domingo, 2 de noviembre de 2025

De regreso a casa.

Viaje de regreso a casa, desde el pueblo. El mismo camino de siempre, poco que inventar, los paisajes se repiten, los tiempos, sólo cambia que hoy voy sin compañía. Pocas veces ha ocurrido, casi siempre con ella, con los niños. Hoy sin embargo viajo solo. Quizás sea por eso que decido hacer algo distinto a lo habitual: el lugar donde hacer un descanso y tomar un café no será el de siempre. Elijo otro establecimiento, muy cercano al que acostumbramos, pero para el que debo desviarme ligeramente de la ruta. Salgo de la autovía, me dirijo hacia la antigua carretera nacional y al poco me detengo a la puerta de una antigua venta que aún sigue ahí.
Nada más aparcar me alegro de haber tomado la decisión, el lugar está infinitamente más tranquilo que el que acabo de evitar, con autobuses en el aparcamiento y decenas de vehículos particulares. Aquí, apenas un puñado de coches ocupan la pequeña esplanada, y en el interior los clientes llenan nada más que dos mesas. Para tratarse de un café durante una parada del viaje, lo tomo con olvidada tranquilidad. Lo apuro y, mientras observo el local y los productos expuestos a la venta, típicos de la zona y de otras, resuelvo que no volveré a la autovía, que continuaré mi camino por la vieja “nacional”, Vía de la Plata por la que tantas veces transité, ida y vuelta, tal vez demasiadas veces, o acaso pocas, que nunca estoy seguro. Salir de esta duda me cuesta, por mucho que planteo el dilema, y lo he hecho numerosas veces, no llego a solución cierta.

Vuelvo al coche, arranco el motor y me pongo en marcha. Sé que tomar la “nacional” me supondrá algunos minutos más de viaje, iré más despacio, numerosas curvas e incluso la fugaz observación del paisaje me hará perder tiempo. No son razones suficientes para hacerme volver a la autovía. Además, pienso que aumentar el recorrido va a ser una manera de estirar la estancia en el pueblo, de permanecer unos minutos más en mi tierra. Como si no hubiera tenido bastante con los casi tres intensos días, de los que no me ha sobrado ni un minuto, al contrario, hubieran hecho falta más. ¿Cuándo me decidiré a dilatar estas estancias cinco, seis días, una semana? Y permanecer hasta que, llegado el momento en que me sienta lleno, busque el camino de regreso. ¿Pero de regreso a dónde?, sí claro, a casa, que allí ya no tengo casa, que en mi pueblo no tengo casa.
Y ha sido como predije al montarme en el coche: el tiempo, y con él el camino, se alargó no sé cuánto. Pero mereció la pena: viaje sosegado, música a bajo volumen, centenares de encinas, algunos moteros buscando amables curvas, la vuelta a un paisaje que por culpa de la autovía creía olvidado, pensamientos añejos, ideas que se aclaran, otras que enturbian a alguna que se había aclarado. 
Y así hasta retornar a la autovía para acceder a la ciudad, lo que hizo que casi todo se empañara.

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