el dorso de manos y antebrazos».
«Barlés y Márquez conocían a Alessandro y sobre todo a Marco, que les mostró una vez la foto de sus dos hijos en el hotel Anna María de Medugorje; el mismo desde el que salieron aquella madrugada para cruzar las líneas y no volver, dejando los equipajes en las habitaciones y la cuenta sin pagar. Porque todos los reporteros, cuando los matan, dejan en el hotel la cuenta sin pagar, camisas sucias en el armario, un mapa clavado con chinchetas en la pared y una botella de whisky sobre la mesilla de noche».
«Barlés recordaría siempre el siniestro fuselaje mimetizado, el reflejo del sol en la carlinga y la silueta del piloto mientras se inclinaba a mirarlo. Después, el Mig se fue a soltar las bombas más lejos, en la parte vieja de la ciudad, sobre otro objetivo que valiera más la pena».
«Conocía de sobra a Márquez para saber que cuando algo le entraba en la cabeza no había más que hablar. Su leyenda estaba llena de historias, apócrifas o verdaderas. Se contaba de él que una vez, en Vietnam, insistió para que un Vietcong condenado a muerte, vestido con ropas negras, lo fusilaran sobre una pared de color claro, a fin de que la imagen no empastara al filmarlo. Si se lo van a cargar de todas formas, decía, más vale que sirva de algo. Le preguntaron al Vietcong y dijo que le daba igual, que pasaba mucho. Así que lo cambiaron de pared».
«Nos pasamos la vida creyendo que nuestros esfuerzos, nuestro trabajo, lo que conseguimos a cambio de todo eso, son definitivos, estables. Creemos que van a durar, que nosotros vamos a durar. Y un día el cielo nos cae sobre la cabeza. Nada es tan frágil como lo que atienes, se dijo. Y lo más frágil que tienes es la vida».
«Tengo que cambiar las pilas del Sony, recordó. Y lavar las dos camisas que tengo en el hotel. Miró a Márquez, preguntándose en qué pensaba él cuando se disponía a cruzar una zona batida. Quizá veía la cara de sus hijas, o lamentaba los polvos que no había echado en su vida, Quizá pensaba en los cincuenta mil duros que cobraba al mes, o quizá no pensaba en nada»
jueves, 31 de agosto de 2023
Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos.
domingo, 4 de agosto de 2024
Sobre una vieja pista deportiva y la convivencia.
domingo, 14 de diciembre de 2014
El beso que nunca fue

Tiempo después, el muchacho escuchó por primera vez una canción que hablaba de
palabras de amor sencillas y tiernas
que echamos al vuelo por primera vez
a los quince años no se saben más.
un día se marchó y jamás volví a verla.
Unas manos le bajaron al suelo, la luz volvió al local y. al poco, con el aire fresco de la calle, otra voz le comenzó a contar una historia nueva.
Muchos años más tarde, cuando el mundo ya es una red por la que resulta fácil recorrer todos los caminos y mirar todos los paisajes, el hombre acertó a leer en su pantalla aquel nombre nunca olvidado y un escueto mensaje, mitad anuncio mitad grito, que tardó en contestar lo que se tarda en poner los dedos sobre el teclado. Y otra vez, también sin esperarlo, le vinieron recuerdos pasados, dormidos pero no ausentes: su mirada clara, que siempre le pareció triste, su falda corta, su estatura, sus piernas, su piel tan blanca, sus pícaros dientes, la palmera muerta, la desangelada sala, el amplio pasillo plagado de ausencias, las paredes desnudas, la pulcritud del suelo, del aire sereno.
Pero, cuando oscurece,
lejos, se escucha una canción,
vieja música que acuna,
viejas palabras de amor...
domingo, 12 de enero de 2014
Índice
«Ayn Rand (Alisa Zinovievna Rosenbaum)»
Estado actual de Arturo Gallego Mendoza
«Esto también es memoria histórica»
Hoy ha tocado cortarme el pelo
La convivencia sobre una vieja pista deportiva
«La poesía es un arma cargada de futuro»
«Las mejores cosas de la vida»
«Leonard Cohen, premio Príncipe de Asturias 2011»
«Nada se ha hecho más sagrado que las fotos obsesivas... »
No me gustan los mercadillos...
Nunca sabes cuándo será la última vez que haces algo
Se corre mal con un niño en brazos
CRÓNICAS DESDE EL DOBLAO
INSTANTÁNEAS
1979, Argel 27, Cuartel de San Fernando
DECÍA MI MADRE
Váyase usted a la mierda y va muy bien servido
Cada vez que meas te da una idea
El 'no' se lleva siempre consigo
Ese garbancito no se ha cocido en esta olla
Hay que ver, lo tienes todo al retortero
Lo caliente está a gusto de todo el mundo
Lo tienes todo manga por hombro
Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos
Mientras voy vengo, vida tengo
¿No pensarás salir así, a cuerpo gentil?
Para qué hacer caso a medios días habiendo días enteros
Por un oído te entra y por el otro te sale
Préstame un pan y tráemelo a casa
¿Qué, mirando a las musarañas?
Quien evita la tentación evita el pecado
Te vas a enterar de lo que vale un peine
Te voy a dar más palos que a una estera vieja
Un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio
COSAS DE COMER
CITAS
DE OTROS
Declaraciones miserables para ocultar los errores del Gobierno.
El cansino lloriqueo de los milenial
Esto también es memoria histórica
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