domingo, 26 de julio de 2020
1978, 27 de octubre, Cerro Muriano
domingo, 12 de julio de 2020
La pedrada.
Tenía mi madre la costumbre de arreglarnos,
poco más o menos de domingo, a mi hermano y a mí a última hora de cada tarde y
marchar los tres a casa de mi abuelo, a donde también se dirigía siempre mi
padre una vez finalizada su jornada laboral, para pasar allí un par de horas con
toda la familia y regresar a casa, ya de noche, los cuatro juntos.
Tiempo después, cuando ella consideró que a mi
hermano, por edad y tamaño, se le podía ir dando responsabilidades, optó por
enviarnos cada día a los dos solos, «no os entretengáis, os vais derechitos»,
yo agarrado de su mano y él con el compromiso de que llegáramos en perfecto estado a casa de mi
abuelo. Ella se incorporaría más tarde, una vez dejara resueltos sus quehaceres
en casa.
Pues resulta que una de aquellas tardes en que
los dos íbamos, supongo que obedientemente agarrados de la mano, camino de la
acostumbrada reunión familiar, y tras cruzar Las Pasaderas y encaminarnos por
la calle San Francisco, vimos, al pasar por la calle Viriato, a un
numeroso grupo de niños que, aparentemente jugaban sobre los montones de tierra que ocupaban casi toda la
calle —seguramente se trataba de las obras de alcantarillado que por aquella
época se adueñaron de todas las calles del pueblo—, y a lo mejor fue, aunque realmente fue a lo peor, que nos paramos a mirar, pero sólo fue un ratito,
mamá, y ya no me acuerdo de más, ni siquiera del golpe ni del dolor, ni de los
momentos de después, de nada, que lo que en ese instante pasó me lo contaron más tarde y nunca lo he olvidado:
que aquellos niños no estaban jugando, que se trataba de una pelea,
y que una piedra mal dirigida me llegó a mí y abrió una brecha en mi cabeza.
A partir de aquel momento la luz pasó a negro,
o a rojo, que todo fue sangre, y la mente cambió a blanco. La luz se hizo en la cercana Casa de Socorro de la Cruz Roja, que fue adonde me llevó mi hermano
—seis añitos mal contados tendría por entonces el muchacho—, y allí me veo
ahora, sentado sobre una mesa, llorando a moco tendido, hipando entre ahogos,
mientras una monja regordeta, de blanco impoluto, me limpia la cara de sangre
y mocos.
Lo siguiente es estar sentado sobre las piernas de mi tío Vito, la monjita cosiendo mi herida y yo quejándome más que nunca. Mi madre que llega, nerviosísima, oigo que habla, pregunta, pero yo no la contesto, no sé si alguien lo hace; yo sólo miro a la monja, le digo que me duele, que se esté quieta por favor, pero no me hace caso, solamente tiene ojos y oídos para su trabajo, así que muevo la cabeza para zafarme, pero mi tío me sujeta para que no mueva mis brazos, ni la cabeza, «estate quieto, hijo». Y en sus brazos seguí hasta la casa de mi abuelo que recordándolo me pregunto: ¿cómo no iba yo a querer a ese hombre durante toda mi vida?
La vuelta a la nuestra no la recuerdo, seguramente la hice andando, que no era mi padre de cogerme en brazos, ni siquiera para subir la cuesta de nuestra calle. Sin embargo, casi me atrevo a decir que aquella noche sí lo hizo.
Un par de apuntes antes de concluir:
— Uno: nunca he llegado a explicarme cómo mi
hermano me llevó hasta el la Cruz Roja, me dejó allí y corrió a avisar a mi tío —su
casa estaba muy cerca— y después fue a la nuestra a comunicárselo a nuestra madre.
¿Qué se le pasó por la cabeza para actuar así? Cada vez que he pensado en ello llego
a la conclusión que lo más conveniente que pudo suceder fue que yo recibiera la
pedrada, porque si la víctima hubiera sido él, juro que no habría
sabido qué hacer, ni hubiéramos llegado a la Casa de Socorro, ni buscado a mi tío,
ni a mi madre, ni nada de nada. Me habría quedado en la calle llorando y Dios
sabe quién se hubiera ocupado del asunto.
— Dos: no por aquello no he tirado piedras
durante mi vida, que sí lo he hecho y en numerosas ocasiones, sobre todo en los
ríos, en aguas remansadas y con cantos planos, haciéndolos saltar sobre el agua,
pugnando con otros a ver quien hacía más “ranas”. Nunca lo he hecho en
condiciones en las que intuyera algún peligro, que aquello aún lo he olvidado y
ha quedado impreso en mi memoria de manera imborrable. Y por supuesto, nada de
tirachinas, nunca, nunca he tenido uno, y mis hijos tampoco.
Otro apunte, este ya es final: llegué a saber quién
fue el que lanzó la piedra, su filiación y domicilio, lo conocí y nos vimos en
numerosas ocasiones a lo largo de su vida —alguien me dijo, hace mucho tiempo,
que había fallecido—, pero nunca le dije nada, ni él a mí tampoco, a pesar de
que los dos conocíamos perfectamente esta historia.
domingo, 28 de junio de 2020
El crack cero
Por
Manuel Valera
25 de mayo de 2020
sábado, 13 de junio de 2020
1977, julio o agosto
domingo, 26 de abril de 2020
Ya no tengo paciencia para algunas cosas...
"Ya no tengo paciencia para algunas cosas, no porque me haya vuelto arrogante, sino simplemente porque llegué a un punto de mi vida en que no me apetece perder más tiempo con aquello que me desagrada o hiere.
No tengo paciencia para el cinismo, críticas en exceso y exigencias de cualquier naturaleza. Perdí la voluntad de agradar a quien no agrado, de amar a quien no me ama y de sonreír para quien no quiere sonreírme.
Ya no dedico un minuto a quién miente o quiere manipular. Decidí no convivir más con la pretensión, hipocresía, deshonestidad y elogios baratos.
No consigo tolerar la erudición selectiva y la altivez académica. No me ajusto más con la barriada o el chusmerío. No soporto conflictos y comparaciones. Creo en un mundo de opuestos y por eso evito personas de carácter rígido e inflexible.
En la amistad me desagrada la falta de lealtad y la traición.
No me llevo nada bien con quien no sabe elogiar o incentivar.
Las exageraciones me aburren y tengo dificultad en aceptar a quien no gusta de los animales. Y encima de todo ya no tengo paciencia ninguna para quien no merece mi paciencia".
domingo, 5 de abril de 2020
1974, mayo, El Puerto de Santa María
domingo, 8 de marzo de 2020
1973, verano, El Badén
domingo, 23 de febrero de 2020
En este momento de mi vida...
Leído por ahí, pero no recuerdo dónde:
Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila. También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada.
Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una persona amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada o todo».
domingo, 9 de febrero de 2020
1973, mayo, Fregenal de la Sierra

domingo, 19 de enero de 2020
1972, agosto
Era por entonces el mes de agosto de 1972, creo que el día 26, que fue sábado. Pero ahora no puedo afirmar si el día 26 fue el bautizo o el día del nacimiento, he de enterarme bien.
De lo que no tengo dudas es que estamos en
pleno verano a tenor de la ropa, y en la iglesia de San Francisco de mi pueblo,
en la capilla del baptisterio, pues la pila bautismal se atisba a la derecha. Los
fotografiados somos una pequeña representación de lo que debió de ser el total
de invitados, a vuelapluma cuento numerosas faltas: cinco primos/as, cuatro
hermanos/as y dos cuñadas, de entre los Gallego; además de otros amigos de la
familia con los que, recuerdo, solíamos coincidir en actos como éste y en
reuniones en el Badén.
Y entre los fotografiados/as dos caras
totalmente desconocidas que debo asociar a la familia de mi tía Mª Ángeles o a
su vecindad: la señora más alta en última fila y la niñita justo debajo del
recién nacido. Además otros conocidos, pero que nunca han aparecido por estas Instantáneas,
son la niña delgadita que posa delante de mi madre y el señor mayor de la derecha:
ella es Encarnita, hija de Julián Ramírez —en mi casa cuando se referían
a él se le nombraba con el apellido—un amigo común de mi padre y mis tíos, y a
la sazón amiga de MariJóse, razón por la cual está a su lado en la foto;
el señor de la derecha es el abuelo del bautizado, padre de mi tía, al que
todos conocíamos como el señor Ángel. Le tratamos poco porque eran pocas
sus apariciones en eventos familiares y escasa su presencia los domingos en el
Badén. Es por ello que mi recuerdo es muy limitado, el de un hombre seco y
reservado con el que no tuve ningún trato; una imagen que, con toda seguridad, sea
equivocada. Lo miro ahora detenidamente y me llega sin querer un amable
sentimiento hacia este hombre que, respetuosamente con la boina en la mano, posa
erguido y bien compuesto. A su lado su
yerno, mi tío Vito.
Los niños de la primera fila, de derecha a
izquierda, son: Margui, la niña desconocida, Vivi, Mati y Arturito
—éste último con cara de despiste, ya apuntaba maneras para cómo iba a ser su comportamiento
futuro en circunstancias como esta—.
A la izquierda de la instantánea estoy yo, catorce
añitos por entonces, y cubriéndome la espalda Edu. A continuación, mi
padre, reñido como casi siempre con un traje de chaqueta, ¿a quién habré
salido yo?; le sigue Arturo, el hermano mayor del neófito, y delante de
él, Manolito, firme y serio, lo que no era propio de él. En el centro de
la foto, última fila, mi madre muy seria, que estaba en una iglesia y ella
era muy de estar seria en las iglesias.
No tengo recuerdos del resto del día, imagino
que después del acto religioso todos los celebraríamos en el Badén. Seguramente
ya habrían partido algunos para allá, los más impacientes o quienes se
dedicarían al asunto de las viandas. Los de la fotografía, sin duda, estábamos
a la espera de nuestro turno en alguno de los escasos vehículos familiares.
Aunque me parece que antes de partir para allí debimos de acercarnos a nuestras
respectivas casas para cambiarnos de ropa, que no creo que nuestras madres
consintieran que pasáramos el resto del día con la indumentaria que habíamos
tenido puesta en tan magna ceremonia. Al menos la mía, no.









