domingo, 8 de febrero de 2026

Crear contenido.

 Hace unos minutos en un programa vespertino de televisión en el que varios invitados, generalmente personajes conocidos de la política y el periodismo, hablan de actualidad social, política e incluso cultural, moderados y entrevistados por un conocidísimo presentador, o algo así, de televisión, y en el que también se da entrada a otros invitados desde la distancia para que hagan algún aporte técnico, específico o personal al tema que estén tratando en el instante, a la vez que se intercalan comentarios graciosillos a cargo de  un par de humoristas que pretenden, no sólo hacer reír al respetable, sino también, digamos, distender la tensión que pudiera estar produciéndose entre los invitados, ya que estos suelen ser de idearios opuestos y por lo tanto lo son también sus opiniones...Bueno, pues que hace unos minutos en ese programa aparece un chavalito —uso este sustantivo dada su apariencia— de rostro aún púber, corte de pelo sin estridencias, voz no muy grave y un arito en una oreja, al que le han pedido parecer sobre, no sé, no me he dado cuenta, que yo estaba moviendo el edulcorante en mi café; por lo que la opinión del muchacho al tema que fuera me estaba siendo, y ahora continúa siéndolo, totalmente irrelevante. La cuestión es que, en el zócalo, o sea, el rótulo inferior que suele aparecer debajo de los entrevistados con su nombre, profesión o actividad por la que es conocido, o también dando texto a las imágenes de una noticia, aparece escrito, cómo no, el nombre del chaval, que no recuerdo, y su profesión: «Periodista y creador de contenido», ojo, dos profesiones. Sobre la primera sé de qué va, conozco básicamente sus elementos, características, etc., que hubo momentos en mi primerísima juventud en los que estuve tentado de dirigir por ese camino mi futuro. Pero sobre la segunda…, sobre la segunda me cuesta algo llegar a interpretarla, e incluso a darle el valor que seguramente tenga, aunque lo intento, juro que lo intento. Hasta tal punto lo intento que me levanté inmediatamente del sillón y me vine ante el teclado a fin de crear yo también contenido. Y me ha salido ésto.

lunes, 2 de febrero de 2026

PROCAFEINAR

 Palabras hermosas, extrañas, curiosas...

PROCAFEINAR:

Posponer una decisión, situación o la ejecución de una tarea hasta no haber tomado un café.

Verbo transitivo, neologismo, con cierto tono humorístico, que indica el retraso en la toma de alguna responsabilidad a la vez que se prioriza el momento del café. Porque nada importante puede hacerse, ni siquiera comenzar el día, sin tomar un buen café.



domingo, 1 de febrero de 2026

Treinta y seis aguafiestas

Leído por ahí:
al hilo de la actualidad, recordando algo de hace algunos años que no pierde actualidad.

Treinta y seis aguafiestas

ARTURO PÉREZ-REVERTE
05/1/2009
Lo bonito del putiferio en el que, poco a poco, nos instalamos con toda naturalidad, es que las películas de Berlanga empiezan a ser, comparadas con el paisaje actual, versiones sosas de lo nuestro. Eso está bien, pues con algo hay que disfrutar antes de palmarla. Y los periódicos, y los telediarios, y tender la oreja al runrún de cada día, deparan momentos sublimes de juerga moruna. Dirán algunos que de ciertas cosas no hay que reírse, pues nada tan virtuoso como la indignación ante la injusticia o la estupidez. Pero uno acaba por asumir lo evidente. En España, la justicia, las virtudes y la indignación ajena importan un huevo de pato. Derechas, izquierdas, nacionalistas y demás oportunistas, ciudadanos de infantería incluidos, cada cual va a lo suyo. Impasible mientras no le toque. El héroe nacional no es don Quijote, sino don Tancredo. De manera que, como analgésico, a veces resulta útil atrincherarse en la risa. Reír, según la manera, es también un modo de ciscarse en su puta madre. En la de ellos -rellenen ustedes con nombres la línea de puntos- y en la de los incautos e imbéciles que los engordan.
La última es finísima. Buscando los restos de doce republicanos asesinados en el pueblo turolense de Singra, una asociación para la recuperación de la llamada memoria histórica desenterró hace más de un año, por error, treinta y seis cadáveres de soldados muertos durante la Guerra Civil, en la batalla de Teruel. Examinados los restos por un equipo de arqueólogos y forenses, y tras comprobar que allí nadie había sido fusilado, sino que todos eran hombres -muchos muy jóvenes- muertos en combate, los bienintencionados desenterradores no supieron qué hacer con tanto fiambre fuera de programa. De haber sido los doce republicanos asesinados, la historia habría salido redonda: homenaje a las víctimas, malvados nacionales y demás parafernalia. Incluso con soldados leales a la República, el asunto habría tenido por dónde agarrarse. Pero se daba la incómoda circunstancia de que los muertos, enterrados en fosa común en el mismo campo de batalla, pertenecían tanto al ejército nacional como al republicano. Eran de los dos bandos, mezclados en la barbarie de la guerra y la tragedia de la muerte. Españoles sepultados juntos, como debía y debe ser. Como lección y homenaje, deliberado o casual, de sus enemigos y compañeros. Así que imaginen el papelón. Nuestro gozo en un pozo, colega. Esto no hay quien lo venda al telediario. Treinta y seis aguafiestas jodiendo el invento.
Pero lo más fino es la solución. Tan de aquí, oigan. Tan española. Disimula, Manolo, y silba mirando para otro lado. Unas cajas de cartón, el alijo dentro, y los treinta y seis juegos de huesos depositados en las antiguas escuelas del pueblo. Guarden esto aquí un momento, háganme el favor, que vamos a comprar tabaco. Hasta hoy. Y mientras escribo esta página, los despojos llevan trece meses muertos de risa, metidos en las mismas cajas, sin que nadie se haga responsable. El alcalde de Singra, que es socialista, anda un poquito mosqueado, diciendo que no está bien tener ahí los huesos de cualquier manera; que cualquier día entran unos perros y se ponen ciegos mascando fémures de ex combatientes, y que los de la asociación desenterradora tendrían que hacerse cargo del asunto, comprar féretros y sepultar aquel circo como Dios manda. Y los otros, por su parte, llamándose a andana. Diciendo que, como no son los familiares que buscaban, pues que tampoco hay prisa, buen hombre. Ni se acaba el mundo ni nos corren moros, que decían los clásicos. La asociación es modesta, no está para muchos gastos, y ya se hará cargo cuando buenamente pueda. Si puede.
Y claro. Uno piensa que, por azares de la vida y de la Historia, quien pudo acabar en esa fosa tan alegremente abierta pudo ser mi tío paterno, el sargento republicano de diecinueve años Lorenzo Pérez-Reverte; o el alférez nacional Antonio Mingote Barrachina, que es la bondad en persona, con quien me siento cada jueves en la RAE; o el padre de mi compadre Juan Eslava Galán, que hizo media guerra en un bando y media guerra en otro. Y los imagino a todos ellos, o a otros como ellos, descansando tranquilos y a gusto desde hace setenta años en su fosa común de Singra o de donde sea, bien juntos y revueltos unos con otros, rojos y nacionales, tras haberse batido el cobre con saña cainita y mucho coraje, como Dios manda. Y en eso llega una panda de irresponsables, les pone los huesos al aire y los deja en cajas de cartón, porque en realidad buscaban a otros. Y las quejas, al maestro armero. E imagino sus chirigotas y carcajadas de caja a caja y de hueso a hueso. Fíjate, compañero. Memoria histórica, la llaman. Hay que joderse. ¿Sabrá un burro lo que es un pictolín? Triste y estúpida España, la nuestra. La de entonces y la de ahora. Por esta peña de subnormales no valía la pena matarnos, como nos matamos.

domingo, 18 de enero de 2026

Carta a Javier Bardem

Leído por ahí:
Recojo ese texto, atribuido a Pilar Rahola, en una red social. A esta señora cada día día la entiendo más y mejor, va ganando en moderación, aprecio su coherencia y está consiguiendo que la lea y escuche con atención.
Excepto ligerísimos matices, estoy en condiciones de afirmar que yo también firmaría el siguiente texto.


CARTA A JAVIER BARDEM

Elijo el nombre de Javier Bardem, y no es al azar. Podría haber dirigido esta carta simbólica a Angelina Jolie, o a Billie Eilish, o a esa encarnación del antisemitismo más ruin que es Roger Waters. Y más allá del mundo rutilante del famoseo, la lista de dirigentes políticos que podrían merecerla pululan por todos los rincones de la demagogia. Ahí están los Pedro Sánchez, los Petro, los Mélenchon, los Iglesias..., todos esos ruidosos justicieros que escupen su propaganda desde el atrio de su soberbia moral. Muchos..., tantos..., tan presentes y estridentes hace poco tiempo, y ahora tan ausentes y callados.
Pero de todos ellos, escojo a Javier Bardem porque nadie encarna con tanta precisión la indecencia de una izquierda caviar que solo alza el puño, con impostada indignación, cuando la causa cuadra con su obsesión ideológica. Ese Bardem enfundado en el Free Palestine que cumple con todos los requisitos del activismo sectario. “Un actor comprometido”, dicen los titulares rutilantes, pero se olvidan del verbo que lo acompaña: Comprometido, depende... Depende de si Israel tiene algo que ver, o los estadounidenses, o el colonialismo capitalista, o Trump, o las derechas pérfidas...
Es el prototipo del “no jews, no news”, de manera que si no hay judíos o yankees de por medio, no hay causa, no hay pancarta y no hay indignación. Son los progresistas de nuestro tiempo, tipos de grito en la manifestación y verbo acusador que deciden qué causas son dignas, y quiénes son víctimas y quiénes verdugos.
Nunca, en la historia de la lucha por los derechos humanos, hubo tanta hipocresía arrogante y rastrera como ahora.
¿Dónde están?
¿Dónde estuvieron?
Nunca los oímos cuando Hamas convertía Gaza en una cárcel de dos millones de personas, a las que saqueaba, empobrecía, reprimía y condenaba a un ciclo permanente de violencia. Nunca los oímos cuando el Yemen languidecía en años de guerra atroz, sacudida por la locura chiíta. Nunca, cuando Irán fabricaba su círculo de fuego, aupando al dictador sirio, financiando las peores organizaciones yihadistas y destruyendo el Líbano, mientras amenazaba con destruir a Israel.
Tampoco los oímos cuando miles de israelíes sufrieron el terror del 7 de octubre: bebés en sus cunas, familias enteras, ancianos, jóvenes cantando en un festival, muertos, heridos, secuestrados.
Su silencio, cuando las mujeres nos explicaban el horror de sus cuerpos violados.
Su silencio cuando los bebés eran ahogados...
Nunca hubo flotillas para ellos.
Y otros, tantos silencios. Nunca los oímos cuando Afganistán se convertía en un terrible infierno para las mujeres, las niñas sin escuelas, las jóvenes sin rostro, el aliento detrás de una cárcel de tela. Nunca en el horror de Sudán, nunca en el dolor cristiano en Nigeria, nunca en ningún lugar, porque si los malos no son los que ellos homologan ideológicamente, no existen víctimas, ni existen causas.
Por eso nunca les oímos hablar del dolor de los iraníes. A pesar de que el terrible régimen de los ayatollahs hubiera convertido la libertad en un crimen penal, y sustentara su poder en la represión y la muerte, nunca oímos a los Bardem. Al contrario, fueron esas izquierdas moralistas y doctrinarias las que antaño iban a visitar al “libertador de los persas”, un tal Khomeini y aplaudieron su “revolución social”. Durante décadas, nunca les preocupó la represión contra los ciudadanos iraníes, directores de cine encarcelados, opositores condenados a muerte, estudiantes torturados, nunca, nada...
Al contrario: algunos de esos gurús de la izquierda irredenta se convirtieron en periodistas de los canales iraníes que intentaban vender su veneno a través de Hispan TV. Ahí están los Pablo Iglesias.
Y por eso ahora, cuando Irán arde por todos sus costados, con un pueblo extraordinariamente valiente que se enfrenta directamente a la muerte, y con miles de ellos siendo asesinados, todos estos actores, periodistas, políticos “comprometidos” no están, no hablan, no gritan, no levantan pancartas, no montan excursiones en flotillas, nada.
Quizás alguna Irene Montero se despista y dice algo pero solo para avisar que Trump es muy malo y que Israel tiene la culpa de lo que ocurre en Irán.
Esta es la miseria de una izquierda tuerta y dogmática que ha ideologizado tanto las causas universales, que acaba siendo cómplice de los verdugos. Su obsesión antioccidental y su paternalismo arrogante hacia el Islam los ha convertido en incapaces para la causa de la libertad. Hablan mucho de ella, pero retuercen su significado hasta dejarla hueca.
Ese es el activismo de los Bardem de turno:
UN GRITO VACÍO, MORALISTAS DE DOBLE MORAL Y PROGRESISTAS A TIEMPO PARCIAL.
NO FORMAN PARTE DE LA SOLUCIÓN, FORMAN PARTE DEL PROBLEMA,

PILAR RAHOLA.


domingo, 11 de enero de 2026

Dejar de leer un libro.

 En más de una ocasión he dejado de leer un libro. A las pocas páginas, pasadas cuarenta o cincuenta, e incluso más, muchas más. Me pregunto ahora si existe alguna norma —y es que me dejo llevar por mi mentalidad, más inclinada por mi profesión a los tecnicismos— que regule esa actitud, y busco la respuesta en mi experiencia, claro, dónde si no. Así que hago memoria e intento recordar aquellos que he dejado, que han sido pocos, y el primero que me viene es, por su título, «La insoportable levedad del ser», de Milan Kundera, con el que llegué justo a la página 100 —está marcada con una X, como señal de derrota, hasta aquí llegaste— pero que hube de abandonar, aburrido de tanto conflicto amoroso-existencial-sexual; la clave para el abandono me la dio la siguiente cita:

«Esto es un círculo vicioso. La gente se vuelve sorda porque pone la música cada vez más alto. Y como se vuelve sorda, no le queda más remedio que ponerla aún más alto».


Si se me estaba haciendo la lectura insoportable —apropiadísimo el título, ya lo he dicho—, el seguir leyendo aumentaba la insoportabilidad, era muy posible que me viera en el círculo vicioso de la cita. Abandona Mánuel, me dije, y abandoné.

Lo que me lleva a pensar que el principal motivo para dejar de leer un libro es el aburrimiento, la indiferencia por lo que suceda en su interior; el que no esté cumpliendo con nuestras expectativas que, seguramente, al iniciar su lectura eran altas; que cada párrafo sea un punto más de desilusión, cada página un poco más de inclinación en la cuesta arriba; que lo que esperabas iba a ser un gozo camina hacia el tedio. Y eso puede suceder en cualquier momento. O sea, que no hay una norma que marque el número de páginas mínimas o máximas. Se llega hasta donde se aguante, y ya está. No pasa nada, a otra cosa, mariposa.

La mayoría de los libros que he abandonado lo fueron allá por época muy pasada y, en general, no he retomado con el tiempo su lectura, han quedado durmiendo el sueño de los justos. Lógico, aún no debía de estar pulido el gusto por éste o aquel estilo, preferencias temáticas, autores, etc. Con el tiempo he ido abandonado menos libros, pero no por madurar mis prioridades he dejado de hacerlo: «El jinete polaco» está desde hace más de tres años en un estante a mi espalda con el marcapáginas en el inicio de la tercera parte, cumplidos más de dos tercios de su volumen: y habiendo leído varios títulos más de Muñoz Molina, lo que indica que no es una cuestión de autores. Y el abultado «El puente de Alcántara», de Frank Baer, ha sido iniciado en dos ocasiones y abandonado también en la segunda.

Hablando de este tema con uno de los libreros cuya tienda frecuento, y aludiendo a ese último título, me hizo una observación bastante acertada de mi proceder: «No has encontrado todavía el momento para leer ese libro, apárcalo, llegará la ocasión en que el libro te llame, y entonces lo leerás de un tirón». Vale, pues entonces sé que habrá una tercera oportunidad, y será la definitiva.

Y finalmente existe una situación que me parece bastante especial y que se ha dado en mi vida en varias ocasiones: leer el libro a intervalos de tiempo más o menos cortos, o largos; disponiéndome a su lectura en un sitio y condición concreta, sin importar el alcanzar la última página. Como me sucede con «El cuaderno gris» de Josep Pla, que reposa junto al mar y sobre el que avanzo despacio en su lectura —releyendo incluso, de vez en cuando, párrafos completos y, lápiz en mano, subrayándolos— durante las más tranquilas tardes veraniegas.