domingo, 28 de diciembre de 2025

El cansino lloriqueo de los milenial

 Leído por ahí:

Lo que algunos escriben y me hubiera gustado haberlo hecho yo.
Ni un ápice de razón le quito al autor: es cansino el constante lloriqueo de una generación que, a pesar de tenerlo casi todo y que les ha llegado por pura autogénesis, están empeñados en culpar al prójimo y en especial a la generación de sus padres, la mía.



domingo, 14 de diciembre de 2025

Ni el tiempo ni la ausencia.

Mientras paseo lentamente observando las casi irreconocibles calle y sus fachadas, me viene a la cabeza la letra de una canción, un poco deshilvanada pero que reconozco y no tardo en recomponer, que habla de cosas que uno cree que quedaron olvidadas, arrinconadas, y que sin embargo siguen ahí, acechándote, sonriéndote, haciéndote llorar.
Y es que no las mató ni el tiempo ni la ausencia. Y maldita la gracia que me haría si las matara, porque no me molestan ni avergüenzan, al contrario, las quiero vivas y recurrentes. Si no estuvieran yo no sería quien soy, ni tampoco quien seré. Así que no me reprochéis que guste de recordar, que en el recuerdo está mi vida y la de quienes quise y quiero.
Pues en esas andaba yo, porque andando iba, cuando observo que la acera por la que camino y que tantas veces recorrí, ida y vuelta al instituto o a otros menesteres, era más ancha, y más estrecha la calzada para los vehículos. Es tan ancha la primera que incluso se ha habilitado el espacio para terrazas de bares, hay varios, muchos más que entonces. En uno de ellos he quedado con alguien al que creo no ha matado ni el tiempo ni la ausencia. Veo una mesa vacía en el bar de la cita, me siento. El frío del otoño lo amortigua una de estas modernas carpas que amplían el local hacia el exterior, lo que hace que me sienta cómodo. Miro el reloj, aún falta tiempo para la hora acordada. ¿Qué va a tomar?, café, un café con leche, por favor.
Veo pasar gente y examino sus rostros. De los más jóvenes aparto la vista, imposible reconocerlos, de modo que mi mirada se dirige hacia los mayores y, entonces sí, alguna o varias caras conocidas que poco antes llevaban décadas olvidadas, pero a las que me es imposible poner nombre, ni situación, ni circunstancia que me ayude a encajarlos en algún momento de mi vida.
Los gritos de dos niños, que parecen ignorados, en una mesa cercana me sacan del juego en el que estaba. Menos mal que aparece quien debe de ser su padre acompañado del camarero con unos colacaos y tostadas; les unta foie-gras en el pan y se marcha dejándolos solos; quedan en silencio hasta terminar las tostadas, después vuelven al griterío; el padre vuelve a salir del interior del bar, cuando cree que ha puesto orden se vuele a marchar. Los dejo por imposibles.
En la mesa de mi derecha cuatro señoras, a las que me atrevo a poner más edad que yo, sí, seguro, charlan animadamente y en un tono adecuado. Dos toman té, una café y la cuarta una cerveza, apenas son las doce del mediodía. Las miro detenidamente y llego a la conclusión de que con la cuarta de las señoras, que se me antoja espléndida, sí tomaría yo una cerveza, y dos. En este caso el hábito hace al monje, la bebida y el aspecto.
Sigue pasando gente y sigo sin reconocer con claridad a nadie. Llega mi cita, puntualísimo, nos saludamos con un abrazo. Al poco compruebo que, efectivamente, hay cosas que no las mató el tiempo ni la ausencia, porque a la mínima se recuperan, cuando no reviven, que están ahí, susurrándote al oído que la verdad es eterna cuando de verdad es cierta. Sólo basta para ello una tranquila conversación, sin disfraces ni falsas cortesías, para confirmarme que un rato con un viejo amigo y aquella canción son dos rotundos placeres para el cuerpo.

domingo, 2 de noviembre de 2025

De regreso a casa.

Viaje de regreso a casa, desde el pueblo. El mismo camino de siempre, poco que inventar, los paisajes se repiten, los tiempos, sólo cambia que hoy voy sin compañía. Pocas veces ha ocurrido, casi siempre con ella, con los niños. Hoy sin embargo viajo solo. Quizás sea por eso que decido hacer algo distinto a lo habitual: el lugar donde hacer un descanso y tomar un café no será el de siempre. Elijo otro establecimiento, muy cercano al que acostumbramos, pero para el que debo desviarme ligeramente de la ruta. Salgo de la autovía, me dirijo hacia la antigua carretera nacional y al poco me detengo a la puerta de una antigua venta que aún sigue ahí.
Nada más aparcar me alegro de haber tomado la decisión, el lugar está infinitamente más tranquilo que el que acabo de evitar, con autobuses en el aparcamiento y decenas de vehículos particulares. Aquí, apenas un puñado de coches ocupan la pequeña esplanada, y en el interior los clientes llenan nada más que dos mesas. Para tratarse de un café durante una parada del viaje, lo tomo con olvidada tranquilidad. Lo apuro y, mientras observo el local y los productos expuestos a la venta, típicos de la zona y de otras, resuelvo que no volveré a la autovía, que continuaré mi camino por la vieja “nacional”, Vía de la Plata por la que tantas veces transité, ida y vuelta, tal vez demasiadas veces, o acaso pocas, que nunca estoy seguro. Salir de esta duda me cuesta, por mucho que planteo el dilema, y lo he hecho numerosas veces, no llego a solución cierta.

Vuelvo al coche, arranco el motor y me pongo en marcha. Sé que tomar la “nacional” me supondrá algunos minutos más de viaje, iré más despacio, numerosas curvas e incluso la fugaz observación del paisaje me hará perder tiempo. No son razones suficientes para hacerme volver a la autovía. Además, pienso que aumentar el recorrido va a ser una manera de estirar la estancia en el pueblo, de permanecer unos minutos más en mi tierra. Como si no hubiera tenido bastante con los casi tres intensos días, de los que no me ha sobrado ni un minuto, al contrario, hubieran hecho falta más. ¿Cuándo me decidiré a dilatar estas estancias cinco, seis días, una semana? Y permanecer hasta que, llegado el momento en que me sienta lleno, busque el camino de regreso. ¿Pero de regreso a dónde?, sí claro, a casa, que allí ya no tengo casa, que en mi pueblo no tengo casa.
Y ha sido como predije al montarme en el coche: el tiempo, y con él el camino, se alargó no sé cuánto. Pero mereció la pena: viaje sosegado, música a bajo volumen, centenares de encinas, algunos moteros buscando amables curvas, la vuelta a un paisaje que por culpa de la autovía creía olvidado, pensamientos añejos, ideas que se aclaran, otras que enturbian a alguna que se había aclarado. 
Y así hasta retornar a la autovía para acceder a la ciudad, lo que hizo que casi todo se empañara.

domingo, 5 de octubre de 2025

Salirse del camino

En uno de mis paseos matinales —los hago casi a diario, entre una hora y hora y veinte minutos, y casi siempre por cuatro o cinco rutas establecidas que voy alternando sin orden— intentaba recordar si durante el camino hasta ahora realizado en mi vida, sesenta y siete tacos ya, había pensado en alguna ocasión cambiar su curso y elegir otro destino distinto al que en aquel momento me dirigiera, haber tomado un atajo, o cambiar de medio de transporte. Todo esto en sentido figurado, claro.
Porque mi juego mental para ese día—acostumbro a ello para hacer más entretenido el paseo: narrarme una historia nunca vivida por mí, recordar otra real incluyendo olvidados pero posibles diálogos, fantasear con alguna idea o un sueño o, en la mayoría de las ocasiones, contarme lo que voy viendo como si se lo estuviera haciendo a otra persona—, decía que, ese día, mi entretenimiento consistía en pensar qué me hubiera sucedido, o me sucedió, si en alguna ocasión, y cuando tenía la vista puesta, las ganas y los medios para llegar a un fin concreto, estuve a punto de optar, u opté, por tomar otra senda y destinar esos esfuerzos a otro propósito.
No había llegado aún a poner en orden el pensamiento cuando a la salida de una curva, a mi derecha, vi que partía un camino en el que nunca había reparado. Una breve pausa e inmediatamente decidí tomarlo. Por la orientación sabía a donde me llevaría, mentalmente calculé distancia y tiempo, y por supuesto tuve en cuenta la posible vuelta y también el rodeo que daría si decidía retomar mi camino original más adelante. A pesar del exceso de tiempo y distancia me aventuré a recorrerlo, seguro de que las fuerzas me responderían.
Ni que decir tiene que olvidé por completo aquella reflexión sobre itinerarios vitales del pasado, caminos marcados o por marcar, miedos para salir de ellos o ilusiones para seguir adelante o tomar otros. Me dejé de filosofías y me centré en el nuevo paisaje que, aunque aparentemente igual a otros de este entorno en el que provisionalmente resido, tenía detalles que lo hacían diferente:

Entre geométricos cultivos a punto de ser cubiertos por bóvedas de plástico, se levantaban enormes muros de cañas invasoras, sobre las que no concibo el actual respeto legal; dos gatos cruzaron el camino delante de mí y desaparecieron entre la maleza —me pregunto qué hacían esos animales en medio del campo y la respuesta es obvia: los gatos conviven con los humanos y en el entorno hay pequeñas cortijadas, edificaciones agrícolas, y ellos andan por aquí porque también debe haber roedores, y la presa llama al depredador—; una ruidosa y veloz furgoneta, ajena a mi presencia y al mal estado del sendero, me adelantó obligándome a orillarme; dos descuidadas palmeras flanqueaban la entrada a una propiedad; adelanté a una señora que caminaba bajo un paraguas, buenos días, pero no me contestó porque unos auriculares le impedían escucharme. 

Llego al final del camino y retorno a mi pensamiento inicial, que durante un buen rato había olvidado por completo. Recapitulo y considero, porque tengo recuerdos —unos vagos y otros concretos—, que sí, que hubo caminos que abandoné por buscar otros destinos, que en otras ocasiones me vi obligado a ello, o me empujaron, o fue el azar, o Dios sabrá. Pero creo que no tuve miedo cuando me adentraba en una dirección nueva, siempre pensé que lo que me esperaba iba a ser mejor, aunque no siempre fue así, mas no por ello renuncié a sueños y prioridades, a pesar de las necesidades y peajes que ello me ha conllevado. Ni tampoco me refugié en el arrepentimiento, ¿de qué me habría servido?

Al final concluí que sí, que merece la pena salirse del camino establecido, que es beneficioso para el cuerpo, para los sentidos, para la mente y el corazón. A pesar de que, como en aquel paseo matinal mío, me viera obligado a dar un largo rodeo para reencontrarme con mi camino primitivo.

domingo, 14 de septiembre de 2025

De postre, fruta.

Estamos terminado de comer. Andamos liados con el postre que, en mi casa, casi siempre es fruta; hoy melón, en tajadas que, invariablemente, corto yo. Por mantener alguna conversación se me ocurre hablar sobre lo que tengo entre manos, o sea frutas: las clásicas, de siempre, y otras de más moderno consumo. En fin, sobre mis preferencias en el tema.
Establezco mi orden de prelación comenzando por la sandia y el melón, a partes iguales, no sólo movido porque ahora lo esté consumiendo al ser precisamente verano, además de ser las frutas que mejor identifico con esta estación, sino porque de verdad me gustan y mucho. Ese el principal argumento para situarlas en lo más alto del podio, ¿o puede haber otro?
Luego vienen las clásicas, sin un orden muy estudiado, la verdad. Las coloco todas en el mismo cajón y las voy nombrando conforme me vienen: naranja, pera, manzana, plátano, melocotón, y alguna más. Ni siquiera me acordé de la fresa, que en su temporada la consumo, pero sin exceso. De algunas de ellas me viene el recuerdo juvenil de su recolección y del primer dinero que llevé a casa.
Ella me interrumpe y me recuerda la piña, pero enseguida la corrijo porque esa fruta, que sí se come en esta casa, la voy a incluir con esas otras con las que me trato poco, frutas de origen tropical, y que antes denominé de moderno consumo: kiwi, chirimoya, mango, papaya, aguacate y alguna más.
A esta altura de la conversación, el medio melón adquirido a primera hora de la mañana está a dos o tres tajadas de llegar a su final. Y es cuando me acuerdo de una de las clásicas que no he mencionado: la ciruela, en sus distintas variantes. Si miras Wikipedia te sorprenderá encontrar ocho o diez variedades; y hasta diecisiete más que, por su similitud, se podrían denominar también ciruelas. Amplio mundo el de las ciruelas.
Pero por más que leo no encuentro ninguna nombrada de “San Antonio”, que así era como llamábamos (¿o eran de San José?) a las que daba, evidentemente, un ciruelo que se encontraba al pie de la carretera del Badén del Zújar a Entrerríos, y al que de vez en cuando, y si era su tiempo, acudíamos Manolo y yo a comernos tres o cuatro o las que dieran lugar, las comíamos y vuelta a casa.

Posdata curiosa:
Busco en la red algún dato sobre las ciruelas San Antonio, y lo poco que encuentro está relacionado con un de los caseríos, llamado Las Ciruelas, que en 1915 conformaron administrativamente lo que hoy es San Antonio de Alajuela, distrito de Alajuela, cantón 1º de la provincia de Alajuela, Costa Rica.
Ya sé que el dato no lleva a ninguna parte, que estábamos hablando de frutas no de la división administrativa de Costa Rica. Y es que los caminos de internet son inescrutables.

domingo, 24 de agosto de 2025

La carga heróica del Laureado Regimiento...

Leído por ahí:
lo que algunos escriben y me hubiera gustado haberlo hecho yo.


La carga heroica del Laureado Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 10 en las orillas del río Igán

Por Darío Madrid

El 23 de julio de 1921, 691 jinetes españoles pertenecientes al Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 10 cargaron en siete ocasiones en las orillas del río seco Igán, contra las tropas de Abd el-Krim para proteger la retirada de sus compañeros de Annual. Murieron 551.
Los compañeros que trataban de proteger procedían de la posición de Annual. El general Silvestre había ordenado la retirada después de suponer que 10.000 rifeños les cercaban. Los españoles no superaban los 5.000 hombres y carecían de víveres, agua y municiones.

El general Silvestre fallece en extrañas circunstancias. Algunas versiones afirman que se suicidó al ser herido y verse rodeado de enemigos. Su cuerpo nunca fue hallado. Tomará el mando el general Felipe Navarro que había llegado a Annual el día anterior.

Navarro tiene que dirigir una retirada de tres mil soldados españoles y dos mil indígenas. Tienen que atravesar un territorio árido donde abundan las alturas y los desfiladeros. El primer objetivo es tratar de alcanzar Batel a unos 19 kilómetros. Desde allí tratarán de alcanzar Melilla.
Al frente del Regimiento de Alcántara nº 14 se encontraba el teniente coronel Fernando Primo de Rivera. Morirá en Monte Arruit días a causa de la gangrena de las heridas que le produjo la explosión de una granada. El Regimiento se había establecido en Dar Drius.
A las siete de la mañana del 23 de julio, un escuadrón del Regimiento de Alcántara tiene que salir de Dar Drius para proteger en una primera ocasión de aquel día a los compañeros que se baten en retirada. Se ven obligados a cargar contra los moros y causan muchas bajas.
Regresan a Dar Drius a las once de la mañana, pero en seguida se ven obligados a volver a salir en compañía de todo el Regimiento. Tienen que proteger a dos columnas que solicitan ayuda. Cargan, matan a varios de los atacantes y los dispersan.
A la una y media llega al Regimiento la noticia de que un convoy ha quedado atascado en el cauce seco del río Igán. Los rifeños están tiroteando a las ambulancias. Cuando llegan nada se puede hacer. Todos los ocupantes de las ambulancias están muertos, muchos de ellos degollados.
El Regimiento trata de regresar a Dar Drius pero según se van acercando ven que el poblado está ardiendo. Observan que una columna ha logrado escapar para tratar de llegar al fortín de Monte Arruit pero los rifeños están posicionados en el río Igán impidiendo el paso.

Primo de Rivera arenga a su tropa: “¡Soldados! Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas la mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos.”
Tienen la orden de desalojar al enemigo de sus posiciones al precio que sea. El Regimiento se lanza al galope colina arriba blandiendo los sables. Según se acercan reciben fuego intenso de fusilería. El teniente coronel Primo de Rivera pierde su montura y sigue luchando de pie.


Los disparos de los rifeños causan numerosas bajas en hombres y caballos. El Regimiento de Alcántara nº 14 carga hasta en siete ocasiones. La última al paso. Cada carga la hace un número menor de soldados. Logran que el enemigo se retire, pero el 80% del Regimiento ha perecido.
De los 691 integrantes del Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 14, 551 han fallecido, el resto están heridos o han sido hecho prisioneros. Casi todos sus caballos han muerto en el combate. El Regimiento ya no tiene capacidad para seguir luchando.

Gracias a las siete cargas del Regimiento de Alcántara nº 14, la columna que había logrado escapar del asedio de Dar Drius logra llegar a Monte Arruit. De los cinco mil soldados que habían partido de Annual alcanzan Monte Arruit unos tres mil.

En Monte Arruit resistirán en penosas condiciones hasta el nueve agosto. Sin agua, sin provisiones, sin municiones, abandonados a su suerte por el mando, el general Navarro pacta con el enemigo el traslado hacia Melilla siempre que la fuerza española entregue el armamento.
Formados los tres mil supervivientes en el exterior de la fortificación, los rifeños comienzan a disparar a traición contra los soldados desarmados. Muchos son degollados. Sus cadáveres quedarán insepultos dos meses. Respetan la vida de 60 militares, incluido el General Navarro.



Reconquistada la posición, uno de los primeros que halla los cadáveres será el comandante Franco de la 1ª Bandera de la Legión: “Renuncio a describir el horrendo cuadro que se presenta a nuestra vista. La mayoría de los cadáveres han sido profanados o bárbaramente mutilados.”
Entre el 22 y el 9 de agosto de 1921 murieron cerca de 8.000 militares al servicio de España (españoles e indígenas) por un enemigo claramente inferior a causa de la ineficacia y la cobardía de sus mandos. Nunca tenía que haber ocurrido el llamado “Desastre de Annual”.
El Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 14 fue condecorado la Cruz Laureada de San Fernando, como Laureada Colectiva en junio de 2012.
Esta es la hazaña inmortal del Regimiento de Caballería de Cazadores de Alcántara nº 10.




domingo, 10 de agosto de 2025

«Sí, y tú ¿qué?».

¿De cuántas maneras se pueden desear los buenos días?, así al pronto, dos o tres son los más usuales y que la cordialidad obliga: buenos días, buen día. Poco más.
El campo se puede ampliar si se le quiere dar un toque simpático —feliz mañana; buenos días por la mañana; comienza el día, a disfrutarlo—, u optimista —¡a comerse el mundo!; por fin empieza un nuevo día— e incluso cariñoso — empecemos juntos este nuevo día; ¡qué suerte comenzar este nuevo día contigo! —.

Pero ninguno como los buenos días que me dieron hace poco. Pongo en situación:
En lo que ahora se llama segunda residencia, unos familiares cercanos y mi familia somos vecinos. De pared con pared, o sea, muy vecinos. Desde nuestras terrazas nos vemos, hablamos, intercambiamos alguna necesidad —¿tienes azúcar, sal, laurel?, cosas normales—. Así es el que forme parte de nuestra cotidianeidad compartir, a corta distancia, el primer café de la mañana, el almuerzo o una copa al atardecer.
Pues fue hace unos días que en esas estábamos, el primer café de la mañana y el diálogo protocolario que suele suceder a esa hora, que si hoy hará más calor o parece que hará menos, casas de esas, cuando apareció el hijo mayor de los vecinos, lo que viene a ser mi sobrino, bien pasado de los treinta, vestido con la misma ropa de su última salida nocturna, ¿o era el pijama?, o ya se había vestido para bajar a la playa. No sé, en verano y en esas latitudes, cualquier vestimenta sirve para cualquier momento.
La cuestión es que desde mi terraza se le dieron los buenos días, a lo que él contestó, con un poquitín de retardo, un lacónico «Sí, y tú ¿qué?».
Me pareció una réplica surrealista, pero no por ello menos extraordinaria, tanto que me obligó a sonreír agradeciéndole tan sorpresiva ocurrencia. Sin embargo, él apenas le dio importancia, se trataba de algo que formaba parte de sí mismo, de su forma de comunicarse, otro lenguaje al que ya no llego pero que no me resisto a entender.

Así que anoté la frase en mi libreta y la guardé para la ocasión que ahora me ocupa.

domingo, 27 de julio de 2025

No me gustan los mercadillos...

No me gustan los mercadillos, al menos en el sentido más popular y extendido en la actualidad.

Pues menudo comienzo has tenido. Intentemos arreglarlo.

De pequeño acompañé en numerosas ocasiones a mi madre al que todos los sábados —ubicación temporal que le daba nombre— se instalaba en la plaza de España de mi pueblo, bajo los soportales. El tiempo y el aumento de vendedores hizo que se trasladara a todo lo largo de la calle Ramón y Cajal, e incluso llegara hasta el Parque. Ahí lo dejé yo, que ya me ausenté y mis retornos fuero de tarde en tarde, o peor, de higos a brevas.

En una de aquellas venidas lo vi trasladado La Laguna y tiempo después, tanto había crecido, que lo empujaron más allá, cerca de las afueras del pueblo. Hoy lo instalan aún más lejos, en una zona de “reciente construcción”, verdaderamente a las afueras.

Actualmente ese mercadillo, como casi todos los que se levantan por los pueblos de esta tierra, no tienen nada que ver con aquel de mi infancia. Mientras en el de mi recuerdo infantil se mezclaban puestos con mercancías variadas, ropas, zapatos, cacharrería, alimentación y un no muy largo, pero sí diverso, catálogo de productos, en los actuales la oferta de género es muy limitada: ropa, ropa y ropa, incluidos zapatos; pero prácticamente todo para mujer, para nosotros muy poco, pero no me importa, hago poco gasto. También, algo de tejidos para el hogar, cortinas y cosas así, y puestos puntuales de otras cosillas. Bah, cosas sin interés que no aparecen en la lista de la compra de quien esto escribe.

A lo que iba al principio, repito, no me gustan los mercadillos. Pues a la monótona y escasa oferta de productos a la venta hay que añadir dos componentes más por los que siento un irrenunciable rechazo: hay muchísima gente, mucha, apenas se puede caminar, no es agradable el continuo roce, el choque involuntario, perdón señora, disculpe, una y otra vez. A lo que hay que añadir el calor, que, aunque se trate de fecha invernales siempre lo hará —en verano ni os cuento—; la proximidad de los cuerpos, el roce que decía antes, el ambiente opresivo, todo ello sumado hará que mi estancia allí me resulte agobiante. Un fastidio de situación.

Pero queda un último elemento que añadir al asunto, que tres son tres los motivos que suelo esgrimir para eludir las visitas a esos lugares, y es el ruido, mucho ruido, un murmullo constante, general, de decenas de decibelios, alterado a ratos por alguna voz estridente que a veces habla por teléfono —ni que me importara algo su conversación, pues hable bajo, criatura—. Y de vez en cuando, antes incluso, en el tránsito entre un puesto y otro, una voz destaca sobre todo el colectivo de visitantes, es la del vendedor o la vendedora, que ofrecen su mercancía a voz en grito, de manera repetida, estridente, a intervalos cortos de tiempo, molestísimamente.

Sin embargo, un martes de este mes, que es cuando se monta el mercadillo en el lugar donde temporalmente resido, y cuando todo transcurría con la incomodidad que esos lugares me producen, vi alterada la normalidad con la voz de un tendero que ofrecía exclusivamente vestidos de mujer, coloridos, frescos, amplios, aptos para el verano y el calor. El buen hombre voceaba a su público frases ocurrentes, originales, destinadas a todas sus potenciales clientas pero que a veces parecía dirigir a alguna señora en concreto al otro lado del tenderete. Capté dos que me gustaron, y mucho:

   ¡Venga, venga, que mis blusones os hacen guapas!

Y la mejor:

   Anda, pruébatelo, que a ti te resalta.

Pues nada, que el tipo me reconcilió con los mercadillos, pero sólo el rato que permanecí por allí, que ya fue bastante.

domingo, 29 de junio de 2025

Lo que tú digas


Hace poco durante una tertulia, en la que también participaba una persona de mi círculo más íntimo, cuando el diálogo —no recuerdo el tema y tampoco importa— entre ésta última y yo comenzaba a adquirir un tono que amenazaba con lo que parecía iba a ser una discusión, busqué un modo de apaciguar el horizonte que se avecinaba y recordé una historia, que se cuenta como chiste, en la que dos tipos hablan y uno de ellos, el más joven, le pregunta al otro, bastante mayor que el primero:

        —¿Qué hace usted para haber llegado a tan longeva edad, con una salud de hierro y una mente tan viva y sana?

A lo que el segundo le responde, sin apenas dar tiempo antes de la respuesta:

        —Sencillamente, no llevando nunca la contraria a los demás.
        —Será por otra cosa —le responde el joven.
        —Pues entonces será por otra cosa —le dice, tras apurar el vaso de vino que tenía en la mano.

No hace falta decir que llevé a cabo la moraleja de la historia y zanjé el debate con un «lo que tú digas», cuyo irónico significado se entendió perfectamente entre todos los asistentes. Mi contertulio creó que no lo captó, pues vi en su cara una sonrisilla que me pareció algo más que un claro gesto de satisfacción.

domingo, 15 de junio de 2025

Préstame un pan y tráemelo a casa.

¿Os ha sucedido que alguien os haya pedido un favor, realizar algo en su nombre o ayudar en determinada tarea, y que la concesión del mismo llevara incorporada un cometido auxiliar? Es decir, que al peticionario no le baste la concesión del favor, sino que quiere ir más allá, aprovechar la circunstancia y conseguir la ayuda con un punto de rédito más. ¿A que sí? 

Creo que esos casos se debían, y se deben, dar con frecuencia, tanto que no he olvidado el aforismo que tantas veces le escuché:

«Préstame un pan y tráemelo a casa»

Bueno, pues ahí se resume —qué pocas palabras para decir tanto— la filosofía del que, necesitando algo, y pidiéndoselo a otro, le obliga a más simplemente por su comodidad o, incluso, por creer estar en una posición superior o distinta que le da derecho a ciertas exigencias.

No va este decía mi madre de hoy de justificar el no hacer ciertos favores, no, válgame Dios. Que hacer favores es algo excelente, es una gran oportunidad para mostrarte cómo de verdad se es ante el otro, ante el que pide. Pero ojo, que hacer favores no es tener obligaciones, esto como premisa de lo que sigue.

Este decía mi madre va de aquellas personas que, al pedir el favor y cuando ya se les ha dicho que sí, que se lo hacen, cuente con ello, aumentan la petición con una ampliación del mismo, apenas insignificante en apariencia, porque, total, si sólo será un pequeño esfuerzo más por parte del benefactor, y así serán complacidos por completo. La persona favorecedora se sentirá en tal tesitura que no será capaz de romper el compromiso que antes había adquirido, viéndose en la obligación de cumplir con la segunda parte del favor. Pero a partir de entonces se estará ojo avizor ante futuras ocasiones para no volver a caer en las garras del aprovechado. Cuidado con este último: interesado, ventajista, abusador, egoísta.

Sin embargo, puede suceder que, con todo el agrado del mundo, el hacedor del favor se sienta encantado de hacerlo, ése y todo lo que en el momento le pida el solicitante. Y es así porque el primero sentirá que se está implicando en el segundo, y lo hará porque le importa esa persona y los favores se hacen precisamente por eso, porque nos importan las personas. Bueno, algunas personas.

Y viceversa, que también pedir favores —según a quién, cuándo, cómo, etc.— es una buena manera de estrechar lazos con el otro. Porque en este caso también estás mostrando una manera de involucrarse, de aceptar una responsabilidad. Le estás diciendo que le importas, hasta tal punto que es a él a quien le pides el favor y no a otro, que «sólo tú puedes hacerlo, por favor». En este caso, si el favor es concedido, uno estará en la obligación de contestar con un sincero «te debo una…»

Así que ya sabes, si pides que te traigan algo, no exijas que te lo traigan a casa, ve tú a recogerlo a la de quien te hace el favor. A no ser que tu casa le coja de camino a la suya.


domingo, 11 de mayo de 2025

Se corre mal con un niño en brazos.

Durante la lectura de la última novela de Arturo Pérez-Reverte, La isla de la Mujer Dormida, que, por cierto, estoy disfrutando más que la anterior, y en un diálogo entre el protagonista, Miguel Jordán, y el propietario de la isla, el barón Katelios, éste último dice:

«…En cualquier caso, a las mujeres suele convenirles un hijo, pues pueden utilizarlo como arma defensiva y ofensiva… Pero tal vez en tiempos inciertos sea prudente no tenerlos. Se corre mal con un niño en brazos mientras arde Troya, ¿no cree?... Y todo parece a punto de arder, ahora.»

Como con tantas otras frases, o largos párrafos como es el caso de ahora, que me llaman la atención nada más leerlas, me apresuré a subrayarlo —soy mucho de subrayar, hasta tal punto que cuando leo casi siempre tengo un lápiz en la mano o cerca, e incluso lo utilizo como marcapáginas—. Inmediatamente me hice la observación mental de que se trataba de un texto muy del escritor, que incluso leído sin contexto se podría adivinar la autoría.

Tan seguro estaba de ello que me atreví a pensar que ya lo había leído en otra obra suya, pero ¿cuál? Tenía que ser en alguna que también tratara un tema bélico, pero ¿cuál? Si este hombre, todo lo que escribe, poco más o menos, siempre anda alrededor de una guerra.

Así que me puse a buscar entre todos sus libros con la seguridad de que si la frase, u otra muy parecida, ya estaba escrita, yo la tenía que haber subrayado, con lo que sería fácil de encontrar.

Apareció al segundo intento. El primer libro que ojeé, con relativa parsimonia, fue El italiano —buena novela, me gustó—, allí no estaba; a su lado en el estante descansa Línea de fuego —mejor que la anterior a mi parecer, muy dura a la vez que ideológicamente limpia—. En su página 419 el militar republicano Bascuñana le dice a la miliciana Pato Monzón:

—Hay épocas en las que es mejor estar solo, ¿no crees?... Se corre mejor sin un niño en brazos, sin una mujer de la mano, sin unos padres a los que dejar atrás…»

Es evidente que no se trata de las mismas palabras, pero sí del sentido de las mismas, que vienen a decirnos cuál es la mejor manera de sobrevivir en situaciones como esas, y cuál es la mejor compañía para hacerlo.

Entender que el autor se ha auto plagiado —en más de una ocasión he leído, de críticos no afectos a Pérez-Reverte, evidentemente, que éste siempre escribe igual y sobre lo mismo— me parece una maldad, el académico se ha limitado a recurrir a una frase funcional y efectiva. Tanto es, que conmigo, en cierto modo, ha resultado.



domingo, 27 de abril de 2025

Estar al cabo de la calle

Lo más acertado sería no incluir esta frase en mi blog como si fuera un decía mi madre más. Desde siempre sé que no es de las que, aunque escuchadas desde mi más tierna infancia, pueda ser atribuible a ella, pues se la oía también a otros, y fui consciente que formaba parte de la cotidianidad, del diario devenir de la gente. Pero no me resigno a omitirla, que cuando la oigo —porque aún hay personas que encuentran contexto para decirla—, es como si retrocediera cuatro quintos de mi vida, y la oyera durante una conversación de ella con algún vecino o un familiar, asintiendo ante la información que la estaban dando con un:
«Estar al cabo de la calle»
Pero de manera personalizada, o sea, algo así como «sí sí, estoy al cabo de la calle». Que no es otra cosa que decirle al interlocutor que uno también conoce todos, o casi todos, los detalles del asunto en cuestión. Un asunto que casi siempre debía de ser poco conocido y que, aunque se estuviera contando, tendría que seguir teniendo un carácter secreto, o al menos levemente, llevando implícita la petición de mantener la confidencia, pues se suponía que la cuestión era conocida por pocos, y así debía de seguir siendo: el secreto se mantendría.
Sin embargo, no siempre debe de ser así. También es posible que se desconozcan los pormenores de una noticia por haber estado ausente del lugar, por ejemplo, y es ahora tu interlocutor quien te pone al día, un tema ordinario, sin gran transcendencia, conocido por muchos menos por ti que acabas de regresar. Entonces, una vez informado, se contestará «pues es que como acabo de llegar de vacaciones, no estaba al cabo de la calle».
La RAE nos dice que una de las acepciones de la palabra cabo, concretamente la número 20, es «Diversos temas que se han tocado en algún asunto o discurso». Y me da la sensación que el lugar que ocupa es por su poco uso, que por cabo entendemos otros significados. Y es que hace tiempo, allá durante el Siglo de Oro, cuando se usaba esa palabra era para referirse precisamente a aquello, a un asunto y sus pormenores.
Y más abajo, seguimos en el diccionario de la RAE, encontramos dos locuciones verbales: estar al cabo de algo y estar al cabo de la calle. Dos formas coloquiales para decir «haberlo entendido bien y comprendido todas sus circunstancias». Una manera muy eufemística de manifestar que se está enterado de todos los detalles de la noticia, aunque ésta sea un vulgar chismorreo y el informante e informado sean unos cotillas.
En definitiva, que la frase de hoy nunca se la asigné a mi madre, ni siquiera lo hice por error o ignorancia, como sí ocurrió con muchas otras. Está aquí porque era un dicho más entre tantas expresiones que de ella recuerdo, porque formaba parte de su fraseología, del capítulo de una de las asignaturas que mejor aprendí y que todavía procuro seguir estudiando: Acervo léxico-popular de mi entorno más cercano.

Nota: como no encuentro nada que, acorde con el tema, pueda ilustrar esta entrada, dejo una fotografía de una calle de mi pueblo, algo antigua. Tanto lo es, que yo aún no andaba por allí. 

No ha sido un déjà vu

Viajaba hace unos días —y uso el verbo viajar dado el tiempo que ese trayecto me lleva— desde mi barrio al centro de la ciudad, cuando, al llegar a la última parada, en la que iba a apearme, rememoré, como si de un déjà vu se tratara, la que tal vez fuera la primera vez que me subí a un autobús urbano en la que hoy es mi ciudad. Ocurrió allá por…, hace ahora cincuenta años, y recuerdo que la situación me abrumó, aquella primera y también las siguientes. Poco a poco fui acostumbrándome, pero reconozco que me costó, aunque siempre aparenté, ante propios y extraños, un estado de normalidad.
Pues llegaba a la parada final de mi viaje, en una avenida en la que confluyen varias líneas, unas de paso y otras que igualmente finalizan su recorrido, cuando me pareció recibir un golpe en la cabeza que llevaba apoyada sobre el cristal de una ventana del vehículo, y desperté de la modorra a la que me había abandonado durante el viaje. Vi entonces otras caras de viajeros en otro autobús cercano, pegado al mío, muy cerca, a escasa distancia, tan poca que temí chocar; el pasajero del asiento junto a mí me presionaba con el volumen de su cuerpo; ya parado el vehículo, éste tardaba en vaciarse dada la cantidad de gente que se movía lentamente; yo, igualmente, andaba despacio, pegado a todos, y ya en la calle seguí hasta un paso de peatones donde hube de detenerme, el muñequito estaba en rojo, y al ponerse verde, todos los que esperábamos cruzamos a la vez la calle, al unísono, casi en formación; el doble runrún, ruido de coches, murmullo de voces; miraba los edificios y tuve que levantar la cabeza para abarcar toda su altura, de tan grandes que me parecían y tan desproporcionados en calles tan estrechas. Minutos después me dije en voz alta que aquello ya había sido, de la misma manera, con idéntica opresión. Y entonces desapareció el efecto.
Seguí andando y hasta que llegué a mi destino no pude dejar de pensar que todo lo sentido, o mejor, que todo lo vivido había sucedido por segunda vez, pero con medio siglo de diferencia en el tiempo. Porque muy parecidos fueron aquellos primeros días de octubre del 75, recién llegado a esta ciudad que, mis sentidos de muchachito rural, no controlaban: si en el pueblo cualquier desplazamiento era poco menos que un paseo, aquí se convertía en un corto viaje; si allí salías a la calle con las manos en los bolsillos, aquí no debías olvidar las llaves de una vivienda que no era la tuya, poner algo de dinero en una cartera que jamás había portado y lo más importante, el carnet de identidad, que te habían dicho que eso nunca se debía dejar en casa.
Sentado ahora, tranquilamente ante el teclado y la pantalla, me pregunto qué me pudo suceder aquella mañana, cuál ha sido el cable que se me ha cruzado, para evocar sin razón alguna una realidad perdida en mi memoria, una circunstancia ya olvidada y que, por supuesto, superé. Lo que no quita que me preocupe y me lleve a reflexionar sobre ello, y concluir que, tal vez, se esté cerrando el círculo, que esta prolongadísima etapa de mi vida esté llegando a su fin y que la siguiente debe ser otra, a lo peor también entre suidos y autobuses urbanos, pero con otras señales, otras luces, otros horarios. Eso, horarios con minutos del tamaño de horas, en los que el tiempo no pese ni de órdenes.
Quinientas noventa palabras llevo escritas, según me chivatea la esquina izquierda de la pantalla. Aquí lo dejo.

domingo, 13 de abril de 2025

Ciegos y sordos por voluntad propia

Leído por ahí:
Encontrado en una "red social" y atribuido a un tal Juan Manuel Jiménez Muñoz, del que desconozco todo, incluso si este texto es suyo.
He de decir que comparto lo que dice y que, por lo tanto, bien me hubiera gustado haberlo escrito yo.


CIEGOS Y SORDOS POR VOLUNTAD PROPIA.
Las cosas no son casi nunca absolutamente negras o absolutamente blancas: suele predominar la escala de grises. Eso ocurre en nuestro entorno personal, familiar, laboral, escolar, lúdico o religioso, y no digamos en el ámbito político, donde los representantes electos mienten más que hablan y donde ningún partido o sindicato está libre de culpa. Absolutamente ninguno.
Podría desarrollar, aquí y ahora, una larga lista de barbaridades perpetradas por los “hunos” y por los “hotros” desde que comenzó la democracia en España, pero estoy seguro de que dicha lista le parecería excesiva al aludido y menguada al oponente. Lo veo venir en los comentarios: “fascista de mierda, se te ha olvidado que Aznar nos metió en una guerra”, “rojillo de mierda, se te ha olvidado contar que Zapatero está a sueldo de Maduro”. Por eso es tan difícil encuadrarse decididamente en una sola opción política sin que caigan sobre ti no sólo los aciertos, sino sobre todo los errores de aquellos con quienes te has alineado a perpetuidad.
Yo, ciñéndome siempre a lo actual, he mudado varias veces de opinión en algunos temas políticos, lo cual es un signo de inteligencia siempre y cuando dichos cambios no ocurran cada medio minuto por intereses espurios. Lo dijo un filósofo cuyo no nombre no recuerdo: “rectificar es de sabios, y de necios hacerlo a diario”. 
Como mis lectores conocen, el voto no se da: se presta, y nadie nace con un sello en la frente que le obligue a comulgar con ruedas de molino durante toda la vida si “los tuyos” salen rana o si convierten el que ha sido tu partido en un estercolero o en una secta. Es más: lo que un día es aceptable, al año siguiente puede ser insoportable, y al siguiente del siguiente volver a ser aceptable. Y los seres humanos, que no somos robots ni marionetas, y que al parecer tenemos libre albedrio, podemos y debemos reaccionar a cada mudanza de acuerdo a la realidad del hoy, no a la vetusta del ayer ni a la ignota del mañana.
En mi perpetua escala de grises, he aprendido que existen dos preguntas cuyas respuestas pueden guiarme para elegir en cada momento aquello que parece éticamente mejor o mínimamente aceptable. Dichas preguntas son:

1– “¿Qué trayectoria personal han tenido quienes defienden la postura X?”

2–“¿La postura X genera consenso o división?

Creo, con toda humildad, que hacerse dichas preguntas concretas es mentalmente más sano y éticamente más robusto que actuar como un forofo futbolero del “viva el Betis manque pierda”, o como un teórico de la filosofía política que, falto de ideas y sobrado de ideología, no aterriza en el detalle. Porque un detalle no menor es, por ejemplo, que en su discurso de investidura Pedro Sánchez expresara su voluntad de “construir un muro” entre españoles y, para mayor burla de los ciudadanos, que el encargado de defender la moción de censura del Partido Socialista y de explicar desde la tribuna del Congreso la falta que nos hacía una nueva etapa de regeneración moral fuese el reconocido putero José Luis Ábalos, ya entonces voraz consumidor de chistorras, lechugas y catálogos VIP de señoritas en pelota. Sólo por eso, en mi opinión, ya estaría inhabilitado este Gobierno desde el punto de vista ético y estético, pues las dos preguntas anteriores, las que me sirven de guía, se contestan negativamente. Y esto debería ser así para el mundo mundial, salvo para quienes sean ciegos y sordos voluntariamente.
¿Y qué se puede decir de los dos hechos terribles sucedidos este fin de semana? Yo los he pasado por el filtro de mis dos preguntas y me sale que, en este momento concreto, me encuentro en el lado correcto de la Historia.
No sé si el lector conoce que, de muerte natural, un hijo de Satanás acaba de abandonar el mundo. Se trata de Jakes Esnal, uno de los tres etarras que, ya en plena democracia, voló la casa-cuartel de Zaragoza asesinando a tres guardias civiles y a ocho familiares directos, entre ellos a cinco niñas de corta edad cuyos pequeños ataúdes blancos todavía contemplo en mis peores pesadillas. Pues bien: a este hijo de la Gran Bretaña otros hijos de la Gran Bretaña le han despedido en su pueblo con un homenaje de órdago que incluía pancartas y gritos de viva ETA. ¿Quiénes? Muy sencillo: Bildu, el mismo partido político que, en el Congreso de los Diputados, sostiene hoy con seis votos al Gobierno de Pedro Sánchez. Insisto: sólo por eso, en mi opinión, ya estaría inhabilitado este Gobierno desde el punto de vista ético y estético, pues nadie debería viajar en el mismo barco que unos asesinos recalcitrantes. ¿Se podría creer a Bildu cuando dice que lamenta el genocidio de Gaza, cuando corta carreteras y boicotea la Vuelta Ciclista con el beneplácito de Sánchez? ¿Se podría creer cualquier cosa “progresista” que alumbren sus cabezas de chorlito? Por supuesto que no. Con esta mala gente, ni a cobrar una herencia. Y eso debería ser así para el mundo mundial, salvo para quienes sean ciegos y sordos voluntariamente.
El segundo suceso relevante al que me he referido más arriba es el discurso guerracivilista perpetrado este fin de semana por el tabernero-jefe de Podemos, cuyas cuatro diputadas (no lo olvidemos) sostienen también a Sánchez. Con un llamamiento explícito al Partido Socialista, el recaudador y líder de la secta de Galapagar ha dicho lo siguiente: “para reventar a la derecha española y a todos sus activos políticos aquí nos tenéis para llegar a donde sea necesario; pero para eso hay que tener agallas; vamos a por ellos de verdad”. Insisto: sólo por eso, en mi opinión, ya estaría inhabilitado este Gobierno desde el punto de vista ético y estético, pues con semejantes compañeros de andadura no se puede caminar. Y eso debería ser así para el mundo mundial, salvo para quienes sean ciegos y sordos voluntariamente.
Y, para terminar, me dirijo al tabernero-jefe de Podemos con las palabras pronunciadas en 1935 por el bueno de Julián Besteiro en un Comité Federal del Partido Socialista. Dirigiéndose a Largo Caballero, que desde 1933 llevaba predicando en público la conveniencia de una guerra civil para alcanzar la revolución marxista, le espetó lo siguiente: 

“Dices que una guerra civil es inevitable, e incluso necesaria. Pero a ver, compañero. ¿Qué garantía tienes de ganarla?”


domingo, 23 de marzo de 2025

Nuevas palabras.

¿Cuántas palabras tiene el español?, o el castellano, me da lo mismo: La I.A., así al pronto, dice que 93.000 son las registradas en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), «aunque la cifra total es mucho mayor si incluimos tecnicismos, regionalismos (como los americanismos) y palabras en desuso, superando las 100.000 o incluso 150.000 si se considera el léxico completo». O sea, una barbaridad. No pongo en duda los datos, por ahí deben ir los tiros, más de una página web apunta hacia lo mismo. Y de todas esas, ¿cuántas usamos habitualmente?, ¿cuántas utiliza quien esto escribe en la vida diaria?, ¿500, 1.000, 2.000?, no tengo la menor idea.

Lo que sí sé es que hay palabras que de repente, o así me viene pareciendo desde hace unos años, ocho diez o doce, se han incorporado al vocabulario en prensa, televisión, medios de comunicación en general y, extraordinariamente, al círculo más cercano de mis relaciones sociales. Y no es que antes no existieran ni estuvieran recogidas en el DRAE, que tampoco he indagado en qué fechas se incorporaron a él, no lo sé, sólo digo que antes yo no las había oído y por lo tanto nunca las había utilizado. Más aún, algunas me suenan tan extrañas que aún sigo sin hacer uso de ellas. Y actúo así al comprobar que la acción que esas palabras significan ya tenía otra u otras —sinónimos— que sí venían siendo asiduas en mi vocabulario, por lo que se me hace difícil el uso de las que para mí son nuevas.
Un par de ejemplos: Interactuar y sociabilizar.

Del primero nos dice el DRAE, escuetamente, que es un verbo intransitivo y que significa «Actuar recíprocamente», punto. Pero indago algo más, compruebo que es sinónimo de interaccionar ejercer una interacción: acción que se ejerce entre dos o más objetos, personas, agentes, fuerzas, funciones, etc.—, y de interrelacionarse, relacionarse, comunicarse. Ya está, ya sé por qué nunca he usado la palabra interactuar; sencillamente porque yo siempre me he relacionado con la gente, con mi entorno, y de manera natural me he comunicado con ellos, sin saber en ningún momento que mientras realizaba esa acción recíproca, estaba interactuando. Y lo más llamativo, durante el proceso que he llevado mientras escribo esto, descubro que en el ejemplar que poseo del DRAE, vigésima primera edición del año 1992, no aparece la palabra interactuar (página 1178: de interactivo pasa a interamericano).

La segunda palabra, sociabilizar (ojo, no confundir con socializar), es tratada en el DRAE con la misma sequedad que la anterior: verbo transitivo, «Hacer sociable», punto otra vez. Y siguiendo el procedimiento anterior constato que sus sinónimos son alternar, fraternizar y, curiosamente, comunicarse. Qué casualidad, ambas palabras han quedado vinculadas, las dos son a su vez sinónimas, una y otra hablan de correspondencia, de relaciones, por lo que me atengo al comentario que ya hice para interactuar, y de manera semejante escribo que llevo toda la vida sociabilizando, y yo sin saberlo. Y otro elemento más que une las dos palabras: esta última, sociabilizar, tampoco aparece en mi ejemplar del DRAE (página 1894: de sociabilidad pasa a sociable).

Así pues, no me queda otro camino que actualizarme y procurar el uso frecuente de esos vocablos —y de otros muchos que voy conociendo—, lo que viene a denominarse normalizar —«Regularizar o poner en orden lo que no estaba»—, otra palabrita para mí nueva que, aunque sí viene en mi ejemplar del DRAE (página 1447) yo no usaba.


domingo, 9 de marzo de 2025

Dímelo andando.

Había ocasiones en las que al tratar de atraer la atención de mi madre para decirle o pedirle algo, la obligaba a interrumpir la tarea que estuviera haciendo o la detenía casi imperativamente cuando se dirigía a algún lugar de la casa. Es evidente que aquello le causaba un trastorno que, por pequeño que fuera, no dejaba de ser una alteración de su actividad. Y no es que necesariamente le molestara como para llegar al enfado, que no, que eso no ocurría, sólo que perturbaba el ritmo apenas agitado de sus quehaceres y eso, es posible, le restara tiempo o lo que es peor, que se le fuera el santo al cielo o vaya usted a saber.
Pues aquellas situaciones solían terminar con la atención a mis requerimientos por su parte. Pero poco antes me llevaba a su terreno y, en el afán de interesarse por mí, a la vez que no olvidaba su propia ocupación, me ordenaba:

«Dímelo andando»

Que no era nada más que seguir hablando, pero permitiendo que ella pudiera continuar con lo que se trajera entre manos.

No cabe duda que llegó un momento en que me interesé por el origen de la acertada y siempre resuelta orden. Me contó, y es la única versión que conozco —la red de redes no me da ningún resultado al respecto—, que allá por la posguerra hubo un alcalde en la ciudad de Toledo al que le incomodaba que sus convecinos se pararan a charlar cuando se encontraban por las estrechas calles de aquel lugar, provocando tapones que impedían el paso de otros. Y es que realmente las calles de esa ciudad, en su casco más céntrico, son bastantes angostas y cualquier aglomeración humana, por muy pequeña que sea, tres o cuatro personas, debe fastidiar al viandante.  Así que el regidor de la ciudad, en su afán de aliviar el tránsito peatonal de las calles, ordenó a sus municipales que “disolvieran” los grupitos de tertulianos que vieran parados en ellas. Los funcionarios, prestos a su labor, no dudaban en separarlos, pacíficamente eso sí, con la frase recomendatoria que años después me diría mi madre.

Dicen que tal éxito tuvo aquella expresión que el alcalde terminó siendo apodado como don Dímelo Andando, lo cual, estoy seguro, no desagradaría al buen señor.

Pero a saber de la verosimilitud de aquello, que como anécdota queda muy bien, y como recomendación de mi madre es una auténtica joya.



domingo, 16 de febrero de 2025

«Esto también es memoria histórica»

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo hecho yo.

Goya 2025

El discurso ganador dedicado a las víctimas de ETA que incomodó a Sánchez: «Esto también es memoria histórica»

María Luisa Gutiérrez, productora de La infiltrada, una de las dos ganadoras del Goya a la mejor película pronunció un valiente discurso


María Luisa Gutiérrez, productora de La infiltrada, durante su valiente discurso al recoger el Goya a la mejor película

Jorge Aznal

09/02/2025

El sorprendente final de la gala de los Goya 2025, con el Goya a la mejor película compartido por El 47 y La infiltrada, nos regaló el mejor y más valiente discurso de la noche: el pronunciado por María Luisa Gutiérrez, productora de La infiltrada, en favor de las víctimas de ETA.
«Los cuatro productores queremos compartir este premio con la infiltrada real y con todos los que, como ella, arriesgan su vida al final por el bien común y por defender los principios de la democracia. La democracia se basa en la libertad de expresión. Y la libertad de expresión se basa en que cada uno, piense lo que piense, y aunque yo esté en las antípodas de lo que piensas tú, que te respete y que tú tengas el derecho a decir lo que piensas», aseguró, decidida, María Luisa Gutiérrez.
«También lo queremos compartir con la familia Ordóñez y con la Fundación Víctimas del Terrorismo, con COVITE, y con todas aquellas víctimas reales que han visto la película y que, a pesar del dolor que han sentido, nos han dado las gracias porque es una historia que hay que recordar. Porque la memoria histórica también está para la historia reciente de este país», recordó la productora de La infiltrada.
«Por último, quiero compartir mi trocito de Goya con Santiago Segura porque nuestra empresa hace comedias familiares que hacen mucha taquillas y gracias a ellas podemos hacer películas arriesgadas como esta. En una industria sana se necesitan los dos cines. Uno no puede vivir sin el otro», señaló María Luisa Gutiérrez, valiente también en ese punto de su admirable y admirado discurso por numerosos usuarios de la red social X, antes Twitter.
«Por primera vez en el mundo woke del subvencionado cine español se oye el discurso contra ETA, ante las mirada atónita de los progres y sus cobardes aplausos. La infiltrada, la película mas taquillera del cine español y dirigida por una mujer», publicó el historiador Josep Ramon Bosch i Codina.
«Pues esta SEÑORA, productora de la ganadora La infiltrada, ha hablado de la libertad de expresión y la tolerancia a la opinión de los demás, ha recordado a las víctimas del terrorismo (con muy pocos aplausos), y ha hablado del abandono que sufren los agricultores. OLÉ POR ELLA», reflejó la cuenta MásSolaquelaLuna.
El atronador y ejemplar discurso de María Luisa Gutiérrez, más aplaudido en las redes sociales que, tristemente, en la propia gala de los Goya por el sectarismo que define a una amplia mayoría –no a todos– del cine español, ha sido defendido incluso por un concejal socialista como el coruñés Fran Díaz Gallego.
«A mí alguien me tiene que explicar que hay de malo en este discurso… ¿Qué parte de todo lo que dice tiene algún problema?», se preguntó Fran Díaz Gallego ante algunas duras críticas vertidas en la red social contra las palabras de María Luisa Gutiérrez. Lo hizo, además, acompañando su mensaje de la etiqueta '#comoestánlascabezas'.
María Luisa Gutiérrez coronó su ejemplar discurso de agradecimiento por el Goya a la mejor película a La infiltrada, ex aequo con El 47, compartiendo el galardón con «mis colegas los productores independientes, que hacen apuestas arriesgadas por películas que quizás no tienen un rédito en taquilla, porque la cultura no tiene que tener solo un rédito en taquilla, pero que luego van viajando por todo el mundo como marca España».
La productora terminó con un agradecimiento que calificó como «muy personal». «A mí los estudios me los ha pagado la agricultura. La agricultura y los ganaderos de este país lo están pasando mal. Nadie habla de ellos, son invisibles. El campo lo está pasando mal y sin el campo, aquí no tenemos nada», reflexionó la productora. Y, por último, dedicó su «trocito de Goya» a su pueblo, Yunquera de Henares, en la provincia de Guadalajara, y su familia. A su padre y a sus hijos, «que han tenido que sufrir mis ausencias». Lo mejor, más valioso y más valiente de la gala de los Goya 2025 esperaba, definitivamente, al final
.

https://www.eldebate.com/cine-tv-series/20250209/discurso-ganador-dedicado-victimas-eta-incomodo-sanchez-esto-tambien-memoria-historica_268635.html

domingo, 2 de febrero de 2025

El sueño que he tenido

Me levanto, son las 8’00 de la mañana, ligero aseo y un café, descafeinado y edulcorante —así es siempre en casa, en la calle con cafeína y azúcar, sin motivo aparente por esta dicotomía— y toma de contacto con la actualidad. Me visto con ropa informal, pocas veces de chándal, en verano pantalón corto y camiseta, y a la calle para una larga caminata, a un paso no muy rápido, pero nada lento, no se trata de pasear. Hasta las 10’30 horas, poco más o menos.
Vuelta a casa, pongo orden en el dormitorio y en donde vea el más mínimo caos. Una ducha, un par de tostadas y otro café. Me siento a escribir, pintar, leer, enredar, lo que las ganas me pidan en el momento.
A las 13’00 horas, vuelta a la calle por si necesitara algo: tomar el sol, comprar víveres o saludar a algún amigo. Una hora después, en la cocina preparando la vianda del día, que estará ingerida hacia las 15’30 horas; limpieza y nuevo ordenamiento.
Sin más dilación, SIESTA, con mayúsculas.
17’00 horas, café y vuelta a enredar, y si es época en que el sol calienta la terraza, pues ahí que me sentaré a calentarme. Y si el cuerpo pide calle, me voy a la calle, pero esta vez de paseo, nada de zancadas veloces. Sea lo que sea, haga lo que haga, a las 21’00 horas una frugal cena. Las siguientes dos horas, televisión; y ya en la cama lectura de lo que esté sobre la mesilla. A medianoche, apago la luz, cierre de ojos y un buen pensamiento que me ayude a conciliar el sueño.
Me acabo de despertar y, por una vez, recuerdo punto por punto, y aquí dejo palabra por palabra, el sueño que esta noche he tenido.

domingo, 26 de enero de 2025

Razón o emoción

Leo, creo que es una cita de Bertrand Russell, que:

«Si una opinión contraria a la tuya te hace enfadar, es señal de que inconscientemente eres consciente de que no tienes ninguna buena razón para pensar cómo lo haces…
Así que, siempre que te encuentres enfadado por una diferencia de opinión, permanece alerta; probablemente descubras que tu creencia va más allá de lo que justifica la evidencia».


No quito ni una letra de lo anterior.
Sin embargo, qué difícil es no irritar a quien no ve en nuestra opinión un reflejo de la suya, o cuando ante la petición de un consejo recibe una respuesta no esperada, porque para él la pregunta llevaba implícita una respuesta que espera colmará sus deseos.
Debemos entender y aceptar que cuando las respuestas que obtenemos no coinciden con las que esperamos, sólo significa que hay discrepancias entre lo que se desea y lo que se obtiene, no es porque ninguno de los dos no estemos dispuestos a ceder porciones de razón, ni a apropiarnos de la del otro.
Tampoco a dejarnos llevar por las emociones, por muy cercana o fuerte que sea la relación entre ambos, por mucho o poco que sea el afecto que nos una. En este caso es importante evitar el sentimiento de culpa por una de las partes y, por supuesto, no consentir el chantaje por la otra.