domingo, 6 de septiembre de 2026

Caminos del deseo

No hace mucho, una influencer me descubrió, o debería decir me identificó, lo que se denomina caminos del deseo. Y escribo el verbo identificar porque, aun conociéndolos, yo no sabía de su relativa importancia en el urbanismo y, mucho menos, les daba nombre.
Los caminos del deseo son senderos informales que se van formando de manera espontánea en la tierra o el césped de un espacio abierto, por ejemplo, en un parque.
No estaban los planos del proyecto original, pero las personas los pisan de manera repetida acortando distancias y haciendo ver al urbanista que el camino oficial que en el proyecto trazó no responde al diseño más directo, corto o cómodo que hay entre un punto y otro. Son atajos que el usuario decide, se prefiere una línea recta a dar el innecesario rodeo que obligan los ángulos rectos que dibujó en el plano el paisajista o decidió el técnico municipal. Así, un paseante y otro más, un par de pies y muchos más, día tras día, debilitarán la hierba hasta dejar la tierra al descubierto, o compactarán el firme de una estrecha senda hasta hacerla perfectamente distinguible del resto.
Pero finalmente los caminos del deseo s
on algo más que el simple capricho del paseante o del usuario del lugar que se trate: jardines, urbanizaciones, parques, espacios abiertos en general. Terminarán definiendo cuáles son los gustos, recorridos más frecuentes, conexión de destinos; en fin, el comportamiento cotidiano de la gente. Es por ello que se está imponiendo la idea de definir los pavimentos en espacios públicos hasta que, pasado el tiempo, la gente haya marcado cuáles son los senderos idóneos y más prácticos; que el público dibuje primero en el suelo, y el camino definitivo se ejecute sobre aquel dibujo. Algo así como un consenso, el voto de los pies: según el número de pisadores y la frecuencia temporal, se determinará el tamaño del camino y la erosión del terreno, indicando la aceptación social.

Viene toda esta introducción a que, cuando la influencer aquella me identificó los caminos del deseo, recordé los años de universidad y las caminatas desde mi casa hasta la Escuela —la economía no daba para otra cosa, sólo caminar—, que duraban casi treinta minutos y se alargaron algunos años. Aquellos recorridos los realizaba junto a un compañero de carrera y también de residencia, y transcurrían por una avenida, zigzagueando calles, atravesando un par de solares y también los jardines abiertos a la calle de una urbanización de altos bloques de viviendas.

Era al pasar por aquellos jardines cuando inevitablemente acortábamos las distancias y huíamos de los caminos oficiales, siguiendo ligeras sendas que ya estaban marcadas. En muchas ocasiones, mi compañero comentaba —y juro que la primera vez pensé que aquello era una idea suya, y seguramente lo era, pues no tenía por qué conocer la existencia de los caminos del deseo—, que el trazado de los senderos en los jardines tenía que realizarse mucho después de haber sido abiertos al público. La idea era antigua, pero sin duda para nosotros era novísima.

Terminamos la carrera y cada cual siguió por distintos destinos laborales. Él asistió a mi enlace matrimonial y yo al suyo. En un par de ocasiones lo visité en su centro de trabajo cuando recalé en su ciudad por motivos profesionales. Nunca volví a tener contacto con él ni él conmigo, claro —me parece y temo que esto ha sido frecuente en mi vida—. Se ve que nuestros caminos han tenido deseos distintos.

Sin embargo, no puedo esquivar esos recuerdos, siempre con un acusado sentimiento agridulce, cada vez que los pies me llevan por lugares donde los caminos del deseo son una realidad o deberían serlo.

 

Nota: la denominación caminos del deseo proviene del inglés desire paths, término atribuido a Gastón Bachelard (1884-1962), filósofo y poeta francés.

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