domingo, 14 de diciembre de 2025

Ni el tiempo ni la ausencia.

Mientras paseo lentamente observando las casi irreconocibles calle y sus fachadas, me viene a la cabeza la letra de una canción, un poco deshilvanada pero que reconozco y no tardo en recomponer, que habla de cosas que uno cree que quedaron olvidadas, arrinconadas, y que sin embargo siguen ahí, acechándote, sonriéndote, haciéndote llorar.
Y es que no las mató ni el tiempo ni la ausencia. Y maldita la gracia que me haría si las matara, porque no me molestan ni avergüenzan, al contrario, las quiero vivas y recurrentes. Si no estuvieran yo no sería quien soy, ni tampoco quien seré. Así que no me reprochéis que guste de recordar, que en el recuerdo está mi vida y la de quienes quise y quiero.
Pues en esas andaba yo, porque andando iba, cuando observo que la acera por la que camino y que tantas veces recorrí, ida y vuelta al instituto o a otros menesteres, era más ancha, y más estrecha la calzada para los vehículos. Es tan ancha la primera que incluso se ha habilitado el espacio para terrazas de bares, hay varios, muchos más que entonces. En uno de ellos he quedado con alguien al que creo no ha matado ni el tiempo ni la ausencia. Veo una mesa vacía en el bar de la cita, me siento. El frío del otoño lo amortigua una de estas modernas carpas que amplían el local hacia el exterior, lo que hace que me sienta cómodo. Miro el reloj, aún falta tiempo para la hora acordada. ¿Qué va a tomar?, café, un café con leche, por favor.
Veo pasar gente y examino sus rostros. De los más jóvenes aparto la vista, imposible reconocerlos, de modo que mi mirada se dirige hacia los mayores y, entonces sí, alguna o varias caras conocidas que poco antes llevaban décadas olvidadas, pero a las que me es imposible poner nombre, ni situación, ni circunstancia que me ayude a encajarlos en algún momento de mi vida.
Los gritos de dos niños, que parecen ignorados, en una mesa cercana me sacan del juego en el que estaba. Menos mal que aparece quien debe de ser su padre acompañado del camarero con unos colacaos y tostadas; les unta foie-gras en el pan y se marcha dejándolos solos; quedan en silencio hasta terminar las tostadas, después vuelven al griterío; el padre vuelve a salir del interior del bar, cuando cree que ha puesto orden se vuele a marchar. Los dejo por imposibles.
En la mesa de mi derecha cuatro señoras, a las que me atrevo a poner más edad que yo, sí, seguro, charlan animadamente y en un tono adecuado. Dos toman té, una café y la cuarta una cerveza, apenas son las doce del mediodía. Las miro detenidamente y llego a la conclusión de que con la cuarta de las señoras, que se me antoja espléndida, sí tomaría yo una cerveza, y dos. En este caso el hábito hace al monje, la bebida y el aspecto.
Sigue pasando gente y sigo sin reconocer con claridad a nadie. Llega mi cita, puntualísimo, nos saludamos con un abrazo. Al poco compruebo que, efectivamente, hay cosas que no las mató el tiempo ni la ausencia, porque a la mínima se recuperan, cuando no reviven, que están ahí, susurrándote al oído que la verdad es eterna cuando de verdad es cierta. Sólo basta para ello una tranquila conversación, sin disfraces ni falsas cortesías, para confirmarme que un rato con un viejo amigo y aquella canción son dos rotundos placeres para el cuerpo.

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