domingo, 26 de julio de 2020

1978, 27 de octubre, Cerro Muriano

Escribo hoy sobre una fotografía que siempre me ha producido variados sentimientos y todos ellos encontrados entre sí. Cada vez que la miro no puedo remediar el esbozar una sonrisa, a la que sigue una pizca de nostalgia; al rato, un pellizco de pesadumbre que crece hasta llegar al enfado, corto de tiempo, pero enfado al fin y al cabo, y todo ello de manera recurrente. Y es porque en ella veo reflejado el tópico más repetido que por entonces escuché y pasados los años sigue siendo, en mi caso al menos, totalmente cierto y vigente.
La instantánea está tomada en el Campamento de Cerro Muriano, donde permanecí entre el 5 de octubre de1978 y el 3 de diciembre del mismo año, que fue la etapa de instrucción del servicio militar de un servidor, y concretamente el día 27 de octubre, que es la fecha que escribí en el dorso. Yo soy el de la izquierda, y el otro personaje se llamaba Manuel Mahugo Pérez, pero para mí y para todos, fue Mahugo. Digo que se llamaba porque no sé qué ha sido de él desde el mismo día en que ambos juramos bandera y a ninguno de los dos se nos ocurrió pedir ni dar algún dato nuestro sobre nuestra nueva dirección, o la anterior a la nueva realidad que estábamos viviendo. Y de ahí viene lo de la de la pesadumbre y el enfado de más arriba y el tópico. El caso es que, para ser fieles a aquello de que «en la mili se hacen los mejores amigos de la vida y no se vuelven a ver en la vida», Mahugo y yo no volvimos a vernos ni a saber nada el uno del otro.

La foto está tomada el día en que, librados de la habitual e insoportable instrucción, habíamos sido asignados a servicios, en este caso de limpieza, armados de cepillos, pala y carrillo de mano. Y a barrer, que ancho era el Muriano. Los demás compañeros andarían por alguno de los múltiples lugares destinados a caminar en orden cerrado, arma al hombro, siguiendo las disposiciones de la voz y el silbato de profesionales del asunto: recuerdo con desagrado las órdenes de un sargento —bajito, algo regordete, con un delgado bigote que le identificaba con la profesión, y unos comentarios que manifestaban desde lejos su mala leche— que respondía al apellido Bimbela—.
El tema de los servicios de limpieza iba de asignar una zona, normalmente grande, a unos cuantos individuos elegidos de manera ordenada y periódica, y que les llevara toda la mañana la tarea de su barrido y saneamiento. Aquello, el campamento, estaba lleno de grandes espacios, esplanadas enormes entre los edificios de las compañías y los caminos, casi todo de tierra, que había que dejar inmaculados, limpios de polvo y paja, de hojas de los árboles, papeles, piedrecillas, o sea, cuestiones absurdas: barrer el campo. La verdad es que esa faena no eran nada del otro mundo, no destacaba por la fatiga producida, no molestaba, la incomodidad era nula, si de algo había que quejarse era del aburrimiento, pero éste se paliaba con una conversación más o menos seria, casi siempre menos, que recuerdo yo a aquel muchacho, a Mahugo, como un tipo ocurrente, que es como siempre me han gustado a mí las personas; los graciosos menos, y los insulsos, pues mire usted, esos nada.
Volviendo a la instantánea, aquí se nos ve vestidos con la ropa que llamaban de faena, incluido el gorrillo cuartelero, que era la que a todas horas se tenía puesta, de lo que se podría deducir que siempre estábamos en fase de trabajo. Sin embargo, en los tiempos de instrucción se le añadía al uniforme las trinchas, unos tirantes que, acoplados al cinturón, servían para soportar el peso del equipo que el soldadito debía transportar, pero que durante la instrucción no se llevaba, que entonces sólo eran las trinchas y el fusil.
Pues resulta que esa última equipación, traje de faena más trinchas más fusil, era la vestimenta habitual con la que todos los reclutas se fotografiaban, solos o en grupos, con sus cámaras o con la de un fotógrafo profesional que de tanto frecuentar el campamento era uno más de los nuestros. Pero como había que ser verdaderamente original, aquel día decidimos, Mahugo y yo, que el recuerdo sería portando las herramientas de limpieza y, ante la extrañeza del fotógrafo, adoptamos la mejor de nuestras posturas, y así de marciales, como veis en la fotografía, nos eternizamos.

domingo, 12 de julio de 2020

La pedrada.

Hoy me ha venido a la cabeza —quizá no sea la frase más adecuada— un hecho de mi infancia del que me atrevería a decir que también es un primer recuerdo. Realmente uno de los primeros, que el número uno es el de mi madre de la mano y mi padre en una obra; digamos pues el segundo.

Tenía mi madre la costumbre de arreglarnos, poco más o menos de domingo, a mi hermano y a mí a última hora de cada tarde y marchar los tres a casa de mi abuelo, a donde también se dirigía siempre mi padre una vez finalizada su jornada laboral, para pasar allí un par de horas con toda la familia y regresar a casa, ya de noche, los cuatro juntos.

Tiempo después, cuando ella consideró que a mi hermano, por edad y tamaño, se le podía ir dando responsabilidades, optó por enviarnos cada día a los dos solos, «no os entretengáis, os vais derechitos», yo agarrado de su mano y él con el compromiso de que llegáramos en perfecto estado a casa de mi abuelo. Ella se incorporaría más tarde, una vez dejara resueltos sus quehaceres en casa.

Pues resulta que una de aquellas tardes en que los dos íbamos, supongo que obedientemente agarrados de la mano, camino de la acostumbrada reunión familiar, y tras cruzar Las Pasaderas y encaminarnos por la calle San Francisco, vimos, al pasar por la calle Viriato, a un numeroso grupo de  niños que, aparentemente jugaban sobre los montones de tierra que ocupaban casi toda la calle —seguramente se trataba de las obras de alcantarillado que por aquella época se adueñaron de todas las calles del pueblo—, y a lo mejor fue, aunque realmente fue a lo peor, que nos paramos a mirar, pero sólo fue un ratito, mamá, y ya no me acuerdo de más, ni siquiera del golpe ni del dolor, ni de los momentos de después, de nada, que lo que en ese instante pasó me lo contaron más tarde y nunca lo he olvidado: que aquellos niños no estaban jugando, que se trataba de una pelea, y que una piedra mal dirigida me llegó a mí y abrió una brecha en mi cabeza.

A partir de aquel momento la luz pasó a negro, o a rojo, que todo fue sangre, y la mente cambió a blanco. La luz se hizo en la cercana Casa de Socorro de la Cruz Roja, que fue adonde me llevó mi hermano —seis añitos mal contados tendría por entonces el muchacho—, y allí me veo ahora, sentado sobre una mesa, llorando a moco tendido, hipando entre ahogos, mientras una monja regordeta, de blanco impoluto, me limpia la cara de sangre y mocos.

Lo siguiente es estar sentado sobre las piernas de mi tío Vito, la monjita cosiendo mi herida y yo quejándome más que nunca. Mi madre que llega, nerviosísima, oigo que habla, pregunta, pero yo no la contesto, no sé si alguien lo hace; yo sólo miro a la monja, le digo que me duele, que se esté quieta por favor, pero no me hace caso, solamente tiene ojos y oídos para su trabajo, así que muevo la cabeza para zafarme, pero mi tío me sujeta para que no mueva mis brazos, ni la cabeza, «estate quieto, hijo». Y en sus brazos seguí hasta la casa de mi abuelo que recordándolo me pregunto: ¿cómo no iba yo a querer a ese hombre durante toda mi vida? 

La vuelta a la nuestra no la recuerdo, seguramente la hice andando, que no era mi padre de cogerme en brazos, ni siquiera para subir la cuesta de nuestra calle. Sin embargo, casi me atrevo a decir que aquella noche sí lo hizo.


Un par de apuntes antes de concluir:

— Uno: nunca he llegado a explicarme cómo mi hermano me llevó hasta el la Cruz  Roja, me dejó allí y corrió a avisar a mi tío —su casa estaba muy cerca— y después fue a  la nuestra a comunicárselo a nuestra madre. ¿Qué se le pasó por la cabeza para actuar así? Cada vez que he pensado en ello llego a la conclusión que lo más conveniente que pudo suceder fue que yo recibiera la pedrada, porque si la víctima hubiera sido él, juro que no habría sabido qué hacer, ni hubiéramos llegado a la Casa de Socorro, ni buscado a mi tío, ni a mi madre, ni nada de nada. Me habría quedado en la calle llorando y Dios sabe quién se hubiera ocupado del asunto.

— Dos: no por aquello no he tirado piedras durante mi vida, que sí lo he hecho y en numerosas ocasiones, sobre todo en los ríos, en aguas remansadas y con cantos planos, haciéndolos saltar sobre el agua, pugnando con otros a ver quien hacía más “ranas”. Nunca lo he hecho en condiciones en las que intuyera algún peligro, que aquello aún lo he olvidado y ha quedado impreso en mi memoria de manera imborrable. Y por supuesto, nada de tirachinas, nunca, nunca he tenido uno, y mis hijos tampoco.

Otro apunte, este ya es final: llegué a saber quién fue el que lanzó la piedra, su filiación y domicilio, lo conocí y nos vimos en numerosas ocasiones a lo largo de su vida —alguien me dijo, hace mucho tiempo, que había fallecido—, pero nunca le dije nada, ni él a mí tampoco, a pesar de que los dos conocíamos perfectamente esta historia.

domingo, 28 de junio de 2020

El crack cero

Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo hecho yo.

Creía imposible superar al pasado, sobre todo a la primera parte, lo cual no consigue, pero se queda muy muy cerca. Otra película de Garci para ser adorada.
Le dice Areta a Adela:
"yo... hay... hay muchas cosas que siento, pero no sé explicarlas, no me salen. Pero... eres lo más cercano a mí que conozco".
Como si pasara lo que pasase, jamás se alejaría de él.




El crack cero

Por
Manuel Valera
25 de mayo de 2020

“Se pone íntima la noche de mayo, con la ventana abierta y el silencio de la calle, que no es silencio, sino incitación a bajar por si hubiera algún bar abierto. No lo hay. En ese plan, el salón se queda a oscuras y solitario y la tele finge ser una pantalla de cine. Y le da por emitir El crack cero, de Garci.
Vuelve Germán Areta, ahora en blanco y negro y en el Madrid de mediados de los setenta. Vuelven el humo de los cigarros y la banda sonora que ya conocíamos, a la que se suma Cole Porter.
Otra vez comienza la presentación del personaje ofreciéndonos la imagen de un Areta duro, sereno pero capaz de lanzar buenos golpes y de tumbar a un tipo más alto y fornido que él. Un crack, vamos.
Es la historia previa a la historia, antes de los sucesos que ocurrieron en las dos primeras entregas. Areta está más joven; al detective todavía le queda esperanza de conocer el amor, de sonreír alguna mañana delante del espejo.
Pero El crack cero es una preparación, lo que llaman precuela, así que sabíamos que de aquí iba a salir un personaje machacado, golpeado, superviviente. Y para sobrevivir a algo, necesitamos una debacle, un terremoto, un hundimiento. Es la historia que nos cuenta Garci.
Está soberbio Carlos Santos, que hace un gran Areta. Sabe quedarse quieto, intimidar con la mirada y fumar como sólo se fuma en la novela negra. Únicamente echo en falta en su rostro la pena, eso que tan bien hace Alfredo Landa. Pero es que, claro, cuando a Landa le sube la pena a la cara, a sus ojos tristes, incluso lloran los dictadores y los ministros de Hacienda, valga la redundancia.
Miguel Ángel Muñoz construye un Moro impresionante, una copia de Miguel Rellán antes de Miguel Rellán. Ramón Langa es muy buen malo. Y me quedo también con la eficacia de Cayetana Guillén Cuervo, que es capaz de imprimir un carácter único en apenas unos minutos de intervención. Esa mujer está pidiendo un papelón de protagonista, me parece. Lo hace todo bien. Lo hace todo mejor.
Germán Areta, el bueno del Piojo. Un honesto en medio de la podredumbre. Un duro con corazón. Un justo en Sodoma. Su desesperanza es nuestra última baza.
No sé por qué acaba la película y siento este vacío. No sé si es por echar de menos al propio Landa, o a Bódalo, o a David Gistau, al que vemos disfrutando de su querido boxeo.
Dice Manuel Alcántara que el dry martini es un cuchillo diluido. Y eso es también El crack cero, que entra afilado, doliendo en cada plano de exteriores en que queda retratado aquel Madrid. Ojalá haya más partes. Ojalá Garci ruede la historia de César González-Ruano. Ojalá supiéramos amanecer".

sábado, 13 de junio de 2020

1977, julio o agosto

Por primera vez traigo a estas Instantáneas una fotografía en la que no apareces, Mánuel, cuando la pretensión siempre ha sido que tu presencia sería imprescindible, pero como eres tú quien escribes, pues sé tú quien cambies las normas si así lo consideras.
Pero hoy recurro a esta foto porque se trata del año que se trata, 1977, y porque está ahí, siempre en el estante de la derecha, invariable, basta girar ligeramente la cabeza y verla. Es parte inalterable del decorado de mi vida. Su sola existencia merece que dedique no sólo una instantánea sino toda una tarde de solano para ella sola. Tiempo al tiempo.
Dieciocho años tenía por entonces la muchacha y lucía así de bien.

Esta es una de las primeras fotografías que Mª del Carmen me hizo llegar. Una de esas primeras fotos que acostumbraban a intercambiar quienes comenzaban a ser amigos, o algo más que amigos.
De aquellas primeras fotografías, esta no fue a ningún álbum. Fabriqué un portarretrato en la carpintería de Lolín, que seguramente fabricó él, y en ese portarretrato ha permanecido desde entonces: lleva ahí cuarenta y tres años y sólo la he sacado para escanearla ahora y dejarla aquí. Me ha acompañado desde entonces y siempre ha estado en un lugar preferente: presidió mi habitación en mi piso de estudiante y después la zona de estudio que siempre he querido tener, y he tenido, en las dos casas en las que hemos vivido —en la segunda seguimos viviendo—.
En la fotografía, Mª del Carmen está en Torremolinos, de vacaciones con sus padres y seguramente con algunos de sus hermanos. Es verano, julio o agosto, por la tarde, a esa hora en que acostumbraban a arreglarse y pasear por el lugar, un refresco, café, merendar o lo que se terciara.
La calle la reconozco, y es que con el tiempo y a la vez que avanzaban nuestras relaciones y éstas se consolidaron, acostumbré a acompañarlos unos días, primero de novios y más tarde ya casados, al lugar adónde veraneaban, que siempre fue el mismo: Costa del Sol, Benalmádena, Arroyo de la Miel, punto.
Decía que la calle la reconozco, la pisé en varias ocasiones en aquellas salidas vespertinas. Edificios de apartamentos, hoteles, bares, restaurantes, tiendas y dificultades para aparcar. Siguiendo al fondo y a la izquierda se llega a la calle San Miguel, que la primera vez que la vi me llamó mucho la atención —la calle de los Baldosines de mi pueblo, pero más intensa—; muchísima gente, extranjeros de todos los colores y unos almacenes que se llamaban casi como yo: MANFERGA o algo así. Y casi al final de la calle, la torre que da nombre al lugar: la torre de los Molinos.
La fotografía la debió hacer uno de sus hermanos, supongo, y el resultado fue altamente satisfactorio. Ella está tal y como yo, de aquella época y desde la distancia, hoy la recuerdo: dulce, suave, como la voz que por entonces tenía, y que la sigue teniendo (pero es que ya me he acostumbrado a ella, a la voz quiero decir, y presto menos atención). La voz que tanto le gustaba a mi madre cuando la oía por teléfono preguntando por mí —«¿está Manuel Fernando?»—; y la sonrisa, la sonrisa para la foto, creo; y la mirada también. Para una foto perfecta, una foto que fue para mí una llamada, que lo dicen ahí su boca y sus ojos: ven, voy, espérame. Y también un juramento, que si voy me quedo, lo prometo. Fui y me quedé, y aquí estoy escribiendo todo aquello.
Y el gesto frágil de sus manos sosteniendo sutilmente la flor. ¿Qué, qué te parece?, una flor común, ya sé que esa flor está por todos sitios. Pero esa circunstancia ha hecho que a lo largo de mi vida haya sido un acto recurrente el recordar la foto cada vez que veo esas flores en cualquier lugar, invariablemente, siempre.
Y la medallita que lleva colgada de su cuello, y que ahí estuvo muchos años, al cabo del tiempo desapareció. No sé cuándo fue ni desde cuándo la echo de menos. He preguntado por ella, cuál ha sido su destino, dónde se halla, no he recibido respuesta. Ha debido perderla, lástima, porque ahora que la vuelves a mirar, Mánuel, te llega el agradabilísimo recuerdo de esa medalla como única prenda sobre su cuerpo, ¿verdad?

domingo, 26 de abril de 2020

Ya no tengo paciencia para algunas cosas...

Leído por ahí, pero no recuerdo dónde:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo hecho yo.



"Ya no tengo paciencia para algunas cosas, no porque me haya vuelto arrogante, sino simplemente porque llegué a un punto de mi vida en que no me apetece perder más tiempo con aquello que me desagrada o hiere.
No tengo paciencia para el cinismo, críticas en exceso y exigencias de cualquier naturaleza. Perdí la voluntad de agradar a quien no agrado, de amar a quien no me ama y de sonreír para quien no quiere sonreírme.
Ya no dedico un minuto a quién miente o quiere manipular. Decidí no convivir más con la pretensión, hipocresía, deshonestidad y elogios baratos.
No consigo tolerar la erudición selectiva y la altivez académica. No me ajusto más con la barriada o el chusmerío. No soporto conflictos y comparaciones. Creo en un mundo de opuestos y por eso evito personas de carácter rígido e inflexible.
En la amistad me desagrada la falta de lealtad y la traición.
No me llevo nada bien con quien no sabe elogiar o incentivar.
Las exageraciones me aburren y tengo dificultad en aceptar a quien no gusta de los animales. Y encima de todo ya no tengo paciencia ninguna para quien no merece mi paciencia".



Mary Louise Strep —Meryl Streep—, 22/junio/1949
Actriz

Me identifico con ello, y es que he de suponer que la señora dijo eso a una edad parecida a la que ahora tengo, que es cuando se comienza a pensar cosas así.



domingo, 5 de abril de 2020

1974, mayo, El Puerto de Santa María

Lo que hoy son cientos, quizás miles, de fotografías guardadas en un teléfono móvil o en un ordenador, podrían ser entonces apenas unas decenas. Un carrete fotográfico contenía película para doce o veinticuatro instantáneas; si arrascabas algo más de dinero, el carrete sería de treinta y seis, todo un lujo y un mundo para recordar por delante.
Y con él, dentro de tu cámara, te ibas a vivir momentos que tenían la obligación de ser trascendentales, porque si no lo fueran, ya te cuidarías mucho de no gastar tan preciado tesoro; cada carrete costaba una pasta que se llevaba casi la cantidad semanal asignada, y su revelado aún más. Así que había que administrar convenientemente su uso, estudiar con detenimiento el momento, el paisaje, la pose, la compañía, no despilfarrar un disparo, dosificando con acierto el irrefrenable deseo de inmortalizar todas y cada una de las situaciones, procurando que ninguna de ellas fuera irrelevante.
De aquella obligación adquirida he heredado, con seguridad, el moderado empleo de los medios actuales, prefiriendo en la mayoría de las situaciones ver la vida con mis ojos y no a través de modernos instrumentos digitales. Aunque, eso sí, hay excepciones.
Pues corría el año 1974 y por mayo, que era por mayo cuando estaba a punto de terminar el sexto curso de Bachillerato, segundo del Superior, fue que los alumnos de aquel año viajamos para homenajearnos por tan meritorio logro al sur de la Península Ibérica, que tampoco la cosa era para tirar cohetes, pero era viajar al fin y al cabo, y eso ya era algo a tener en cuenta para casi todos nosotros, que íbamos a ser bachilleres y las puertas de nuestro futuro estaban a punto de ser abiertas. 
Y de aquel viaje es la instantánea que hoy dejo aquí. Está tomada en El Puerto de Santa María, a bordo del Adriano, al que por allí llamaban “el vaporcito del Puerto”, y que nos trasladó desde esa población hasta la ciudad de Cádiz, donde pasaríamos nuestra primera noche del viaje. Me pregunto quién sería el autor de la foto, si yo le pedí que la hiciera o si para él formó parte de una broma de adolescentes.
Quiero recordar que todos debimos estar felices por aquella circunstancia; y digo quiero como sinónimo de deseo, porque afirmarlo no puedo a tenor del semblante de evidente gravedad de los dos personajes que aparecen en la foto. Pero sí, seguro que todos nos sentíamos afortunados, para más de uno sería la primera vez que vieran el mar, y también la primera singladura, aunque sólo fuera un rato y sin salir de la bahía.
Los dos personajes son fácilmente reconocibles si quien lee esto estaba aquella luminosa mañana a bordo del Adriano. Ella es Raquel Hidalgo Concellón, una de las compañeras con las que por primera vez compartí curso, aunque no aula, pues fue mixto aquel del 73 al 74. El otro soy yo.
Es para mí un misterio, que nunca he conseguido desentrañar: el que esta fotografía sea la única que conservo de aquel viaje. Lo digo porque la cámara era mía —la Kodak Instamatic que me regalaron en el concurso de Redacción de Coca Cola dos años antes y que aún conservo— y el carrete, o los carretes, ¿y qué fue del resto de fotos que en aquel viaje debí de hacer? Pues eso, que esta es la única foto que de aquellos días guardo, ninguna otra, sólo ésta. 
De Raquel recuerdo, porque esto va de recuerdos, sobre todo dos cosas: una, que era distinta a todas, si bien debería escribir que ella era elegancia y estilo, que ahí está la distinción, y que bastaba mirarla simplemente para apreciarlo con suficiencia. Y segundo su voz, que la sentía amable y segura, y por ello, lo que de ella escuchaba siempre me pareció que iba más allá de la escasa sensatez de púberes conversaciones. Sin embargo, y a pesar de esos dos atractivos, nunca la incluí en la lista de mis pretensiones, si es que por entonces yo tenía pretensiones ciertas.
En esta fotografía parece estar ausente, pero sólo lo debe de parecer, porque lo de los ojos cerrados es culpa del sol que ataca de frente. Está sentada a mi lado, y yo al suyo, seguro que fue una casualidad, sin ningún deseo previo: nos hemos dado prisa por coger asiento, simplemente, y habremos coincidido. Me parece, y ahora me viene otro recuerdo, que un servidor debía estar en ese momento fastidiando a otro compañero, por entonces amigo, que habría dado lo que le pidieran por haber estado en mi lugar, al lado de ella en aquella travesía.
Yo, como tantas veces y más a partir de entonces, estoy serio, que así durante casi toda mi vida me he visto en las fotografías y sin que apenas me llamara la atención. Pasados muchos años cuando lo constaté, traté de encontrar una explicación a ello sin conseguirlo, a la vez que trataba de reformarme, forzando la sonrisa en ocasiones o sonriendo abiertamente en la mayoría de ellas.
Pasado el curso siguiente, que fue el COU, no volví a ver ni saber nada de Raquel, como tampoco de casi todos los compañeros —bien podrías decir todos, Mánuel— que tuve durante mi etapa en el Instituto. Así que añado uno más a los interrogantes que han surgido durante la redacción de esta instantánea: ¿qué fue de ella, de ellos?

domingo, 8 de marzo de 2020

1973, verano, El Badén

Seguramente sea ésta una de las fotografías a las que más cariño tengo. Cualquiera que la observe verá, simplemente, a cuatro chavales adolescentes un día de verano al borde de una piscina. Pero quien sepa algo, aunque sólo un poco, sobre sus vidas diría algo más. Como yo sí sé lo sé, os explico:
Cuatro chavales, adolescentes, cuatro primos que, como tantos domingos, y durante la mejor etapa de sus vidas, disfrutaron del sol, del aire y de la libertad que estuvo a su alcance en un sitio que nunca iban a olvidar. Ahora no sé si hablo sólo por mí o también por ellos, que más da, si leen esto me entenderán.
La instantánea fue tomada en nuestra casa del Badén, un lugar que otras veces he recordado por estas Tardes de Solano. Como ya he dicho es verano, que la ropa induce a reconocerlo, y a tenor de la que algunos llevan, seguro que en la piscina hay agua, y si no lo estuviera —poco nivel de agua se aprecia en la foto—, el Zújar está a veinte pasos: el Zújar, la barranca, los ojillos del puente, dejarse llevar de espaldas, boca arriba, por la apacible corriente del agua hasta perder en la lejanía los reconocidos eucaliptos.
Decía que la foto es en la casa del Badén y en ella, en la foto, estoy yo con tres de mis primos, seguramente los más indelebles en mi memoria, sin orillar a ninguno de los demás, ni a ninguna, válgame Dios. Pero es que estos tres, quizá por la cercanía física, el roce real de nuestras pieles, fueron un poco más.
Yo soy, disculpad que empiece por mí, el de la derecha, perfectamente reconocible porque he cambiado poco con el tiempo: bueno, algunos kilos de más, bastantes, eso sí, pero hay otros detalles que no cambian, como el pelo que sigue sin estar bien peinado o la ausente sonrisa, que no terminaría de aparecer hasta pasados algunos años, sin saber bien cuándo y por qué, y que aún me cuesta —eso sí, cada vez menos— hacerla asomar cuando poso para una fotografía.
Detrás de mí, pero en situación más elevada, está Manolo al que presenté por aquí en la instantánea de 1964 «cuando aún ni tenía el pelo largo, ni se había quedado calvo y la barba no le tapaba la nuez», y que llegado a aquel verano del 73 ya había cumplido la primera de las tres propiedades estéticas que marcarían su fisonomía. Manolo, ya lo veis, era delgado, lo que facilitaba su agilidad y destreza física con la raqueta, con el balón, o con lo que se terciara, y que, sin embargo, no estaba en contra de una fuerza que demostraba cada vez que me llevaba de paquete en la bicicleta, aunque hubiera ocasiones en que debía de saltar al suelo, empujar un poco y volver a subirme sobre la bici; al fin y al cabo, aquel juego era cosa de dos. Manolo y yo, por entonces, lo podíamos todo, llegábamos a cualquier lugar de nuestro pequeño mundo en una mañana, ida y vuelta, por cualquier camino, bajo cualquier cielo; cómo nos cundía el tiempo. Manolo era mi ídolo de los domingos, Manolo fue mi amigo a tiempo parcial una vez por semana.
En el centro Eduardo, Edu por entonces, con esa media sonrisa que siempre ha tenido y que de vez en cuando estallaba en una corta y prudente carcajada. Prudente, eso era Eduardo, tal vez, la discreción personificada, hablar poco, o mejor no hablar, si acaso un «u, u, u…» que todos reímos porque lo habíamos entendido perfectamente, que no era desdén que era cómo hablaba su silencio. Aquí presenta una pose algo alejada a la que era su costumbre: informal, levemente descuidada la vestimenta, las botitas (¿TAO?) desatadas. Siempre lo miré con un callado asombro que aún mantengo, el asombro, no la reserva. Y es que Edu hacía cosas que yo quería hacer y no podía o no me atrevía y que, sin embargo, con el tiempo conseguí realizarlas, aunque a la vez, a través de ese mismo tiempo fui considerando que no me quedaban tan bien como las hacía él. Bendita envidia sana, qué feliz admiración. Queda en mi vida el ligero lamento de no haber compartido con él otras experiencias más allá de la relación familiar y de aquellos juegos: colaboraciones profesionales que tanto me hubieran beneficiado.
Y a la izquierda, Arturo, que a esa altura de nuestras vidas ya había dejado, por decisión inconsciente de todos, de ser el Guingui. Ahí ya está acomodado a la postura que le acompañará durante mucho tiempo: la cabeza ha alcanzado el grado justo de una inclinación que siempre me pareció un gesto de ternura y que él siempre creyó que le daba un halo de misterio; los brazos cómodamente cruzados, mostrando su concentración e interés en lo que sucede y que, con el tiempo, estoy seguro, sería signo de autoprotección y distancia hacia los demás; pero que aquí, ya digo, no es más que comodidad. Curiosamente es el único que no viste ropa veraniega; intento recordarlo dentro de la piscina jugando o sólo mojándose y no, no lo veo. A Arturo lo acompañé, y él me acompañó, todos los días de nuestras vidas escolares: colegio de las monjas de la calle de La Palma, una breve temporada en la escuela de La Zona, también en El Cristo, y en el Instituto hasta finalizar el COU. Y todos esos días uno al lado del otro, o él delante y yo detrás, según los cursos y el mobiliario de las clases —mandaba el orden alfabético, nuestro apellido común—. Y fueron todos esos años de trato cercano y continuo, los que me hicieron sentir por él algo especial que iba más allá de la sangre que nos unía, fue también una clara y mutua camaradería en el aula y los recreos, en la calle y en el Badén. Luego, nuestras opciones universitarias y posteriores profesiones nos separaron para sólo vernos en contadas ocasiones, eventos familiares o en algún breve retorno mío al pueblo. Situación que, para mi desdicha, ha sido común para con el resto de la familia, pero que no por ello ha enfriado el afecto.
No recuerdo enfados entre nosotros, aunque seguramente los hubo. Roces sí, celillos, algún quítame allá esas pajas, malas interpretaciones, disgustillos que se olvidarían al domingo siguiente. Como tampoco recuerdo sesudas conversaciones, que lo nuestro siempre fue de rollo fácil, inocente, de incidencias en los juegos, qué hacemos ahora, adónde vamos, de mirar el paisaje, de no decir nada. Poco más, cosas de chiquillos, si es que el tiempo sólo nos pedía pasarlo bien. Y eso fue lo que hicimos.

domingo, 23 de febrero de 2020

En este momento de mi vida...

 Leído por ahí, pero no recuerdo dónde:

Lo que algunos escriben y  me gustaría haberlo hecho yo.


«En este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas.
Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila. También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada.
Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una persona amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada o todo».


De la periodista y escritora asturiana Ángeles Caso, de la cual he leido algunos artículos y sólo una novela —"Contra el viento"— y me aburrió. Pero este texto sí me ha tocado dentro, y quiero hacerlo mío.



 


domingo, 9 de febrero de 2020

1973, mayo, Fregenal de la Sierra

La instantánea de hoy es también grupal y, cómo no, de un evento familiar. Es la Primera Comunión de mi prima Matilde, Mati, y se celebró en Fregenal de la Sierra, el pueblo en el que por entonces residía debido al ejercicio profesional de su padre. Debió de ser en mayo, que era por mayo cuando se daban y dan estas celebraciones, y en este momento no sé si la función religiosa se ha celebrado o estamos a la espera. Sea cómo o cuando fuere parece que aún no hemos perdido la compostura, todos estamos muy formalitos.

Es evidente que en la foto faltan algunos miembros de la familia, por lo que es posible que no se hubieran trasladado hasta allí todos. Era un tiempo en el que ninguno de mis tíos ni mi padre, tenían coche propio; la familia, en genérico, es decir para todos, disponían de dos, un Citroën 2CV y un Seat 850, además de una pequeña furgoneta, también Citroën para uso en las obras. En ocasiones como ésta, recuerdo, que alquilaban, o les prestaban, una furgoneta de mediano tamaño adaptada para el transporte de pasajeros en la que, algo apretados, se conseguía completar el cupo de viajeros. Así y todo, me pongo a echar cuentas —de mi tío Pablo, cinco; de mi tío Rufino, cuatro; de mi tío Vito, seis; nosotros, cuatro, más mi tía Márgara; total veinte— y me parece que más de uno se tuvo que quedar en Villanueva. Bueno, quizás no, algunos eran aún pequeños, ahí está Ángel Luis que apenas se tiene en pie; seguro que ese día fuimos todos.
No sé quién hizo la fotografía ni quién eligió el decorado. Para lo último, quien lo eligiera, no estuvo acertado: un muro viejo, encalado que disimulaba los defectos y su edad. Seguro que íbamos, o volvíamos, de camino a la iglesia donde se celebró el oficio religioso, e indudablemente en ese camino habría fondos más adecuados donde inmortalizar el acontecimiento, pero el fotógrafo, ya se ve, no estuvo acertado. Ni nosotros estábamos para pensar en ello.
De todos los que posamos en la instantánea hay dos personajillos que no reconozco: agachados, el primero por la izquierda, un niño que, por mirar a los demás, gira ocultando el rostro y por ello se hace irreconocible —de ese tamaño y en esa época, un niño así no había en la familia—; y también agachada, no identifico a la niña de la derecha. Con toda seguridad, no es de nuestra familia.
En la foto sólo una persona mayor, mi tía María Ángeles, que ha aparecido por este blog en más de una ocasión y que aquí posa con sus cuatro hijos. Parece ir vestida de uniforme, mangas hasta el codo y cuello cerradísimo, propio en una señora que se disponía a ir, o venía de una iglesia; mira sonriendo al último de sus hijos, Ángel Luis, casi en el centro de la imagen y foco de las miradas de más de uno, tanto que parece que él es el protagonista de la fotografía y no la comulgante. A su lado, de mi tía, veo a Matilde que no era prima mía pero sí era casi de la familia; sí lo era de la protagonista de ese día, y ya la recordé en la instantánea de 1969, cuando escribí que de su «familia conservo gratos recuerdos, de aquella época en particular, las primeras miradas de soslayo a su hija», pues ésta es, o era, la niña a la que yo dedicaba aquellas miradas que no fueron a más, las cuales, no voy a negarlo, aún recuerdo.
Matilde da la mano a nuestra prima común, Mati, que vestida de monjita —parece que por entonces las niñas no eran disfrazadas de novias o princesas para recibir por primera vez a Jesús Sacramentado— y también mira al benjamín de la familia. Detrás de ella, y con la mano sobre su hombro está Mª Eugenia que, evidentemente, está más mujercita aún que en alguna instantánea anterior; el complemento de las gafas es un signo del momento, como también percibo que lo es el pantalón que lleva puesto que debía de terminar en una actualísima, de ayer y de hoy, campana.
A continuación, a mi lado, Arturo, el quinto con tal nombre en la familia Gallego, habitual en estos escritos y compañero de estudios y juegos durante muchos años, en su sempiterna pose: brazos cruzados, piernas ligeramente abiertas y cabeza que con el tiempo irá ladeando progresivamente. Yo quedo entre él y su hermana Mª José, a la que el fotógrafo no ha tenido reparo en seccionar; observo que, a pesar de la faldita corta del modelito que, intuyo, comparte con su hermana, va dejando de ser una niña, y cuánto se aleja de la posturita de 1964 en la puerta de parroquia de La Asunción. 
Entre los dos, queda un servidor, algo despeinado como comenzaba a ser habitual en mí —apariencia que ya no me abandonaría—, se lo debe de estar pasando bien, o eso parece, y por eso sonrío, como todos; del pantalón que llevo puesto, y que reconozco por esas solapillas que cubrían los bolsillos, no hago comentarios, pues aún me dura la manía que desde la primera puesta le tengo.
Y en primera fila están el niño que se oculta; le sigue Victoria, que mira a su hermano correspondiéndole a su sonrisa; Manolo, que no sé si ya había dejado de ser Manolito —seguramente no pues aún viste pantalón corto—, sosteniendo al menor de los Gallego, y sus dos hermanos, Margui y el por entonces último Arturo.
Remata la fotografía, en cuclillas y a la derecha, la niña anónima.


domingo, 19 de enero de 2020

1972, agosto

Aquí va una instantánea más de aquellos eventos familiares, otra de bautizo, de las que vienen a decir que la familia aumenta. En ésta, concretamente, a la familia Gallego llegaba el último de mi generación. Se trataba de Ángel Luis, hijo de mis tíos Víctor y Mª Ángeles, la cual incomprensiblemente porta al vástago en sus brazos. Y digo que es de ese modo, incomprensible, porque en aquellos tiempos no era normal que las madres asistieran al bautismo de sus hijos. Dicho acto se celebraba en fecha muy próxima al nacimiento, unos días después, a la vez que la madre solía guardar un largo reposo tras el parto. Es por ello que en otras fotografías de este tipo de acontecimientos no aparezca la madre del bautizado.

Era por entonces el mes de agosto de 1972, creo que el día 26, que fue sábado. Pero ahora no puedo afirmar si el día 26 fue el bautizo o el día del nacimiento, he de enterarme bien.

De lo que no tengo dudas es que estamos en pleno verano a tenor de la ropa, y en la iglesia de San Francisco de mi pueblo, en la capilla del baptisterio, pues la pila bautismal se atisba a la derecha. Los fotografiados somos una pequeña representación de lo que debió de ser el total de invitados, a vuelapluma cuento numerosas faltas: cinco primos/as, cuatro hermanos/as y dos cuñadas, de entre los Gallego; además de otros amigos de la familia con los que, recuerdo, solíamos coincidir en actos como éste y en reuniones en el Badén.

Y entre los fotografiados/as dos caras totalmente desconocidas que debo asociar a la familia de mi tía Mª Ángeles o a su vecindad: la señora más alta en última fila y la niñita justo debajo del recién nacido. Además otros conocidos, pero que nunca han aparecido por estas Instantáneas, son la niña delgadita que posa delante de mi madre y el señor mayor de la derecha: ella es Encarnita, hija de Julián Ramírez —en mi casa cuando se referían a él se le nombraba con el apellido—un amigo común de mi padre y mis tíos, y a la sazón amiga de MariJóse, razón por la cual está a su lado en la foto; el señor de la derecha es el abuelo del bautizado, padre de mi tía, al que todos conocíamos como el señor Ángel. Le tratamos poco porque eran pocas sus apariciones en eventos familiares y escasa su presencia los domingos en el Badén. Es por ello que mi recuerdo es muy limitado, el de un hombre seco y reservado con el que no tuve ningún trato; una imagen que, con toda seguridad, sea equivocada. Lo miro ahora detenidamente y me llega sin querer un amable sentimiento hacia este hombre que, respetuosamente con la boina en la mano, posa erguido y bien  compuesto. A su lado su yerno, mi tío Vito.

Los niños de la primera fila, de derecha a izquierda, son: Margui, la niña desconocida, Vivi, Mati y Arturito —éste último con cara de despiste, ya apuntaba maneras para cómo iba a ser su comportamiento futuro en circunstancias como esta—.

A la izquierda de la instantánea estoy yo, catorce añitos por entonces, y cubriéndome la espalda Edu. A continuación, mi padre, reñido como casi siempre con un traje de chaqueta, ¿a quién habré salido yo?; le sigue Arturo, el hermano mayor del neófito, y delante de él, Manolito, firme y serio, lo que no era propio de él. En el centro de la foto, última fila, mi madre muy seria, que estaba en una iglesia y ella era muy de estar seria en las iglesias.

No tengo recuerdos del resto del día, imagino que después del acto religioso todos los celebraríamos en el Badén. Seguramente ya habrían partido algunos para allá, los más impacientes o quienes se dedicarían al asunto de las viandas. Los de la fotografía, sin duda, estábamos a la espera de nuestro turno en alguno de los escasos vehículos familiares. Aunque me parece que antes de partir para allí debimos de acercarnos a nuestras respectivas casas para cambiarnos de ropa, que no creo que nuestras madres consintieran que pasáramos el resto del día con la indumentaria que habíamos tenido puesta en tan magna ceremonia. Al menos la mía, no.

domingo, 5 de enero de 2020

La Selectividad

Hay muchas cosas que a esta altura de mi vida me hacen mayor, y no sabría cuál o cuáles están por encima de las demás. Establecer una preferencia entre ellas para priorizar su importancia me resulta difícil, e incluso absurdo. Pero si decidiera elegir alguna, me quedo con la que en numerosas ocasiones he puesto como referencia para manifestar el tiempo que hace que ando por estos lares y que, además y en aquella precisa ocasión, me hizo formar parte —muy pequeña, pero parte, al fin y al cabo— de un cachito de historia de mi país, allá por 1975.
Una vez terminé los dos bachilleres, el Elemental y el Superior, y superadas sus respectivas reválidas, cursé a continuación el C.O.U. —Curso de Orientación Universitaria— que acababa de implantarse según establecía la que se conoció como la Ley Esteruelas, por el ministro que la firmaba, y que disponía la necesidad de estudiar aquel curso como condición obligada para acceder a una carrera universitaria; además había que superar una prueba de aptitud —la Selectividad—que permitiría que ese acceso lo fuera a centros concretos como Facultades y Escuelas Técnicas Superiores. No fue ese mi caso, pues mis expectativas, aunque no muy claras, estaban en estudiar en una Escuela Universitaria, para lo que no iba a ser preceptiva tal prueba. Sin embargo, la preparé, concurrí a ella y la superé.
Fue aquel curso, como casi todo el bachiller, un paseo con ligeras cuestecillas en lo intelectual, poca cosa, obstáculos fácilmente salvables. En lo personal, ese tiempo me pareció un vasto prado fresco bajo un cielo luminoso al otro lado de la carretera, que vino precedido por un año que había estado lleno de novedades, hallazgos y afortunadas experiencias. Y en el que ahora comenzaba, para mayor gloria personal, se ampliaría la capacidad de todos los sentidos y se transformarían algunos de sus usos. Lástima que, algún tiempo más tarde, aquellas seguridades no me acompañaran; pero cómo iba yo a preverlo, que de haberlo sabido hubiera hecho lo indecible por prolongar aquel tiempo de serena ventura.
Decíamos que durante aquel curso del 74-75 estudié COU en el instituto de mi pueblo, dónde si no. Fue aquel el primer COU de la historia, con sus asignaturas “comunes” para todo el mundo y las “optativas” a elección de cada uno, que estas últimas debían ser tres a elegir de una lista, que no era muy larga, en función de la carrera que el alumno previera para su futuro. Un servidor no tenía definido el por dónde iba a encaminar mi vida, para qué pensar en ello si todo iba de modo sosegado hasta ese momento, era el día a día, cuando aún no habías oído hablar del carpe diem, ni siquiera preocupaban las preocupaciones. Algunos picos distorsionaban de vez en cuando el discurrir diario, pero poca cosa, nada que inquietara, no usaba reloj, había comida en casa y poco dinero en el bolsillo, lo necesario para libros del Círculo de Lectores y algún disco; pocos amigos, los justos, paseos, conversaciones.
Así que con esas fui a hacer mi matrícula para el siguiente curso llevando en la mente que las tres asignaturas a elegir como optativas debían de ser las más difíciles, las más repelentes, porque suponía que un año después las cosas serían peores que hasta ahora, y que había que irse preparando. Qué mejor modo para ello que echarme al monte y cargar ahora con la más fea, como entrenamiento para lo que vendría. Y todo ello sin tener definido nada sobre el futuro. Bueno, un poco sí lo estaba, que el Bachiller Superior ya había decantado algo, o todo, ¿letras o ciencias?, que fue por lo segundo por lo que me decidí entonces y eso me inclinó a que las tres optativas iban a ser, nada más y menos, Matemáticas, Física y Química.
Y allí estaba yo en la cola de Secretaría una mañana de septiembre de 1974 a la espera de mi turno, saludando a compañeros, «qué tal el verano, y tú ¿qué optativas vas a coger?» Entonces algo ocurrió, me hablaron de ella, o la vi, quizás ya la conociera del curso anterior, sí, la conocía, pero se había quedado agazapada en un rinconcito de mi mente y su recuerdo no me había alterado, hasta entonces. La cuestión es que cuando llegó mi vez y tocó rellenar el impreso, o comunicar al funcionario mi elección, se me encendió una bombilla y no se me ocurrió otra cosa que decir Inglés, Matemáticas y Química. Bien podía haber dicho Química y Física, o Física y Matemáticas, pero siempre hubiera dicho Inglés. Y es que un servidor acababa de entender en ese preciso instante aquello que llamaban amor platónico, que andábamos por los dieciséis y era la edad de despertar a ciertas cosas, aunque yo ya había madrugado unos meses antes y tenía muy clara cuál era la elección en lo que a quereres se refería. Pero tampoco podía desdeñar la expectativa del divertimento que se me presentaba y que, durante aquel curso, fue de los más encantadores que he vivido, además de traer el añadido de aprender un poquito el idioma, pero en eso nunca pensé.
Lo que en ese año sucedió lo dejaré para otra Crónica desde el doblao, porque la de hoy, ya lo dice el título, va de la Selectividad. Antes, dejar entre paréntesis el error que cometí con lo de las Matemáticas, que tenían el sobrenombre de Especiales, y la Química, que me hicieron pasar un año algo incómodo; no así el Inglés que, como vaticiné, fue bastante divertido.
Pues llegó la fecha y la hora de la prueba de Selectividad: dos días, cuatro exámenes. Y a Badajoz que fui, que fuimos el querer de entonces y un servidor, que ella también se examinaba, a un edificio de la recién estrenada Universidad de Extremadura.
El primer día un comentario de texto y a continuación un examen de multitud de preguntas sobre las asignaturas comunes: historia, lengua, matemáticas comunes —valga la redundancia— y algunas más que, la verdad, no recuerdo. A mediodía estábamos en la calle y de vuelta a casa.
Al día siguiente nuevo viaje a Badajoz, que tocaba el examen de las asignaturas optativas. De aquel, recuerdo que nos entregaron preguntas y problemas, según el caso, de las tres asignaturas y de las que había que elegir dos; supongo que optaría por el Inglés y alguna de las otras dos. La cuestión es que salí de allí con pésimas sensaciones, aquello no estuvo a la altura de mi pasado. Tiempo después comprendí que aquel segundo examen había sido un auténtico presagio de lo que sucedió durante algunos años de mi vida.
Pero aprobar, aprobé, muy justo eso sí, pero aprobé. Y ahí está la cartulina que días después me entregaron como prueba de haber superado la primera Selectividad de la historia de España. Sí, ya lo sé, suspendí el segundo examen, pero la media es apto, que es lo que cuenta.
Ha sido hace unos días cuando mi hermano me ha comunicado que entre viejos papeles ha encontrado la cartulina/certificado con las notas de mi Selectividad: «...y tú cómo es que tienes eso..., y yo qué sé..., pues anda, envíamela».
Lo que más me extraña es que no la tuviera guardada mi madre.

Pues íbamos, ella y yo caminando hacia la Piscina Municipal, como tantas tardes, cuando al pasar junto al Instituto se asomó por una ventana el Sr. Peña, uno de los conserjes, que vivía en un pequeño chalet anexo al edificio, y alzando la voz me llamó:
— ¡Gallego Gallego!
— Dígame.
— Que has aprobado, y tu primo también.
Ella y yo seguimos hacia la piscina: ambos contentos por mi aprobado, ella sonriente como siempre y yo muy tranquilo.