Leído por ahí:
Lo que algunos escriben y me gustaría haberlo escrito yo.
Mientras leía este libro he sentido, como el protagonista, angustia, soledad, vacío,
abandono, olvido. Y también emoción y placer por tan bella prosa —¿o es poesía?
—. Pero sobre todo he sentido tristeza, mucha tristeza.
«Cuando lleguen al alto de Sobrepuerto,
estará, seguramente, comenzando a anochecer».
«Fue el único recuerdo que conservé de
ella. Todavía la llevo, atada a la cintura desde entonces, y espero que ese
día, cuando vengan a buscarme, me acompañe también con el resto de la ropa al
cementerio».
«Pero los ojos se habitúan a un paisaje,
lo incorporan poco a poco a sus costumbres y a sus formas cotidianas y lo
convierten finalmente en un recuerdo de lo que la mirada, alguna vez, aprendió
a ver».
«En tres o cuatro días, la nieve se
deshizo por completo. El agua del deshielo destruyó en las cunetas los últimos
taludes y las calles quedaron inundadas por el barro. Al mismo tiempo, las
casas comenzaron a enseñar sus muñones mutilados y sus huesos».
«Uno cree que nunca podrá aceptar sin
miedo la idea de la muerte. Cuando aún somos jóvenes, la vemos tan lejana, tan
remota en el tiempo, que su misma distancia la hace inaceptable. Luego ya, a
medida que los años van pasando, es justamente lo contrario —su mayor cercanía—
la que nos llena de temor y nos impide en todo instante mirarle cara a cara.
Pero en cualquiera de los casos, el miedo es siempre el mismo: miedo a la
iniquidad, miedo a la destrucción, miedo al frío infinito que el olvido comporta».
«Nadie volvió siquiera para llevarse
algunas de las cosas q
ue aquí se habían dejado, Y, así, poco a poco, igual que
muchos pueblos del contorno, Ainielle fue quedándose vacío, solitario y vacío
para siempre».
«La víctima siguiente fue Gavín. Le
encontramos muerto en casa una mañana, sentado en la cocina, con el último
cigarro todavía en los labios. El viejo se había muerto igual que había vivido:
completamente solo, sin que nadie lo notara».
«Siempre lo he imaginado así. De repente,
la niebla inundará mis venas, mi sangre se helará como las fuentes de los
puertos en enero y, cuando todo haya acabado, mi propia sombra abandonará y
bajará a ocupar mi sitio junto a la chimenea. Quizá eso sea la muerte».
«Como arena, el silencio sepultará mis
ojos. Como arena que el viento ya no podrá esparcir.
Como arena, el silencio sepultará las
casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos. Solitarios.
Sombríos. Ahogados por el viento y la vegetación».
«Pero yo, Andrés de Casa Sosas, el último
de Ainielle, ni estoy loco ni me siento condenado, salvo que sea estar loco
haber permanecido fiel hasta la muerte a mi memoria y a mi casa, salvo que
pueda realmente considerarse una condena el olvido en el que ellos mismos me
han tenido. Si he cavado mi tumba, ha sido simplemente para evitar ser
enterrado lejos de mi mujer y de mi hija».
«Alguien encenderá una vela y alumbrará
con ella las cuencas de mis ojos ya vacías. La dejarán en la mesita, al lado de
la cama, y, luego, se irán todos dejándome aquí solo nuevamente».
«La noche queda para quien es».
De La lluvia amarilla, de Julio
Llamazares.
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