domingo, 10 de mayo de 2026

Cruz de navajas.

Hay una canción de 1986, cuyo autor fue José María Cano y que popularizó el grupo musical al que pertenecía, Mecano, incluida en el disco Entre el cielo y el suelo, que cuenta la historia de una pareja, María y Mario Postigo —se dice que se trata de personajes reales o, al menos, que la letra está inspirada en una historia real—, cuya vida, que está sumida en un hastío por culpa de la rutina de unos horarios laborales contrapuestos, pues cuando termina la jornada del hombre comienza la de la mujer, hacen que el contacto entre ambos sea mínimo. Una mañana, en la que el regreso de Mario a casa, a una hora más temprana de lo habitual, hace que éste sorprenda a María con su amante, provoca una pelea entre los dos hombres con el resultado de la muerte del protagonista de la canción.
El título de la canción, Cruz de navajas, ¿o debería haber sido Cruce de navajas?, queda a su vez relacionado con las estrofas en las que se enumeran las tres heridas, las tres cruces que a la víctima le infligen: metafórica la primera, «una en la frente, la que más dolió», conocer la infidelidad de su pareja, soportar los cuernos, esta navaja se la clava María; «otra en el pecho, la que le mató», realista total; y la tercera «y otra miente en el noticiero…», en alusión a la falsa información que los medios de comunicación dan del hecho según el relato de la propia María que, evidentemente, fue testigo del crimen y que de esa manera encubría a su enamorado, acusando a dos supuestos drogadictos que pasaban por allí.

Cuántas veces, muchas, porque muchas han sido las que he escuchado esta canción — incluida entre mis diez o doce preferidas—, mientras la oía, he pensado en otro final, y siempre en el mismo, un final en el que el muerto fuera el otro, o ni siquiera hubiera necesidad de que alguien muriera. Me bastaría conque el protagonista propinara al otro un par de puñetazos y una patada en las gónadas, dejándolo arrumbado en un rincón del portal o en medio de la calle. Después, Mario subiría a su casa, seguido de María que lloriqueando iría pidiendo perdón mientras alternaba la manida frase «déjame explicarte, esto no es lo que parece», guardaría sus pertenencias más básicas en una maleta —«ya volveré otro día por el resto»—y tras de decirle a la mujer «vete a la mierda, y vas muy bien servida», cogería la puerta y saldría a la calle aún sin saber a dónde se dirigiría. De esta manera el fracasado ascendería a héroe, aunque no dejaría de ser un cornudo y seguiría siendo un fracasado.
Pero no sólo pienso en un final así mientras la oigo, y la oigo una y otra vez, pues muchas son las ocasiones en que las emisoras de radio la emiten, también vivo la ambición instantánea de que realmente la canción termine como la deseo, y espero anhelante que Ana Torroja cante mi final y nos cuente con apoteósica pena cómo Mario se aleja calle abajo con su maleta, mientras el alba va iluminando lentamente el cielo. Pero, me cagüen la leche, nunca ocurre así.



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