domingo, 27 de octubre de 2019

Historia de La Calleja de la Amapola

Leído por ahí:
Cosas que pasan, o lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo.
Lo leí durante una visita a Potes, mientras bebía un par de cervezas. Me gustó y decidí dejarlo aquí.

HISTORIA DE «LA CALLEJA DE LA AMAPOLA»

Resumen del relato original de Ildefonso Llorente Fernández.
Fue redactado en varios capítulos, el primero publicado el día 10 de Enero de 1902 en el periódico Madrileño «Gente Vieja» en su número 39, 40 y 41.

 Por JAVIER FRANCO

 

La Calleja de la Amapola es un paso sombrío y estrecho que actualmente comunica La Plaza de Potes con la Calle del Obispo y años há, servía para comunicar la torre de los Señores de Liébana con el barrio de San Pedro a través de una tortuosa pendiente.
En la actualidad es una calle perfectamente transitable aunque, eso si, húmeda y sombría, pero en el tiempo en que acontece esta historia, allá por el siglo XII, esta calleja era un estrecho camino de una insufrible pendiente rodeada de zarzas y bardales, y donde aconteció el desafortunado episodio que vamos a narrarles.
Esta torre fue testigo silencioso de un desagradable suceso acaecido allá por el siglo XIV en sus inmediaciones y que dio nombre a "La Calleja de la Amapola".
En este lugar, hacia el año 1285, existía una torre, La Torre deSan Pedro, que reformada aún se conserva. En aquellas fechas habitada por Don Pedro Roiz de Lamadrid Señor de Potes y de otros pueblos de Liébana, quien era Merino Mayor del Rey. Muy cerca de esta torre, en el barrio de San Pedro, en una pequeña y modesta casa vivía un vasallo de aquel señor que era viudo y tenía una hija llamada Frunilda de diez y siete años de edad.
Frunilda era una moza de enormes cualidades morales y una belleza sin igual en la zona. Cada día con los primeros rayos del sol, acompañaba a su padre hasta la pequeña ermita de San Pedro la cual daba nombre al barrio, y tras compartir unos minutos de oración, regresaban a su humilde morada a tejer los «Sayales» que vendían para sustentarse. El Sayal era una tela rústica de lana que se fabricaba en la época medieval y con la que se confeccionaban entre otras prendas los Sayos, que eran unas túnicas holgadas y poco ceñidas que utilizaban los aldeanos en aquella época.
Los días festivos, tras la Misa, Frunilda visitaba a los enfermos pobres del barrio y a quienes todas las noches llevaba en una cesta alimentos que ella y su padre reservaban para ellos, razón esta , por la que ambos eran admirados y muy apreciados por todos los vecinos del pueblo.
Para bajar al rio desde la casa de Frunilda había un maltrecho camino entre prados y fincas propiedad todas de Don Pedro y donde la única señal de existencia humana era la torre del Merino Mayor del Rey.
Cuando la joven terminaba todas las labores domésticas del día, cogía un ánfora y se dirigía al rio a por agua atravesando aquella tortuosa calleja, donde cada día, un joven que era hortelano en las tierras del señor, esperaba a la hermosa joven de quien estaba enamorado y quien le correspondía con igual sentimiento.
Incluso Don Pedro que era un hombre muy recio y severo, para gratificar la lealtad que el joven había demostrado siempre hacia su señor, pensaba regalarles una finca con ganado para que pudieran vivir holgadamente.
En un pueblo de Pernía, comarca también propiedad de Don Pedro, varios años atrás, había tenido éste un hijo bastardo a quien trajo a Potes a vivir con él. De carácter depravado, disfrutaba haciendo el mal y tantas fueron sus tropelías que su propio padre lo expulsó de Líébana.
Años más tarde y tras escuchar Don Pedro extraordinarias historias de la valentía demostrada por su hijo en la lucha con los moros, le dio permiso para habitar junto a él por un tiempo hasta comprobar si verdaderamente había cambiado.
Cierta tarde asomado el bastardo a la ventana vio a Frunilda que por la empedrada calleja se dirigía al rio a llenar el ánfora de agua y de cuya belleza quedó prendado gritándola frases que no gustaron a la joven quien le respondió despreciando al rufián sin siquiera mirarlo, lo que le produjo un enorme cólera jurando vengarse de su desdén, mas aun cuando vio acercarse al joven hortelano a quien ella miraba embelesada.
Tal era su enfado que bajó enfurecido las escaleras de la torre con sabe Dios qué intención, pero cuál fue su sorpresa, que al llegar al quicio de la puerta, se dio de bruces con Don Pedro, su padre, que regresaba de su Casa-Torre de Buyezo y al ver a su hijo tan agitado le preguntó cuál era la causa de su estado, a lo cual el joven truhan contestó que era debido a la prisa por bajar las escaleras para llegar a tiempo de recibirle y besar su mano.
En esos instantes Don Pedro vio cómo se despedían la bella Frunilda y su joven enamorado y aprovechando esa estampa le explicó a su hijo que la pareja de enamorados eran dos de sus vasallos más fieles y que había decidido protegerles ante cualquier amenaza.
Ese mismo día al anochecer, un pastor alertó a Don Pedro que una enorme osa había atacado al ganado que pastaba en Tolibes, a lo cual el Señor respondió que al amanecer junto a todos los vasallos útiles que pudieran unirse, procedería a dar muerte a la osa.
Al siguiente día, cuando aparecían los primeros rayos de sol, Don Pedro partía junto a sus vasallos en busca de la osa para darle muerte y que no volviera a molestar a su ganado. Cuál fue su sorpresa al enterarse que su hijo no podía acompañarle por encontrarse supuestamente enfermo. Tras casi un día de montería, la osa cayo muerta por uno de los valientes vasallos que al abrazarle la osa para matarlo, clavó su afilado cuchillo en el pecho del animal cayendo gravemente herido.

Mientras, el malvado bastardo, cuando empezaba a caer la noche, se agazapó en un recodo del camino esperando a que la bella Frunilda pasase como cada día en dirección a rio para llenar su ánfora de agua.

A los pocos minutos apareció la joven camino arriba tras coger agua en el rio y al levantar la cabeza, cuál fue su sorpresa que avistó al bastardo que cortándola el paso comenzó a decirle frases obscenas y libidinosas a lo cual la joven con semblante firme le respondió con una fuerte bofetada, instante que él aprovechó para ceñir el talle de la joven quién al intentar huir cayó al suelo con tal mala suerte que su cabeza impactó violentamente contra una enorme piedra que la dejó inconsciente. En ese instante apareció de entre los bardales y de un salto el joven hortelano lo cual hizo huir presuroso y en dirección a la Torre al cruel atacante.

A la par de este episodio, aparece en el lugar del suceso Don Pedro con su séquito de vasallos que volvían de dar caza a la osa. Al verlo llegar, el joven pide justicia a su señor por el ataque sufrido por Frunilda.

Don Pedro, pide explicaciones al joven desesperado preguntándole quien había atacado a su amada contestando el zagal que el culpable era su hijo lo que hizo entrar en cólera a Don Pedro alegando que su hijo se encontraba enfermo en sus aposentos, en ese momento el joven se dio cuenta de que el caballo de su Señor estaba pisando una joya quien al verla gritó enfurecido al descubrir que era una Amapola de oro que él mismo había regalado a su hijo bastardo.

Don Pedro ordenó a varios de sus vasallos más fuertes recoger a la joven y llevarla a casa de su padre, y él a lomos de su caballo se dirigió hacia la torre, pero cuál fue su sorpresa que a lo lejos vio a su hijo corriendo desesperadamente por la calleja y tras varios traspiés y tumbos propiciados por la enorme prisa que llevaba, caer de bruces sobre unos espinos que se clavaron en sus ojos y ensangrentaron su rostro.

Al llegar a él, Don Pedro juró que no tendría piedad, lo cual cumplió y cuando el joven curó sus heridas por las cuales quedó ciego de por vida, le expulsó de sus tierras y para que no se olvidara aquel cruel suceso puso de nombre al camino testigo del episodio con el nombre de Calleja de la Amapola.

Y para resarcir a los jóvenes por el cobarde ataque de su hijo a la bella doncella, al siguiente día ordenó construir una casa junto a la calleja que donaría a la pareja de enamorados, que tras darles su bendición, se casarían y vivirían felices en la primera casa que hubo en la Calleja de la Amapola.

https://www.laliebana.com/potes/historia-de-la-calleja-de-la-amapola/

domingo, 13 de octubre de 2019

1969, mayo

No consigo datar la fotografía, a pesar de haberlo consultado con alguno de los que ahí posan y de otros que debían andar por los alrededores en ese día o en aquella época. Por la poca y confusa información que consigo, llego, seguramente, a la errónea conclusión que debe ser hacia 1969.


El lugar es el Badén, no tengo dudas; como tampoco las tengo sobre los personajes que ahí aparecen. En ese momento, en el de la foto, todo ya está consolidado, la casa —la primera— está construida y aquel terreno es ya el destino obligado de todos los domingos y fiestas de guardar de nuestras vidas de entonces.
Los habituales éramos mi tío Vito y familia, Pablo y familia, y nosotros. Y por supuesto mi abuelo Arturo y la tía Márgara. El tío Rufino y familia también acudían a esas citas dominicales, pero lo hacían de tarde en tarde y, casi siempre, después de comer, pasada la siesta.
Además siempre había gente que se pasaba por allí, generalmente por las tardes, si el tiempo acompañaba. Quienes de estos últimos más acostumbraban era Rufino Pineda, primo de mi padre, y su familia. Tantos domingos pasados allí me dejaron una buena amistad con su hijo mayor, Antonio, que duró lo que duraron todas mis amistades del pueblo, justo hasta la universidad y el servicio militar; y desde aquí punto y aparte, para él y para casi todos.
No olvidar, no hay motivos para ello, a Paco López y Loren, su mujer. Él era cuñado de mi tía Geli, y aunque ésta y su familia vivían fuera de Villanueva, Paco tenía la suficiente amistad y confianza como para dejarse caer por el Badén cada vez que quisiera —creo que ya ha aparecido en alguna instantánea anterior, en 1964 agosto—. De esta familia conservo gratos recuerdos, y de aquella época en particular, las primeras miradas de soslayo a su hija, Matilde, cuando aún me faltaba algún tiempo para la adolescencia. 
Solíamos llegar no más tarde de las doce, y en seguida cada uno a lo suyo: los más pequeños a jugar y los mayores a trajinar por la casa, limpiar el pequeño jardín, un paseo antes de la comida; que siempre solía venir preparada de casa, platos fríos: tortillas, croquetas, cosas de esas. Cada familia lo suyo, que terminaba compartiéndose todo con todos. Sin descartar, a veces, comidas en común, arroces, migas, calderetas y gazpachos. Llegado el verano no faltaba el mejor de los postres: sandías, que las traía la tía Eugenia, ¡qué sandías! Nunca he vuelto a comerlas tan buenas como aquellas, y aunque las haya comido, ninguna ha borrado su sabor y su olor, sobre todo su olor.
Pero vayamos a la instantánea de hoy. Decía al principio que la fecha en que se hizo esta fotografía puede ser 1968; un servidor debe de tener ahí unos diez años. Es mayo, seguro, por la ropa y las mangas largas de algunos, y por la luz suave de un sol que calienta tímidamente la tarde. Es primavera, no hay error, las florecillas de la esquina lo confirman.
De derecha a izquierda, mi hermano sentado en el suelo, y sobre él, Mª José juega a golpearle en la cabeza con una raqueta de tenis. A continuación la tía Mª Ángeles, esposa de mi tío Vito que es quien seguramente hace la foto; Mª José es hija de ambos. Sentada junto a mi tía está Mª Eugenia, hija de Pablo, hermano mayor de mi padre, y de la tía Eugenia, la de las sandías; se atusa el pelo al igual a como lo siguen haciendo las chicas casi cincuenta años después. Gestos de coquetería que no han cambiado.
A Mª Eugenia le sigue mi madre, reconocible ahí por su rizado pelo negro, que tiene en brazos a Vivi —hoy ya Victoria—, también hija de mi tío Vito, y a la que sacaron de pila, como siempre se ha dicho, mis padres. O sea, que eran sus padrinos.
Más a la izquierda, en la foto, mi padre lee el periódico totalmente ajeno a la escena, concretamente el ABC de Madrid al que en casa de mi abuelo estaban suscritos. Lectura diaria y obligada por parte de muchos, un solo periódico para todos.
A mi padre le siguen dos señoras, la primera cómodamente sentada y atenta a la cámara. Es María, a la que en casa llamábamos la de Suiza, pues durante años estuvo en aquel país junto a su marido Miguel —María era una antigua amiga de mi madre, amistad que les venía de su vecindad durante los primeros años de casados de mis padres—. Decía, que estuvieron una larga temporada en aquel país, desde donde venían, periódicamente como buenos emigrantes, en un Volkswagen Escarabajo que, por su singularidad, llamaba la atención entre la gente del pueblo; y a ellos les identificaba, sobre todo por la banderita suiza que, como si de un coche oficial se tratara, lucía sobre la aleta delantera izquierda —si os fijáis detrás de mi padre, veréis aparcado el coche de Miguel. Por cierto, a Miguel me gustaría dedicarle un texto más largo en mi blog, a ver si me pongo a ello, porque tengo algunas razones que le hacen merecedor de ello.
La segunda señora no sé quién es, el límite de la fotografía la casi oculta. Me aventuraría a decir que es la tía Márgara, pero no me atrevo. No recuerdo a esta mujer, mi tía, haciendo punto, porque creo que la señora de la foto anda con esa faena. Resulta curioso que el fotógrafo recortó su imagen; hubiera bastado retroceder medio paso y habría cabido completa en la foto, y ahora no habría dudas.
Vamos terminando, el chaval sentado en el suelo delante de mi padre es mi primo Arturo, ya lo conoceis, y al que desde pequeñito se le apodó Guingui para ir distinguiendo a los Arturos de la familia —él era el quinto—. Hijo mayor de mis tíos Vito y Mª Ángeles, compartí con él toda mi vida familiar y escolar durante la infancia y la adolescencia, por lo que su presencia en estas instantáneas es un acto recurrente.
Y el del centro, medio arrodillado y con la mano sobre un balón, soy yo. No me había dado cuenta nunca, ha sido ahora, al mirar y remirar la fotografía a fin de redactar ésto, cuando me he dado cuenta de la posición que ocupo y la postura adoptada: en el centro del conjunto y con una actitud algo orgullosa, aparentando lo que en aquel espacio y en aquel tiempo creía ser yo. Pero ojo, repito, en aquel espacio y sólo en aquellos años, en los que creía que la fortuna me sonreía, tal vez porque era ajeno a todo lo que había más allá de los límites del Badén del Zújar.