No hace mucho, una influencer me descubrió, o debería decir me identificó, lo que se denomina caminos del deseo. Y escribo el verbo identificar porque, aun conociéndolos, yo no sabía de su relativa importancia en el urbanismo y, mucho menos, les daba nombre.
Los caminos del deseo son senderos informales que se van formando de manera espontánea en la tierra o el césped de un espacio abierto, por ejemplo, en un parque. No estaban los planos del
proyecto original, pero las personas los pisan de manera repetida acortando
distancias y haciendo ver al urbanista que el camino oficial que en el proyecto
trazó no responde al diseño más directo, corto o cómodo que hay entre un punto
y otro. Son atajos que el usuario decide, se prefiere una línea recta a dar el
innecesario rodeo que obligan los ángulos rectos que dibujó en el plano el paisajista
o decidió el técnico municipal. Así, un paseante y otro más, un par de pies y
muchos más, día tras día, debilitarán la hierba hasta dejar la tierra al
descubierto, o compactarán el firme de una estrecha senda hasta hacerla perfectamente distinguible del resto.
Pero finalmente los caminos del deseo son
algo más que el simple capricho del paseante o del usuario del lugar que se
trate: jardines, urbanizaciones, parques, espacios abiertos en general. Terminarán
definiendo cuáles son los gustos, recorridos más frecuentes, conexión de
destinos; en fin, el comportamiento cotidiano de la gente. Es por ello que se
está imponiendo la idea de definir los pavimentos en espacios públicos hasta
que, pasado el tiempo, la gente haya marcado cuáles son los senderos idóneos y más
prácticos; que el público dibuje primero en el suelo, y el camino definitivo se
ejecute sobre aquel dibujo. Algo así como un consenso, el voto de los pies: según
el número de pisadores y la frecuencia temporal, se determinará el tamaño del
camino y la erosión del terreno, indicando la aceptación social.
Viene toda esta introducción a que,
cuando la influencer aquella me identificó los caminos del deseo, recordé los
años de universidad y las caminatas desde mi casa hasta la Escuela —la economía
no daba para otra cosa, sólo caminar—, que duraban casi treinta minutos y se alargaron
algunos años. Aquellos recorridos los realizaba junto a un compañero de carrera
y también de residencia, y transcurrían por una avenida, zigzagueando calles,
atravesando un par de solares y también los jardines abiertos a la calle de una
urbanización de altos bloques de viviendas.
Era al pasar por aquellos jardines
cuando inevitablemente acortábamos las distancias y huíamos de los caminos
oficiales, siguiendo ligeras sendas que ya estaban marcadas. En muchas
ocasiones, mi compañero comentaba —y juro que la primera vez pensé que aquello
era una idea suya, y seguramente lo era, pues no tenía por qué conocer la
existencia de los caminos del deseo—, que el trazado de los senderos en los
jardines tenía que realizarse mucho después de haber sido abiertos al público.
La idea era antigua, pero sin duda para nosotros era novísima.
Terminamos la carrera y cada cual siguió
por distintos destinos laborales. Él asistió a mi enlace matrimonial y yo al
suyo. En un par de ocasiones lo visité en su centro de trabajo cuando recalé en
su ciudad por motivos profesionales. Nunca volví a tener contacto con él ni él
conmigo, claro —me parece y temo que esto ha sido frecuente en mi vida—. Se ve
que nuestros caminos han tenido deseos distintos.
Sin embargo, no puedo esquivar esos
recuerdos, siempre con un acusado sentimiento agridulce, cada vez que los pies
me llevan por lugares donde los caminos del deseo son una realidad o deberían serlo.
Nota: la denominación caminos del
deseo proviene del inglés desire paths, término atribuido a Gastón
Bachelard (1884-1962), filósofo y poeta francés.

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